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miércoles, 5 de noviembre de 2025

Silípica: Un Viaje a través del Tiempo y la Historia

En las entrañas de Santiago del Estero, un antiguo poblado indígena guarda cuatro siglos de memorias: desde las huelles de San Martín hasta los sueños truncos de la modernidad



Por siglos, las polvorientas calles de Silípica fueron testigo mudo del desfile de la historia argentina. Hoy, entre ruinas de proyectos fallidos y la fe inquebrantable de sus habitantes, este rincón santiagueño busca su lugar en el presente.

La historia de Silípica comienza mucho antes de que los conquistadores españoles pusieran pie en estas tierras. Cuando el capitán Juan Núñez de Prado emprendió su entrada entre 1550 y 1552, el nombre de este poblado ya resonaba en los mapas de la época. Según las referencias del Padre Lozano, existían entonces varios pueblos indígenas: Alivigasta, Nacha, Manchigasta y Silípica, este último gobernado por el cacique Chanamba.

En esos tiempos remotos, Silípica se erigía como una verdadera provincia india, situada estratégicamente entre Tontola por el norte y Sumamao por el sur, bañada por las aguas generosas del río Dulce. Era una región próspera donde "densos enjambres humanos" habitaban tierras feraces, protegidos por bosques inmensos de árboles gigantescos cuyas maderas fueron codiciadas para las primeras construcciones de la capital provincial.

El Encuentro de Dos Mundos

La llegada de los españoles marcó el fin de una era y el comienzo de otra. En 1627, una Cédula Real documentaba los servicios militares del capitán Juan de Tejeda Miraval, quien "se halló en la pacificación de los indios de la provincia de Silípica que estaban alzados". El documento revelaba que los conquistadores habían logrado someter a los nativos "por la nueva orden que tuvieron en tomarles por la espalda", una táctica poco honorable que sugiere la fiereza con que los silípicas defendieron su libertad.

No sabemos si estos indígenas eran "temibles por su ferocidad" o simplemente "celosos custodios de sus derechos humanos", como reflexiona el cronista. Lo cierto es que su resistencia quedó grabada en los anales oficiales como testimonio de una lucha desigual entre dos concepciones del mundo.

Con la dominación española llegaron los cambios profundos. Se establecieron obrajes de paños donde los indios hilaban y tejían el algodón de sus sembrados y la lana de sus rebaños. Se erigieron atahonas para la molienda del trigo. El comercio abrió rutas que serían recorridas durante siglos por carretas y diligencias, convirtiendo a Silípica en una posta fundamental del camino entre Buenos Aires y el Perú.

Cruce de Caminos, Teatro de la Historia

Dos grandes rutas convergían en Silípica, convirtiéndola en un punto neurálgico del tránsito colonial. La primera, llamada "de las postas", enlazaba de norte a sur los pueblos de Santiago, Manogasta, Silípica, Simbolar, Ayuncha, Remanso, Portezuelo, Pozo del Tigre y Chañar. La segunda, conocida como "camino del Perú", seguía la antigua senda de los chasquis incas, pasando por Silípica, Loreto, Atamisqui, Salavina y otros poblados hasta llegar a Córdoba.

Esta posición privilegiada permitió que Silípica fuera testigo privilegiado del desfile de la historia. En el siglo XVII, un documento titulado "Derrotero del Camino de Potosí a Córdoba" mencionaba: "De Silípica se dexa la costa del Río y se coje por la travesía del Palomar, despoblado hasta Santiago, que es la ciudad que hay doce leguas".

El servicio de correos, establecido oficialmente en 1746, tocaba este pueblo en su larga travesía entre Potosí y Buenos Aires. En 1767, la caravana que llevaba al exilio a los jesuitas del norte pernoctó en Silípica, y quizás durante la hora de la plegaria, esos religiosos tuvieron fuerzas para perdonar "la grave, la injusta, la innoble prisión".

La Capilla de los Milagros

En el corazón de Silípica se alzaba una pequeña capilla de adobes, con techo de tierra sobre un envigado de madera. Humilde y recogida en medio de la inmensidad del campo, guardaba en su nicho la imagen de la Virgen de Monserrat. Cuando en 1780 pasó por el pueblo la beata Sor María Antonia de la Paz y Figueroa, en su peregrinación hacia Buenos Aires donde fundaría la Santa Casa de los Ejercicios, sin duda se detuvo a orar ante esta imagen, pidiendo ayuda para cumplir su "alta, noble y heroica misión".

Dos años después transitó por estas tierras el obispo San Alberto, y en 1789 nada menos que el virrey del Río de la Plata honró con su presencia este pequeño poblado que parecía magnetizar a las grandes figuras de la época.

Los Vientos de la Libertad

El año 1810 trajo consigo los vientos revolucionarios. Juan José Castelli, heraldo de la revolución, pasó por el antiguo camino ante los ojos expectantes de los pobladores. Tras él avanzó el Ejército Libertador, y "la única calleja del pueblo sería hollada gloriosamente por el paso de los soldados de la patria". La población, reducida por las penurias y calamidades, despertó de su letargo secular cuando los clarines y tambores rompieron el silencio acumulado durante siglos.

Por estas mismas rutas pasó el general Manuel Belgrano, cuya abuela santiagueña era oriunda de la vecina Loreto. Poco después, los chasquis llevaron las noticias de las victorias de Salta y Tucumán, posiblemente a través del ex granadero santiagueño Juan Nepomuceno Herrera.

San Martín en Silípica: El Momento Decisivo

Pero fue el paso de José de San Martín el que marcó el momento más trascendental en la historia de Silípica. A fines de 1813, el Libertador se dirigió al Norte para ayudar a Belgrano tras los reveses de Vilcapugio y Ayohuma. Viajaba en un coche de la Renta del Correo, precedido por los chasquis Cayetano Maldonado y Francisco Hilario Muñoz.

En el trayecto por el inmenso desierto de treinta leguas llamado "la travesía", San Martín fue guiado por baqueanos locales: Carlos Peralta, Bernardo Morales, Sinforoso Santillán y, finalmente, José Vicente Rojas, quien lo condujo desde Silípica hasta Manogasta.

Meses después, el 28 de mayo de 1814, San Martín regresó a Silípica en circunstancias muy diferentes. Estaba enfermo y había renunciado al mando del Ejército Libertador. Venía acompañado por Mario Guido, el doctor Paroissen y su escolta de granaderos al mando del capitán Toribio Luzuriaga.

Como observa Ricardo Rojas en sus escritos para el diario "El Liberal", este momento aparentemente insignificante fue crucial: "En ese momento de incertidumbre por su mala salud y por su renuncia militar, es cuando San Martín ha desistido de llevar la guerra a Lima por el Alto Perú y ha madurado su plan de ir a Chile para salir al mar Pacífico y atacar a los realistas en las costas del Virreinato peruano".

En la posta de Silípica, mientras reposaba de su enfermedad, San Martín meditaba sobre su destino y forjaba el plan que lo llevaría a cruzar los Andes. "Tal es el gran acontecimiento que se realiza en el ánimo del héroe mientras el convaleciente medita sobre su destino en aquel invierno santiagueño de 1814", reflexiona Rojas.

El Declive y las Esperanzas Truncas

Los años siguientes vieron pasar por Silípica a soldados que iban y venían del fortín Abipones, incluido el futuro caudillo Juan Felipe Ibarra. En 1818, el doctor Juan Lasso de Puelles fundó la Capellanía de Nuestra Señora de Monserrat basándose en la valiosa estancia de Silípica.

Sin embargo, el progreso del país tomó otros rumbos. El ferrocarril llegó finalmente a la región con el ramal del General Belgrano, que estableció estaciones en Ezcurra, Arraga, Simbol y Nueva Francia. En 1885 se dividió el departamento Silípica, y en 1890 se erigió una nueva capilla, "imponente" según las crónicas, "con pretensión" aunque "sin arquitectura".

Los Sueños de la Modernidad

A fines del siglo XIX, la modernidad tocó las puertas de Silípica con un proyecto ambicioso. Se constituyó en Buenos Aires la Compañía Territorial del Norte de la Argentina, presidida por Luis Urdaniz, para colonizar 28.000 hectáreas de estas tierras. Se abrió un gran canal desde el río bajo la dirección de Vignaux, se iniciaron desmontes y llegaron los primeros colonos.

El ingeniero agrónomo Juan Ramón Chávez publicó un manual con el estudio de las tierras y los métodos para su explotación, terminando su prólogo con palabras generosas: "Hacemos esta publicación en beneficio general de las tierras de la provincia de Santiago del Estero".

Pero el río desvió su curso, dejando la bocatoma muy lejos y el canal inútil. La compañía fracasó, se liquidó, y Urdaniz adquirió todas las acciones para fundar una nueva empresa. Los trabajos se reanudaron con empecinamiento, se excavaron los canales casi cegados, se desmontaron nuevas extensiones, pero todo volvió a fracasar.

La Tercera Oportunidad

No conocían la derrota estos hombres visionarios. Se fundó una nueva empresa, "Administración Urdániz", bajo la presidencia del ingeniero Emilio Benito Urdániz. Esta vez parecían haber encontrado la solución: poderosas bombas centrífugas Sulzer extraían agua del río, los canales funcionaban, se sembraba y se cosechaba.

Pero las tierras habían sido hipotecadas para adquirir las bombas. El Banco Hipotecario Nacional exigió la amortización de 330.000 pesos. La Administración Urdániz pidió prórroga hasta la cosecha definitiva, pero el banco, "celoso custodio del interés nacional", ejecutó la hipoteca sin conmiseración.

Se remataron todos los bienes. El inmenso algodonal se perdió, la desmotadora se desechó como hierro viejo, las máquinas desaparecieron. "De aquel esfuerzo gigantesco que debió servir para la redención de nuestras tierras y de nuestros hombres, sólo quedó triunfante el Banco Hipotecario sobre un montón de escombros", lamenta el cronista.

La Paradoja del Saqueo

La ironía llegaría después. Ese mismo Banco Hipotecario arrendó a una firma particular 27.000 hectáreas de bosque de la ex-colonia Urdaniz por tres años y medio, a la ínfima suma de un peso con treinta y cinco centavos la hectárea. Una verdadera legión de hacheros (unos 2.000) se embarcó en el desmantelamiento del campo. Solo en postes se cargaron 80.000 piezas en la estación Simbol, además de miles de toneladas de leña y carbón.

"El Banco Hipotecario había cumplido con el deber de ayudar a particulares en este feroz desmantelamiento del campo y en esta despiadada explotación del hombre. No supo hacerlo cuando se quiso dignificar y redimir", reflexiona amargamente el observador de la época.

Entre la Fe y la Leyenda

Hoy, Silípica es la capital del departamento homónimo, centro de una zona de labranza donde la tierra se divide en minifundios que alternan con extensiones desérticas y abandonadas. La nueva capilla, construida en 1890, domina la soledad del campo "donde apenas se ven algunos ranchos semiocultos, terrosos, adustos, agobiados".

Dentro del templo, la antigua imagen de la Virgen de Monserrat, "tallada en un roquedal deforme", está adornada de ex-votos que reproducen sables, piernas, bustos, manos, corazones. Las monedas, dijes, cabellos, coronas de ofrendas, flores de trapo y papel testimonian la fe inquebrantable del pueblo.

Cada 2 de febrero, la comarca se vuelca al santuario milagroso en "férvidas multitudes" que cantan coros de alabanza, se prosternan, elevan plegarias tradicionales, acompañan en procesión a su virgencita y se "hacen pisar" por ella. Después ríen y bailan entre el crepitar de los cohetes, sin pensar que "cuando los otros pueblos de Tucumán, de Córdoba, de Santa Fe, convocan a la leva, todos esos pobladores jóvenes se enrolan en las filas del éxodo".

La Salamanca del Pozokómer

Paralelamente a la fe cristiana, corre en Silípica la leyenda de la Salamanca. En un pozanco llamado Pozokómer, cerca del río, se dice que durante la noche se escucha una música delicada de violines con que el diablo ameniza el aquelarre. Allí se convocan "magiqueros" y "brujas" para recibir inspiración satánica, y penetran los neófitos para vender su alma al diablo a cambio del arte para el amor, la fortuna en el juego y el trabajo.

El Presente Melancólico

Del esfuerzo colonizador solo quedó en pie una escuela monumental "en pleno desierto de tristeza y desolación", unas huertitas en el Pueblo Nuevo, pocas tierras de cultivo agobiadas por la sequía y un cementerio cercado de alambre, "tristemente rodeado de arbolillos raquíticos" que ostenta en su portal dos ángeles deformes sobre una placa que dice: "1932, patrocinado por la Asociación Pro-Fomento y Cultura de Villa Silípica".

Las bombas yacen muertas en su torre ruinosa. Los canales se borraron, el viento cubrió de arena la vasta extensión del campo. Sobre las colinas de Simbol y Silípica crecieron los abrojos, los arbustos y los árboles. "Sobre la esperanza creció la decepción."

El Interrogante del Futuro

La pregunta que planteaba el cronista hace décadas sigue vigente: "¿Dónde está el milagro que haga de Silípica el emporio de nuestra riqueza agrícola?" Los testimonios de tantos milagros están ahí, en las cruces de oro y plata, los ex-votos, los collares que adornan a la Virgen de Monserrat. Está la fe del pueblo, inquebrantable a través de los siglos.

Pero también está la realidad de un poblado que se despuebla lentamente, donde los jóvenes emigran hacia centros urbanos más prósperos. ¿Será necesario, como se preguntaba irónicamente el cronista, "ir a la Salamanca del Pozokómer para mitigar el hondo, el tremendo, el trágico problema de la despoblación de Silípica"?

La historia de este pueblo santiagueño es la historia de Argentina en miniatura: pueblos originarios sometidos, rutas coloniales, gestas independentistas, proyectos modernizadores frustrados, fe popular y tradiciones que resisten el paso del tiempo. Silípica sigue ahí, entre el río Dulce y el desierto, entre la memoria y la esperanza, esperando quizás que la historia vuelva a tocar sus puertas, esta vez con mejores noticias.

Dilullo, Orestes. La agonía de los pueblos. Viejos pueblos. Buenos Aires: Editorial, 2017. (…se citan diversas páginas del libro, los apuntes de los archivos del siglo XVI y las notas de los carretas de 1746‑1780).

Fuentes consultadas:

* Archivo de referencias del Padre Lozano (1550-1552)

* Cédula Real del 17 de mayo de 1627

* "Derrotero del Camino de Potosí a Córdoba" (Siglo XVII)

* Croquis de 1755 citado por el Ing. Manuel Ordóñez

* Artículos de Ricardo Rojas y Domingo Maidana en el diario "El Liberal"

* "El Lazarillo de ciegos Caminantes" de Concolorcorvo (Calixto Bustamante)

* Manual del Ing. Agrónomo Juan Ramón Chávez sobre las tierras de Silípica

* Actas Capitulares de 1816

* Documentos de la Compañía Territorial del Norte de la Argentina y sucesivas empresas Urdaniz

sábado, 23 de agosto de 2025

El retrato oficial de Mama Antula: la historia del artista que la pintó en su lecho de muerte, cómo su obra fue arruinada y la restauración que la rescató.

En 1799, tras el fallecimiento de Santa María Antonia de San José, las hermanas que compartían la Casa de Ejercicios decidieron llamar al pintor José de Salas para que hiciera una copia. Esto fue parte de la recuperación del primer cuadro, que hoy en día se considera el retrato oficial de la Santa. También se abordaron los detalles sobre la reactivación de la causa y las personas que estuvieron involucradas en ella.

El paño con la copia del cuadro de Mama Antula que pintó Salas, en la Basílica de San Pedro. La Santa nunca se dejó retratar en vida. Salas debió pintarla muerta... pero como si estuviera con vida

El 7 de marzo de 1799, a las tres de la tarde, María Antonia, la beata fundadora, falleció en la Casa de Ejercicios. Ante este hecho, notaron que nunca se había realizado un retrato de ella, dado que jamás lo había permitido en vida. Ante el inminente sepelio (que se realizó al otro día, de madrugada, en el camposanto de la iglesia de la Piedad), raudamente se fue a buscar a la ciudad a José Salas. Cabe recordar que la Casa de Ejercicios estaba ubicada muy lejos de casco céntrico, y había que atravesar tres arroyos para llegar a la plaza de la Victoria (actual plaza de Mayo). Además, cuando llovía, eran imposibles de atravesar.

Cuando José de Salas arribó, trazó unos esbozos del rostro de la difunta y con ellos se retiró a pintar el cuadro. Era muy común que se retrataran cuadros con religiosas fallecidas, como por ejemplo la colección de cuadros de las “monjas coronadas” en el Perú. Pero a Salas le solicitaron que la pintara viva, y no difunta.

Por lo tanto, el pintor ubicó a María Antonia de pie, frente a la Casa de Ejercicios, envuelta en su manto negro, que utilizaba en forma de velo y vestida con un hábito negro y al cuello un velo blanco que lo cubre. El cuadro es un óleo cuyas dimensiones son 125 cm de alto por 90 cm de ancho, incluido el marco de madera. La paleta de colores aplicada se limita al ocre, al rojo y al negro. El cuerpo de la beata ocupa la mayor parte de la superficie pictórica. Su rostro se destaca por la forma angular y por la mirada ensimismada, orientada hacia la derecha. En su mano derecha sostiene una cruz alta y en la izquierda un libro abierto. Detrás de ella se observa la puerta de ingreso a la casa de ejercicios. Salas escribirá -textual- debajo del cuadro: “Doña María Antonia de la Paz. Fundadora de esta Santa Casa. Nació en la ciudad de Santiago del Estero el año de 1730; i murió en esta Capital el día 7 de marzo de 1799. Este retrato es obra de Don José Salas, quien, por afecto a esta Señora, lo colocó graciosamente… para perpetuar su memoria.”

De este epígrafe, queda clarísimo que Salas nos dijo dónde nació: “en la ciudad de Santiago del Estero” y el año “1730″. ¿Por qué dudar de un contemporáneo de la santa que dejará por escrito en su obra semejante dato? Si este dato hubiera sido erróneo ¿no creen que lo corregiría? Salas y la santa misma en sus cartas repiten una y otra vez: “…nací en Santiago del estero”. Y otro dato importante: coloca el año de nacimiento.

Este retrato fue colgado en la habitación donde falleció la Santa, pero con el paso del tiempo y el descuido se fue deteriorando. Al notar esto, y antes de sufrir unos de los tantos repintes, fue convocado el pintor retratista García del Molino, para que basando en el cuadro de Salas pintara otro, y así lo hizo.

Lo pintó en 1861, con el fin de reemplazar al de Salas. Es probable que este encargo implicara un desafío significativo por el prestigio de la imagen primigenia, y García del Molino escribirá sobre el mismo cuadro en forma de ovalo: “Da. María Antonia de la Paz. Fundadora de esta Santa Casa de exercicios Espirituales de Buenos Aires, Montevideo y otras. Nació en la ciudad de Santiago del Estero en el año 1730 y murió en esta B° Ayres el 7 de marzo de 1799. D n. José de Salas (a) el madrileño hizo el retrato de la Fundadora y obsequió con él esta Casa. No estando ya bueno este y hubiéndo aparecido el bosquejo original, su paisano Cura de Sn Telmo Dn Ramón García costeó el presente en el año 1861. Pint. p. Fdo García del Molino”

Acá, García del Molino nos repite el lugar del nacimiento y el año, nadie lo corrigió, y eran contemporáneos a la santa. Es decir que los datos eran certeros. Este cuadro de García del Molino podemos observar que es diametralmente opuesto al de José de Salas. Pero era copia fiel… ¿Cómo es posible?

El cuadro de Mama Antula que pintó Salas, muy deteriorado y oscuro antes de la restauración


El cuadro que observó García del Molino cuando hizo la copia es tal y como lo copió. La cuestión es que, con el paso de los siglos, el cuadro de Salas tuvo hasta 12 repintes. Y es importante aclarar que García del Molino encontró los bosquejos del cuadro original, él mismo nos lo dice: “…No estando ya bueno este y habiendo aparecido el bosquejo original…”

La imagen que observamos en García del Molino, es de una señora mayor, (recordemos que tenía 69 años vividos en el s. XVII) con pelo cano y de cara más redonda y este será el rostro de la estatua mortuoria que mandará a ejecutar Mons. Ezcurra en Génova, Italia para depositar en su sepulcro de la actual santa en la basílica de la Piedad. Estas imágenes distan mucho de lo que hoy observamos en el cuadro de Salas.

Fuente: Infobae

sábado, 12 de octubre de 2024

Quién fue Mama Antula, la primera santa argentina (Y por qué algunos la consideran la primera feminista de ese país)

 


Se convirtió una referencia espiritual en la Argentina colonial del siglo XVIII, una era en la que las mujeres ocupaban un lejísimo segundo plano, y algunos la consideran la primera feminista del país.

Se trata de María Antonia de Paz y Figueroa, más conocida como Mama Antula -o “Mamá Antonia”, su apodo en quechua-, quien este domingo se convierte en la primera santa de origen argentino.

La ocasión será particularmente especial para el jefe de la Iglesia católica, el papa Francisco, no solo porque se trata de una compatriota, sino porque Mama Antula es una de las figuras más veneradas por los jesuitas, la orden religiosa a la que pertenece Jorge Bergoglio.

Fue ella quien mantuvo las tradiciones jesuitas vivas en la región luego de que la orden fuera desterrada por el rey de España.

A pesar de que nació en una familia acomodada, Mama Antula pasó la mayor parte de su vida peregrinando, descalza, evangelizando y pidiendo limosna para fundar “casas de ejercicios”, lugares de retiro donde los jesuitas realizan los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola -el fundador de la obra- que consisten en oraciones, meditaciones y otras prácticas contemplativas.

Su obra más destacada fue la construcción de la Santa Casa de Ejercicios en la ciudad de Buenos Aires, que logró levantar enteramente con donaciones.

Fue habilitada en 1799, año en el que la ahora santa falleció, y aún se sigue utilizando, al día de hoy, para realizar retiros espirituales.

María Antonia de Paz y Figueroa pasó de ser una figura vilipendiada a convertirse en una persona de consulta para la alta sociedad y la dirigencia colonial, e incluso tuvo influencia en algunos de los próceres que luego lograrían la independencia de Argentina.

Curiosamente, Mama Antula también cumpliría otro rol importante en la vida espiritual de los argentinos, ya que fue quien introdujo al país el culto a San Cayetano, Patrono del pan y del trabajo, que hoy sigue siendo venerado por miles de fieles que todos los años peregrinan para rezarle.

Una rebelde

Mama Antula nació en Santiago del Estero, una provincia pobre en el norte de Argentina, en 1730, y desde muy joven decidió rebelarse contra los mandatos patriarcales que recaían sobre las mujeres de su clase social, negándose a casarse o convertirse en monja.

En vez de ello, se hizo beata, como llamaban en la época a las laicas consagradas cristianas.

A los 15 años, empezó a acompañar a los jesuitas de la Compañía de Jesús en su tarea de evangelizar a los pueblos originarios, desafiando las reglas de la época que no permitían a las jóvenes viajar en compañía de hombres.

Gracias a la educación que recibió de los jesuitas aprendió a leer y escribir –según sus biógrafas, “fue la primera escritora rioplatense”-.

También aprendió quechua (o quichua, como le dicen en el norte argentino), el idioma de los nativos.

A pesar de que no era miembro formal de la orden, por ser mujer, su labor como divulgadora de la obra jesuita sería clave, en especial por el papel que tomaría luego de la dramática salida de la Compañía de Jesús del continente americano.

 La expulsión de los jesuitas

En 1767, el rey católico de España, Carlos III, ordenó la expulsión de los jesuitas de las colonias españolas.

Seis años más tarde logró que el papa Clemente XIV ordenara la disolución de la Compañía de Jesús.

Tras el destierro de los jesuitas, Mama Antula, entonces de 38 años, tuvo una “epifanía”, según cuentan sus devotos: recibió la misión de continuar con la práctica de los ejercicios espirituales, a pesar de su prohibición.

En ese momento eligió su nombre de Iglesia: María Antonia de San José, y dedicó el resto de su vida a mantener viva la obra de los jesuitas.

Primero recorrió las provincias del noroeste argentino, evangelizando.

Y luego, hizo algo que aún hoy resulta asombroso: cruzó el país, desde el norte hasta el centro, pasando un tiempo en varias provincias, para llevar la obra de los jesuitas hasta Buenos Aires, entonces el centro del Virreinato del Río de la Plata.

Se estima que en total caminó unos 4.000 kilómetros.

De las piedras a la admiración

Al llegar a la capital estuvo lejos de ser bienvenida.

Su atuendo pobre, sucio por el camino, hizo que la gente se burlara de ella y la acusara de estar loca.

“Cuando llegó a Buenos Aires, acompañada de otras tres o cuatro beatas, los chicos la insultaron, algunos le tiraron piedras, algunos decían que era una bruja, lo cual era muy peligroso porque las brujas en aquella época eran quemadas”, contó al canal Orbe 21 el padre Ignacio Pérez del Viso, vicerrector de las Facultades de Filosofía y Teología de San Miguel.

Debió buscar refugio con sus compañeras en la iglesia de la Piedad, lugar donde se sintió tan en paz que pidió ser enterrada allí al morir.

Nunzia Locatelli y Cintia Suárez, dos periodistas que han escrito ya cuatro libros sobre Mama Antula, señalaron que la santa “llegó de una manera desafortunada”.

“Pero con el tiempo empezó a tomar su figura una importancia en la ciudad. Pasó de ser rechazada por el virrey y el obispo a ser una persona considerada de consulta”, afirmaron las autoras durante una charla que realizaron en la última Feria del Libro de Buenos Aires.

Sus retiros espirituales -que logró organizar a pesar de que las prácticas jesuitas estaban supuestamente prohibidas- se hicieron muy populares en la sociedad colonial.

Varias figuras históricas de Argentina, y padres de la patria, las realizaron, incluyendo al creador de la bandera argentina, Manuel Belgrano, al fundador del primer periódico, Mariano Moreno, y al presidente de la Primera Junta de gobierno, Cornelio Saavedra.

En 1795 logró juntar fondos para comenzar la construcción de lo que sería su mayor legado: la Santa Casa de Ejercicios Espirituales San Ignacio de Loyola, ubicado en las afueras de la Buenos Aires colonial (en el actual barrio de Constitución).

Fue allí donde falleció, a los 69 años, en último año del siglo XVIII.

Milagros

En esa edificación, donde con el tiempo las beatas se convertirían en monjas de la Sociedad Hijas del Divino Salvador, fue el lugar en el que se produjo el primero de los dos milagros que se le atribuyen a Mama Antula.

Ocurrió en 1905, cuando la religiosa Vanina Rosa logró curarse de una grave enfermedad tras rezarle a la fundadora de la Santa Casa para que la sane.

La confirmación de ese milagro llevó a su beatificación en 2016.

Un segundo milagro -la recuperación de un hombre que estaba al borde de la muerte tras un accidente cerebrovascular, en 2017, en la provincia de Santa Fe, y que tuvo una recuperación inexplicable luego de que su esposa le rezara a Mama Antula- permitió que ahora sea declarada santa.

Algunos dicen -medio en broma, medio en serio- que la santa santiagueña logró un tercer milagro: reunir al papa Francisco con Javier Milei, el nuevo presidente de Argentina, quien fue muy crítico del pontífice, y viajó especialmente al Vaticano para la ceremonia de canonización.

“Mama Antula está orando para que se difunda paz y amistad en un momento de crisis. Ella provocó el encuentro entre el presidente y el Papa”, aseguró Nunzia Locatelli al diario La Nación.

Ambos mandatarios se reunirán el lunes en el Vaticano.

Lo que muchos se preguntan es si Milei logrará convencer a Francisco de que visite su patria, algo que la comunidad católica argentina reclama hace una década, pero sobre lo que el Papa se ha mostrado hasta ahora reacio.

Habrá que ver si Mama Antula logra este nuevo milagro.

Fuente:bbc