En las
entrañas de Santiago del Estero, un antiguo poblado indígena guarda cuatro
siglos de memorias: desde las huelles de San Martín hasta los sueños truncos de
la modernidad
Por
siglos, las calles de tierra de Silípica vieron pasar gran parte de la historia
argentina. Hoy, entre las ruinas de proyectos agroindustriales que no
funcionaron y la fe devota de sus vecinos, este rincón santiagueño intenta
sostenerse en el presente.
Mucho
antes de la llegada de los conquistadores españoles, el lugar ya tenía vida
propia. Entre 1550 y 1552, cuando el capitán Juan Núñez de Prado exploró la
región, el nombre de Silípica figuraba en las descripciones de la época. Según
los registros del Padre Lozano, la zona estaba habitada por varios pueblos
originarios —Alivigasta, Nacha, Manchigasta y Silípica—, este último bajo el
mando del cacique Chanamba.
En
ese entonces, Silípica funcionaba como un asentamiento clave a orillas del río
Dulce, delimitado por Tontola al norte y Sumamao al sur. Era una comarca
poblada y rodeada de montes de madera dura, de donde salieron los árboles para
levantar las primeras estructuras de la actual capital provincial.
La
colonización cambió el escenario por completo. Una Cédula Real de 1627 detalla
los servicios del capitán Juan de Tejeda Miraval en la "pacificación"
de los indígenas de la zona que se habían levantado en armas. El documento
precisa que la tropa española logró someterlos atacando por la espalda, un
detalle militar que da cuenta de la resistencia con la que los locales
defendieron su territorio. Más allá de si las crónicas coloniales los tildaban
de temibles o si simplemente defendían su suelo, la ferocidad de esos
enfrentamientos quedó asentada en los archivos.
Con
el dominio español establecido, la vida productiva se reorganizó. Aparecieron
los obrajes para hilar el algodón y la lana local, se instalaron atahonas para
moler el trigo y el trazado de caminos transformó a Silípica en una posta clave
para el tránsito de carretas y diligencias entre Buenos Aires y el Perú.
Por
el pueblo cruzaban dos rutas fundamentales. La primera, el camino de las
postas, unía de norte a sur los poblados de Santiago, Manogasta, Silípica,
Simbolar, Ayuncha, Remanso, Portezuelo, Pozo del Tigre y Chañar. La segunda era
el clásico Camino Real del Perú, heredero de las sendas incaicas, que conectaba
Silípica con Loreto, Atamisqui, Salavina y Córdoba.
El
servicio de correos fijó parada allí a partir de 1746. Por esas mismas huellas
pasaron, en 1767, las carretas que llevaban al exilio a los jesuitas expulsados
del norte del país.
En
el centro del poblado se levantaba una capilla humilde de adobe y techo de
tierra que custodiaba la imagen de la Virgen de Monserrat. En 1780, durante su
caminata hacia Buenos Aires para fundar la Santa Casa de Ejercicios, Sor María
Antonia de la Paz y Figueroa —Mama Antula— se detuvo allí a orar. Poco después
pasaron por el mismo punto el obispo San Alberto en 1782 y el propio virrey del
Río de la Plata en 1789.
La
Revolución de Mayo de 1810 también dejó su huella. Por el camino de Silípica
pasó Juan José Castelli y, tras él, las tropas del Ejército Auxiliar del Norte.
Por allí marchó Manuel Belgrano —cuya abuela era de la vecina Loreto— y
circularon los chasquis con las noticias de las victorias de Tucumán y Salta,
entre ellos el exgranadero santiagueño Juan Nepomuceno Herrera.
Sin
embargo, el paso de José de San Martín fue el hecho más relevante. A fines de
1813, el Libertador marchó al norte para hacerse cargo del ejército tras las
derrotas de Vilcapugio y Ayohuma. Viajaba en el coche del correo, asistido por
los chasquis Cayetano Maldonado y Francisco Hilario Muñoz, y guiado a través de
la travesía seca por baqueanos como Carlos Peralta, Bernardo Morales, Sinforoso
Santillán y José Vicente Rojas, quien lo condujo desde Silípica hasta
Manogasta.
El
28 de mayo de 1814, San Martín regresó a la posta de Silípica. Venía enfermo,
acompañado por Mario Guido, el médico Paroissen y una escolta a cargo de
Toribio Luzuriaga, tras haber dejado el mando del ejército. Como analizó el
historiador Ricardo Rojas a partir de los cuadernos de la época, esa parada
técnica no fue menor: durante la convalecencia en el invierno santiagueño, San
Martín terminó de descartar la ruta del Alto Perú y maduró el plan alternativo
de cruzar los Andes para llegar a Lima por mar.
Con
los años, el protagonismo del pueblo comenzó a decaer. En 1818, el doctor Juan
Lasso de Puelles fundó la Capellanía de Nuestra Señora de Monserrat sobre la
base de la estancia local. Décadas más tarde, la llegada del ferrocarril
Belgrano desplazó el eje comercial hacia estaciones como Ezcurra, Árraga,
Simbol y Nueva Francia. En 1885 el departamento se dividió, y en 1890 se
levantó el templo actual para albergar a la Virgen.
A
finales del siglo XIX hubo un intento serio por reindustrializar la zona. En
Buenos Aires se creó la Compañía Territorial del Norte de la Argentina,
dirigida por Luis Urdaniz, con el objetivo de colonizar 28.000 hectáreas. Se
diseñó un canal desde el río Dulce bajo la supervisión del ingeniero Vignaux,
se desmontó la tierra y llegaron los primeros colonos. El ingeniero agrónomo
Juan Ramón Chávez llegó a publicar un manual técnico para optimizar los
cultivos.
Pero
el proyecto chocó con la geografía: el río cambió su curso, dejó la toma de
agua fuera de alcance y el canal quedó inutilizable. La empresa quebró. Urdaniz
compró las acciones e intentó un segundo proyecto que volvió a fallar.
Un
tercer intento, bajo la firma Administración Urdániz y la dirección del
ingeniero Emilio Benito Urdániz, pareció funcionar tras instalar bombas
mecánicas Sulzer para extraer agua directamente del río. Los canales volvieron
a tener caudal y las tierras produjeron algodón. Sin embargo, la maquinaria se
había financiado con créditos del Banco Hipotecario Nacional. Ante un pedido de
prórroga para saldar la deuda de 330.000 pesos tras la cosecha, el banco
decidió ejecutar la hipoteca.
Los
bienes se remataron, el algodón se echó a perder y la maquinaria quedó
abandonada. Poco después, el mismo banco arrendó 27.000 hectáreas de ese monte
a un privado por un peso con treinta y cinco centavos la hectárea. El resultado
fue la tala masiva: cerca de 2.000 hacheros desmantelaron el bosque para
extraer miles de toneladas de leña, carbón y más de 80.000 postes que salieron
desde la estación Simbol.
Hoy,
Silípica es la cabecera de un departamento dominado por el minifundio y el
terreno árido. La iglesia de 1890 guarda todavía la imagen original de la
Virgen de Monserrat, cubierta de exvotos de metal, monedas, fotografías y
promesas. Cada 2 de febrero, los festejos patronales reúnen a familias de toda
la zona en la procesión y el tradicional ritual de "hacerse pisar"
por la imagen. Sin embargo, terminada la fiesta, muchos jóvenes vuelven a armar
las valijas para buscar trabajo en otras provincias.
En
paralelo a la devoción religiosa se mantiene la tradición oral. Cerca del río,
en el paraje Pozokómer, la leyenda ubica una Salamanca donde la creencia
popular dice que se escuchan violines por las noches y adonde acudían los
"magiqueros" a hacer pactos para conseguir talento musical, suerte en
el juego o fortuna.
Del
viejo sueño de la colonia agrícola quedan apenas la estructura de una escuela,
pequeñas huertas en el Pueblo Nuevo, las torres con las bombas de agua oxidadas
y el cementerio de 1932 con su portón de entrada rodeado de vegetación baja.
Los
interrogantes sobre el desarrollo del lugar siguen abiertos desde hace un
siglo. Silípica conserva su fe y la memoria de su época de posta estratégica,
mientras intenta resolver un problema concreto y cotidiano: cómo frenar el
despoblamiento y ofrecer un futuro a las generaciones que vienen.
Fuente
bibliográfica: Di Lullo,
Orestes. La agonía de los pueblos. Viejos pueblos. Buenos Aires, 2017.
(Consulta de fragmentos sobre archivos del siglo XVI, registros de postas y
documentos del período 1746-1780).



