Mostrando las entradas con la etiqueta Cine Petit Palais. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Cine Petit Palais. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de septiembre de 2026

El Petit Palais: La Historia de un Cine que Sobrevivió a las Llamas, a los Años y a la Memoria Olvidada

Durante décadas, el Petit Palais fue mucho más que una sala de cine. Allí se encontraron el espectáculo, la música, la vida social y algunos de los acontecimientos que marcaron la historia cultural de Santiago del Estero.

 “Las cosas no mueren si las recordamos.” - Leonardo “Nano” Gigli -




Hubo una época en la que ir al cine era bastante más que sentarse frente a una pantalla. Era ponerse la mejor ropa, encontrarse con conocidos, escuchar música en vivo y dejarse llevar, aunque fuera por un rato, hacia historias que llegaban desde muy lejos.

En pleno centro de Santiago del Estero, el Cine-Teatro Petit Palais fue parte de esa experiencia. Desde su inauguración en 1917, atravesó distintas etapas, cambió de aspecto, recibió a artistas destacados, sobrevivió a un incendio devastador y volvió a abrir sus puertas convertido en una moderna sala Art Déco.

Pero para entender su historia hay que retroceder un poco.

Antes del Petit Palais estuvo el Teatro Cervantes

En los terrenos cercanos a la histórica Catedral, sobre la calle 24 de Septiembre, funcionaban a comienzos del siglo XX distintos espacios que formaban parte de la vida urbana de la ciudad.

Entre ellos estaba el Teatro Cervantes, considerado el primer teatro de Santiago del Estero. En sus primeros años había sido conocido como Zenatti-Ollantay y estaba bajo la dirección de los hermanos Edippo.

Aunque ocasionalmente proyectaba películas, su actividad principal estaba vinculada al teatro y la música. En 1906 adoptó definitivamente el nombre de Teatro Cervantes.

La construcción era sencilla: techos de madera y ladrillo cubiertos con chapas de zinc y una fachada con cinco puertas. Sobre ella, un friso llevaba orgullosamente la inscripción "Teatro Cervantes".

El teatro funcionó hasta los primeros años de la década de 1910. Después, el lugar cambió de manos y con el tiempo surgió allí un bazar llamado Ollantay, que mantuvo de alguna manera vivo el recuerdo de aquel antiguo escenario.

En 1917: nace el Petit Palais

Enero de 1917 marcó un nuevo capítulo.

En terrenos alquilados a Alfredo Ricci comenzó a funcionar el primer Cine-Teatro de Santiago del Estero: el Petit Palais. Al mismo tiempo, en el mismo entorno, se levantaba la nueva Confitería del Águila, administrada inicialmente por la firma Barrionuevo y Pujadas.

La historia del nombre también tiene su pequeño detalle.

A fines de 1916, Juan Figueroa, director del diario "El Liberal", se reunió con Paul Mazure. Durante aquella conversación surgió la idea de dejar que fueran los propios santiagueños quienes eligieran el nombre del nuevo proyecto mediante un concurso publicado en el diario.

Así nació el nombre Cine-Teatro Petit Palais Mazure.

Con el tiempo, Roberto Carlos Mazure, hijo de Paul, se convertiría en una figura central del negocio familiar.

Una sala que recibió a Gardel y Razzano

El Petit Palais rápidamente comenzó a ganar prestigio.

Uno de los acontecimientos más recordados ocurrió el 16 de mayo de 1919, cuando el dúo Gardel-Razzano llegó a la sala acompañado por José Ricardo Razzano.

La respuesta del público fue extraordinaria. Tanto, que las presentaciones tuvieron que repetirse durante dos días consecutivos.

Y mientras los espectadores disfrutaban de aquellos artistas, también podían asistir a proyecciones de películas mudas, entre ellas las protagonizadas por el actor William Russell.

En aquellos años, el cine todavía necesitaba algo fundamental: música.

Las películas mudas eran acompañadas en vivo por el pianista alemán Carlos Esclinger, nacido en Stuttgart, quien tenía la tarea de crear una banda sonora para las imágenes que aparecían en pantalla.

El espectáculo, entonces, era mucho más que una película. Era una combinación de imágenes, música, público y ambiente.

Una ventana a la vida de la provincia

El Petit Palais tuvo además una particularidad que hoy resulta especialmente valiosa.

Las funciones solían estar precedidas por noticieros realizados en forma de cortometrajes documentales mudos. Muchas de esas imágenes fueron registradas por el italiano Vicente Gigli.

Según el texto de referencia, aquella colección cinematográfica era prácticamente única en el norte argentino. Santiago del Estero llegó a conservar registros audiovisuales de acontecimientos sociales, políticos y religiosos de comienzos del siglo XX.

Es decir, el cine no solamente mostraba historias inventadas.

También estaba registrando la vida real.

Para quienes hoy intentamos reconstruir cómo era aquella Santiago del Estero, esas imágenes tienen un valor enorme.

La música también tenía su lugar

Durante la década de 1920, el Petit Palais sumó una orquesta propia, dirigida por Pedro Cinquegrani e integrada por músicos como Carlos Silinger, José Parisi, Alfonso Mottola, Tito Mottola, Guido Degano y Benito Fernández.

La música acompañaba las funciones cinematográficas y también formaba parte de la actividad de la Confitería El Águila.

El cine era, por entonces, un verdadero punto de encuentro.

La administración estaba a cargo de Bruno Osimani, con el apoyo de su cuñado Guillermo Renzi, vinculado a los primeros emprendimientos de artículos eléctricos y mecánicos.

La calidad de las películas también ayudó a consolidar el prestigio de la sala. Llegaban producciones distribuidas por empresas como Max Gluschamann Foxx Film, Nueva York Film y Exchange, además de películas nacionales.

Por ubicación, infraestructura y programación, el Petit Palais se convirtió en una de las salas más exclusivas de la época, solo superada por el Teatro 25 de Mayo.

Una fachada que se transformó

En 1922, Roberto Carlos Mazure adquirió las propiedades donde funcionaban el Petit Palais y la Confitería El Águila.

Un año después, la concesión del cine pasó a Guillermo Renzi, y la sala llegó a compararse con el prestigioso Splendid de Tucumán.

Entre 1926 y 1930, el edificio experimentó una importante transformación.

La fachada comenzó a mostrar los rasgos arquitectónicos de moda. Dos escudos ocupaban la parte superior, acompañados por liras en los laterales y un mascarón ornamental en el centro.

Las columnas tenían bajorrelieves de instrumentos musicales y otros motivos decorativos. Más arriba aparecían frisos y dentículos de orden corintio, mientras que cinco grandes ventanales semicirculares completaban la composición.

Antes de esta remodelación, el aspecto era mucho más sencillo, con ladrillos a la vista, una entrada semicircular y una estructura de hierro forjado que rodeaba la puerta principal.

Por las noches, las pequeñas bombillas de época aportaban una iluminación cálida que seguramente convertía aquella esquina en un lugar particularmente atractivo.

La madrugada en que todo cambió

Pero la historia del Petit Palais también tuvo un capítulo dramático.

En la madrugada del 11 de octubre de 1937, alrededor de las cuatro, un incendio comenzó a consumir el interior del cine y parte de la Confitería El Águila.

Un policía advirtió las llamas y el humo y dio aviso. Poco después llegaron efectivos policiales y bomberos, que intentaron controlar el fuego.

No alcanzó.

Las llamas avanzaron rápidamente y destruyeron las estructuras internas, las puertas y los cristales. La escena era impresionante: el fuego que salía del edificio daba la sensación de que una manzana entera estaba ardiendo.

La multitud comenzó a reunirse alrededor del lugar.

Recién cerca de las ocho de la mañana las llamas cedieron.

El Petit Palais había quedado reducido a cenizas. También se habían perdido los fondos de la confitería.

Las pérdidas fueron estimadas en 50 mil pesos para el salón de espectáculos y 5 mil para la confitería.

Las autoridades detuvieron a varias personas, entre ellas integrantes del personal del cine y de la confitería, aunque las causas del incendio no pudieron determinarse con claridad.

En aquella época, además, los incendios en salas cinematográficas eran frecuentes debido a la alta inflamabilidad de los nitratos utilizados en las películas.

Del fuego a la reconstrucción

Y, sin embargo, el Petit Palais no desapareció.

En poco más de un año volvió a levantarse.

El 7 de diciembre de 1938, la sala reabrió sus puertas con un nuevo proyecto arquitectónico realizado por Aníbal Oberlander y bajo la producción de Remo Staffolani.

Esta vez, el edificio adoptó el estilo Art Déco y sumó importantes mejoras técnicas.

Se trabajó especialmente en la acústica y se incorporó un sistema moderno de refrigeración con extractores de aire ubicados en la parte superior.

La capacidad también aumentó: de 700 butacas pasó a 900 butacas Pullman.

Carlos Mazure, hijo de Paul, viajó para presenciar la reapertura y comprobar cómo el emprendimiento iniciado por su padre volvía a ponerse en marcha.

El Petit Palais había resurgido del fuego.

Los últimos años

En 1949, Carlos Mazure vendió la Confitería El Águila y la propiedad a José Noguerol.

Al año siguiente, el Cine Petit pasó a manos de la Sociedad Inmobiliaria del Norte S.R.L., aunque la administración continuó bajo la Compañía Cinematográfica del Norte S.A. de Tucumán, con Alfredo Gramajo como gerente.

La confitería quedó a cargo de "Higa y Cía", la misma firma que administraba el Café Tokio.

Con el tiempo, El Águila cerró sus puertas.

El cine, en cambio, continuó funcionando durante varias décadas más, hasta finales de los años 80.

Un cine que también fue memoria

El Petit Palais fue mucho más que un edificio destinado a proyectar películas.

Durante décadas fue un lugar de encuentro para los santiagueños. Allí hubo música, teatro, cine, encuentros sociales y momentos que quedaron ligados a la vida cotidiana de varias generaciones.

Su historia también muestra cómo fue cambiando la ciudad. Primero estuvo el Teatro Cervantes. Después llegó el Petit Palais. Más tarde aparecieron nuevas formas de entretenimiento y otros espacios ocuparon su lugar.

Pero hay algo que permanece.

Las salas de cine no solamente muestran historias. También forman parte de ellas.

En el caso del Petit Palais, las películas compartieron espacio con artistas, músicos, espectadores y acontecimientos de una ciudad que estaba cambiando. Incluso los registros documentales proyectados antes de las funciones terminaron convirtiéndose, con el tiempo, en parte de la memoria histórica de Santiago del Estero.

Quizás por eso recordar al Petit Palais no significa solamente mirar hacia atrás.

Significa recuperar una parte de aquella ciudad que alguna vez se reunía bajo sus luces, esperaba que comenzara la función y, durante unas horas, dejaba afuera el mundo cotidiano.

El pequeño palacio ya no está como entonces. Pero su historia sigue ahí, entre fotografías antiguas, recuerdos familiares y documentos que permiten reconstruir aquella Santiago del Estero donde el cine comenzaba a convertirse en una verdadera experiencia colectiva.

Fuente: texto base proporcionado por el usuario, correspondiente a la historia del Teatro Cervantes, Cine-Teatro Petit Palais y Confitería El Águila.

miércoles, 1 de octubre de 2025

La emoción incomparable de picar en el Petit

La memoria es un murciélago que golpea contra un vidrio, lo golpea y lo hace pedazos.

 

Cine Petit Palais, fachada original. Captura de facebook

La memoria es un murciélago del cine Petit. "Picar" de dos o de tres, hacer en la vereda del Ollantay la vaquita para sobornar al portero, entonces, era todo lo que me pasaba. Changos... vam picar, el gordito nos recibe la guita y no nos dábamos cuenta de que así estábamos jugando con uno de los principales soportes en que se apoya el fracaso del sistema económico liberal capitalista: el Homo sapiens. Para picar era poco importante saber qué película daban, lo importante era el hecho mismo de picar, de burlar, de darse el gusto, por joder nomás (además de no tener suficiente mosca en el bolsillo). Cómo no voy a recordar en esta noche a ese señor que se llamaba Tucho Méndez, que en el Petit era quien muchas veces nos recibía la platita (como una boletería paralela en la vereda), que luego iba a parar a las manos del portero a cambio de una comisión y un hacer la vista gorda para dos o tres de nosotros. El famoso portero que cortaba los boletos, que miraba para otro lado, el famoso Mariano que supo decir: "Bueno, muchachos, esta no- che va a estar medio jodida la cosa, estoy vigilado por el administrador y la boletera, así que entren reculando así creen que están saliendo...".

Pero Tucho Méndez era el que obraba de intermediario entre la aventura y el fin de la aventura, entre la luz y la oscuridad. Me cuenta mi hermano Carlos Manuel Fernández Loza, que una matiné le entregó algo de guita a Tucho, pero poco, entonces Tucho le había dicho... "Vamos varón, sete un poco más negligente", esta anécdota aún me hace reír y mucho. Digamos que el cine Petit Palais vino del cielo y cavó sus cimientos frente a la plaza Libertad, cuando la plaza Libertad era un laberinto de ripio y sortilegio, y había una fuente que era una sombra a cuyo alrededor se sentaban las muchachas en flor. El techo del cine parecía una enorme tableta de chocolate Marroc, qué rico era el techo, qué placer sentarse en el piso de arriba y abrir una de las ventanitas de lata para ver las luces de las calles, lejos del mundo, lejos de la casa, lejos de la orfandad. El telón con los carteles de propaganda, en silencio, hablando despacito antes de que se apaguen las luces.... ¿Dónde dice 24 de Septiembre? ¿Dónde dice ropa de calidad?, en voz muy baja, jugando despacito por razones de urbanidad. ¿Dónde dice Calzados Ideal? ¿Dónde dice Casa América? ¿Dónde dice Casa Venier? Ya levantado el telón, en la oscuridad nos quedábamos sin rostro y comenzaba la otra emoción, la de los besos, los primeros cigarrillos, el inolvidable olor a talco Palmolive en su piel, la maravilla sin igual de aquellos encuentros, el gran comienzo del amor.

Algunos amigos de aquel tiempo mantuvieron hasta ya grandecitos la costumbre de "picar", creo que ya convertida en vicio; el negro Wayenberg, por ejemplo, compró su primera entrada pagando su justo precio en boletería cuando ya tenía cerca de treinta años. Por entonces en el diario La Hora, en la parte de los cines, había aparecido: "Cine Petit Palais, mayores seis pesos, menores cuatro, Mariano dos".

"Picar" no deberá confundirse con "filtrar", picando se algo, tal vez lo mínimo, filtrarse era como convertirse en fantasma, invisible para el portero y el boletero, invisible para Dios, y así entrar al cine en la total clandestinidad. Digo que la película que daban importaba poco, solo el sin saber del porqué de la aventura, el caballo blanco parado en dos patas de las Noticias Argentinas, el maní japonés eran sí elementos sustanciales de aquella felicidad.

Hubo un tiempo en que pensaba que, en un intervalo del Petit, fumando un cigarrillo, un día me encontraría la muerte; cuando hace unos años lo cerraron por refacciones dejé en suspenso lo fantástico de mi perniciosa imaginación.

Desde que hace poco lo clausuraron para siempre, me he convertido entre mis contemporáneos en un sospechoso de eternidad.

Fuente: Jorge Rosenberg - El Zoco de la Buri Buri