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martes, 4 de agosto de 2026

El mestizaje no fue un abrazo: las violencias fundacionales que seguimos escondiendo bajo la alfombra

 


Nos encanta el cuento de que bajamos de los barcos. En la sobremesa del domingo, entre el mate, el café o una copa de vino, siempre aparece el orgullo por el abuelo gallego, el bisnonno napolitano o algún antepasado francés que terminó en el Riachuelo. Crecimos con la idea del "crisol de razas", ese mito escolar que nos dibuja como una mezcla armónica de pueblos originarios, africanos, europeos y asiáticos. Es una historia cómoda, perfecta para usar de escudo: "¿Racistas nosotros? Imposible, si acá estamos todos mezclados". El problema es que esa famosa igualdad es más un espejismo que una realidad. Detrás de ese relato afable hay una historia marcada por jerarquías, violencia y exclusiones que preferimos no mirar, pero que siguen estando ahí.

Nos vendieron que la mezcla de culturas fue un proceso pacífico, casi un abrazo entre hermanos. Pero romantizar el mestizaje es tapar el sol con la mano. En estas tierras, la integración se dio con muchísima violencia. Desde la época colonial, la piel y el origen marcaban el destino de cualquiera: a los pueblos originarios se los sometió al trabajo forzado y a los africanos se los vendió como mercancía sin ningún tipo de derecho. La Argentina no se construyó en una fiesta de integración, sino decidiendo quiénes tenían derecho a ser libres e iguales y quiénes, directamente, molestaban.

Solemos hablar de la Constitución de 1853 como un hito sagrado que abolió la esclavitud y dio origen a la república. Sin embargo, casi nunca leemos la letra chica escrita por la Generación del 80. La consigna de Alberdi de "gobernar es poblar" venía con una trampa: la idea era traer europeos del norte porque consideraban que la población local no servía para el desarrollo del país. Buscaban blanquear la nación. Así fue como dieron por "extinta" la población negra —a pesar de la enorme presencia afro que existía en Buenos Aires, Córdoba o Salta— y relegaron a los pueblos originarios a una pieza de museo que estorbaba la llegada del tren y el progreso. Lo europeo quedó asociado a la civilización, mientras que lo nativo, lo morocho y lo popular pasaron a ser vistos como el atraso. De ahí a la estigmatización de los "cabecitas negras" del interior en los años cuarenta hay un solo paso: siempre se construyó a un "otro" al que había que disciplinar o esconder.

Lo llamativo de nuestra forma de ser es esa ceguera selectiva. Nos resulta facilísimo señalar el racismo de afuera —como las leyes de segregación en Estados Unidos—, pero nos cuesta muchísimo mirar lo propio. Rara vez nos preguntamos por las masacres de la Campaña del Desierto en las escuelas, o por el despojo de tierras a las comunidades originarias en los medios. Usamos la excusa de la mezcla para decir que "acá no hay negros y por lo tanto no hay racismo". Es una trampa. Negar la herencia africana e indígena solo mantiene vivas las viejas jerarquías. Lo vimos en abril de 2024 con la protesta por los despidos en el INADI: cuando se desarman los espacios y políticas de reparación, el racismo de todos los días vuelve a instalarse sin filtro.

Esto no se trata de castigarnos porque sí ni de desmerecer la tradición igualitaria argentina. Esa vocación de salir a la calle a defender la salud o la educación pública es algo valioso. El problema son los puntos ciegos. Si no entendemos que esa igualdad nunca fue pareja para todos, corremos el riesgo de perderla. Hoy ese racismo se transforma y toma formas más modernas: en los barrios cerrados que se amurallan para no mezclarse con el "distinto", en el discurso del "sálvese quien pueda", en la estigmatización de los sectores populares o en la intención de recortar derechos de salud y educación a los migrantes de países limítrofes. El rechazo actual es heredero directo de aquel proyecto que quiso borrar a los que estaban antes.

Dejar de idealizar nuestra mezcla no implica renegar de quiénes somos, sino aceptar la historia completa, con sus contradicciones y sus sombras. Estar mezclados no nos hace inmunes al racismo; nos exige enfrentarlo a diario en la calle, en la universidad o en el trabajo. Cuidar la igualdad en la Argentina requiere dejar de lado los mitos y respaldar políticas concretas de reparación para las comunidades indígenas y afrodescendientes. Para llevar con orgullo la bandera de la igualdad, primero hay que dejar de mentirnos sobre nuestro pasado. La integración real no sale en una ley ni se canta en un himno: se construye reconociendo al que la historia oficial intentó invisibilizar. Solo así podremos pasar del relato a la realidad.

 


sábado, 11 de julio de 2026

El origen afro de la chacarera: un legado rítmico en Santiago del Estero

  


La chacarera, uno de los símbolos más representativos del folklore argentino, es mucho más que una danza. También es el resultado de un largo proceso de encuentro entre distintas culturas que marcaron la historia de América Latina. Según el documento analizado, su ritmo conserva una fuerte herencia africana, especialmente de las regiones Níger-Congo y Bantú, con influencias árabes, que llegó a Santiago del Estero a través del Camino Real durante la colonización española. Sin embargo, ese origen fue muchas veces relegado frente a interpretaciones centradas casi exclusivamente en Europa. Este trabajo analiza cómo los afrodescendientes esclavizados, junto con los aportes indígenas y europeos, dieron forma a una expresión artística que hoy representa una parte fundamental de la identidad argentina. Como sostiene el texto, "la música latinoamericana es el resultado de la fusión de tres culturas: la nativa, la europea y la negroafricana… eso es innegable".

Santiago del Estero: un punto de encuentro cultural

Para entender ese proceso de mestizaje es necesario mirar el papel que tuvo Santiago del Estero. Fundada en 1553, es la ciudad más antigua de la Argentina y ocupó un lugar estratégico dentro de la ruta comercial del Virreinato del Perú. Esa ubicación favoreció el encuentro entre pueblos originarios, como tonokotés y sanavirones, esclavizados africanos y colonos europeos.

El censo de 1778 refleja con claridad esa realidad: el 54% de la población era afrodescendiente, un dato que contrasta con la escasa presencia que esta comunidad suele tener en los relatos históricos tradicionales. Del mismo modo, localidades como Salavina y San Félix, donde todavía sobreviven tradiciones de origen afro, fueron escenarios centrales de ese intercambio cultural. En San Félix, por ejemplo, viven descendientes de Julián del Rosario Guerra y Felipa Iramain, libertos del siglo XIX cuyas raíces africanas siguen siendo parte de la memoria de la comunidad.

El ritmo africano en la chacarera

La influencia africana también puede reconocerse en la música. La polirritmia característica de la chacarera, basada en la superposición de compases de 6/8 y 3/4, presenta claras semejanzas con patrones rítmicos africanos. Investigadores como Norberto Minichillo relacionan esta estructura con el "náñigo afrocubano" de Nigeria, mientras que el percusionista Domingo Cura recordaba una experiencia en Senegal donde, al escuchar tocar a músicos locales, comentó: "Lo que tocaban era chacarera, pibe, podrían ser músicos de Salavina".

A esto se suma el bombo legüero, instrumento esencial de la chacarera, cuyas características guardan afinidad con tambores africanos como el dunumba y el sangban. En conjunto, estas evidencias respaldan la idea de que la base rítmica de la chacarera tiene un origen afrodescendiente, aunque su desarrollo también incorporó aportes indígenas y españoles.

Controversias y resistencia académica

Esta interpretación, sin embargo, no ha estado libre de cuestionamientos. Durante mucho tiempo, investigadores como Carlos Vega sostuvieron que la chacarera derivaba de danzas europeas como la gallarda o la zarabanda. El documento cuestiona esa mirada por considerar que deja de lado la influencia africana. Como afirma el texto: "Con la cantidad comprobada de africanos que ingresaron al continente… es improbable que su aporte cultural haya sido tan minúsculo".

Además, plantea que la escasa valoración de esta herencia responde, en parte, a prejuicios que durante décadas estuvieron presentes tanto en los estudios folklóricos como en el ámbito educativo.

Un legado que sigue presente

La chacarera expresa una historia de encuentros culturales, resistencia y permanencia. Su ritmo, sus instrumentos y su forma de bailar conservan huellas de la presencia afrodescendiente en la Argentina, una dimensión que durante mucho tiempo quedó relegada en los relatos tradicionales.

El documento recuerda que actualmente viven alrededor de 2 millones de afrodescendientes en el país y sostiene que reconocer su aporte musical también significa recuperar una parte fundamental de la historia nacional. En ese sentido, la frase de Alfredo Ábalos resume con claridad esa idea: "El swing de la música de Santiago viene del negro" . Reconocer ese origen no disminuye los aportes indígenas ni europeos; por el contrario, permite comprender con mayor profundidad la riqueza y la diversidad cultural que dieron forma a la chacarera.

En síntesis, tras cada zapateo y repique de bombo, late una historia de diáspora y resiliencia que merece ser contada. Aunque los debates persistan, la evidencia demuestra que la chacarera es un puente sonoro entre África y Argentina.

Fuentes citadas

Documento principal: El origen afro de la chacarera (ilide.info, pp. 1-78).

Referencias específicas:

Censo de Vértiz (1778), citado en p. 7.

Testimonio de Domingo Cura, recopilado por Milton Blanco (p. 26).

Análisis de Carlos Vega (p. 9) y crítica a su enfoque (p. 10).


miércoles, 27 de mayo de 2026

El Silencio de los Tambores: Crónica de la Argentina Negra Olvidada

La historia oficial suele pintar a la Argentina como un crisol de razas europeas. Sin embargo, bajo esa pátina se esconde una narrativa borrada, una presencia que fue mayoritaria en muchas provincias y que, aunque silenciada en los censos y los libros, late con fuerza en el corazón de nuestra cultura: la de la población afroargentina.





La historia oficial suele pintar a la Argentina como un crisol de razas europeas. Sin embargo, bajo esa pátina se esconde una narrativa borrada, una presencia que fue mayoritaria en muchas provincias y que, aunque silenciada en los censos y los libros, late con fuerza en el corazón de nuestra cultura: la de la población afroargentina.

Un viajero desprevenido que recorriera las provincias del noroeste argentino a finales del siglo XVIII se encontraría con una realidad que desafía por completo la imagen contemporánea del país. En Santiago del Estero, más de la mitad de la población, un 54%, era de origen africano. En Catamarca, el 52%; en Salta, el 46%; en Córdoba, el 44%. Estas no son cifras menores ni anécdotas aisladas; son la fotografía de una Argentina profundamente negra, un país cuyo desarrollo inicial se sostuvo sobre los hombros y el trabajo forzado de miles de hombres y mujeres traídos a la fuerza desde el otro lado del Atlántico.

¿Qué sucedió con ellos? ¿Dónde están sus descendientes? La respuesta popular, repetida a menudo como un mantra exculpatorio, apunta a las guerras y las epidemias. Pero esa es solo una parte de la verdad. La historia de la "desaparición" de los afroargentinos es mucho más compleja: es una crónica de mestizaje, sí; de una mortalidad brutal, también; pero, fundamentalmente, es la historia de un olvido deliberado, de una invisibilización orquestada desde el poder para construir una nación a imagen y semejanza de Europa. Este es el relato de ese silencio, y el de los ecos que, a pesar de todo, se niegan a extinguirse.

El Origen Forzado: Un Continente en Cadenas

La historia de la Argentina negra comienza con la violencia inherente a la conquista. Los primeros africanos no llegaron como inmigrantes en busca de un futuro, sino como propiedad, como esclavos de los conquistadores españoles. Poco después de la segunda y definitiva fundación de Buenos Aires en 1580, el reclamo de los colonos se volvió insistente. La casi total ausencia de poblaciones indígenas para someter al sistema de encomienda en la región pampeana hizo que los ojos de los administradores coloniales se volvieran hacia África. Como señala la investigación histórica, se consideraba a los africanos "indispensables" para la viabilidad económica de la nueva ciudad.

Así comenzó el flujo sistemático. El puerto de Buenos Aires, junto con los de Montevideo, Valparaíso y Río de Janeiro, se convirtió en una de las principales puertas de entrada del comercio de esclavos en el cono sur. Las cifras, analizadas en retrospectiva, son un testimonio escalofriante de la magnitud de esta tragedia humana. Se calcula que, de los aproximadamente 60 millones de africanos secuestrados de sus tierras en el Congo y Angola, solo unos 12 millones sobrevivieron a la brutal travesía del Atlántico, conocida como el "Pasaje del Medio".

Una vez en el Río de la Plata, eran despojados de su nombre, de su lengua, de su familia y de su identidad. Se les marcaba a fuego como al ganado y se les vendía en la Plaza de Mayo, el mismo lugar que hoy es símbolo de la libertad y la protesta popular. Desde allí, eran distribuidos por todo el territorio del Virreinato para cumplir con las más diversas tareas. La economía colonial, desde sus cimientos, se edificó sobre la base de esta mano de obra no remunerada.

Un País Construido con Sudor Ajeno

En el imaginario colectivo, la esclavitud en Argentina a menudo se percibe como más "benigna" o menos extendida que en Brasil o el Caribe. La realidad, documentada por historiadores y archivos, desmiente esta noción. Los africanos esclavizados y sus descendientes fueron la columna vertebral de la economía virreinal.

En el campo, su labor era fundamental en las estancias ganaderas, domando potros, arreando ganado y trabajando en las faenas rurales. En las ciudades, su presencia era aún más visible. Las familias de la oligarquía criolla medían su estatus por la cantidad de esclavos que poseían. Estos no solo se dedicaban a las tareas domésticas, como mucamas, cocineros o niñeras, sino que a menudo eran artesanos altamente cualificados. Como se detalla en el portal En San Telmo, muchos eran enviados por sus amos a trabajar fuera de la casa como talabarteros, ebanistas, plateros o pasteleros. El salario que percibían por su trabajo no les pertenecía; era entregado íntegramente a sus amos, quienes utilizaban ese ingreso para mantener su lujoso tren de vida.

La mujer africana esclavizada enfrentaba una doble opresión. Además de la carga laboral, su cuerpo estaba a perpetua disposición de sus dueños. What's interesting is las uniones forzadas y las violaciones sistemáticas por parte de los amos, sus hijos y parientes, eran una práctica extendida y normalizada. De esta violencia nació una numerosa población "mulata", hijos de la asimetría y el poder, que complejizó aún más el entramado social y racial de la colonia. Aunque la Iglesia promovía el "Santo matrimonio" entre esclavos, la realidad del abuso sexual era una constante ineludible que dejó una marca indeleble en la demografía del país.

El "Espejismo" de Rosas y el Principio del Fin

Hubo un período, durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas (1835-1852), que pareció significar un cierto auge para la comunidad afroporteña, que para entonces representaba cerca del 30% de la población de Buenos Aires. Rosas, un hábil estratega populista, entendió la importancia de esta comunidad. Asistía con su familia y su círculo íntimo a los candombes, las festividades de tambores y danzas que eran el corazón de la vida social y cultural africana. Estas celebraciones, realizadas en los "tangos", los sitios donde las diferentes "naciones" africanas se reunían con permiso de sus amos, , eran uno de los pocos espacios de expresión y resistencia cultural permitidos.

Este acercamiento, sin embargo, era más una estrategia política que un genuino intento de integración. Rosas los incorporó a su ejército y a sus milicias, ganando su lealtad en la lucha contra los unitarios. Pero fuera de este pacto tácito, cualquier acto de insubordinación o rebelión era castigado con una crueldad ejemplar. Este breve período de visibilidad y aparente protagonismo sería, paradójicamente, el preludio de su desaparición programada.

El Blanqueamiento: Guerra, Peste y Tinta

El declive de la población afroargentina a lo largo del siglo XIX fue drástico y multifactorial. La narrativa oficial lo atribuye a dos eventos catastróficos: la Guerra del Paraguay y la epidemia de fiebre amarilla.

La Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) fue devastadora. Se ha sostenido históricamente que los batallones estaban desproporcionadamente compuestos por soldados negros, muchos de ellos libertos que canjeaban su servicio militar por una libertad que a menudo no llegaban a disfrutar. Enviados a la vanguardia como carne de cañón, miles murieron en los campos de batalla de Paraguay, produciendo una sangría demográfica, especialmente masculina, de la que la comunidad nunca se recuperaría del todo.

Poco después, en 1871, una terrible epidemia de fiebre amarilla asoló Buenos Aires. La enfermedad se ensañó con los barrios del sur, como San Telmo y Monserrat, donde las condiciones de hacinamiento e insalubridad eran la norma. Era precisamente en estas zonas donde se concentraba la mayor parte de la población afroargentina y los inmigrantes pobres. La elite adinerada huyó hacia el norte de la ciudad, abandonando a los más vulnerables a su suerte. La epidemia diezmó a la comunidad, sumando otra capa a la tragedia demográfica.

Sin embargo, ni la guerra ni la peste alcanzan para explicar la "desaparición" casi total de los registros. El golpe de gracia fue ideológico y administrativo. La Constitución de 1853, en su artículo 25, sentó las bases del proyecto de nación de la Generación del '80: "El Gobierno federal fomentará la inmigración europea". El lema de Juan Bautista Alberdi, "gobernar es poblar", llevaba un implícito racial: poblar con europeos para "mejorar la raza" y dejar atrás el pasado hispano, indígena y africano.

En este contexto, la figura de domingo faustino sarmiento es paradigmática. Sus escritos revelan sin tapujos el pensamiento racista que impregnaba a la elite gobernante. En 1848, tras un viaje a Estados Unidos, escribió con desdén sobre la "cuestión negra": "¿Qué se hace con esa clase negra odiada por la raza blanca?". Años más tarde, ya como figura política consolidada, su célebre y brutal frase al entrar al Congreso resume el proyecto de país que se estaba construyendo: "Llego feliz a esta Cámara de Diputados de Buenos Aires, donde no hay gauchos, ni negros, ni pobres".

Este proyecto se materializó en los censos. Como denuncian hoy las organizaciones afroargentinas, se trató de una "desaparición artificial". Las categorías censales fueron deliberadamente modificadas. Términos como "negro", "pardo" o "moreno" fueron reemplazados por el ambiguo "trigueño", una palabra que diluía la herencia africana y facilitaba la narrativa del blanqueamiento. El período entre 1838 y 1887 es crucial. Si en las primeras décadas del siglo XIX la población negra era significativa, para el censo de 1887 se registra oficialmente un exiguo 1,8%. A partir de esa fecha, la categoría racial simplemente desaparece de los censos nacionales. El Estado argentino, a través de la estadística, había borrado a una parte fundamental de su propia gente.

Los Ecos Innegables: El Legado que se Niega a Morir

Aunque la historiografía oficial los dio por extintos, los ecos de la presencia africana resuenan con una fuerza inusitada en los pliegues más íntimos de la cultura argentina. La influencia es tan profunda que se ha vuelto invisible, naturalizada como propia sin reconocer su origen.

El caso más emblemático es el tango. Como la BBC ha señalado en sus especiales sobre la esclavitud, el tango hereda su nombre, su ritmo y su espíritu de aquellos "tangos" o casas de reunión de los esclavos. La síncopa del candombe y la melancolía del exilio se fundieron en los arrabales de Buenos Aires para dar a luz a la música más representativa del país. La milonga, prima hermana del tango, y hasta la chacarera santiagueña, se nutren de esta misma raíz rítmica. Here's what I found en el lenguaje popular, la herencia es abrumadora: palabras como "mina", "quilombo" (originalmente, un asentamiento de esclavos fugitivos), "mandinga" (el diablo, asociado a un pueblo africano), "mucama", "marote" o "mondongo" son de uso cotidiano y tienen un origen bantú inequívoco.

La música argentina está poblada de figuras afrodescendientes cuyo aporte fue crucial, aunque su origen racial a menudo se omita. El payador Gabino Ezeiza, una leyenda del contrapunto; el pianista Rosendo Mendizábal, autor de "El entrerriano", uno de los primeros tangos canónicos; Cayetano Silva, el compositor de la inmortal "Marcha de San Lorenzo"; y Zenón Rolón, autor de la marcha fúnebre que se ejecutó en 1882 cuando los restos de San Martín regresaron al país. Todos ellos eran hombres negros que enriquecieron un patrimonio cultural que hoy se presenta como exclusivamente blanco y europeo.

En el ámbito religioso, la influencia pervive en la veneración popular de San Baltasar, el rey mago negro, cuya festividad se celebra con tambores y bailes en Corrientes y otras partes del Litoral, y en el culto a San Benito de Palermo.

Un Cierre para la Reflexión: Recuperar la Memoria

La historia de la invisibilización de la Argentina negra no es un capítulo cerrado. El racismo estructural, aunque solapado, sigue presente. Términos como "negro", "morocho" o "cabecita negra" se usan a diario como insultos clasistas, pero su carga semántica está inextricablemente ligada a un desprecio racial histórico. Irónicamente, hoy sus víctimas suelen ser personas de ascendencia mestiza, amerindia o incluso inmigrantes de países limítrofes, demostrando cómo el estigma racial perdura más allá del color de la piel.

En las últimas décadas, una nueva ola de inmigración afrodescendiente, proveniente de países como Senegal, Nigeria, Brasil, Perú o Colombia, junto con el trabajo incansable de organizaciones de afroargentinos que luchan por el reconocimiento, ha vuelto a poner el tema sobre la mesa. The truth is, reclaman no solo el fin de la discriminación, sino también la reescritura de una historia que les fue negada.

La Argentina no fue, ni es, un país blanco-europeo. Es un país mestizo, complejo y diverso. Reconocer la profundidad de su raíz africana no es solo un acto de justicia histórica hacia una comunidad silenciada, es un paso indispensable para que la nación se reconcilie con su verdadera identidad. Los tambores fueron acallados por decreto, pero su eco sigue resonando, esperando el momento de ser escuchado de nuevo.

Fuentes citadas:

* Revista Todo es Historia.

* Ensayo "Presencia negra en San Telmo", disponible en ensantelmo.com.

* Especial sobre la esclavitud de BBC Mundo.

* Artículo de opinión en El Peruano.


lunes, 25 de mayo de 2026

La chacarera y su largo viaje desde el África hasta tierras santiagueñas

 "El origen de la chacarera". Por Gustavo Daniel Ojeda

 

Foto: El Liberal, Cementerio de esclavos San Félix

Por medio del Camino Real llegan los africanos esclavizados desde el Viejo Perú hasta Santiago del Estero y crean en ese lugar la chacarera (en realidad crean el ritmo de gato, dado que éste es progenitor de aquélla, hay consenso en el rubro sobre esto, lo hablamos con Vitillo además que fue alumno de Don Andrés Chazarreta), cuya sesquialtera, hemiola o rítmica en cruz, que es la polirritmia 3/4-6/8 de la proyección folklórica (joropo, zamba, zamacueca, etc.), viene desde el África. Este viaje también trae el quechua de los Incas (el Inka es el soberano, y Quechua es el pueblo originario) que aquí se transforma en el quichua santiagueño. El primer gato registrado fue Relaciones para el gato por Rafael Rodríguez Brizuela, y Gato, dos meses luego, por Juan Varela, José Lizzoli y Eduardo Barberis, ambos grabados en 1905 en cilindro de cera Edison por Robert Lehmann-Nitsche y que quién escribe tiene en su haber.

Santiago del Estero es la ciudad permanente más antigua del país, fundada en 1553 en su actual lugar. Salavina, que debe su nombre a los Salavinones (pueblo originario) es la cuna de la chacarera (existen chacareras anónimas con letras antiquísimas en quichua) y del bombo legüero, que es distinto a cualquier otro membranófono nativo. En todo Santiago hubo y hay afrodescendientes; por ejemplo, en San Félix, casi todos sus habitantes lo son. En 1778 (luego de la creación del Virreinato del Río de La Plata, que fue en 1776) se lleva a cabo el primer censo en el Río de la Plata (Censo de Vértiz), que arroja los siguientes resultados respecto de la población negra: para Catamarca: 52%, Tucumán: 42%, Córdoba: 44%, Buenos Aires: 30%, Santiago del Estero: 54% (el Negro Casimiro Alcorta, autor de Cara sucia, el más antiguo tango de autor conocido, era afrosantiagueño) y Salta: 46%.

La mención más antigua que hay a la Chacarera fue hallada por Isabel Aretz, en las "Memorias de Florencio Sal", publicadas en Tucumán (abril de 1913); allí, está escrito que la chacarera se bailaba en esa provincia ya hacia 1850. Aretz recogió chacareras bajo los nombres de Chacra y Molino, en el oeste de Córdoba.

Con respecto a las versiones musicales antiguas de la chacarera, podemos citar, entre otras, las de Andrés Chazarreta (1911, ‘16, ‘20 y siguientes), las de Manuel Gómez Carrillo (1920 y ‘23), y las de Carlos Gardel junto a Razzano (1925 La choyana, con música de Alberto Acuña-letra de René Ruiz).

Etimología: la palabra proviene de chacarero, trabajador, la cual viene de chakra (maizal en quichua), dado que inicialmente se danzaba en el campo.

El ritmo de gato hoy vive en, obviamente, la chacarera, pero además en el escondido, el pala-pala, el malambo, la huella, etc.

La “forma” de la chacarera es: intro-estrofa-inter-estrofa-inter-estrofa-estrofa (o estribillo), donde cada estrofa dura un período de 8 compases, formado por 2 vueltas de 2 antecedentes + 2 consecuentes cada una, y es donde se canta.

Las chacareras pueden ser de 6 u 8 compases (lo que dura la introducción y también las vueltas enteras). La chacarera doble tiene 16 compases más que la chacarera (a secas); o sea, sus 4 estrofas duran 12 compases en vez de 8. Un ejemplo de chacarera doble es Añoranzas de Julio Argentino Jerez o La sachapera de Oscar Valles y Carlos Carabajal. La chacarera trunca puede ser simple (Coplas de cielo y río de Carlos “Negro” Aguirre), doble (La de los angelitos de Adolfo Ábalos y Julián Díaz, Déjame que me vaya de Roberto Ternán y Cuti Carabajal), de 6 u 8 compases, la diferencia está en su escritura musical: la hace trunca la acentuación en su tiempo débil al comienzo y al final, el acento cae en el 2° tiempo del compás de ¾, cosa que no sucede con las chacareras a secas, o sea, las que no son truncas (que suele decírseles derechas), donde el acento cae en el 3er. tiempo del compás. La chacarera trunca (La vieja de los Hnos. Díaz y Oscar “Cacho” Valles) termina todas las frases en el 3er. tiempo, carece de 1º, por lo que se produce un contratiempo debido a la ausencia del mismo. Tanto las chacareras (simples) como las chacareras dobles pueden ser truncas. La chacarera puede ser simple, dentro de las cuales hay normal y trunca, y doble, que también se divide en normal y en trunca. Una chacarera simple es Hacéme sufrir de los hnos. Simón.

Como pregunta final, les hago la siguiente: nombren 5 temas de bandas de rock internacionales… ahora nombren 5 títulos de chacareras… voy a ser más bueno y sumamente indulgente: sólo tararéenlas… espero no haber herido susceptibilidades, pero de eso se trata la transculturación, y es un arma más poderosa que la pólvora, dado que no es tan evidente.

 (De Luis Bauglen Baulin) Fuente: Mauricio FernandoVillarroel

jueves, 7 de mayo de 2026

¿Un Quilombo en Santiago del Estero?

San Félix, la única localidad del país en la que todos sus habitantes son afrodescendientes.

Por Cristian Alarcón


Un pueblo que es cosa de negros

Perdido en Santiago del Estero, está habitado por cuarenta familias, unas doscientas personas. Su nombre hace honor al hombre que enamoró a Felipa Guerra, la matrona de este linaje que ya suma seis generaciones: el rubio capitán de montoneras Félix Alderete. Cómo llegaron a ese paraje indómito los primeros esclavos. Las marcas del mestizaje y el orgullo por su identidad.

Para seguir la huella africana en Santiago del Estero hay que probar el sabor del polvo. Es como el clima: caliente y poroso, áspero y seco. Sabe a tierra húmeda cuando se deshace en el paladar. Levita por largos minutos apenas se lo espanta con una sola pisada, hundida unos 25 centímetros en el talco espeso que es el suelo de San Félix, el único pueblo del país en el que todos sus habitantes –cuarenta familias, unas doscientas personas– son descendientes de negros. Aunque la sexta generación de los Guerra tiene la piel más clara, se le ve en el rostro la marca del mestizaje de más de cien años, desde que los primeros esclavos llegaron a este paraje indómito con los Frías, terratenientes dueños de doscientas mil hectáreas de monte santiagueño. San Félix hace honor al nombre del hombre que enamoró a Felipa Guerra, la matrona de este linaje de afrodescendientes: la historia de amor de esa pareja mixta, entre la turgente y bella Felipa y el alto, fornido y rubio capitán de montoneras Félix Alderete, es la huella más fuerte de la familia que ahora se busca en sus antepasados, llena de orgullo por la identidad afro de una provincia en la que, durante la primera mitad del siglo XIX, el 50% de la población era afro.

El cronista llega al paraje acompañado por una troupe que más bien parece la de un circo ambulante: representantes del INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación) con Flavio Rapisardi a la cabeza; gente de la Secretaría de Cultura de Santiago del Estero; funcionarios de la Jefatura de Gabinete provincial, todos han aportado una 4x4 para llegar a San Félix este sábado. La temperatura, dicen, nos perdona la vida. Las camionetas tienen que salir de la capital con un intervalo de media hora entre una y otra: el talco de arcilla cuando no ha llovido –la condenada sequía lleva nueve meses, ni una gota de agua desde enero– limita el tránsito, porque la cortina polvorienta y gris que levanta el paso de cualquier vehículo es tan volátil que demora en desaparecer. La ruta 5 nos lleva hacia Pozo Hondo –un punto que apenas si figura en los mapas–. Desde allí hay que tomar un camino de tierra poceado y pleno del bobadal: así se llama ese tipo de senda, por su composición terrosa. Se avanza a veinte kilómetros por hora. La tierra se levanta y cae sobre los vidrios de la camioneta como si la tiraran del cielo. Cualquier otro auto, sin ruedas patonas y doble tracción, quedaría varado porque el radiador colapsaría de tos.

UTURUNGO. –Ésta era una estancia llamada Uturungo.

Dice don Loyolo Alderete, hombre de casi dos metros, como su tatarabuelo, don Félix. Y golpea con el pie enorme el suelo de su patio, a la entrada del paraje. Tiene más de setenta, la piel cobriza, bigotes blancos y prolijos, las canas bien peinadas y cierta elegancia rural del que ha mandado, del jefe de un clan.

–Aquí hay hermanos negros negros y otros rubios. Por allá lejos tenemos un changuito con los ojos verdes y el pelo mota. Acá siempre se ha dicho, para reírse de ellos, de los que heredaron ese pelo de negros, que, cuando se les echa agua a la cabeza, no se les moja.

Ríe don Loyolo de su gracia, y su esposa, que permanece como una anciana quieta y silenciosa a su lado, le sigue la corriente.

–Sí, no se les moja la cabeza. Dice.

La huella de la negritud de San Félix se pierde en la memoria del pueblo. Reside allí donde llegan los recuerdos de sus habitantes más antiguos: don Loyolo alcanza a dibujar el árbol genealógico hasta su madre, la hija de Delfín Alderete, nieto del Félix que desposó a Felipa. Su padre era Cirilo Matías –otro de los apellidos que abunda en la zona–, un “gringo”, dice Loyolo, que es como se les decía a los españoles que llegaban en aquellos tiempos siguiendo el camino que durante la colonia unía Córdoba con Potosí, atravesando el duro interior santiagueño.

–Cirilo Matías vino de España en 1916, y en 1921 llegó a Pozo Hondo. Andaba como vendedor de mercadería ambulante. Mi mamá, María Alderete, lo conoce entonces. Se enamora, se casan y él se instala. Ella tenía su porción de tierra que le correspondía porque era nieta de Felipa Guerra. Aquí mismo era el casco de la estancia Uturungo, que es como le dijeron siempre a la parte que los Frías les dieron a los negros cuando comenzó todo esto.

Uturungo es una voz quechua, una vieja leyenda según la cual un indio se metamorfosea en puma –el Uturungo–. La creencia es que un hombre que necesita vengarse de una ofensa, de un crimen, o de una mancha moral puede hacerlo si pacta con el diablo –“supay”– en una ceremonia en la que se convertirá en el tigre revolcándose sobre el cuero de un animal. Vuelto animal salvaje recorrerá los alrededores de los pueblos y las estancias aterrorizando a la gente que le teme. La prueba de su existencia es que las vacas y los caballos solían aparecer despedazados, y en los alrededores de la bestia yacente, las huellas de un puma que no tiene cuatro dedos, sino cinco, como un ser humano.

PUMA. Los Guerra, los Alderete, los Matías abundan como el sol que todo lo alcanza dieciocho horas al día. En este clan de figuras míticas se han ido cociendo algunas, pocas, historias que le dan sentido a la insularidad de San Félix. Según uno de esos cuentos de fogón, hubo un hombre valiente, en el comienzo de casi todo, que cazaba pumas como si apresara gallinas. Era el hijo del patriarca, Félix Alderete, y llevaba, por primogénito, el nombre de su padre. Salía a buscar las fieras al monte cuando se acercaban demasiado y se atrevían a masticarle las vacas. La mayor hazaña de Félix hijo fue jugarse la vida como un Uturungo, casi transformado en puma. Subió por las ramas de un paraíso y se deslizó con la suavidad del felino hacia lo alto. El animal vigilaba cómodamente afincado sobre un grueso tronco, entre el follaje. El valiente le metió el cuchillo desde abajo, hacia el corazón, lo hundió como si fuera una espada. Cayeron los dos al piso. El puma lo abrazó como quien quiere asfixiar al amante. Le clavó las garras en la espalda y exhaló en el intento. Las heridas en la carne del cristiano fueron profundas. Curarlas llevó tres meses de postración boca arriba. Fue su madre, la mítica Felipa Guerra, ya en una silla de ruedas, la que lo cuidó hasta sanarlo.

Felipa era una negra hermosa. Y fue la matriarca de este clan, aunque no la primera. Era la hija de los primeros negros del lugar. Carlos Torres, sexta generación en la saga familiar y habitante de una casa en la que vende vino frío y picadas de mortadela y queso de campo a los extraños visitantes de la Capital, lo dice con letras de molde:

–Mis antepasados, Julián Guerra, venido de África como esclavo, y Felipa Iramain, traída del Brasil, se casaron, y, como regalo de bodas, los que habían sido sus dueños, los Frías, les dieron una legua cuadrada, que en realidad estaba medida en varas (86 centímetros), por eso la propiedad no tiene 2.500 hectáreas, sino 1.800. Era poco al lado de las 200 mil hectáreas que tenían los Frías en esa época. Luego, a otros negros, en mérito de la lucha federal, les dieron media legua cuadrada, que serían luego los pueblos vecinos de San Andrés y San Ramón. Todos los negros tuvieron el mismo apellido puesto por sus patrones: todos fueron Guerra.

La primogénita de la pareja de negros fue Felipa Guerra. Ella y sus hermanos poblaron Uturungo. Pero fue ella la que se enamoró de Félix Alderete, el capitán de montoneras que vino de la costa del río Salado para quedarse y formar un linaje de bellos mulatos afincados para siempre en el lugar.

LUJO Y ORO. Son bien grandes los Alderete. Los hijos de don Loyolo lo visitan este sábado calenturiento. Uno de ellos es maestro y anda con su pibe, de unos doce años. El chico heredó los rasgos africanos de su tatarabuela pero en una piel blanca. La nariz chata de fosas redondas y el pelo ensortijado, de ese que no se moja. Don Loyolo sabe que los funcionarios que han venido a verlo hoy trajeron tambores desde Santiago, y un cine móvil de la Secretaría de Cultura. Esa pantalla blanca le permitirá ver por primera vez su propia imagen proyectada en la escuelita rural de San Félix, en la que cuarenta niños de los campos vecinos pasan la semana junto a siete maestros. Allí es la fiesta. Hacia el patio rodeado de paraísos y quebrachos, caminan las familias de morenos despintados por las mixturas raciales de un siglo.

Hace muchos años que la pobreza, la sequía y la migración de los más jóvenes –que parten hacia la capital provincial a buscar trabajo– han dejado sin fiestas a San Félix. Lejos quedaron las bacanales de los antiguos, de “los principales”, los siete hijos que tuvieron los esclavos libertos Julián y Felipa a quienes todos les podían ver las marcas que les habían impuesto en los mercados de Buenos Aires y alguna ciudad del Brasil. La pareja había conocido el lujo en la casa de los patrones Frías. Y cuando pudieron, criaron a su descendencia en la comodidad. Tres generaciones duró aquella abundancia.

–Mi abuela me contaba que esto era como vivir en un palacio de reyes. Cómo serían de pretenciosos los negros que no querían comer terneros machos, sólo se les antojaban las terneritas hembras. Las fiestas podían durar tres días. Cada familia mataba un animal y lo repartía, eran miles de cabezas de ganado. Se hacían hormas y hormas de queso. Se ponía la leche en un cuero de vaca, el noque, y en ese cuero entero se lo dejaba. Dos mujeres, una de cada lado, lo llevaban. El lujo les venía de Felipa Guerra, la abuela de mi abuela. Ella terminó en una silla de ruedas que estaba hecha con piezas de oro.

Dice Loyolo.

La fiesta de este sábado es austera pero profunda y sentida. Algo campea el aire de la tarde, algo parecido al respeto, a una memoria silenciosa de niños bien portados que esperan ansiosos el cine jugando a la mancha en el patio. El documental muestra con imágenes de archivos históricos el camino de los esclavos llegados a la Argentina desde África y Brasil, los mercados, las marcas a fuego en la piel, las guerras a las que fueron enviados. El camino Real, entre Córdoba y Potosí, la posición de San Félix y, hacia el final, las imágenes del pueblo. Entonces, las risas de los chicos, las sonrisas de los grandes, la cara iluminada de Loyola que se ve, y se escucha, enorme sobre la pantalla, contando sus recuerdos de la negritud. El INADI ha invitado a la coordinadora del Foro Afro, Mameto Kiamasi, una negra bien argentina que les habla vestida con una amplia pollera blanca, de túnica, y turbante:

–Debemos estar orgullosos de ser negros, de venir de esa sangre.

Les dice.

El nieto. A medio kilómetro de la escuela vive el hombre más anciano del pueblo. Le dicen Titilao, un apodo de niño travieso que le quedó puesto por su abuela, la mismísima Felipa Guerra. Nadie, ni él, sabe cuántos años tiene. Noventa y tantos como mínimo. Sale de su rancho asistido por dos nietos, que lo llevan como bastones hasta la tranquera. Los ojos pequeños se le pegan, y hace esfuerzos por abrirlos y mirar a los extranjeros. Todos sus movimientos son de una lentitud ceremonial. Pero cuando habla, con la voz cascada, la rapidez mental sorprende.

–Los he conocido a los principales. Yo le diré los principales pero usted no anote ahora: Juliana, Isolina, Gregoria y Caucana, Vicente, Félix, Delfín y Ángel. Estanislao es el hijo de Ángel. Es el único que no se casó nunca, ni tuvo hijos. Cumplió funciones de cura. Era el rezador del pueblo. El que casaba. El que bautizaba. El que daba las extremas unciones. El que quedó para contar lo que era Félix Alderete, el patriarca.

–Mi abuela Felipa era bien negrita. Mi abuelo era rubio. Usaba chiripás. Andaba al alba por las camas de los hijos despertándolos cuando iba a llover para que salieran a encerrar los animales. “¡Los bueyes!”, gritaba. Los negros, hermanos de Felipa, le querían pegar cuando se chupaban. Le daban duro los negros. Mi abuelo se reía de ellos. Les decía “cola e’ pishinga” porque se vestían a la moda, usaban camisas blancas, pantalones negros, con un pañuelo blanco que les salía del bolsillo de atrás, como la cola de los zorrinos. –Y dicen que las fiestas eran buenas.

–Acá gustaba el vino. La abuela se iba a San Roque de a caballo con otras negras, y volvían, con las bordelesas cargadas. Dejaban a los maridos a cargo.

Don Félix, cuenta Titilao, fue inteligente y les fue prestando plata a sus cuñados los negros, a quienes les gustaba apostar fuerte. Solían juntarse alrededor del pozo de agua, el jagüel del que aún se proveen todos de un agua termal que sale tibia de las canillas. Todo terminaba a cuchillazo limpio.

Don Titilao cruza las piernas con garbo. Pide un cigarro. Lo enciende. Le pregunta al cronista: –¿Que anota tanto? ¡Éste –les dice al resto de los que lo escuchan– va a tener para escribir una novela en Buenos Aires!

Reímos de las gracias de don Titilao. Y él, feliz de la visita, nos obsequia con sus cantos.

Cuando el sol se pierde en el monte santiagueño, Estanislao Guerra, nieto de Felipa Guerra y Félix Alderete, canta una vidala de esas que entonaba en las fiestas de negros de las épocas de lujo.

Se viene la semana afro en la Argentina

Por tercer año consecutivo, el INADI realizará “Argentina también es Afro”, jornadas político-culturales de reflexión, visibilización y reclamo del movimiento afroargentino. Organizadas junto a la Embajada de Brasil, se podrá participar de mesas de debate, obras de teatro y una ceremonia de tambores con grupos como La Chiringa (Argentina) y Afroreagge (Brasil). Se realizará entre el 9 y el 15 de noviembre próximo.

Fuente: http://alejandrofrigerio.blogspot.com/2009/10/un-quilombo-en-santiago-del-estero.html

sábado, 7 de febrero de 2026

El origen de la chacarera

 


Quizás muchos no lo sepan, pero la chacarera, proveniente de Salavina  tiene elementos afros aportados por negros esclavizados llegados desde el Perú a través del Camino Real, una vía de comunicación de cerca de 3 000 km que fuera construida hace más de 400 años por los conquistadores españoles y por la cual transitaban comerciantes, soldados y religiosos, con el objeto de transportar mercancías, violar nativas, diezmar poblaciones originarias, robar obras de arte para fundirlas y transformarlas en lingotes, traer la religión verdadera y poblar el Tucumán y el norte argentino hasta Buenos Aires para crear un acceso al Océano Atlántico. De esta manera se fue formando un camino principal que unía al Alto Perú con Córdoba y demás. Así que, por medio de la ruta antedicha, sabemos llegan los africanos esclavizados desde el Viejo Perú hasta Santiago del Estero y crean en ese lugar la chacarera (en realidad crean el gato, dado que éste es progenitor de aquélla, hay consenso en el rubro sobre esto, lo hablamos con Vitillo además que fue alumno de Don Andrés Chazarreta), cuya sesquialtera, hemiola vertical o rítmica en cruz, que es la polirritmia 3/4-6/8 de la proyección folklórica, viene desde el Äfrica; los ritmos de nuestro folklore que están en 6/8 suelen jugar con esa polirritmia entre 2 y 3 tiempos, por eso suelen signarse 6/8 (¾), y esto los asemeja en muchos aspectos entre ellos y con otros ritmos similares, como el joropo venezolano, la zamba, la zamacueca, etc. Esto lo charlamos también con el querido Raúl Carnota, coincidiendo. Asimismo, este viaje, trae el quechua de los Incas (el Inka es el soberano, y Quechua es el pueblo originario) al centro de la actual Argentina (la entrada del quechua al actual territorio nacional es anterior, ver más adelante), que aquí se transforma en el quichua santiagueño. El primer gato registrado fue ‘Relaciones para el gato’ por Rafael Rodríguez Brizuela, y el segundo, ‘Gato’ (a secas), dos meses luego, por Juan Varela, José Lizzoli y Eduardo Barberis, ambos grabados en 1905 en cilindro de cera Edison por Robert Lehmann-Nitsche y que quién escribe tiene en su haber.

Santiago del Estero es la ciudad permanente más antigua del país, fundada en 1553 en su actual emplazamiento (a continuación, un artículo sobre esto). Salavina, que debe su nombre a los Salavinones (pueblo originario) o sanavirones, es la cuna de la chacarera (existen chacareras anónimas con letras antiquísimas en quichua) y del bombo legüero, que es distinto a cualquier otro membranófono nativo. En todo Santiago hubo y hay afrodescendientes; por ejemplo, en San Félix, casi todos sus habitantes lo son (ver más adelante). Recordemos que en 1778 (luego de la creación del Virreinato del Río de La Plata, que fue en 1776) se lleva a cabo el primer censo en el Río de la Plata (Censo de Vértiz), arrojando los siguientes resultados respecto de la población negroafricana: para Catamarca: 52%, Tucumán: 42%, Córdoba: 44%, Buenos Aires: 30%, Santiago del Estero: 54% (el Negro Casimiro Alcorta –hijo de una esclava de Amancio Alcorta, de quien toma el apellido-, autor de Cara sucia, el más antiguo tango de autor conocido, era afrosantiagueño; su madre era esclava del conocido músico y estanciero Amancio Alcorta) y Salta: 46%. O sea, a fines de s. XVIII en Santiago del Estero, eran más los no blancos que los blancos, pues la población que no entra en estos porcentajes no era toda blanca, sino que había también originarios y mestizos.

La mención más antigua que hay a la Chacarera fue hallada por Isabel Aretz, en las "Memorias de Florencio Sal", publicadas en Tucumán (abril de 1913); allí, está escrito que la chacarera se bailaba en esa provincia ya hacia 1850. Aretz recogió chacareras bajo los nombres de Chacra y Molino, en el oeste de Córdoba.

Con respecto a las versiones musicales antiguas de la chacarera, podemos citar, entre otras, las de Andrés Chazarreta (1911, ‘16, ‘20 y siguientes), las de Manuel Gómez Carrillo (1920 y ‘23), y las de Carlos Gardel junto a Razzano (1925 La choyana, con música de Alberto Acuña-letra de René Ruiz).

La etimología del nombre.

La palabra proviene de chacarero, trabajador de una chácara o chacra (del quichua santiagueño chakra: ‘maizal’, ‘tierra de labor’, que a su vez viene del quechua čhakra), y se refiere a un terreno o especie de granja, donde se siembra y/o practica al ganadería, dado que inicialmente se bailó en estos sitios, en el campo.

El aspecto musical.

El ritmo de gato hoy vive en, obviamente, la chacarera, pero además en el escondido, el pala-pala, el malambo, etc., llegando inclusive hasta la provincia de Buenos aires con el nombre de huella

La “forma” de la chacarera es: intro (frase 2 compases x3)-estrofa (frase 2 compases x4)-inter (6 compases)-estrofa (8 compases)-inter (6 compases)-estrofa (8 compases)-estrofa (o estribillo, 8 compases), todo esto, 2 veces, donde el período de 8 compases que dura cada estrofa está formado por 2 vueltas de 2 antecedentes + 2 consecuentes cada una, y es donde se canta.

Las chacareras pueden ser de 6 u 8 compases (lo que dura la introducción y también las vueltas enteras). La chacarera doble tiene 16 compases más que la chacarera (a secas); o sea, sus 4 estrofas duran 12 compases en vez de 8. Un ejemplo de chacarera doble es Añoranzas de Julio Argentino Jerez o La sachapera de Oscar Valles y Carlos Carabajal. La chacarera trunca puede ser simple (Coplas de cielo y río de Carlos “Negro” Aguirre), doble (La de los angelitos de Adolfo Ábalos y Julián Díaz, Déjame que me vaya de Roberto Ternán y Cuti Carabajal), de 6 u 8 compases, la diferencia está en su escritura musical: la hace trunca la acentuación en su tiempo débil al comienzo y al final, el acento cae en el 2° tiempo del compás de ¾, cosa que no sucede con las chacareras a secas, o sea, las que no son truncas (que suele decírseles derechas), donde el acento cae en el 3er. tiempo del compás. La chacarera trunca (La vieja de los Hnos. Díaz y Oscar “Cacho” Valles) termina todas las frases en el 3er. tiempo, carece de 1º, por lo que se produce un contratiempo debido a la ausencia del mismo. Tanto las chacareras (simples) como las chacareras dobles pueden ser truncas. La chacarera puede ser simple, dentro de las cuales hay normal y trunca, y doble, que también se divide en normal y en trunca. Una chacarera simple es Hacéme sufrir de los hnos. Simón.

El acompañamiento del bajo consta de un silencio de negra y dos negras.

La segunda voz puede ser en 3as. o en 6as. (menos común), ambas descendentes

Sobre la fundación de la ciudad.

Santiago del Estero es la ciudad más antigua del país que aún se mantiene en pie, fundada en 1553 por Francisco de Aguirre, si bien, a rigor, originalmente la ciudad fue fundada el 24 de junio de 1550 por Juan Núñez de Prado, proveniente del Perú, con el nombre de El Barco, en honor a su ciudad natal en España, El Barco de Ávila. Núñez de Prado se vio obligado a trasladarla al año siguiente, y luego, tuvo que retrasladarla, en 1552. Los habitantes de esta tercera ciudad de El Barco fueron conminados por Francisco de Aguirre, proveniente de Chile, a mudarse a una nueva ubicación y, junto con colonos que él mismo traía del territorio trasandino (Nueva Extremadura, perteneciente al Virreinato del Perú en esa época, luego Capitanía General de Chile, a fines de s. XVII), fundó una cuarta ciudad, pero con otro nombre: Santiago (por el Apóstol Santiago) del Estero (por hallarse junto a una laguna cercana al río Dulce) el 25 de julio de 1553.

Con Núñez de Prado, además de españoles, llegaron numerosos originarios de habla quechua, lengua que dio origen al actual quichua santiagueño, ampliamente difundido en la provincia.

Pero, antes de la llegada de los españoles ya había gente ahí y había una cultura preexistente, estaban los salavinones o sanavirones –de allí el nombre de la ciudad o distrito de Salavina, departamento del mismo nombre-, así que éstos fueron sus primeros habitantes. Los conquistadors españoles los llamaron yugitas, como se advierte en la Información de servicios presentada en julio de 1548 por Pedro González del Prado

La quechuización del Río de la Plata.

Quechua es el pueblo originario que tuvo si centro en Qosqo, que significa el ombligo del mundo y a la cual los españoles rebautizaron como Cuzco, que no significa nada. El Quichua es la variante lingüística santiagueña.

La quechuización del actual territorio nacional arranca antes, en 1472 más precisamente, 4º período, Incaico o Imperial de la etapa Agroalfarera o de productores en el NOA, región rebautizada como Collasuyu por los quechuas; Domingo A. Bravo atribuye la "primera entrada" del quechua a la región del Tucumán a la expedición del capitán Diego Rojas en 1543. Estas expediciones estaban compuestas por yanaconas (indios de servicio) hablantes quechuas. Entre 1550 y 1553, Santiago del Estero se consolida como capital de dicha región; esta acción quechuizante se da porque el quechua era hablado desde Quito hasta el Reino de Chile y el Reino del Tucma. Según lo expresa el profesor Marcos A. Moringio cuando se refiere a la autoridad del Inca Garcilaso. Fuente: Estado actual del quichua santiagueño. Domingo A. Bravo Ed. 1989.

Como pregunta final, les hago la siguiente: nombren 5 temas de bandas de rock internacionales… ahora nombren 5 títulos de chacareras… voy a ser más bueno y sumamente indulgente: sólo tararéenlas… espero no haber herido susceptibilidades, pero de eso se trata la transculturación, y es un arma más poderosa que la pólvora, dado que no es tan evidente.

San Félix, ciudad negroafricana santiagueña.

Dedicado a mi amigo y hermano Carlos Alberto Torres.

En San Félix, Provincia de Santiago del Estero, sus habitantes (gentilicio: “sanfeleños”) se consideran afrodescendientes, y es su orgullo pertenecer a la rama de africanos esclavizados que pusieron el cuerpo para construir la nación. Probablemente no tengan todos el fenotipo africano, pero ése quizás sea un error nuestro: el pretender considerar afros sólo a los que sí lo manifiesten en la cara. Lo llevan en la sangre, y también lo han heredado culturalmente.

Hace unos años vi una filmación de Titilao Alderete, el poblador más antiguo de San Félix, que en aquel entonces tenía más de cien años y era nieto de los fundadores del pueblo.

“Hoy Usted acaba de aprender algo nuevo”.

p.d.: como era de esperar, va a surgir un montón de gente iluminada que se aburre porque ya lo sabe todo inclusive lo que yo estoy pensando en este justo preciso momento porque tienen el don de la adivinación entonces ya saben de antemano lo que voy a escribir, y le van a ver errores a esto por todos lados, van a darse cuenta que está todo mal, al punto que es cuasi perverso porque ellos son expertos de los defectos. En lugar de buscar el propósito constructivo de quien lo escribió o mandarle en todo caso un mensaje personal en un acto hidalgo si creyeran notar algo que pudiera no ser correcto, van a defenestrar y escrachar en público y enojarse con quien lo escribió. A toda esa gente, un gran abrazo y profundo deseo de mejora, pues no se puede vivir con toda esa ira adentro: hace mal.

Los Demas Dan Alguna Opinion..........

Roberto Rutigliano Eso mismo, la chacarera es una mezcla de 3/4 con 6/8 un tipo de superposición que no existe en la tradición europea; claramente es una polirrtima heredada de la cultura musical africana...esto es evidente, la constatación histórica ayuda a reforzar la descendencia.

Luis Blaugen-Ballin El joropo venezolano es igual.

Roberto Rutigliano hay toda una musicalidad negra en toda la costa del pacífico que tiene ese estilo en 6/8...el Joropo me parece más parecido con el valsecito peruano...

Luis Blaugen-Ballin Pero el vals es 3/4, y el joropo es polirrítmico.

Milton Blanco En el vals criollo peruano muchas veces escuché que al improvisar los músicos superponian de a tandas 3/4 y 6/8

Roberto Rutigliano el joropo me suena como en 3/4 rápido...

Ruben Trionfini Había dos maneras que tenían los Incas de invadir territorios...... Una por supuesto era la guerra directa, para someter pueblos y anexarlos al sistema de vasallaje, práctica en la que llegaron a eliminar culturas de la faz de la tierra, matando a todos sus integrantes e incluso arando el terreno, si es que las poblaciones en cuestión no se querían someter............ Otra era la utilización de "mitamaes", o sea grupos de población Inca, que se dejaban viviendo en un lugar determinado al cual querían colonizar, para que, por cuestiones de transferencia cultural, con el paso del tiempo, el lugar se amolde primero a la cultura inca, y luego se doblegue a la misma.......... Esta manera, creo que fue la elegida en el caso que se hace referencia de Santiago del Estero...... Es muy llamativo que el Quichua santiagueño, no se hable más abajo de esa localización geográfica, ni más arriba tampoco.... o sea quedó como una isla idiomática en ese lugar, ya que la utilización del grupo de mitamaes, lo circunscribió a ese espacio territorial...

Silvana Truyol El quichua es prohibido como lengua en el Tucuman por cedula real (Carlos III) alrededor de 1730. Ya en 1635 el obispo Maldonado expuso su queja por carta al rey diciendo... Poco hablan los indios y españoles en castellano porque esta connaturalizada la lengua general de los indios...

Juan Antonio Campos LAS ACTAS DEL 9 DE JULIO ESTAN REDACTADAS EN QUECHUA Y AIMARA ….

Daniel Lescano Gran parte del territorio santiagueño su lengua ancestral es el Quichua no solo en Salavina

Ruben Trionfini Con respecto al ritmo de chacarera, venido con los negros africanos o descendiente de los ritmos traídos por ellos, puede que la entrada haya sido por el camino real que iba de Lima a Sucre, pero, si tenemos en cuenta que los negros venían con los Españoles y no con los Incas, ese camino fue posterior al utilizado por la colonización para entrar a lo que ahora llamamos Argentina........ Se entró primero por Chile, y desde allí se fundó primero Esteco, desaparecida, y luego Santiago del Estero, por Francisco de Aguirre......... La colonización fue una cuestión familiar, si se puede decir así, y desde Chile, Valdivia mandó a Juan Jufré a fundar San Juan, luego a su hijo Luis Jufré a fundar San Luis y este era sobrino nieto de Aguirre......... Espero haber enriquecido la charla...

Luis Blaugen-Ballin Este camino es el primero, por ese camino arriban los primeros realistas a la actual pcia. de Sgo. del Estero, junto con afros esclavizados y quechuas. Desde Chile será años luego, cuando venga Aguirre.

Juan Melo Ruben y Luis aqui, ni el articulo tampoco, se menciona el camino del Capasnian o Chapajnian que nacia en eel noroeste de Cordoba hacia Perú. Segun nuestros antiguos pueblos originarios, leáse Inka, queshua. Kolla, aymara, inclusive diaguita quilmes, sanavirones... conocian todo ese camino. Su construccion, casi natural por el tránsito constante, es varios siglos antes de la llegada española. Sobre la chacarera se podria afirmar que su ritmo es similar a otras danzas nativas, preexistentes. Lo probable es que sea de pueblos originarios del NE y no afro. Inclusive el bombo es similar a los tambores nativos a lo que se sumaron los aros para tensar los parches situación que sí aparece en tambores originalmente africanos. Por último, me permito trazar un paralelo donde afirmo que los ritmos africanos relegados a los afro en América, ninguno se parece a la chacarera. Para dar magnitud a esta afirmacion a esto digo que ni el tambó (hoy conocido como tango) ni el canbombe rioplatense se parecen a la chacarera en cuestion... dejo abierta la charla para agregar mas detalles. Abrazos

Joaquín Dufour Hola Juan. La música rioplatense no guarda parentezco con la chacarera porque las naciones de esclavos que llegaron al Bs As eran mayormente Congos. Los afros que entraron en Santiago (al menos al principio) venían desde Lima, lo hicieron mucho tiempo antes.

Según lo entiendo yo, de las culturas a nivel mundial que desarrollaron la verticalidad de la ritmica (polirritmias), la que nos llega a América es la africana, que en si misma está dividida en culturas muy diferentes entre si, a las cuales "como son todos igual de negros" solemos no mirar en detalle. Hasta donde yo tengo entendido, ninguna de las culturas preexistentes de América desarrollo verticalidad rítmica.

En la polirritmia hay dos figuras básicas, la ya conocida 3/4 6/8, que es ternaria (bueh, si se ve de la perspectiva del 3/4 no, pero...) y la conocida como 3 3 2, que es negra con puntillo dos veces y negra. Está figura se entrelaza con el pulso de un compás binario de 4 tiempos. A partir de ahí se estructura practicamente toda la música popular en América, con exepción de las expresiones originarias y algún que otro ritmo trasplantado de Europa, como la Polka o el Vals.

Cada una de estas polirritmias (que tampoco venían impolutas de África, claro) con el paso de los tiempos se van a vestir de todas las particularidades con las cuales llegaron a nuestros oidos En cuanto a la rítmica. La chacarera como tal o el gato, son una estructura coregrafica musical.

El ritmo madre es el malambo, y este viene de malembe, similar origen afro cómo el de la expresión musical afrovenezolana. Así como lo rítmico musical podría incluirse el zapateo, diferente a la coreografía que es un elemento más bien español, y la incorporación de boleadoras que si bien a simple vista más relacionado con la cultura nativa originaria, en África hay usos rítmico-musicales con elementos similares a estos que acompañan la música/danza, más bien de tipo agrario. Tocar tiene sentido y razón y no la mera expresión artística como lo ha síganos la cultura europea. Esto puede tener con chacarera en su etimología derivada de chacra como por ahí se dice. En cuanto a términos Zamba viene de semba, que en Brasil es la ombligueada, danzas de fertilidad.

Jorge Galian Chazarreta Excelente!!!! ¡Luis Blaugen-Ballin Un orgullo que me lo diga un Chazarreta!

Kyoge Betsuden Así me lo enseño el gran Toro Stafforini

Luis Blaugen-Ballin Pasáme eso por privado, forma parte de un laburo más grande esto, que estamos haciendo con otros colaboradores.

Kyoge Betsuden No tengo nada escrito, tu artículo me trajo recuerdos de conversaciones.

Kyoge Betsuden Muy buena la 📝

Jose Pavoni Excelente Luis, admiro tus amplios conocimientos culturales.

Roberto Rutigliano Gracias mestre

Mariela Díaz Sí. La gente se enoja mucho cuando decís que la Chacarera tiene raíces también negras...y que vino de Perú.

Luis Blaugen-Ballin La gente se enoja por cualquier cosa, todo hoy es motivo de agravios, todo el mundo está irascible... el enojo es directamente proporcional a la ignorancia

Roberto Fernandez Rizo Luis Blaugen-Ballin acá el enojo viene por lo de negro. En Argentina ocurre que no quieren reconocer lo negro en su cultura. Y lo negro está desde Alaska hasta la Tierra del fuego.

Pero la realidad es más fuerte que cualquier deseo. Tan es así, que si hay algo que identifica a la cultura argentina es el tango. Y tango proviene de ntangu, palabra del kikongo, que es el idioma del pueblo Kongo. Y los kongos han sido la cultura africana que más aportes hizo a la música popular del continente americano.

Roberto Fernandez Rizo Hola Luis, ¿cómo estás?  me interesa mucho tu artículo sobre la Chacarera y conocer más sobre el tema. Intuyo que tango congo, un patrón rítmico afroamericano, tambien siguió ese camino. Saludos

Luis Blaugen-Ballin El tango venía por otra corriente, del Atlántico digámosle, por eso hay analogías entre el son, la habanera, la milonga, el tango primigenio (no Gardel). En cambio, estos afros, que venían del Perú, muchos eran afros criollos, y generan los ritmos 6/8 (3/4), en contraposición a los del tango, que es otra música, corchea con puntillo semi 2 corcheas o sus derivados (3+3+2)

Roberto Fernandez Rizo Luis Blaugen-Ballin muchas gracias.

Luis Blaugen-Ballin Igual nada de lo escribo es una verdad revelada, pues es pasible de ser mejorado, siempre que sea con respeto y sin arrojar descréditos. tengo un artículo similar sobre el tango.  del Indio como decís Yupanqui

Este continente ya tenía caminos y población y muestro desarrollo

Luis Blaugen-Ballin Existían varios caminos, los quechuas ingresaron al NOA antes que llegarna los españoles, también había otros pueblos en Santiago antes de esto (tonokotés, sanavirones, etc.), pero esos caminos no tenían la extensión de este camino real que ilustro en el mapa...

Por: Luis Blaugen-Ballin -

sábado, 24 de enero de 2026

Las achuras, “comida de esclavo” y el aporte Afro a la gastronomía argentina

Las achuras, que representan quizás aquello más característico del asado argentino, son una herencia de la esclavitud. En diálogo con el antropólogo Pablo Cirio, buscamos en la historia los aportes afroargentinos a la comida nacional.

 Por Esteban Lleonart

 


Contaba Jorge Luis Borges que allá por la década del ’20, cuando comenzó a frecuentar a los compadritos de Buenos Aires, que un día al regresar a su casa luego de haber comido con ellos, su madre lo increpó: “¿No habrás comido esas porquerías que comen los esclavos?” Se refería a los chinchulines, mollejas y otras partes de la vaca que la sociedad “bien” no consumía y que, a pesar de que la esclavitud quedó abolida definitivamente con la constitución de 1853 (y que Buenos Aires debió aceptar en 1860), seguía estando en aquellos comienzos del siglo XX asociada a los negros argentinos.

En Buenos Aires el primer ingreso de esclavos fue en 1585, aunque el comercio de seres humanos traídos de África en el actual territorio nacional es anterior. Si tomamos 1860 como fecha final, estamos hablando de al menos 275 años de esclavitud en las provincias del Virreinato del Río de la Plata, sin contar que, como los indemnizados fueron los amos esclavistas pero no así los negros que habían sido víctimas, muchos debieron seguir trabajando en una condición de servidumbre que no difirió mucho de la dominación anterior. Esa servidumbre – antes y después de la abolición – tuvo mucho que ver con la cocina. A partir de la década de 1880 empieza la “moda” de las sirvientas francesas, o al menos europeas, pero antes de eso, era muy común que preparar la comida fuera providencia de los negros.

 “Los negros acá tuvieron que hacer todas las comidas para el amo, además de cocerle la ropa, plancharle, todo… hasta trabajo sexual, obviamente no consentido, del que viene mucho del mestizaje actual, muy poco reconocido”, explica Pablo Cirio, antropólogo y Director de la Cátedra Libre de Estudios Afroargentinos y Afrolatinoamericanos de la Universidad de La Plata. Cirio cuenta que, al tener que hacer tantas tareas al mismo tiempo, se popularizó una cocina de en base a guisos y cocciones lentas, ya que esto permitía a los esclavos desarrollar varias actividades al mismo tiempo. En tantos siglos de cocinar guisos y pucheros, puede suponerse que haya habido aportes a las cocciones y condimentaciones hechas por los negros en nuestro territorio, aunque claro, al ser un tema poco estudiado, no existan grandes evidencias de ello. Sí la hay, sin embargo, de que los eran muy hábiles con los dulces, y ya en la época de Rosas había libertos (o sea, hijos de esclavos que debían pagarle una renta a sus amos) que vendían mazamorra y pastelitos para generar ese ingreso.

Volviendo al asado, en épocas en que no había métodos de conservación de las carnes y con abundancia de vacas para comer, los blancos consumían la carne asada, pero no así las achuras, que se tiraban a la basura. “La tripa gorda, los chinchulines, las mollejas…  todo eso es un aporte de la cultura del desperdicio, de los negros que consumían lo que sus amos desperdiciaban, a la culinaria argentina, y que hoy es como el ABC de la argentinidad”, sostiene Cirio.

Esta puede relacionarse también al caso de Antonio Gonzaga.  Autor de “El Cocinero Práctico Argentino” en 1931, Gonzaga fue un negro correntino que se destacó en alta cocina y que trabajó para el Congreso Nacional y diversos hoteles de lujo.  En sus recetarios hay descriptas muchas técnicas para la preparación del asado, y se lo considera responsable por haber difundido en la alta sociedad porteña el consumo de las achuras, el chorizo o las criadillas, por las que fue célebre. También fue famoso su puchero, otra comida relacionada a las cocinas de esclavos durante la época colonial. E incluso Cirio imagina que quizás las salsas que Gonzaga creaba y bautizaba con nombres de fantasía bien podrían ser antiguas salsas africanas, nombradas al gusto de los blancos.

 “Hubo una clase alta negra, de gente muy preparada intelectualmente, como Gonzaga, que todavía existe, y que generalmente ascendió socialmente ya en la época de Rosas a costa de desentenderse de su africanía, abrazando los valores eurocentrados, entre ellos la comida, obviamente.  Eso lo obligaba a vestirse de determinada manera, a no ir a los candombes, a no reproducir nada que no sea de desagrado del blanco, como las lenguas africanas o la religión… muchos empezaron a estudiar abogacía, medicina, y artes plásticas europeas, viajar a Europa para perfeccionarse… y en este caso, bueno, las cocinas”, asevera Cirio. De hecho Gonzaga se describía en los libros como “criollo”, que quiere decir “hijo del país”, pero no como negro.

Sin embargo, y más allá de estos aportes, no puede hablarse propiamente de una cocina afroargentina (ya que, entre esclavitud y pobreza, su cocina se basó más en rescatar desperdicios y comer lo que se pudiera), y ni siquiera ser muy específicos sobre el aporte de esa comunidad a la gastronomía nacional. Junto con la invisibilización de la comunidad afrodescendiente de la argentina (a partir de 1887 se dejó de contar a la población negra en los censos, y se empezó a utilizar el término ambiguo “trigueño”) vino también una falta de estudio sobre sus aportes, en general reducidos a estereotipos coloniales, sin considerar su presencia continua y actual, muchas veces identificada con la pobreza, a la que quedaron relegados quienes mantuvieron su identidad afro, en general puertas adentro, para evitar la discriminación.

Incluso en muchos casos el “blanqueamiento” cultural ha llevado a que muchos afrodescendientes no se perciban como tales. Eso complica, según Cirio, saber cuál es la cantidad actual descendientes de negros que hay en el país. Algunas estimaciones han dicho que son unas 2 millones de personas, o el 4% de la población. Según el censo de 2010 habría 149.493 afrodescendientes en el país, el 0,37% de la población, pero de acuerdo a Cirio, está mal medido: “Porque en primer lugar depende de quién se auto percibe como afrodescendiente, lo que requiere un trabajo de autopercepción previo. Son culturas lastimadas históricamente, como en una época podía ser reconocerse gay”.

Fuente: comunicacionpopular.com.ar