Por Leyendas del Folclore Santiagueño
Hay historias que
comienzan con un rumor. Y en los años treinta, en pleno monte santiagueño, ese
rumor se fue colando entre las charlas de fogón, las caminatas por los campos y
los silencios cargados de intuición. En la zona de Siete de Abril, allá en el noroeste
de la provincia, cerca del límite con Salta, algunos decían que el suelo olía
raro, que la tierra tenía un color más oscuro de lo normal... y que quizás,
solo quizás, había algo más abajo. Algo valioso. Tal vez, petróleo.
La idea encendió una
chispa. Y no solo entre los lugareños. El Gobierno provincial, atento, no tardó
en tomar cartas en el asunto. Si había una mínima posibilidad de que ese
"oro negro" estuviera ahí, había que comprobarlo. Así, en 1932, se
puso en marcha una investigación oficial para responder la gran pregunta: ¿hay
petróleo en Santiago del Estero?
Un
geólogo, una sierrita y una misión clara
La provincia pidió ayuda
a la Nación. Y la Nación respondió. El Ministerio de Agricultura envió a uno de
sus especialistas más destacados: el doctor Pablo Groeber, de la Dirección
General de Minas, Geología e Hidrología. Groeber no solo tenía formación
científica: tenía experiencia en el terreno, paciencia y ojo clínico para leer
la historia escondida en las piedras.
El 12 de julio de 1932
comenzó su recorrido por la región. Su atención se centró en un punto clave: el
Cerro del Remate, una sierrita que se recorta en el paisaje, cerca de Siete de
Abril. Con su libreta de campo en mano, Groeber analizó capas de roca, midió
inclinaciones, identificó formaciones. Pisó barro, yeso y caliza. Lo examinó
todo con rigurosidad casi obsesiva.
Un
mes después, llegó la respuesta.
Cuando la tierra dice que
no:
La verdad es que muchos
esperaban un “sí”. Pero el informe de Groeber fue contundente: no hay petróleo.
¿La razón? La tierra
simplemente no guarda ese tipo de secretos. Lo que el geólogo encontró fueron
formaciones muy antiguas, con rocas cuarcíticas del Precámbrico, de esas que ya
estaban allí mucho antes de los dinosaurios. Y encima de eso, sedimentos del
Mioceno, con yeso, arcillas, algunas calizas. Pero nada más.
La clave está en el
origen de esos sedimentos. Son continentales y salobres, no marinos. Y es que
para que haya petróleo, tiene que haber habido vida marina enterrada, atrapada
y cocinada durante millones de años. Aquí, en cambio, el paisaje fue otro:
lagunas salobres, ríos antiguos, vientos que desgastaron todo lo que pudieron.
Incluso si alguna vez
hubo una capa petrolífera, lo más probable —según Groeber— es que la erosión la
haya barrido mucho antes de que se formaran las capas actuales. El tiempo, como
siempre, jugó su propio juego.
Aguas
que arden… pero no con petróleo
Como parte del estudio,
también se analizó una vertiente sulfurosa en Ojo de Agua, más al sur de la
provincia. Allí el agua brota caliente, con olor penetrante y ese aspecto
misterioso que alimenta todo tipo de creencias. ¿Sería una señal de petróleo?
Nada de eso. El análisis
químico mostró que el agua era muy salada, con altísimos niveles de cloruros.
Su tacto era jabonoso, su sabor agresivo. La conclusión fue clara: inapta para
el consumo humano y animal. Su origen es geotérmico, pero no tiene relación con
la presencia de hidrocarburos. Una vez más, la naturaleza mostraba sus propios
mecanismos, muy distintos a los que la gente imaginaba.
Lo
que sí quedó bajo la superficie
Ahora bien, sería injusto
decir que todo fue en vano. El trabajo del doctor Groeber dejó una huella
profunda. Su informe detallado trazó el primer mapa geológico serio de la
región, describió en profundidad las capas del subsuelo, explicó los procesos
que moldearon ese rincón del país. Y dejó una enseñanza invaluable: la ciencia
también se construye a partir de lo que no se encuentra.
Hoy, a casi un siglo de
aquel viaje, la historia de Siete de Abril se cuenta como una anécdota
entrañable. Es la historia de una búsqueda que no halló petróleo, pero sí
conocimiento, curiosidad y un legado científico.
Y también es un
recordatorio. Porque antes de hacer grandes promesas o jugárselo todo por una
corazonada, hay que aprender a leer la tierra con humildad. Escucharla.
Preguntarle. Entender que sus respuestas no siempre son las que queremos, pero
casi siempre son las que necesitamos.
Y en este caso, la tierra
dijo lo suyo con claridad: no hay petróleo... pero hay historia. Y eso también
vale.
Fuentes:
Informe del Dr. Pablo
Groeber, Dirección General de Minas, Geología e Hidrología (1932)
Archivos del Ministerio
de Agricultura de la Nación

No hay comentarios.:
Publicar un comentario