lunes, 7 de septiembre de 2026

Donde nace el agua: La boca toma olvidada del canal San Martin

 Los restos de un antiguo canal de riego asoman al sol santiagueño, conectando el presente con una historia del agua, el trabajo y la esperanza. Lo que fue un proyecto de principios del siglo XX ahora emerge como patrimonio de la ciudad, entre viviendas modernas y la orilla del río Dulce.


 

En Santiago del Estero, el agua siempre tiene historia.

Al pie del río Dulce, una excavadora remueve tierra y escombros cuando aparece algo inesperado: un viejo muro de ladrillos y compuertas de hierro. Es la antigua bocatoma de un canal que durante décadas llevó agua hacia las tierras de riego. Una estructura que había quedado olvidada vuelve ahora a quedar a la vista.

Ríos antiguos y acequias coloniales

La historia del riego santiagueño se remonta, al menos, a 1689. Para entonces, la villa ya contaba con un padrón de regantes: agricultores que aprovechaban los bañados del río Dulce para trabajar sus chacras.

Durante la época colonial, la ciudad se abasteció mediante la antigua acequia Municipal, luego llamada Real y finalmente Belgrano. El canal llegaba hasta el corazón de la ciudad y formaba parte de una infraestructura fundamental para una población que dependía del agua del río.

Aquellas primeras obras fueron dando forma, de manera lenta pero sostenida, al sistema de riego que después se extendería por buena parte de la región.

El canal San Martín: una obra decisiva

A comienzos del siglo XX, el crecimiento de Santiago del Estero planteaba una necesidad cada vez más evidente: hacía falta disponer de más agua y ampliar las tierras productivas.

En 1913, durante el gobierno de Antenor Álvarez, se puso en marcha una de las obras más importantes de ese período. La Ley Nacional Nº 460 dispuso la construcción de un canal desde el río Dulce, con toma en el paraje Tarapaya, hasta Villa San Martín. Eran más de 60 kilómetros destinados a llevar agua para el riego de extensas superficies.

La construcción del canal matriz comenzó a fines de 1913. Ingenieros y obreros trabajaron durante años hasta que, finalmente, el 23 de marzo de 1916, quedó habilitado para el servicio.

Con el tiempo llegaron nuevas obras. En 1940 se construyó el dique derivador Los Quiroga y, durante la década de 1950, el sifón que permitía atravesar el río Dulce. Estas incorporaciones modificaron el funcionamiento del sistema y la manera en que el agua llegaba a los canales San Martín y Municipal.

La antigua bocatoma dejó entonces de cumplir la función para la que había sido construida. Sin uso y expuesta al paso de los años, comenzó a deteriorarse. Poco a poco, quedó fuera de la vida cotidiana de la ciudad.

Entre la obra moderna y una estructura olvidada

Ahora, mientras la ciudad avanza con un nuevo barrio de unas 900 viviendas y se extiende la costanera norte junto al río, aquella estructura volvió a aparecer.

Los trabajos de limpieza realizados en el sector comprendido entre la toma de agua y la salida del viejo sifón dejaron al descubierto parte de la antigua construcción. Allí aparecieron las estructuras de mampostería, con sus compuertas de ladrillo y hierro y las almenas de contención.

Según explicó el ingeniero santiagueño Carlos Michaud, la bocatoma recibía el agua a través de un canal que llegaba desde El Deancito, ubicado unos 5 kilómetros aguas arriba. Durante los períodos de estiaje, el agua ingresaba por ese canal. Cuando el río crecía, en cambio, el caudal alcanzaba directamente la entrada de la bocatoma y socavaba sus bordes.

La estructura permite imaginar cómo funcionaba aquel sistema y, sobre todo, la importancia que tenía el manejo del agua en una ciudad asentada junto a un río, pero ubicada en un territorio donde disponer de ella nunca fue un asunto menor.

Los ladrillos y el hierro que hoy vuelven a quedar expuestos forman parte de esa historia. Son restos de una infraestructura que durante años permitió conducir el agua desde el río hacia las zonas de riego.

Una memoria que merece conservarse

El hallazgo también plantea una pregunta inevitable: ¿qué hacer con una estructura que forma parte de la historia de la ciudad?

Habitantes y especialistas ya impulsan la posibilidad de incorporar la antigua bocatoma al patrimonio cultural santiagueño. Preservarla permitiría conservar una parte de la historia de las obras hidráulicas que hicieron posible el desarrollo de la ciudad y de sus áreas productivas.

No se trata solamente de mantener unos viejos muros. La bocatoma permite entender cómo generaciones anteriores enfrentaron una necesidad concreta: captar, conducir y distribuir el agua en un territorio donde ese recurso siempre tuvo un valor fundamental.

Hoy la ciudad crece alrededor de aquella estructura. La costanera cambia, aparecen nuevas viviendas y la maquinaria sigue avanzando. Pero, debajo de esa transformación, permanece una parte de la infraestructura que durante décadas acompañó el crecimiento de Santiago del Estero.

La antigua bocatoma, después de tantos años, volvió a quedar a la vista. Y con ella reaparece una historia que estaba allí, a pocos metros del río Dulce, esperando ser reconocida.

Conservarla sería también conservar la memoria de una ciudad que aprendió, generación tras generación, a vivir y crecer alrededor del agua.

 


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