jueves, 26 de marzo de 2026

Tula Gómez, el caballero de la Plaza Libertad

Con su elegante traje y una rosa en el ojal, Dr. Mario “Tula” Gómez era un personaje inolvidable del microcentro santiagueño. Todas las tardes, desde los cafés frente a la Plaza Libertad, saludaba cortésmente a quienes pasaban, dejando tras de sí una estela de anécdotas y leyendas urbanas.



Cada tarde, bajo la sombra de los ficus y la luz tibia de los faroles, la plaza recuperaba una estampa que hoy parece imposible de hallar. Alto, delgado e impecable, Mario “Tula” Gómez caminaba con paso altivo entre las mesas de los cafés. No era solo un paseo: era un ritual. Saludaba a las damas con una sonrisa amable y un piropo respetuoso, tan puntual como la salida del sol. Quienes lo vieron recuerdan la elegancia de su porte y la fragancia de la rosa en su ojal, el aroma de un tiempo en que la cortesía no era una rareza, sino un arte respetado. ¿En qué momento dejamos perder gestos tan simples, pero tan llenos de vida?

De la función pública a la vereda del barrio

Detrás de aquel galán cotidiano había un hombre de trayectoria y posición. Durante el primer gobierno peronista, ocupó la Presidencia de la Cámara de Diputados de la provincia. Tiempo después, dejó el ámbito legislativo para dirigir el Registro del Automotor, una oficina pública que instaló en su propia casa, en la calle 24 de Septiembre al 400. Pero el estatus nunca lo distanció de los suyos: despachaba un trámite e inmediatamente subía a su coche gris, o se sentaba a tomar un mate en la vereda a leer el periódico. Tula encarnaba un contraste poderoso: la autoridad de un cargo público combinada con la calidez de un vecino accesible. Su presencia demostraba que la gestión y la cercanía no tenían por qué estar enfrentadas.

El ingenio que rompió la rigidez

El respeto que inspiraba no le impedía usar un humor directo y desinhibido para acortar distancias. Se cuenta que una tarde, mientras esperaba su turno, entretenía a dos ingenieros explicándoles el arte de conquistar a una mujer. Cuando uno de ellos interrumpió buscando marcar seriedad y aclaró que su colega era "muy amante de su mujer, hombre de iglesia y sumamente correcto", Tula los miró con picardía y soltó: “¿Y usted? –Yo, ¿yo? ¡Soy maricón!”. Esa respuesta rápida, publicada tiempo después en el diario local, desarmaba cualquier solemnidad. En un entorno formal, Tula elegía la risa franca para conectar con la gente.

De la calle a la memoria colectiva

El afecto por su figura trascendió la vida diaria y se convirtió en canción. Los compositores Miguel Brevetta Rodríguez y Tomás Lescano, con la voz de Alberto “Lechuga” Gerez, inmortalizaron su andar en un vals:

Las vecinas lo han visto pasar / con su trajinar altivo al doctor / dejando la fragancia ancestral / de su palpitar, de su bella flor…

El vals evoca el sombrero al viento y la rosa que llevaba consigo, símbolos de una dignidad sencilla pero orgullosa. La canción lanza una pregunta que resuena con nostalgia: “Tula Gómez, ¿quién te vio por esas calles pasar?”. Así, el personaje dejó de ser solo un transeúnte para volverse parte del paisaje identitario de la ciudad.

El legado de un caballero popular

Años después, la memoria de Tula Gómez sigue latente en Santiago del Estero. ¿Fue solo un vecino amable y divertido, o el símbolo de una época donde las calles tenían otra calidez? Más allá de la anécdota o la melodía, su historia nos confronta con el valor de quienes construyen la identidad de una comunidad desde lo cotidiano.

Al caminar por la Plaza Libertad, resulta inevitable imaginar su figura saludando, regalando un piropo y dejando en cada flor de su ojal un mensaje de respeto y pertenencia. Una rosa, un sombrero al viento y la chispa en la palabra: Tula Gómez demuestra que la verdadera grandeza urbana suele andar a pie, dejando una huella imborrable en el corazón de su pueblo.

 

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