sábado, 4 de abril de 2026

Felipe Corpos: la voz quichua que encendió un fuego en Santiago del Estero

Poeta, payador y militante cultural, fundador del Alero Quichua Santiagueño. Su vida fue breve, pero su legado continúa iluminando la memoria y la identidad de un pueblo.




El eco de una lengua ancestral

Cuando se habla de las raíces culturales de Santiago del Estero, el nombre de Felipe Benicio Corpos aparece como una de esas presencias que, aunque breves en el tiempo, dejan huella. Fue poeta, payador, quichuista y uno de los impulsores de un movimiento clave en la defensa del patrimonio lingüístico del norte argentino: el Alero Quichua Santiagueño.

Hablar de él es, inevitablemente, hablar del quichua. Esa lengua que llegó desde los Andes y encontró en Santiago un territorio donde echar raíces propias. Resistió siglos de desprecio y silenciamiento, pero siguió viva en las casas, en las coplas, en los rezos, en las charlas de patio. Felipe entendió temprano que no alcanzaba con resistir: había que darle un lugar visible dentro de la cultura argentina.

Su vida, atravesada por la pasión y el compromiso, también refleja una época en la que las tradiciones luchaban por no quedar arrasadas por la modernidad. Su historia permite ver cómo un hombre del interior del departamento Figueroa logró encender una llama que todavía sigue prendida.

Infancia entre el monte y la lengua quichua

Felipe nació el 23 de agosto de 1935 en Villa Figueroa. Creció en Los Nogales, Pampa Muyoj, en un entorno donde el quichua no era algo excepcional: era el idioma cotidiano. Se hablaba en la familia, en el trabajo, en la vida diaria.

A los nueve años se trasladó a la ciudad de Santiago del Estero con sus padres. Allí terminó la secundaria en la Escuela de Comercio Antenor Ferreyra y se recibió de Perito Mercantil. Ese cambio marcó una tensión que lo acompañaría siempre: el paso de un mundo campesino, íntimamente ligado al quichua, a un espacio urbano donde esa lengua quedaba al margen.

Más tarde viajó a Córdoba para estudiar Abogacía. Cursó tres años y entró en contacto con ambientes universitarios y políticos. Ese paso seguramente reforzó su mirada sobre la situación de las lenguas originarias. Sin embargo, decidió volver. Su camino no estaba en los tribunales, sino en la defensa cultural.

El encuentro con Sixto Palavecino

En 1968, ya de regreso en Santiago, conoció a Sixto Doroteo Palavecino. El vínculo fue inmediato. Compartían la misma preocupación: el quichua seguía vivo, pero recluido, sin reconocimiento público.

Mientras buena parte de la sociedad lo consideraba un idioma menor, ellos lo veían como un núcleo cultural profundo. De esa coincidencia nació una amistad y un proyecto común que terminaría cambiando el panorama cultural de la provincia.

Nace el Alero Quichua Santiagueño

El 5 de octubre de 1969, junto a Vicente Salto y Domingo Antonio Bravo, dieron forma al Alero Quichua Santiagueño. Empezó como un programa de radio, pero rápidamente superó ese formato.

Tenía algo distinto: por primera vez, la radio abría un espacio en lengua indígena en Argentina. No se trataba de hablar *sobre* los campesinos, sino de que ellos mismos tomaran la palabra. Desde distintos puntos de la provincia, la gente participaba con relatos, canciones y coplas.

Felipe lo definía con claridad en una de las aperturas del programa: una voz que se eleva desde el Santiago quichua para mostrar su cultura desde adentro. No era una consigna. Era una forma de devolverle dignidad a una lengua.

Escuelas y expansión

El impacto fue rápido. En 1971 se creó la primera filial en Villa Atamisqui, y después llegaron otras en Córdoba, Buenos Aires y Tucumán.

Pero el crecimiento no fue solo territorial. También hubo un impulso educativo fuerte. Se promovieron escuelas de quichua y, en 1973, se incorporó la cátedra de Cultura Quichua en el profesorado provincial. Ese mismo año se dictaron cursos en distintos puntos de Santiago.

El desafío era grande: enseñar a escribir una lengua que durante siglos se transmitió de forma oral. Aun así, la respuesta fue positiva. El quichua empezaba a salir del ámbito doméstico y a ocupar espacio en las aulas.

Discos y debates culturales

El Alero también impulsó proyectos discográficos. En 1971 se editó un disco documental del canto quichua con el sello Diapasón, con apoyo de Alfredo Ábalos. Allí se incluyó la traducción al quichua del Martín Fierro, realizada por Vicente J. Salto.

En 1973, Felipe organizó una mesa redonda radial sobre el origen de la chacarera. Un tema que, todavía hoy, genera discusión. Ese mismo año se lanzó el disco *Santiago del Estero, desde sus coplas al país*, que amplió la difusión de la cultura local.

El poeta detrás del proyecto

Más allá de su rol como gestor, Felipe era poeta. Escribió letras que luego se transformaron en canciones populares, muchas musicalizadas por Sixto Palavecino. De ahí nacieron piezas como El sacherito, Mi tata sabía canta, Pa’ que bailen o La ñaupa ñaupa.

También trabajó con otros músicos en distintas composiciones. Parte de su obra fue grabada, pero otra sigue inédita. Ese material, todavía disperso, es un reservorio cultural que espera ser recuperado.

Compromiso con la vida cotidiana

Para Felipe, la lengua no era un objeto aislado. En sus programas hablaba de la vida rural, de prácticas agrícolas, de saberes transmitidos de generación en generación. Recuperaba refranes, cuentos, formas de entender el mundo.

En 1974 participó en la creación de la Sociedad de Folkloristas Santiagueños. Ese mismo año lanzó el programa *Domingos Santiagueños*, donde profundizaba en temas vinculados a la identidad local.

También colaboró con investigaciones en historia, arqueología y lingüística. Su objetivo era claro: mostrar que la cultura popular no era un adorno, sino un sistema de conocimiento.

Una vida breve

El 13 de diciembre de 1974, un accidente terminó con su vida. Tenía 39 años. La pérdida fue fuerte y dejó un vacío difícil de cubrir.

Sin embargo, su trabajo no se detuvo. El Alero siguió, las escuelas continuaron, y su nombre empezó a consolidarse como referencia dentro de la cultura santiagueña. Hoy lo recuerdan en espacios públicos y en instituciones educativas que llevan su nombre.

Una herencia que sigue

La historia de Felipe Corpos muestra algo concreto: la cultura no se sostiene sola. Necesita gente que la empuje, que la defienda, que la haga visible.

El quichua santiagueño sigue vivo en gran parte por ese tipo de esfuerzos. Cada vez que se canta en esa lengua o alguien la aprende, hay una continuidad que no se cortó.

Su legado no es abstracto. Está en la voz de la gente, en la música, en las palabras que todavía circulan. Y deja una pregunta abierta, bastante directa: qué estamos dispuestos a sostener para que no desaparezca.

Fuentes consultadas:

Alero Quichua Santiagueño- Diario El Liberal-Diccionario Cultural Santiagueño-María Teresa Papalardo-Antología de poetas santiagueños-Alfonso Nassif.

 

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