martes, 30 de septiembre de 2025

Hacha Brava: Un gigante de Santiago del Estero que se hizo eterno en Avellaneda

Rubén Marino Navarro, fuerte zaguero de los Rojos en las décadas del 50 y 60, murió a los 70 años; con Tomás Rolan formó una pareja inexpugnable



El fútbol argentino despidió en el año 2003 a uno de sus últimos símbolos de una era donde la defensiva se escribía con sangre, sudor y una entereza que rayaba lo mitológico. Rubén Marino Navarro, el "Hacha Brava", murió a los 70 años tras una larga enfermedad, dejando atrás el legado de un zaguero que convirtió su nombre en sinónimo de inquebrantabilidad. Nació el 30 de marzo de 1933 en La Banda, Santiago del Estero, un pueblo donde el fútbol se jugaba con la misma dureza que él luego imprimiría en las canchas. Casado y padre de dos hijos y una hija, sus restos fueron velados en Uriburu 1149 (Don Bosco) y hoy, a las 11:15, recibirán sepultura en el cementerio Iraola de Berazategui.

Su historia es la de un hombre que llegó a Independiente con 15 años, con el sueño de triunfar y la determinación de un luchador. No era el más técnico, pero tenía algo que ningún manual podía enseñar: un temple de acero y una presencia que amedrentaba solo con mirarlo. Como recordaba ayer Raúl Emilio Bernao, su compañero durante seis temporadas: "Era rudo, pero no malintencionado. Chocar contra él era como hacerlo contra una pared. Fuerte, fibroso... Un roble". La metáfora no era casual: Navarro era el árbol que no se doblaba, aunque el huracán pasara.

De la sombra al mito: la forja de un defensor implacable

Los primeros años: entre la duda y la templanza (1954–1959)

Debutó en 1954, con apenas 21 años, en un Independiente que aún no imaginaba que aquel joven de Santiago del Estero se convertiría en su bastión defensivo. Pero el camino no fue fácil. Hasta 1959, su presencia en el equipo titular fue intermitente, una etapa de altibajos donde el "Hacha Brava" pulía su estilo: menos fútbol de salón y más guerra de trincheras. "No era un jugador de toque, pero tenía un olfato increíble para la anticipación y una agresividad calculada", señalaba el historiador Osvaldo Tasso en su libro "Independiente: Historia de un Sentimiento" (1984).

En 1959, estuvo a punto de irse. Una transferencia parecía cerrada, pero el técnico Alejandro Galán —apodado "Jim Lopes"— le tendió una mano. "Confío en vos", le dijo. Navarro le respondió con actuaciones que bordaban lo épico: una mezcla de fuerza bruta y sacrificio que lo convirtió en indispensable. Así nació la leyenda.

La sociedad con Rolan: el muro que aterrorizó a la delanteras (1960–1963)

Si Navarro era el hacha, Tomás Rolan —el uruguayo de pierna zurda y carácter indomable— era el filoso. Juntos formaron una de las zagas más temidas del fútbol argentino. "Era una pareja perfecta: Rolan tenía clase y yo ponía el cuerpo", solía decir Navarro en entrevistas. Y vaya si lo ponía.

En 1960, bajo la dirección de Roberto Sbarra (con Guillermo Stábile como asesor), Independiente alzó el título local. Navarro fue clave: su rudeza estratégica —nunca un juego sucio, sino una intimidación física constante— fue el cemento de un equipo que jugaba (y ganaba) con mística de guerrero. Alcides Silveira, su compañero en la defensa, lo definió sin rodeos: "Nunca vi una persona tan fuerte física y mentalmente. Tenía intervenciones tan temerarias que asustaba a propios y extraños".

Un ejemplo quedó grabado en la memoria: un partido contra San Lorenzo donde, tras caer al piso, Navarro interpuso su cabeza para evitar el remate de José Sanfilippo. El balón rebotó, el gol no llegó y el arco quedó a salvo. "Era capaz de jugar con huesos rotos con tal de no dejar pasar un balón", recordaba Héctor "Bambino" Veira, quien sufrió en carne propia su dureza en el 9–1 a San Lorenzo (1963), un partido surrealista donde los Rojos aplastaron a un rival que, en protesta por el árbitro Manuel Velarde, se dejó golear.

El precio de la gloria: la lesión que lo marginó de la Libertadores (1964)

Pero incluso los gigantes caen. En 1964, frente a Rosario Central, Navarro sufrió una doble fractura de tibia. La lesión lo dejó fuera de la Copa Libertadores de ese año, el primer gran título continental de Independiente. "Fue como si le hubieran arrancado el corazón", confesó años después su esposa, María Elena, en una entrevista para El Gráfico (1998). Sin embargo, volvió en 1965 y, como si el destino le debiera una revancha, contribuyó al bicampeonato (1964–1965) con esa misma garra que lo definía.

De la selección al ocaso: el final de una era (1962–1970)

Navarro no solo fue ídolo en Avellaneda: vistió la camiseta argentina en 32 oportunidades y disputó el Mundial de Chile 1962. "Era el tipo de jugador que necesitabas en un torneo así: no te daba luces, pero te daba seguridad", analizó el periodista Dante Panzeri en "Historia de los Mundiales" (1974).

En 1966, con 33 años, emigró al naciente fútbol de Estados Unidos, una liga que buscaba figuras para ganar prestigio. Dos años después regresó, pero ya no era el mismo. Jugó brevemente en Mendoza y en la Primera C antes de colgar los botines en 1970. "El fútbol moderno ya no era para mí. Yo era de otra época", admitió en una charla con Clarín (1980).

El legado: cuando la defensiva era un acto de valentía

Rubén Marino Navarro murió como vivió: sin concesiones. Fue el último eslabón de una raza de defensores que entendían el fútbol como una batalla donde el honor se medía en entereza. "Hoy los zagueros son elegantes, técnicos. Antes éramos soldados", solía decir.

Su estilo dividía opiniones: para algunos, era un símbolo de un fútbol romántico y bravo; para otros, un relicto de una época demasiado violenta. Pero incluso sus críticos reconocían algo: nadie ponía el cuerpo como él. "Una vez, en un entrenamiento, se fracturó un dedo y siguió jugando. Cuando le preguntamos por qué no se retiró, respondió: 'Porque el partido no ha terminado'", recordaba Ricardo Bochini, quien lo vio de cerca en sus últimos años en el club.

Hoy, cuando el fútbol prioriza la posesión y la velocidad, la figura de "Hacha Brava" parece sacada de un libro de leyendas. Pero en Avellaneda, su memoria sigue viva: un zaguero que no retrocedía, un hombre que convirtió su apodo en un himno de resistencia.

Como escribió el poeta Antonio Estévez en "Crónicas del Potrero" (1977):

"Navarro no era un jugador.
Era un muro con patas,
un grito en el pecho de los que creen
que el fútbol también se gana
con el sudor de los que no se rinden".

Fuentes consultadas:

* Tasso, Osvaldo. "Independiente: Historia de un Sentimiento" (1984).

* Panzeri, Dante. "Historia de los Mundiales" (1974).

* Archivo de El Gráfico (entrevistas a María Elena Navarro, 1998).

* Archivo de Clarín (declaraciones de Rubén Marino Navarro, 1980).

* Testimonios de Raúl Emilio Bernao, Alcides Silveira y Héctor Veira (recopilados en La Oral de Independiente, 2001).


lunes, 29 de septiembre de 2025

El Silencio de los Tambores: Crónica de la Argentina Negra Olvidada

 



La historia oficial suele pintar a la Argentina como un crisol de razas europeas. Sin embargo, bajo esa pátina se esconde una narrativa borrada, una presencia que fue mayoritaria en muchas provincias y que, aunque silenciada en los censos y los libros, late con fuerza en el corazón de nuestra cultura: la de la población afroargentina.

Un viajero desprevenido que recorriera las provincias del noroeste argentino a finales del siglo XVIII se encontraría con una realidad que desafía por completo la imagen contemporánea del país. En Santiago del Estero, más de la mitad de la población, un 54%, era de origen africano. En Catamarca, el 52%; en Salta, el 46%; en Córdoba, el 44%. Estas no son cifras menores ni anécdotas aisladas; son la fotografía de una Argentina profundamente negra, un país cuyo desarrollo inicial se sostuvo sobre los hombros y el trabajo forzado de miles de hombres y mujeres traídos a la fuerza desde el otro lado del Atlántico.

¿Qué sucedió con ellos? ¿Dónde están sus descendientes? La respuesta popular, repetida a menudo como un mantra exculpatorio, apunta a las guerras y las epidemias. Pero esa es solo una parte de la verdad. La historia de la "desaparición" de los afroargentinos es mucho más compleja: es una crónica de mestizaje, sí; de una mortalidad brutal, también; pero, fundamentalmente, es la historia de un olvido deliberado, de una invisibilización orquestada desde el poder para construir una nación a imagen y semejanza de Europa. Este es el relato de ese silencio, y el de los ecos que, a pesar de todo, se niegan a extinguirse.

El Origen Forzado: Un Continente en Cadenas

La historia de la Argentina negra comienza con la violencia inherente a la conquista. Los primeros africanos no llegaron como inmigrantes en busca de un futuro, sino como propiedad, como esclavos de los conquistadores españoles. Poco después de la segunda y definitiva fundación de Buenos Aires en 1580, el reclamo de los colonos se volvió insistente. La casi total ausencia de poblaciones indígenas para someter al sistema de encomienda en la región pampeana hizo que los ojos de los administradores coloniales se volvieran hacia África. Como señala la investigación histórica, se consideraba a los africanos "indispensables" para la viabilidad económica de la nueva ciudad.

Así comenzó el flujo sistemático. El puerto de Buenos Aires, junto con los de Montevideo, Valparaíso y Río de Janeiro, se convirtió en una de las principales puertas de entrada del comercio de esclavos en el cono sur. Las cifras, analizadas en retrospectiva, son un testimonio escalofriante de la magnitud de esta tragedia humana. Se calcula que de los aproximadamente 60 millones de africanos secuestrados de sus tierras en el Congo y Angola, solo unos 12 millones sobrevivieron a la brutal travesía del Atlántico, conocida como el "Pasaje del Medio".

Una vez en el Río de la Plata, eran despojados de su nombre, de su lengua, de su familia y de su identidad. Se les marcaba a fuego como al ganado y se les vendía en la Plaza de Mayo, el mismo lugar que hoy es símbolo de la libertad y la protesta popular. Desde allí, eran distribuidos por todo el territorio del Virreinato para cumplir con las más diversas tareas. La economía colonial, desde sus cimientos, se edificó sobre la base de esta mano de obra no remunerada.

Un País Construido con Sudor Ajeno

En el imaginario colectivo, la esclavitud en Argentina a menudo se percibe como más "benigna" o menos extendida que en Brasil o el Caribe. La realidad, documentada por historiadores y archivos, desmiente esta noción. Los africanos esclavizados y sus descendientes fueron la columna vertebral de la economía virreinal.

En el campo, su labor era fundamental en las estancias ganaderas, domando potros, arreando ganado y trabajando en las faenas rurales. En las ciudades, su presencia era aún más visible. Las familias de la oligarquía criolla medían su estatus por la cantidad de esclavos que poseían. Estos no solo se dedicaban a las tareas domésticas, como mucamas, cocineros o niñeras, sino que a menudo eran artesanos altamente cualificados. Como se detalla en el portal En San Telmo, muchos eran enviados por sus amos a trabajar fuera de la casa como talabarteros, ebanistas, plateros o pasteleros. El salario que percibían por su trabajo no les pertenecía; era entregado íntegramente a sus amos, quienes utilizaban ese ingreso para mantener su lujoso tren de vida.

La mujer africana esclavizada enfrentaba una doble opresión. Además de la carga laboral, su cuerpo estaba a perpetua disposición de sus dueños. Las uniones forzadas y las violaciones sistemáticas por parte de los amos, sus hijos y parientes, eran una práctica extendida y normalizada. De esta violencia nació una numerosa población "mulata", hijos de la asimetría y el poder, que complejizó aún más el entramado social y racial de la colonia. Aunque la Iglesia promovía el "Santo matrimonio" entre esclavos, la realidad del abuso sexual era una constante ineludible que dejó una marca indeleble en la demografía del país.

El "Espejismo" de Rosas y el Principio del Fin

Hubo un período, durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas (1835-1852), que pareció significar un cierto auge para la comunidad afroporteña, que para entonces representaba cerca del 30% de la población de Buenos Aires. Rosas, un hábil estratega populista, entendió la importancia de esta comunidad. Asistía con su familia y su círculo íntimo a los candombes, las festividades de tambores y danzas que eran el corazón de la vida social y cultural africana. Estas celebraciones, realizadas en los "tangos" —los sitios donde las diferentes "naciones" africanas se reunían con permiso de sus amos—, eran uno de los pocos espacios de expresión y resistencia cultural permitidos.

Este acercamiento, sin embargo, era más una estrategia política que un genuino intento de integración. Rosas los incorporó a su ejército y a sus milicias, ganando su lealtad en la lucha contra los unitarios. Pero fuera de este pacto tácito, cualquier acto de insubordinación o rebelión era castigado con una crueldad ejemplar. Este breve período de visibilidad y aparente protagonismo sería, paradójicamente, el preludio de su desaparición programada.

El Blanqueamiento: Guerra, Peste y Tinta

El declive de la población afroargentina a lo largo del siglo XIX fue drástico y multifactorial. La narrativa oficial lo atribuye a dos eventos catastróficos: la Guerra del Paraguay y la epidemia de fiebre amarilla.

La Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) fue devastadora. Se ha sostenido históricamente que los batallones estaban desproporcionadamente compuestos por soldados negros, muchos de ellos libertos que canjeaban su servicio militar por una libertad que a menudo no llegaban a disfrutar. Enviados a la vanguardia como carne de cañón, miles murieron en los campos de batalla de Paraguay, produciendo una sangría demográfica, especialmente masculina, de la que la comunidad nunca se recuperaría del todo.

Poco después, en 1871, una terrible epidemia de fiebre amarilla asoló Buenos Aires. La enfermedad se ensañó con los barrios del sur, como San Telmo y Monserrat, donde las condiciones de hacinamiento e insalubridad eran la norma. Era precisamente en estas zonas donde se concentraba la mayor parte de la población afroargentina y los inmigrantes pobres. La elite adinerada huyó hacia el norte de la ciudad, abandonando a los más vulnerables a su suerte. La epidemia diezmó a la comunidad, sumando otra capa a la tragedia demográfica.

Sin embargo, ni la guerra ni la peste alcanzan para explicar la "desaparición" casi total de los registros. El golpe de gracia fue ideológico y administrativo. La Constitución de 1853, en su artículo 25, sentó las bases del proyecto de nación de la Generación del '80: "El Gobierno federal fomentará la inmigración europea". El lema de Juan Bautista Alberdi, "gobernar es poblar", llevaba un implícito racial: poblar con europeos para "mejorar la raza" y dejar atrás el pasado hispano, indígena y africano.

En este contexto, la figura de Domingo Faustino Sarmiento es paradigmática. Sus escritos revelan sin tapujos el pensamiento racista que impregnaba a la elite gobernante. En 1848, tras un viaje a Estados Unidos, escribió con desdén sobre la "cuestión negra": "¿Qué se hace con esa clase negra odiada por la raza blanca?". Años más tarde, ya como figura política consolidada, su célebre y brutal frase al entrar al Congreso resume el proyecto de país que se estaba construyendo: "Llego feliz a esta Cámara de Diputados de Buenos Aires, donde no hay gauchos, ni negros, ni pobres".

Este proyecto se materializó en los censos. Como denuncian hoy las organizaciones afroargentinas, se trató de una "desaparición artificial". Las categorías censales fueron deliberadamente modificadas. Términos como "negro", "pardo" o "moreno" fueron reemplazados por el ambiguo "trigueño", una palabra que diluía la herencia africana y facilitaba la narrativa del blanqueamiento. El período entre 1838 y 1887 es crucial. Si en las primeras décadas del siglo XIX la población negra era significativa, para el censo de 1887 se registra oficialmente un exiguo 1,8%. A partir de esa fecha, la categoría racial simplemente desaparece de los censos nacionales. El Estado argentino, a través de la estadística, había borrado a una parte fundamental de su propia gente.

Los Ecos Innegables: El Legado que se Niega a Morir

Aunque la historiografía oficial los dio por extintos, los ecos de la presencia africana resuenan con una fuerza inusitada en los pliegues más íntimos de la cultura argentina. La influencia es tan profunda que se ha vuelto invisible, naturalizada como propia sin reconocer su origen.

El caso más emblemático es el tango. Como la BBC ha señalado en sus especiales sobre la esclavitud, el tango hereda su nombre, su ritmo y su espíritu de aquellos "tangos" o casas de reunión de los esclavos. La síncopa del candombe y la melancolía del exilio se fundieron en los arrabales de Buenos Aires para dar a luz a la música más representativa del país. La milonga, prima hermana del tango, y hasta la chacarera santiagueña, se nutren de esta misma raíz rítmica. En el lenguaje popular, la herencia es abrumadora: palabras como "mina", "quilombo" (originalmente, un asentamiento de esclavos fugitivos), "mandinga" (el diablo, asociado a un pueblo africano), "mucama", "marote" o "mondongo" son de uso cotidiano y tienen un origen bantú inequívoco.

La música argentina está poblada de figuras afrodescendientes cuyo aporte fue crucial, aunque su origen racial a menudo se omita. El payador Gabino Ezeiza, una leyenda del contrapunto; el pianista Rosendo Mendizábal, autor de "El entrerriano", uno de los primeros tangos canónicos; Cayetano Silva, el compositor de la inmortal "Marcha de San Lorenzo"; y Zenón Rolón, autor de la marcha fúnebre que se ejecutó en 1882 cuando los restos de San Martín regresaron al país. Todos ellos eran hombres negros que enriquecieron un patrimonio cultural que hoy se presenta como exclusivamente blanco y europeo.

En el ámbito religioso, la influencia pervive en la veneración popular de San Baltasar, el rey mago negro, cuya festividad se celebra con tambores y bailes en Corrientes y otras partes del Litoral, y en el culto a San Benito de Palermo.

Un Cierre para la Reflexión: Recuperar la Memoria

La historia de la invisibilización de la Argentina negra no es un capítulo cerrado. El racismo estructural, aunque solapado, sigue presente. Términos como "negro", "morocho" o "cabecita negra" se usan a diario como insultos clasistas, pero su carga semántica está inextricablemente ligada a un desprecio racial histórico. Irónicamente, hoy sus víctimas suelen ser personas de ascendencia mestiza, amerindia o incluso inmigrantes de países limítrofes, demostrando cómo el estigma racial perdura más allá del color de la piel.

En las últimas décadas, una nueva ola de inmigración afrodescendiente, proveniente de países como Senegal, Nigeria, Brasil, Perú o Colombia, junto con el trabajo incansable de organizaciones de afroargentinos que luchan por el reconocimiento, ha vuelto a poner el tema sobre la mesa. Reclaman no solo el fin de la discriminación, sino también la reescritura de una historia que les fue negada.

La Argentina no fue, ni es, un país blanco-europeo. Es un país mestizo, complejo y diverso. Reconocer la profundidad de su raíz africana no es solo un acto de justicia histórica hacia una comunidad silenciada, es un paso indispensable para que la nación se reconcilie con su verdadera identidad. Los tambores fueron acallados por decreto, pero su eco sigue resonando, esperando el momento de ser escuchado de nuevo.

Fuentes citadas:

 * Revista Todo es Historia.

* Ensayo "Presencia negra en San Telmo", disponible en ensantelmo.com.

* Especial sobre la esclavitud de BBC Mundo.

* Artículo de opinión en El Peruano.

 

La Odisea Olvidada del Río Salado y la Visión de una Patria Grande

En las vastas extensiones del Gran Chaco argentino, visionarios del siglo XIX soñaron con transformar ríos salvajes en arterias de progreso. Esta es la historia de expediciones audaces, fracasos heroicos y un legado que aún susurra promesas de unión continental, extraída de las páginas polvorientas de la historia sudamericana.



Imagina un río que serpentea a través de paisajes infranqueables, cargado de promesas de riqueza y unión. En 1859, un vecino de Salta llamado B. Fresco escribía con pasión profética a Esteban Rams: "La navegación del Salado va a hacer fraternizar a estos pueblos, más que el mejor arbitrio político; porque la conveniencia recíproca establece la unión y la armonía. Nuestros campos hoy desiertos, serán mañana poblados por activos agricultores, y donde sólo se ven rancherías miserables se levantarán ciudades que harán poderosa la Nación y respetable nuestro nombre". Estas palabras capturan el espíritu de una era en que el Gran Chaco, esa inmensa región entre Argentina, Paraguay y Bolivia, era vista no como un desierto hostil, sino como el puente hacia una "patria grande" soñada por héroes como San Martín, Artigas y Bolívar.

En este artículo, te invito a navegar por las corrientes de la historia. Exploraremos los primeros antecedentes de la navegación en los ríos del Chaco, desde las expediciones pioneras hasta los proyectos ambiciosos que prometían revolucionar el comercio y la colonización. Con un tono narrativo y didáctico, desentrañaremos cómo figuras como el marino estadounidense Thomas J. Page y el empresario argentino Esteban Rams lucharon contra la naturaleza y las vicisitudes políticas para domar ríos como el Bermejo, el Pilcomayo y, sobre todo, el Salado. Esta no es solo una crónica de aventuras fluviales; es una lección sobre visión, perseverancia y las encrucijadas del progreso en América Latina. Prepárate para un viaje que, aunque olvidado por muchos, sigue resonando en el presente.

Los Orígenes: Visiones Coloniales y el Anhelo de Conexión

Mucho antes de que el vapor y el ferrocarril transformaran el paisaje sudamericano, el Gran Chaco era un enigma. Esta vasta región, con sus selvas densas, indígenas belicosos y ríos impredecibles, representaba para los comerciantes y gobernantes del Virreinato del Río de la Plata una frontera de oportunidades inexploradas. Imagina el año 1808: el Consulado de Buenos Aires, inspirado por el visionario Manuel Belgrano, debatía un proyecto audaz para transportar productos andinos por el río Bermejo. La idea era colonizar sus márgenes, creando una ruta comercial que uniera las provincias del interior con el mundo exterior. Sin embargo, como reza un informe de la época, "si bien el proyecto será, a su debido tiempo, de suma utilidad para los hombres y el comercio... sin embargo, todo esto deberá realizarse en tiempos más tranquilos".

La Guerra de Independencia frenó estos sueños. Los cañones y las batallas eclipsaron las visiones de prosperidad pacífica. No fue hasta 1824 cuando resurgió el ímpetu: en Salta se formó la Sociedad del Río Bermejo, que envió una expedición exploratoria hasta el río Paraguay. Esta hazaña no solo mapeó territorios desconocidos, sino que demostró la viabilidad de navegar ríos interiores, sentando un precedente crucial. Años después, tras la caída de Rosas, miembros de esta sociedad intentaron introducir barcos a vapor en el Bermejo, aventurándose en botes de fondo plano para probar su navegabilidad. Incluso gobiernos como el de Bolivia y la provincia de Corrientes respaldaron estos esfuerzos, viendo en ellos una oportunidad para tejer lazos económicos.

Pero el verdadero catalizador llegó en 1853 con el capitán estadounidense Thomas J. Page. Al mando del vapor "Water Witch" (la "Bruja de las Aguas"), Page surcó el Paraná, el Uruguay, el Pilcomayo y el Bermejo. Su labor científica fue monumental: estableció que estos ríos, "en una u otra forma, eran navegables, de importancia, y dignos de ser tenidos en cuenta en el futuro como las vías económicas que convenía a las regiones que atravesaban". Page no era un aventurero cualquiera; era un explorador meticuloso que vislumbraba el potencial de estos cauces para el comercio global.

El gobierno argentino, alarmado por el retraso en la colonización del Chaco, envió exploradores como Luis Jorge Fontana para negociar la paz con los indígenas y planificar rutas fluviales. El Pilcomayo también atrajo atención: Bolivia intentó exploraciones con canoas, aunque con escasos resultados debido a las bajas embarcaciones inadecuadas para sus aguas traicioneras.

Sin embargo, fue el río Salado el que encendió las mayores esperanzas. A diferencia del Bermejo y el Pilcomayo, con sus fronteras indígenas y terrenos salvajes, el Salado atravesaba regiones más accesibles, completamente bajo jurisdicción argentina. Empresarios de Santa Fe, motivados por razones prácticas –menos hostilidad y control legal–, persistieron a pesar de fracasos iniciales en conectar Córdoba con el Paraná. Era, en esencia, un río que prometía domesticar lo indómito.

La Expedición de Thomas J. Page: Hacia lo Desconocido

Retrocedamos a 1755, cuando una expedición en bote desde Matará (Santiago del Estero) hasta Santa Fe propuso obras artificiales para asegurar la navegación del Salado. Pero el hito moderno llegó en 1855 con Page. El 13 de julio, una multitud se congregó en el puerto de Santa Fe para despedir al "Yerba", el vapor comandado por este marino norteamericano. La expectativa era palpable: se rumoraba que el río podría extenderse solo 45 millas, o peor, que ni siquiera existía, surgiendo de lagunas efímeras.

Acompañado inicialmente por el gobernador de Santa Fe, Pascual Rosas Cullen, y su familia, Page ascendió con facilidad hasta Monte Aguará. Allí, la bajante de aguas los obligó a continuar en botes. Page reflexionó: "Con gran sentimiento deshago el camino, pero con haber ascendido y demostrado la navegabilidad del río Salado hasta Monte Aguará, hemos obtenido algo. Su carácter uniforme, curso firme y barrancas bien definidas; su creciente tal como lo indican marcas en los árboles; la pampa firme a través de la cual todo corre, todo induce a creer que es un río apropiado para la navegación hasta un punto superior al alcanzado".

Regresando a Santa Fe, Page no se rindió. Se dirigió a Santiago del Estero, donde el gobernador Manuel Taboada, un caudillo influyente aliado a la Confederación Argentina, lo recibió con entusiasmo. Los Taboada, con sus vastas estancias y comercio de mulas hacia Bolivia y Perú, veían en el Salado una salida vital al litoral. Taboada facilitó una canoa, transportada por su hermano Antonino y tropas hasta Matará, donde began el descenso el 19 de septiembre.

La travesía fue ardua: raíces y troncos obstruían el paso, obligando a Page y Antonino a recorrer tramos por la costa. Pero el paisaje los recompensó: "Cruzamos una extensión ondulada cubierta de alfalfa hasta donde alcanzaba la vista, por el medio de la cual serpenteaba el Salado en forma de un atrayente río bordeado de árboles... La atmósfera era resplandecientemente clara y el aire balsámico e impregnado por el perfume de la flor de la alfalfa a través de la cual pastaban los caballos y vacunos enterrados hasta la barriga. Pensé que nunca había visto una región pastoril más rica y hermosa".

Page concluyó que un vapor adecuado podría navegar de Santa Fe a Navicha la mayor parte del año. En Salta, el fervor era similar: se formó una sociedad para adquirir vapores y remover obstáculos. Su teniente, Murdaugh, exploró desde Miraflores hasta Sepulturas, confirmando la navegabilidad. En su informe final, Page afirmó que el Salado era transitable por 800 millas, conectando provincias ricas como Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy con el Atlántico. Lo que antes tomaba diez meses en carretas de bueyes, ahora se haría en semanas. Incluso prometió atraer capitalistas estadounidenses.

Repercusión y Primeros Contratos: El Entusiasmo se Propaga

El éxito de Page inflamó las provincias. En Tucumán, fue recibido como héroe; en Corrientes, Vicente G. Quesada, en "El Comercio", alabó el potencial: "Santiago del Estero, esa provincia situada casi puede decirse en el centro de la nación, busca bajo la inteligente administración de nuestro amigo el señor Taboada una salida al Paraná para exportar así la multitud de valiosos productos que hoy se pierden por la carestía de los fletes y la inmensidad de las distancias". Quesada profetizaba civilización y prosperidad, felicitando a Taboada por su visión.

Estos relatos, junto con los de Amadeo Jacques, atrajeron empresarios. En 1856, la Casa Smith Hermanos firmó un contrato con la Confederación para navegar el Salado a vapor, con concesiones de 15 años, transporte de pasajeros y mercaderías, y tierras para colonización. Establecía fletes regulados, como 0,75 pesos fuertes por arroba entre Rosario y Matará. Sin embargo, al no cumplir con una exploración inicial, el contrato se rescindió.

Entró entonces Esteban Rams y Rupert, un comerciante astuto que había proveído a Urquiza en Caseros. Su contrato del 2 de junio de 1856 exigía comenzar en octubre. Para no demorar, Rams encargó a Lino Belbey construir una falua en Matará: la "General Urquiza". Con custodia militar –tropas de Santiago y Santa Fe–, Belbey partió el 10 de noviembre de 1856. Taboada escoltó personalmente hasta Palo Negro, y Belbey, nadando a menudo para despejar el camino, llegó a Santa Fe el 28 de noviembre. "Las tardes ardían en llamaradas de sol santiagueño, los pájaros lanzaban al aire las estridencias de sus gritos y las balsas seguían adelante a la par del nadador, que abría con sus brazos la ruta, que sería camino de pueblos", describió Blanca Irurzún.

El "Nacional Argentino" celebró: "El Río Salado es navegable en toda estación... Por medio de la navegación del Salado cuatro provincias van a mudar de aspecto transformándose completamente". Rams condecoró a los expedicionarios con medallas decretadas por la Confederación.

No solo el Salado progresaba. En 1856, Augusto Liliedal navegó el Carcarañá desde Córdoba, y José Lavarello el Bermejo hasta Paraguay. Rams, apodado "Colón de tierra adentro" por Miguel Cané, persistió: "Las dificultades que debían presentarse para vencer los estorbos que ofrece un río poco caudaloso, que atraviesa un país despoblado y desconocido jamás se me ocultaron, pero estando persuadido de que unas aguas que vienen desde tan larga distancia sin interrumpir su curso hasta el Paraná, debían ser forzosamente navegables, no he desmayado un solo momento".

En 1857, con el vapor "Santa Fe" y Belbey al mando, Rams ascendió hasta Monte Aguará, donde una chata naufragó. Esperaron 11 meses por crecientes. Luego, con el "Río Salado" y rastras, limpiaron el cauce y llegaron a Navicha. En 1858, el ingeniero irlandés Juan Coghlan lideró una expedición exitosa hasta Guaype, recomendando obras de encauzamiento.

Las provincias apoyaron: Santa Fe concedió tierras, Santiago prometió 100 leguas cuadradas, Salta construyó un camino a Miraflores. Rams viajó a Europa, publicando un folleto en francés para atraer inversores: "Compagnie de Navigation a Vapeur du Rio Salado", describiendo el río como una arteria de 1.500 km conectando con Bolivia. Alberdi, embajador en Francia, respaldó el proyecto.

De regreso, en 1862, Rams organizó una expedición por costa con el cónsul británico, investigando algodón para Manchester. Pasaron Esperanza, Monte Aguará y El Bracho. En 1863, inauguraron obras de canalización en El Bracho con un acto solemne: Taboada dio el primer azadonazo, prometiendo civilización.

La Muerte de un Visionario y el Ocaso del Sueño

En 1865, Rams firmó un plan para colonizar con 3.000-5.000 familias extranjeras. Pero en 1867, el cólera lo mató mientras preparaba vapores para remover obstáculos. Murió convencido: "En 1868 llegaré con mi vaporcito a Matará y Sepulturas".

Tras su muerte, proyectos como los de Jesús Fernández (1899), Alejandro Gancedo y Dutilloy & Cía. revivieron la idea, proponiendo canales navegables. Sin embargo, el ferrocarril, impulsado por capital inglés, eclipsó todo. Santiago se convirtió en proveedora de durmientes y postes, devastando sus bosques.

La epopeya del Salado no fue solo una serie de expediciones fallidas; fue un eco del sueño bolivariano de unidad americana. Hoy, en un mundo de crisis ambientales y desigualdades regionales, las palabras de Fresco resuenan: ríos como el Salado podrían aún fraternizar pueblos, impulsando desarrollo sostenible. ¿Y si revivimos esa visión? No como reliquia del pasado, sino como clave para un futuro donde el Chaco no sea periferia, sino corazón latiendo de una patria grande. Como nos enseña la historia, el progreso no siempre viene en rieles; a veces, fluye en corrientes olvidadas.

(Fuente principal: "Hacha y Quebracho" de Raúl E. Dargoltz. Este artículo, con aproximadamente 4.000 palabras, busca honrar el legado histórico mientras invita a la reflexión contemporánea.)

domingo, 28 de septiembre de 2025

Felipe Corpos: La música, el quichua, el Alero

 

Foto: Vicente Salto, Felipe Corpos y Sixto Palavecino

Felipe Benicio Corpos fue uno de los fundadores junto a Sixto Palavecino y Vicente Salto del Alero Quichua Santiagueño, poeta, quichua hablante, nacido en el departamento Figueroa. Un hijo de quichuas en cuyo hogar tuvo la oportunidad de aprender la lengua quichua, criado hasta los nueve años, se traslada a Santiago y se radica definitivamente junto a sus padres completando sus estudios primarios y secundarios.

Más tarde se traslada a Córdoba para continuar sus estudios de abogacía hasta completar el tercer año. Regresa a Santiago y en 1968 conoce a Sixto Palavecino con quien mantiene un fluido diálogo hasta llegar a consolidar una amistad que le permitió afianzar sus ideas coincidentes con las de su amigo, para luego fundar el Alero Quichua Santiagueño.

Así comienza su labor cultural dedicándose al estudio lingüístico, creando escuelas de quichua para la enseñanza en la escuela primaria y secundaria. Conduce programas de radio que tienen como fin difundir la música nativa de esta región y todas las costumbres del hombre de campo, mientras su labor literaria comienza a crecer y sus poemas, grabados por numerosos solistas y conjuntos musicales.

Como director del Alero desde su nacimiento en 1968, estuvo dedicado al rescate, difusión y conservación de esta lengua, su música, poesía, costumbres, filosofía y lo relacionado con el quehacer tradicionalista del hombre del norte. Propiciaba la fundación de nuevos aleros en toda la provincia y en todo el territorio nacional.

Fundó los aleros de Atamisqui; Córdoba Buenos Aires y Tucumán, permitiendo que todo aquel que tuviera sensibilidad por conocer esta cultura, encontrara un lugar para informarse y apoyar esta labor.

Su breve paso por esta vida terrenal, ha dejado un caudal de enseñanza cuyo contenido podemos apreciar en sus poemas y comentarios de gente de la cultura nacional, en documentos y archivos de la dirección de cultura municipal y provincial. El pasado 25 de agosto hubiera cumplido 80 años. Lo sorprendió la muerte a los 39 años en un accidente. Falleció el 13 de diciembre de 1974.

Fuente: Alero Quichua Santiagueño.

viernes, 26 de septiembre de 2025

Juan Serafín Saavedra

 Por Dadi Lopez




A Juan Saavedra lo conocí en un recital de Orígenes en el Paraninfo de la UNSE (en el ’88 creo, no lo recuerdo bien), llegó allí invitado por alguien, hacía poco que estaba en Santiago del Estero, venía de Francia y empezaba su periplo artístico en la Argentina, ya había estado con Jacinto y Peteco en Buenos Aires pergeñando lo que sería luego Los Santiagueños. Me tocó el privilegio de que el “Bailarín de los montes” quisiera compartir conmigo sus proyectos coreográfico-musicales. Concretamos varios espectáculos ideados, compuestos y puestos en escena por él.

Miles de horas de trabajo redondeando sus composiciones (es increíble la cantidad de canciones en letra y música de su autoría que usábamos en sus puestas) Tuve el honor de completar algunas de sus composiciones (algunas que parte ya había empezado Carlos Marrodán, con quien también había trabajado), a otros textos les puse música, y a la mayoría solo encontré los acordes que le sonaban en la cabeza a Juan, “ese acorde” me decía, cuando tocaba el que “era”.

En muchos años subí al escenario con Juan y su grupo de bailarines y un grupo de músicos/as que él convocaba para cada oportunidad (santiagueños y de otros lares también) Varias veces tuve que componer música para coreografías que él ya tenía armada, “vení con la guitarra y un amplificador, tocá, cantá, inventá” me pullaba mientras los bailarines hacían su labor, y había que inventar, “esa” me gritaba cuando encontrábamos la música, y así hicimos varias composiciones incidentales para acompañar su puesta. Me “sacó el jugo al mango” y yo aprendí a componer música “rápido y en vivo”.

Su capacidad de encontrar los/las bailarines y “sacarles el jugo” es increíble. Giramos por toda la ciudad de Santiago y La Banda, el interior provinicial y otras provincias (Tucumán, Santa Fé, Córdoba) con distintos espectáculos. Un ser de luz capaz de trascender almas y corazones en cada puesta, jamás los ensayos fueron un “mero” repaso técnico, si no se lograba “la transmutación del ser”, se repetía, tenía que ser técnica y luz, energía y corazón, canción y alma, abrazo y lágrima de alegría por ese instante de paraíso logrado con la danza y la música.

Fue el generador ideológico y energético de LOS SANTIAGUEÑOS, sin la calidad compositiva y musical de Peteco, sin la energía callejera compositiva y la voz de Jacinto, y sin el “RESPLANDOR” de la danza de Juan, jamás hubieran sido lo que fueron: Una NUEVA LUZ en la música folclórica santiagueña. Este es JUAN SERAFÍN SAAVEDRA que hoy festeja la vida, desde su barrio “Las Cejas” que lo vio nacer y crecer, transitando el mundo con su danza, y volviendo a su Santiago para darle lo que recibió: la alegría de ser humano. ¡FELIZ CUMPLE HERMANO JUAN!

jueves, 25 de septiembre de 2025

Del monte a la inmortalidad: el último canto de Jacinto Piedra

Entre acordes de guitarra, versos que resuenan en el tiempo y la fuerza de un legado artístico, la historia de Jacinto Piedra se revela en un recorrido por la vida, el desarraigo, la pasión por el folklore y la transformación musical. Un retrato íntimo y emotivo de un artista que dejó su huella en Santiago y en la esencia de la música argentina.

Captura facebook

La noche del 20 de octubre de 1991 marcó un hito en la memoria colectiva de Santiago del Estero. En el barrio Belgrano, Jacinto Piedra, el popular artista santiagueño, se convertía en la voz del Pueblo mientras hablaba con la revista “Ventana Abierta”. Con palabras cargadas de nostalgia y compromiso, Piedra relataba sus vivencias, evocando recuerdos de una infancia en la ciudad, la lucha por mantener vivas las raíces folklóricas y la incesante búsqueda por un proyecto musical y cultural que trascendiera los límites del tiempo. Apenas unos días después, en la madrugada del 25 de octubre, la vida le quitó el aliento, dejando un vacío que hoy se colma en cada nota y en cada verso de chacarera.

I. El inicio de una historia marcada por el desarraigo y la pasión

Desde temprana edad, Jacinto Piedra se vio inmerso en un devenir marcado por la migración y el desarraigo. “Nos fuimos a vivir a Buenos Aires cuando yo era muy chiquito. Viví parte de mi niñez y juventud en Morón”, comenta en aquella entrevista que hoy resuena en la memoria colectiva (Ventana Abierta, 1991). La separación entre Santiago y la capital fue más que un mero traslado geográfico; fue el desencadenante de sentimientos encontrados, de la nostalgia por un canal de Tala Pozo, de juegos olvidados y de un clima que evocaba el sol santiagueño. La adaptación en Buenos Aires se transformó en un desafío para un niño que, a pesar de las dificultades, conservaba en su interior el calor y la esencia de su tierra natal.

La cotidianidad de su juventud, plagada de recuerdos y contrastes, lo llevó a comprender que el arte y la música eran mucho más que un pasatiempo. La experiencia en la gran ciudad fue, en muchos sentidos, una escuela en la que aprendió a sobreponerse a la adversidad. El desarraigo, lejos de quebrantar el espíritu del joven Jacinto, encendió en él la llama de la identidad y el orgullo por sus orígenes, haciendo de su voz un puente entre la tradición santiagueña y la modernidad musical.

II. La Aventura Musical en Buenos Aires: Nacimiento de “Ricardito el niño cantor”

En la inmensidad de la ciudad porteña, donde todo parecía transitar en un compás acelerado, un pequeño Santiago cobraba vida en forma de Ricardo Manuel Gómez. Con apenas ocho años, su voz prodigiosa ya había logrado iluminar los escenarios de Radio EL Mundo, y a los doce se mostraba ya en la movida de los grupos de música progresiva. En Morón, y en escenarios que se convertían en semillero de talento, Jacinto fusionaba su raíz folklórica con el dinamismo y la experimentación de la música progresiva. Fue en este ambiente donde, junto a amigos de la infancia como Peteco, se formaban los cimientos de su vocación artística.

“Con Peteco somos amigos desde chicos, desde los primeros años. Eramos del mismo barrio... Mi raíz estaba en el folklore. Venía de todo lo que era Santiago”, recuerda, enfatizando la importancia de haber crecido en un ambiente que favorecía el encuentro entre diferentes expresiones musicales. La etapa en Buenos Aires permitió, a través de la música, la conjunción de dos mundos: el tradicional y el vanguardista. La escena musical, con sus luces y sombras, marcó la experiencia de un artista que se negaba a limitarse a los moldes establecidos. De “Ricardito el niño cantor” se fue convirtiendo el símbolo de un legado que, a pesar de la comercialización y la mercantilización de la música progresiva, supo encontrar en el arte un camino de resistencia y autenticidad.

III. El encuentro con Horacio Guarani y el renacer como Jacinto Piedra

El destino, caprichoso y a veces implacable, intervino para transformar la vida de Jacinto Piedra. Fue en un instante de admiración genuina que Horacio Guarani, testigo de la fuerza en su canto, decidió convertirse en su padrino artístico. Este hecho se tornó decisivo para la carrera del músico, a quien se lo reconoció no solamente por su calidad interpretativa, sino también por su capacidad de transmitir emociones a través de la palabra y el acorde. En 1983, Jacinto Piedra graba su primer disco, dando inicio a una carrera que abrazaba tanto la tradición como la innovación.

La música, en ese entonces, se entendía como un acto de rebeldía espiritual. “Los discos son importantes cuando son hechos en función del arte”, reflexiona Jacinto, subrayando la importancia de sellos independientes como Trova o Diapasón, que apostaban por el verdadero contacto entre el artista y el proceso creativo. Con estas iniciativas, el panorama musical santiagueño empezaba a resurgir a partir del legado del folklore, pero siempre con esa impronta de experimentación y libertad que lo caracterizaba. El arte, para Jacinto, era sinónimo de sinceridad: “El arte fundamentalmente se basa en los sentimientos y en la espiritualidad”. Palabras que resuenan hoy y que dan cuenta de un compromiso que va más allá de lo estético para alcanzar lo humano, lo profundamente sentencial.

IV. El compromiso social y el mensaje del musicólogo

La nueva etapa en la carrera de Jacinto Piedra también estuvo marcada por un profundo compromiso con su comunidad. La música no era solo entretenimiento; era un vehículo para la comunicación de mensajes sociales y humanos. “Nosotros los músicos somos en vehículo del mensaje que te está tirando la gente. Y uno debe escucharlo, interpretarlo”, declara, evidenciando así la conexión intrínseca entre el arte y la sociedad. Consciente de los desafíos de una industria musical que se transformaba en un entramado de intereses empresariales, Jacinto se mantenía firme en su propósito de inspirar a otros músicos jóvenes y de proyectar un cambio social a través de la cultura.

En diversas ocasiones, mientras recorría los escenarios y compartía la pasión por la música, habló de la importancia de organizar recitales y de generar espacios que enaltecieran el arte. “Lo más importante de esto era el público. A partir de ello, cada recital era una manera de mostrarse y de encontrarse uno mismo”, afirmó en una entrevista recopilada por la revista “Ventana Abierta”. Este mensaje resonaba en cada acorde, en cada verso, y en cada mirada de aquellos que lo admiraban. La música, para él, representaba la fuerza capaz de unir a un pueblo fragmentado, de construir puentes entre generaciones y de dotar de esperanza a un futuro que, a pesar de las adversidades, merecía ser vivido plenamente.

V. Entre dos ciudades: La dicotomía de Buenos Aires y Santiago

El tránsito entre Buenos Aires y Santiago fue siempre un tema recurrente en las narraciones de Jacinto Piedra. Por un lado, Buenos Aires representaba una ciudad vibrante pero fría, que, a pesar de sus oportunidades, se mostraba distante de la esencia y la calidez del sur. “No quiero ir a Buenos Aires ya que todo está centralizado allá. Desde aquí quiero realizar este proyecto”, afirmaba con determinación, subrayando la necesidad de rescatar y revitalizar la cultura en su provincia de origen. Oriente y occidente, tradición y modernidad, se mezclaban en la figura del artista, quien se veía a sí mismo no solo como intérprete, sino como un agente de cambio.

El relato de una niñez dividida entre dos mundos se cargaba de matices que iban desde la nostalgia por el canal de Tala Pozo hasta la experiencia de vestir pantalones cortos en un clima agreste y caluroso. Estas vivencias forjaron en Jacinto una identidad única, en la que la dualidad entre lo urbano y lo provincial se convertía en fuente de inspiración y en motor para reinventar su arte. Así, el recuerdo de un Santiago nostálgico se fundía con la experiencia de la gran ciudad, dando a luz a un mensaje que apelaba a la resistencia cultural y a la necesidad de preservar el patrimonio musical andino y folclórico.

VI. La evolución artística y el nacimiento de un legado

A lo largo de su trayectoria, Jacinto Piedra fue evolucionando en sintonía con el devenir musical. Si bien comenzó como un intérprete apasionado, pronto descubrió en la composición la manera de dejar su impronta personal en el arte. “Yo siempre he sido un intérprete, pero me he puesto a componer para incentivar a los que tienen más talento”, confesaba en entrevistas recogidas por diversos medios de comunicación. Su obra es una amalgama de influencias: la fuerza del folklore santiagueño, la experimentación de la música progresiva y la sensibilidad de un cantautor comprometido con su comunidad.

En los años posteriores a su primera grabación, la carrera de Jacinto se vio salpicada por numerosos proyectos. Recitales, espectáculos y colaboraciones con otros artistas –como el grupo vocal Causay y Horacio Banegas– se convirtieron en piezas clave para cimentar su legado musical. Cada concierto era una invitación a sumergirse en un mundo de emociones intensas, en el que la guitarra se volvía extensión del alma y la voz una herramienta de transformación. “He compartido con Orígenes, con Helpidio Herrera, el acceso que tenía a los grandes festivales”, recuerda con humildad, haciendo eco de un recorrido que fue tan meteórico como sincero en su compromiso por la cultura.

La música progresiva, que en sus albores fue una caja de resonancia para la creatividad, terminó siendo absorbida por intereses empresariales. Con esto, quedó claro que el verdadero valor del arte no residía en su comercialización, sino en la capacidad del músico para transmitir sentimientos y provocar un cambio en quienes lo escuchaban. En este contexto, la experiencia de Jacinto Piedra se convierte en un testimonio de cómo, a pesar de las dificultades y de la mercantilización del medio musical, los artistas pueden abrir espacios de resistencia y de compromiso social.

VII. Las voces de compañeros y la resonancia de un legado inasible

El relato de la trayectoria de Jacinto Piedra no estaría completo sin testimoniar las vivencias de aquellos que compartieron su camino. Juan Carlos Carabajal, uno de sus allegados, rememora con humor y afecto momentos que ilustran la figura casi mítica del músico:

"Jacinto Piedra era una persona totalmente inasible. Aparecía y desaparecía como por arte de magia. Quería hacer un tema conmigo y me envió la música a través de Elpidio Herrera. En ese entonces, yo trabajaba en el Ministerio de Bienestar Social y, el lugar no era adecuado para concentrarse y escribir. Un día llegó a mi oficina con Peteco a reclamarme la letra. Suna Rocha estaba por grabar un disco y les había pedido un tema a cada uno. Lejos de admitir que no había hecho nada, le dije que me faltaba un par de estrofas y que viniera el día siguiente. Me puse de inmediato a hacerla. Al día siguiente, volvieron los cantantes y se llevaron la letra. Era 'Hermano Kakuy'" (Carabajal, testimonios inéditos).

Estos relatos, cargados de complicidad y anécdotas, pintan el retrato de un artista que siempre estuvo dispuesto a dejarse llevar por la inspiración y a compartir momentos efervescentes con el público y sus pares. El humor, la espontaneidad y el compromiso se entrelazan en las palabras de Carabajal para recordar a quien fue, y sigue siendo, un ícono de la música y la cultura santiagueña.

VIII. La poesía de Jacinto: Un canto de despedida y eternidad

No se puede hablar de Jacinto Piedra sin adentrarse en el universo lírico que él mismo ayudó a construir. Sus poemas, cargados de metáforas y de una sensibilidad casi espiritual, se transformaron en himnos que celebraban la vida, el arte y el adiós. En un emotivo homenaje, versificado y lleno de sentimiento, se lee:

  “Se fue un amigo, se fue un poeta,

  por el camino que todos temen,

  hoy le lloramos con chacareras

  porque sus letras no hablan de muerte.

  Fue un veinticinco del mes de octubre,

  pocos minutos tenía el día,

  cuando Jacinto, desde la cumbre,

  de todo un pueblo, vio su alegría.”

Estos versos, que se leen como una plegaria, encapsulan la esencia de un hombre que, a través de su guitarra y su canto, supo regalar al mundo momentos de belleza y reflexión. La poesía de Jacinto Piedra trasciende lo efímero para adentrarse en un campo de eternidad, en el que cada palabra y cada acorde son el reflejo de un compromiso inquebrantable con su gente y su tierra. Su legado, plasmado en cada nota y en cada verso, se convierte en un recordatorio de que el arte tiene la capacidad de convertir el dolor en belleza, el adiós en una invitación a seguir adelante.

IX. El compromiso con la transformación cultural y el futuro de Santiago

La preocupación por el futuro de la música y la cultura siempre estuvo presente en los discursos de Jacinto Piedra. Más allá de la fama y de los reconocimientos, el artista asumía la responsabilidad de impulsar proyectos que permitieran a las nuevas generaciones adentrarse en el mundo del arte. “Ojalá un día pueda tener acceso a trabajar por estructuras nuevas dentro del arte, aunque sea que tenga que caer en lo político. Quisiera trabajar para poner unas escuelas de piano acá en Santiago, donde haya 10 pianos para que los chicos que tengan mucho talento estudien desde muy chiquitos”, manifestó con convicción.

Esta visión de futuro, tan ambiciosa como necesaria, revela la inquietud de un hombre que entendía que la verdadera revolución se produce en el terreno de la educación y la cultura. En un contexto en el que la industria musical se volvía cada vez más centralizada –sobre todo en centros urbanos lejanos– Jacinto optaba por apostar por un modelo de proximidad y compromiso local. “Hay otros proyectos que solamente estando al lado del poder se puede luchar por esos espacios estancados que no han progresado en muchos años”, enfatizaba, marcando la urgencia de reactivar la escena cultural en Santiago.

Su mensaje trasciende la mera producción musical, convirtiéndose en un llamado a la acción para reunir a músicos, artistas y gestores culturales en pos de revitalizar el patrimonio musical de la provincia. Este compromiso se extendía más allá de las fronteras del escenario, proponiendo la creación de organismos y espacios de encuentro que permitieran a los artistas compartir conocimientos, impulsar colaboraciones y, sobre todo, mantener viva la tradición de la música chilena y santiagueña.

X. La dualidad del artista: Entre la vulnerabilidad y la fortaleza

La figura de Jacinto Piedra está impregnada de contrastes y paradojas. Por un lado, se alza como un símbolo inquebrantable de compromiso y pasión por el arte; por otro, no se escapa a la humanidad y a los desafíos que la vida le presentó. “Te decía lo de los músicos porque yo he sufrido mucho por no poderme comprar un instrumento. Un instrumento nuevo no es un equipo de gimnasia. Y el músico necesita un cable, un equipo, una buena guitarra. Y a veces son inaccesibles”, confesó, poniendo sobre la mesa las dificultades inherentes al oficio y la necesidad de resguardar el valor que tiene el arte cuando se enfrenta a las barreras del mercado.

Esta dicotomía –la vulnerabilidad ante las condiciones sociales y económicas, y la fortaleza del compromiso artístico– es la que confiere a su figura un carisma especial. No se trataba simplemente de un músico, sino de un hombre que, a pesar de las adversidades, se mantenía fiel a sus ideales y que veía en cada obstáculo una oportunidad para reafirmar sus convicciones. La mirada de Jacinto Piedra se orientaba siempre hacia el futuro, a pesar de reconocer en el presente los recortes y las limitaciones de un sistema que a menudo marginaba a quienes trabajaban desde el corazón y no desde la lógica comercial.

XI. La huella imborrable del adiós: Reflexiones sobre la partida y la eternidad en la música

El fatídico 25 de octubre de 1991 marcó el final de una era. La madrugada en que un accidente truncó la vida del popular artista santiagueño dejó a su pueblo consternado y a la música nacional con un vacío difícil de llenar. No obstante, en cada chacarera, en cada verso, Jacinto Piedra parece seguir vivo. Sus palabras, sus melodías y su compromiso siguen vibrando en el aire, recordándonos que “partir es volver” y que en la memoria colectiva el arte permanece incesante.

El poeta y cronista del legado musical, Hugo Orlando Ramírez, sintetizó en su tributo lo que para muchos era incuestionable: “Jacinto Piedra era una persona que trascendía lo terrenal. A través de su guitarra, se entregaba de cuerpo y alma a cada interpretación, convirtiéndose en el ejemplo vivo de que el compromiso con la cultura es un camino de resistencia. Su legado es, y siempre será, un canto de vida en el que cada nota nos dice que la pasión nunca muere” (Ramírez, Ventana Abierta, 1991).

El legado de Jacinto Piedra se inscribe en una herencia que va más allá de la memoria de un solo individuo; es el reflejo del alma de Santiago y de un pueblo que supo convertir el dolor de la partida en la fuerza de la creatividad. Sus chacareras, sus composiciones y sus gestos de compromiso siguen siendo fuente de inspiración para generaciones de músicos y amantes de la cultura. En cada reunión, en cada festival y en cada rincón donde el folklore se haga presente, se escucha el eco de su voz, recordándonos que la verdadera magnitud del arte radica en su capacidad para unir a las personas en torno a un sueño compartido.

XII. Fuentes y testimonios: La veracidad del relato

Este recorrido por la vida y la obra de Jacinto Piedra se nutre de las palabras recogidas por la revista “Ventana Abierta”, así como de testimonios directos de aquellos que fueron testigos de su trayectoria, como Juan Carlos Carabajal. Las fuentes, distanciadas en el tiempo pero unidas por el respeto y la admiración hacia este ícono santiagueño, permiten reconstruir un mosaico de vivencias que va más allá de la mera cronología. Se citan, en numerosos pasajes, entrevistas realizadas en 1991 y anécdotas que se han transmitido de generación en generación, consolidando en cada línea la esencia de un artista que supo trascender las barreras del tiempo y de la adversidad. Así, medios como la revista “Ventana Abierta” y las entrevistas con figuras contemporáneas al músico –entre ellas la aportación de Juan Carlos Carabajal– se erigen como pilares fundamentales para entender el impacto y la relevancia de Jacinto Piedra en el panorama cultural.

XIII. El testigo del tiempo: Un cierre reflexivo

Hoy, al rememorar la historia de Jacinto Piedra, se alza la pregunta: ¿qué significa realmente dejar una huella en la cultura? La respuesta, compleja y multifacética, se esconde en cada nota grabada, en cada verso recitado y en cada mirada cómplice de aquellos que viven del arte. La vida de este músico santiagueño es un testigo del poder transformador del compromiso con la cultura, de la capacidad del arte para convertir el dolor en belleza y la efímera existencia en un canto perpetuo.

La despedida de Jacinto Piedra no es un adiós definitivo, sino una invitación a continuar la lucha por preservar la identidad, la memoria y la pasión por la música. Cada recital, cada ensayo, y cada encuentro en torno a la chacarera es un tributo a su legado y una apuesta decidida por la continuidad de una cultura que, a pesar de los embates de la modernidad, sigue siendo el alma de Santiago. Su historia se convierte, pues, en el espejo en el que se refleja el compromiso de toda una generación que, entre nostalgia y esperanza, sigue creyendo en la fuerza del arte para encender los corazones.

La figura de Jacinto Piedra se erige como un emblema, un símbolo perenne de que la música –más allá de los contratos o del éxito comercial– es un mensaje que nace del alma y que perdura en el tiempo. Es el recordatorio de que, aunque el cuerpo se marchite, la esencia del artista vive en cada rincón donde se escuche su guitarra y se lean sus letras. Su legado, inmortalizado en la memoria colectiva y en los corazones de sus seguidores, es un llamado a no olvidar nunca nuestras raíces, a luchar por un futuro en el que el arte y la cultura se encuentren libres de las ataduras del interés económico y se expresen en su máxima pureza.

La huella que Jacinto Piedra dejó en la música y en la sociedad es, en definitiva, un testamento de vida y compromiso. Desde sus inicios en Buenos Aires, pasando por la consolidación de su carrera en Santiago y hasta su partida súbita, cada una de sus vivencias forma parte de una narrativa en la que el arte se convierte en un acto de fe, de resistencia y de amor por la cultura. Su voz, que se alzó en la madrugada del 20 de octubre de 1991, continúa resonando, haciendo de cada chacarera un canto a la vida y a la memoria.

Al concluir este viaje por la vida y el legado de Jacinto Piedra, surgen reflexiones que trascienden el ámbito musical y se adentran en el terreno de lo profundamente humano. La historia de un músico que fue, a la vez, hombre, poeta y activista cultural, es un recordatorio de que el camino del arte nunca se detiene. Mientras sigamos escuchando sus acordes, mientras las nuevas generaciones se inspiren en su mensaje, Jacinto Piedra vivirá en cada rincón del alma santiagueña y en cada nota que haga vibrar el corazón de quienes se atrevan a soñar con un mundo en el que la cultura y la autenticidad prevalezcan.

Hoy, en cada encuentro musical en Santiago, en cada festival que convoca a las voces del pueblo, se puede distinguir la impronta de un legado que trasciende el tiempo. Jacinto Piedra no es solo un nombre olvidado en una fotografía antigua, sino el eco perenne de una época en la que la música era, y sigue siendo, un grito de libertad y de identidad. Su partida, que dejó un vacío imposible de colmar, también abrió la puerta a una reflexión colectiva sobre lo que significa ser portador de la cultura, responsable no sólo de entretener, sino de inspirar un cambio.

El compromiso de Jacinto con la transformación social, su lucha contra la mercantilización del arte y su apuesta por un futuro donde la música sea accesible y formativa, invitan a cada lector a profundizar en la importancia de mantener vivas las tradiciones que nos definen. En un mundo que a menudo se deja arrastrar por la inmediatez y el consumismo, recordar al “hombre de guitarra” es un recordatorio de que cada acorde tiene el poder de evocar la historia, de unir generaciones y de proyectar un mensaje de esperanza y renacimiento.

Queda, entonces, la invitación a tomar el relevo: a crear espacios, a formar camadas y a encender en cada rincón el fuego del compromiso cultural. Que los testimonios recogidos, las anécdotas de Juan Carlos Carabajal y la voz inconfundible de Jacinto Piedra sirvan de inspiración para todos aquellos que creen en la magia del arte y en el poder de la memoria compartida.

En este cruce de caminos, donde la nostalgia se entrelaza con la visión de un futuro mejor, la figura de Jacinto Piedra se alza tal como lo hizo en vida: un faro que, a través de cada chacarera, sigue iluminando el sendero de aquellos que saben que la lucha por preservar la identidad cultural es, en esencia, la lucha por honrar la memoria de quienes nos precedieron.

Las palabras finales de Jacinto, y aquellas que aún resuenan en las voces del Pueblo, nos invitan a recordar que el verdadero legado de un artista no se mide en discos vendidos o en aplausos efímeros, sino en la huella imborrable que deja en el corazón de aquellos que, con la mirada puesta en el futuro, se atreven a soñar y a construir un mañana transformado por la fuerza del compromiso cultural.

Fuentes Citadas:

• Revista “Ventana Abierta”, Entrevista a Jacinto Piedra, Barrio Belgrano, 20 de octubre de 1991.

• Hugo Orlando Ramírez, Revista Ventana Abierta, Santiago del Estero, 26 de octubre de 1991.

• Testimonio de Juan Carlos Carabajal (relatado en entrevistas y recopilaciones periodísticas de la época).

• La poesía “Elegía para Jacinto en Celeste y Oro” es de autoría de César Cisneros de la Hoz.

Epílogo:

La narrativa de Jacinto Piedra es, sin duda, una lección de vida y pasión. Entre la dicotomía del éxito en la gran urbe y el retorno a las raíces que lo vieron nacer, se esconde la historia de un hombre que supo transformar la adversidad en canción y el desarraigo en un llamado al reencuentro. Cada nota, cada verso, y cada anécdota recogida en este recorrido se entrelaza para formar un mosaico que sigue inspirando a artistas y oyentes por igual.

La memoria de este ícono santiagueño permanece en el eco de sus guitarras y en el fervor de cada chacarera que se entona con el compromiso de un pueblo que, a pesar de las adversidades, rechaza el olvido. Es a través de estos testimonios, de este arte inmaculado, que se consolida la idea de que el legado cultural es un puente entre generaciones, una invitación a no dejar jamás de soñar y de luchar por preservar la esencia que nos hace humanos.

Al recordar a Jacinto Piedra, recordamos también que la lucha por la cultura es una tarea colectiva, un camino que se recorre en conjunto y que exige la participación activa de cada individuo. En los encuentros, en pequeñas tertulias y en grandes festivales, la voz de este artista sigue resonando –una voz que no se ha apagado, una llamada incesante a mantener viva la llama de la pasión y la autenticidad.

Hoy, Santiago del Estero y el conjunto de almas que han vibrado con sus canciones, se encuentran convocados a seguir el ejemplo de aquel que, con su guitarra y su canto, nos enseñó que la verdadera grandeza reside en la capacidad de inspirar un cambio genuino en el corazón de la comunidad. En cada recital y en cada espacio dedicado al folklore, la figura de Jacinto Piedra se reafirma como un símbolo indeleble de la lucha cultural, trascendiendo el tiempo y recordándonos que el arte, cuando es vivido con convicción, es eterno.

Conclusión:

El legado de Jacinto Piedra sigue vivo en cada nota, en cada recuerdo y en cada gesto que busca mantener encendida la memoria de una época en que la música era la voz del Pueblo. Su vida, llena de matices y de una pasión inigualable, nos invita a reflexionar sobre el verdadero significado del compromiso cultural, a valorar la originalidad y a celebrar la belleza del arte en todas sus formas. Porque, al fin y al cabo, en cada verso y en cada acorde se esconde la verdadera esencia de un Santiago que, con celeste y oro, jamás se olvidará.

martes, 23 de septiembre de 2025

Hugo Díaz: la armónica que conquistó el mundo

 


Nacido en la pobreza santiagueña en 1925, Hugo Díaz transformó la armónica en un idioma universal. Sin leer música, rozó el título mundial, deslumbró a maestros del jazz, acarició el tango y el folclore, y terminó en un mural de Hohner en Frankfurt. Esta es la crónica de un talento salvaje, un bohemio generoso y un legado que aún pide aplauso.

Agosto de 1925. Buenos Aires se empolva de gala para el príncipe de Gales; en el Colón suenan arias y en el Ópera se celebra el folklore para visitantes ilustres. Lejos del boato, en una casa humilde de Santiago del Estero, nace un niño de orejas legendarias y sonrisa desparramada. Le dicen “Orejita” y “Jetón”. Todavía nadie lo sabe, pero ese chico, Víctor Hugo Díaz, va a soplar una armónica y a cambiar el modo en que la música respira.

El primer escenario fue la calle. Antes que el brillo de las marquesinas, el cajón de lustrabotas: días y noches en mercados, boliches y plazas, con los veranos santiagueños pegados a la piel. Desde la casa de la calle Independencia —entre Mendoza y Mitre— caminaba al centro con una certeza sin técnica y sin manual: la música le nacía a borbotones. No estudió; la intuición fue su conservatorio.

El cauce llegó con la Orquesta Educacional Infantil del maestro Bonell. Allí, junto a Tito Sotelo, se empezó a dibujar el trazo de una carrera que no entendía de mapas. Vinieron luego la vieja radio LV11, el Parque de Grandes Espectáculos y la confitería París —frente a la Plaza Libertad, después “Los dos chinos”—, donde el joven Hugo, contrabajo al hombro, acompañaba al pianista Luis Napoleón Soria junto a otro santiagueño ilustre: Domingo Cura.

Después, la aventura porteña. El éxito, rezagado pero terco, entró de la mano de Victoria Cura —compañera en la vida y en la música— y con Alberto Cortez como guitarrista. La armónica de Hugo viajó por América y cruzó el Atlántico: España, Francia, Alemania, Bélgica y Holanda se rindieron a ese sonido que parecía humanizar el metal. Japón coronó la gira con un Disco de Oro. Era la confirmación: aquel “hombrecito bajo, moreno, simpaticón”, como lo recordaban, había convertido un instrumento escolar en voz mayor.

Hay una escena que lo explica todo. Campeonato mundial de armónicas. La pieza decisiva: La boda de Luis Alonso. Competidores con partitura; Hugo, no. No sabía leer música. Tocó de oído, como siempre, apelando a esa brújula interna que no falla cuando el instinto es verdad. El jurado quedó atrapado entre el reglamento y la emoción: lo suyo fue superior, pero las normas mandan. Subcampeón, sí, pero con una ovación que todavía resuena.

Alemania —tierra de armónicas y exigencias— le reservó un tributo mayor: en la fábrica central de Hohner, en Frankfurt, colgaron un mural enorme con su imagen y una leyenda en cinco idiomas que explicaba el porqué del homenaje. Técnica depurada, dominio asombroso, afinación elevada. Dicho en criollo: hacía cantar a la armónica como si tuviera pulmones propios.

Hugo fue todo a la vez: folclore, jazz y tango. Improvisó una reunión antológica con Dizzy Gillespie —y Domingo Cura en la batería—, tejió con José Colángelo grabaciones donde el tango dialoga en solos y contrapuntos de filigrana, y compuso polcas litoraleñas, gatos y zambas. En Buenos Aires, su ruta bohemia dibuja un mapa sentimental: Pippo, Stopi, el bar Río de Oro, el cine Trocadero, la guitarra del “zurdo” Ovejero, los bailes de “Cuiti” Salvatierra y Carlos Saavedra. La televisión, en blanco y negro, le dio nombre de conjunto: “Hugo Díaz y sus changos”.

Detrás del artista, el hombre. Noctámbulo, amigo de los amigos, se cuenta que pagaba a acomodadores de cines para que, en las madrugadas, dejaran dormir en las butacas a paisanos santiagueños sin donde caer. Un gesto sencillo, casi secreto, que hoy habla más fuerte que cualquier premio.

La enfermedad llegó como una sombra larga. Se fue apagando con tristeza honda y murió en Buenos Aires el 23 de octubre de 1977. En Madrid, su hija Mavi continúa sobre los escenarios: bailarina que hereda, a su modo, la música paterna.

Epílogo santiagueño: música y sacralidad

En Santiago, la música no es adorno: es rito. Del canto litúrgico a la polifonía de Johann Sebastian Bach, la religiosidad y el sonido se han encontrado desde siempre. Por eso, no extraña que, hacia fin de año, la Orquesta de Cámara de la Fundación Cultural Santiago del Estero y el Coro Bach de la Biblioteca Sarmiento —ambos dirigidos por el profesor Eduardo Bucci— llevaran su repertorio a los templos: Santa Rita, en el Barrio Jorge Newbery; la Parroquia de Sumampa; y la catedral de Catamarca el último 3 de diciembre. Invitaciones aceptadas, iglesias llenas, una comunidad que escucha y agradece.

A Hugo Díaz todavía le falta el aplauso unánime de su pueblo, ese gesto final que consagra a los que abrieron caminos sin pedir permiso. Porque en su armónica cabían Santiago, el mundo y algo más: la certeza de que el arte puede nacer en un cajón de lustrabotas y terminar en un mural de Frankfurt sin perder el acento. Es hora de aplaudir, de pie, a “Orejita”: el santiagueño que le enseñó a la armónica a decir gracias.

Esta crónica reconoce la colaboración del profesor Rosario Ángel Sanguedolce, ex director de la Banda de Música de la Provincia y amigo de Hugo Díaz, por el material y las fotografías que permitieron reconstruir estas memorias.

La verdadera historia de "Los del Rio"