jueves, 6 de noviembre de 2025

Leyendas santiagueñas que se van perdiendo

 


Te cuento algo que siempre me da vuelta en la cabeza: nuestras leyendas locales se nos están escapando de las manos.

Antes, la historia de tu propio barrio te la contaba un vecino o un abuelo con un mate de por medio. Hoy, con la tele, internet y las series que vienen de afuera, consumimos mitos asiáticos o europeos y nos olvidamos de lo que pasó en nuestro propio suelo. Ojo, no está mal ver esas producciones, pero da bronca cuando alguien de afuera viene a burlarse de lo nuestro —como ese comentarista que una vez ninguneó al río Dulce llamándolo "un hilito de agua"— solo porque no conocen el peso que tiene nuestra historia.

Ese mismo río tiene un origen tremendo. La leyenda dice que nació del llanto de Mayu, un guerrero indígena invencible que no pudo contener las lágrimas ante una sequía devastadora. El dios de la guerra, molesto por ver llorar a su mejor peleador, transformó esas lágrimas en el cauce del río para burlarse de él.

Y no es la única historia así. Muchas de nuestras leyendas explican la naturaleza a través de transformaciones. A veces nacen de la culpa, como la del coyuyo, ese insecto que no frena de cantar en verano. Dicen que era un hombre que mató a su hermano en una pelea de borrachera y, del remordimiento, se escondió en la tierra hasta convertirse en lo que es hoy, cantando sin parar para recordar los viejos tiempos.

Otras veces, la transformación nace del dolor o del olvido. ¿Escuchaste alguna vez un golpeteo en la tierra en zonas como el barrio Los Flores? Hace años la gente le tenía miedo a ese ruido, ese "tun tun" bajo el suelo. Un viejo compañero de diario decía sin dudar: "es el oculto buscando la tumba del hermano". La historia cuenta que un hombre regresó de viejo a buscar a su hermano sepultado, pero no encontró la tumba. Se volvió loco cavando por todos lados, y los dioses lo convirtieron en ese animalito subterráneo que se la pasa haciendo túneles.

Claro que no todo es trágico; también hay lugar para la piedad y el amor. El mistol, por ejemplo, era un padre abnegado al que la Pachamama convirtió en árbol de frutos dulces para que su familia no muriera de hambre durante la sequía. Y los horneros no son más que una pareja de alfareros enamorados a quienes no dejaron casarse, y los dioses convirtieron en aves para que pudieran construir su hogar juntos para siempre.

Detrás de cada una de estas historias hay una riqueza espiritual enorme que nos explica quiénes somos y de dónde venimos. Es una pena que se vayan perdiendo. Ojalá que los chicos de hoy —los que escriben, los que hacen cine o los que crean contenido— se animen a mirar más para adentro y rescaten todo esto antes de que quede en el olvido.

 


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