Te
cuento algo que siempre me da vuelta en la cabeza: nuestras leyendas locales se
nos están escapando de las manos.
Antes,
la historia de tu propio barrio te la contaba un vecino o un abuelo con un mate
de por medio. Hoy, con la tele, internet y las series que vienen de afuera,
consumimos mitos asiáticos o europeos y nos olvidamos de lo que pasó en nuestro
propio suelo. Ojo, no está mal ver esas producciones, pero da bronca cuando
alguien de afuera viene a burlarse de lo nuestro —como ese comentarista que una
vez ninguneó al río Dulce llamándolo "un hilito de agua"— solo porque
no conocen el peso que tiene nuestra historia.
Ese
mismo río tiene un origen tremendo. La leyenda dice que nació del llanto de
Mayu, un guerrero indígena invencible que no pudo contener las lágrimas ante
una sequía devastadora. El dios de la guerra, molesto por ver llorar a su mejor
peleador, transformó esas lágrimas en el cauce del río para burlarse de él.
Y
no es la única historia así. Muchas de nuestras leyendas explican la naturaleza
a través de transformaciones. A veces nacen de la culpa, como la del coyuyo,
ese insecto que no frena de cantar en verano. Dicen que era un hombre que mató
a su hermano en una pelea de borrachera y, del remordimiento, se escondió en la
tierra hasta convertirse en lo que es hoy, cantando sin parar para recordar los
viejos tiempos.
Otras
veces, la transformación nace del dolor o del olvido. ¿Escuchaste alguna vez un
golpeteo en la tierra en zonas como el barrio Los Flores? Hace años la gente le
tenía miedo a ese ruido, ese "tun tun" bajo el suelo. Un viejo
compañero de diario decía sin dudar: "es el oculto buscando la tumba del
hermano". La historia cuenta que un hombre regresó de viejo a buscar a su
hermano sepultado, pero no encontró la tumba. Se volvió loco cavando por todos
lados, y los dioses lo convirtieron en ese animalito subterráneo que se la pasa
haciendo túneles.
Claro
que no todo es trágico; también hay lugar para la piedad y el amor. El mistol,
por ejemplo, era un padre abnegado al que la Pachamama convirtió en árbol de
frutos dulces para que su familia no muriera de hambre durante la sequía. Y los
horneros no son más que una pareja de alfareros enamorados a quienes no dejaron
casarse, y los dioses convirtieron en aves para que pudieran construir su hogar
juntos para siempre.
Detrás
de cada una de estas historias hay una riqueza espiritual enorme que nos
explica quiénes somos y de dónde venimos. Es una pena que se vayan perdiendo.
Ojalá que los chicos de hoy —los que escriben, los que hacen cine o los que
crean contenido— se animen a mirar más para adentro y rescaten todo esto antes
de que quede en el olvido.

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