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sábado, 1 de agosto de 2026

Santiago del Estero: entre la gloria de la fundación y la sombra de las disputas territoriales

 Por María Mercedes Tenti.

 


El problema planteado acerca de la fundación de Santiago del Estero guarda estrecha relación con el carácter privado de la conquista española y los conflictos jurisdiccionales generados como consecuencia. A partir de 1535 sobrevino la ocupación más difícil de territorios con poblaciones en estadio cazador recolector asociados a agricultura incipiente, de menor densidad y de estructuras políticas y sociales más débiles. Así comenzó la extensión de la conquista a lo largo de la costa del Pacífico por Chile y la internación por la región del Tucumán -en el actual noroeste argentino-, expandiéndose por el sur en búsqueda del puerto atlántico.

Los conquistadores Francisco Pizarro y Diego de Almagro habían sometido a los quechuas en el Perú -conocidos genéricamente como incas- a partir de 1532, aunque pronto comenzaron ellos y sus herederos una cruenta guerra civil en la que ambos fueron asesinados; sin embargo, luego de sus muertes las disputas continuaron sus beneficiarios y seguidores. La corona española trató de apaciguar el enfrentamiento dividiendo el territorio y cediendo a los pizarristas la zona peruana y a los almagristas la franja del imperio que continuaba por el sur.

En lo referente a la exploración y reconocimiento de nuevos territorios, en 1536 Almagro había incursionado por el Tucumán en su paso para Chile, pero la primera expedición que penetró en espacio santiagueño fue la de Diego de Rojas. El gobernador del Perú nombró en 1543 a Rojas para explorar la región del Tucumán, ubicada más allá de la Puna, sin datos claros de su extensión. Pasó por los valles Calchaquíes y los llanos tucumanos y, tras continuos enfrentamientos con los aborígenes, penetró en territorio santiagueño por las sierras de Guasayán. En la zona de Maquijata, en un enfrentamiento con los tonocotés, Rojas fue herido con una flecha y, como consecuencia, murió. La expedición siguió, recorriendo las actuales provincias de Catamarca, La Rioja y norte de San Juan, hasta entrar en Córdoba y continuar rumbo al Paraná, de donde regresó tras encontrarse con huellas de españoles que habían penetrado por el río de la Plata y remontado el Paraná.

A mediados del siglo XVI, Pedro de la Gasca, presidente de la Audiencia de Lima, que acababa de poner fin a la guerra civil en el Perú, se vio en la necesidad de emplear a la soldadesca desocupada que promovía desórdenes. Por ello encomendó a Juan Núñez de Prado que organizara una expedición y fundara una ciudad para proteger el camino a Chile, informase de las probabilidades de ocupación del territorio y facilitara la apertura de la ruta al río de la Plata y la salida al Atlántico. Núñez partió de Potosí y el 29 de junio de 1550 fundó una ciudad en el valle de Gualán -actual provincia de Tucumán- y le puso por nombre El Barco. Realizó el trazado del poblado, conformó el Cabildo y distribuyó los indios en encomiendas. Estando allí instalado se planteó el primer conflicto de jurisdicción con tropas chilenas que, al mando de Villagra, lo obligaron a reconocer la dependencia de la nueva ciudad respecto de la gobernación de Chile. Una vez que se retiraron Villagra y sus hombres, Núñez de Prado desconoció su autoridad y decidió trasladar el poblado. En 1551 lo ubicó en el valle de Quiriquiri -Salta- que estimaba pertenecía a la jurisdicción de Charcas. Poco duró en esta ubicación ya que, al año siguiente -quizás por los ataques de los aborígenes o por la posibilidad de una nueva incursión de las tropas chilenas- la trasladó nuevamente a orillas del río del Estero – hoy río Dulce-, cerca de la actual Santiago del Estero.

El gobernador de Chile, Pedro de Valdivia, por creer que El Barco estaba dentro de sus territorios, designó gobernador de esta ciudad a Francisco de Aguirre y lo envió a tomar posesión de ella. Su objetivo era unir en una sola gobernación toda la tierra existente entre el Atlántico y el Pacífico. Aguirre, apenas llegó a territorio santiagueño, en mayo de 1553, se apoderó de la ciudad, designó nuevas autoridades, organizó el cabildo, apresó a Núñez de Prado, lo envió prisionero a Chile y decidió trasladar la ciudad a corta distancia de su antigua ubicación, por estar demasiado expuesta a las crecidas del río. Finalmente, convalidó la fundación de una nueva ciudad denominándola Santiago del Estero, el 25 de julio de 1553.

El acta de la fundación de El Barco nunca fue encontrada, como tampoco la de Santiago del Estero. Es por ello que, en 1952, a pedido del gobierno de la provincia, una comisión de historiadores de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, abalados por la Academia Nacional de la Historia, determinó que Santiago del Estero había sido fundada por Francisco de Aguirre el 25 de julio de 1553, basándose especialmente en dos actas del cabildo santiagueño, del 14 de abril de 1774 y del 21 de julio de 1779 -es decir de dos siglos posteriores a la fundación- encontradas por el presidente de la Junta, Alfredo Gargaro, en archivos chilenos. En la primera de ellas, se acordaba organizar la festividad de Santiago Apóstol el 25 de julio, "… en memoria de que en días semejantes introdujeron las armas españolas el Santo Evangelio y se hizo la primera fundación de dicha ciudad".

Como contrapartida, hay innumerables testimonios en probanzas, cartas, relaciones, etc. -contemporáneas al hecho que nos ocupa- que identifican ambas ciudades como una sola. Como ejemplo enunciaremos solamente una de los más significativos: en la carta que escribió Francisco de Aguirre al rey, el 23 de diciembre de 1553, sostiene: "… Porque habrá dos años escribimos a la Audiencia de V.M. que reside en la ciudad de los Reyes lo sucedido en esta ciudad de Santiago…" Como vemos hace referencia a 1551, cuando la ciudad se llamaba El Barco.

Luis Alen Lascano, en su Historia de Santiago del Estero, publicada en 1991, da a conocer el resultado de investigaciones realizadas por Gastón Doucet -investigador del CONICET- en archivos de Sucre, que intenta clarificar este confuso panorama. Según Doucet, documentos judiciales por él encontrado -aunque nunca publicados-, mencionan el libro capitular de la ciudad como iniciado el 29 de junio de 1550, con la fundación de Núñez de Prado, y continuado durante el gobierno de Francisco de Aguirre y los gobernadores sucesivos, a partir de 1553. Es decir que no se cambió de libro de actas quizás porque se consideraba a Santiago del Estero como una continuidad jurídica de la ciudad de El Barco o tal vez, por la precariedad de las fundaciones, no tenían los protagonistas otro libro de actas. Por todo esto Alen Lascano considera a Juan Núñez de Prado como el primer fundador y a Francisco de Aguirre como el poblador definitivo de la ciudad. 

El director del archivo histórico provincial, Juan Viaña, consiguió el año pasado, del Archivo Nacional de Bolivia -Sucre-, de la antigua Audiencia de Charcas, copia de los expedientes 1590-5 entre los que está un documento en el que el escribano del cabildo, de apellido Vallejo, da fe de la fundación de El Barco, por Núñez de Prado, el 29 de junio de 1550 y que el 25 de julio de 1553, luego de tres años, Francisco de Aguirre, enviado por el teniente general de la gobernación de Chile, Pedro de Valdivia, "mudó la ciudad y le puso por nombre Santiago", según consta en el mismo libro del cabildo, ratificando lo descubierto por Doucet.

Como se puede apreciar, Santiago del Estero, la ciudad más antigua del país, la madre de ciudades -como recalcan permanentemente los medios de comunicación y los anuncios oficiales- fundada a orillas del río Dulce, es la ciudad sin acta de fundación que tuvo que esperar cuatrocientos años para que, por un decreto del gobierno de la provincia se estableciera la fecha fundacional. Fue el gobernador peronista Francisco Javier González quien, en 1952, luego del dictamen de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, presidida por el historiador Alfredo Gargaro, sancionó la fecha fundacional mediante un decreto del Poder Ejecutivo provincial, fijándola el 25 de julio de 1553 y a su fundador Francisco de Aguirre, enviado desde Chile. Con esto se ponía fin -aparentemente- a las disputas surgidas entre los historiadores sobre quién era el fundador y cuál la fecha fundacional, disputa dividida entre nuñezpradistas y aguirristas que adjudicaban el mérito de la empresa a Juan Núñez de Prado –fundador de la primitiva ciudad de El Barco- enviado desde Perú- o a Francisco de Aguirre -enviado desde Chile- respectivamente.

Las expediciones se componían de un puñado de españoles, acompañados de indígenas yanaconas que actuaban como lenguaraces, unos pocos caballos, alimentos, armas y vituallas. Tenían que atravesar lugares desconocidos por caminos intrincados y rodeados de monte que terminaba con su escaso ropaje hecho girones. En estas condiciones, las fundaciones eran, en consecuencia, bastante precarias de allí que es entendible que usaran el mismo libro de actas y que participaran de las fundaciones los mismos hombres, aún los enviados por diferentes autoridades.

Como historiadora me pregunto si tiene sentido seguir discutiendo quién es el fundador de la ciudad si, hasta la fecha, no se encontraron documentos fundantes que hagan cambiar el rumbo de las interpretaciones, tanto de un sector como de otro, ya que entran en juego posturas a veces irreconciliables basadas en teorías diversas. El problema no resuelto, a pesar del decreto de 1952, creo que seguirá en la misma instancia, por cuanto tanto uno como otro conquistador venían con mandatos expresos de fundar una ciudad en esta amplia región, poco conocida por entonces, denominada genéricamente Tucma o Tucumán. En síntesis, creo que se trató de una lucha interna de dos jurisdicciones a cargo de los herederos de Almagro y Pizarro por apropiarse de esta extensa región, con una fundación que les diera asidero permanente en ella.  

Luego de la primera celebración sobresaliente del cuarto centenario, en agosto de 1953, con la presencia del presidente Perón en la ciudad, entusiastas ceremonias con desfiles e inauguraciones y la realización de un Congreso Nacional de Historia, a cargo de la Academia Nacional de la Historia -presidido por el historiador Ricardo Levene- que ratificó la fecha fundacional, las conmemoraciones julias fueron in crescendo a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado, para transformarse en la actualidad en una festividad que sitúa a la capital santiagueña en el centro de la agenda invernal para la temporada turística. 

A partir de la conmemoración de los cuatrocientos cincuenta años de la fundación, en 2003, las fiestas de julio pretenden transformar la vida santiagueña con espectáculos artísticos callejeros, la feria artesanal que fue creciendo en superficie y duración, la espectacularidad de las festividades religiosas como la de la Virgen del Carmen -patrona de la ciudad- el 16 de julio, de San Francisco Solano –el apóstol de América- el 24 de julio, de Santiago Apóstol el 25 de julio, los fuegos artificiales de la vigilia y muchos otros eventos que permitieron institucionalizar las festividades, invocando la tradición para habitualizar a la sociedad, generar significatividad y afianzar un espíritu de pertenencia. 

La marcha de los bombos, surgida de la iniciativa privada, fue tomada como parte de los festejos del calendario ritualizado, conformando una pretendida costumbre que, si bien reclama cierta historicidad es reciente en su origen, pero pasa a integrar esas "tradiciones inventadas" –al decir de Hobsbawm- que toman de referencia situaciones pasadas y que, por su repetición y espectacularización las actualizan e innovan en el mundo posmoderno.

La institucionalización de las celebraciones, la invención de la tradición y la mercantilización de la cultura son propias de la pos modernidad e impactan en sociedades tradicionales que pretenden insertarse en este mundo globalizado, apelando a viejos usos y a referencias al pasado para instaurar nuevas concepciones, símbolos y percepciones, para dar idea de cohesión social y de continuidad de valores. En ese ámbito se enmarca la fundación de Santiago del Estero. Queda sin embargo por analizar, qué pasa realmente con esta controversia, en el interior de la sociedad santiagueña. Fte: El Liberal

Dra. María Mercedes Tenti. Integrante de la Academia Nacional de la Historia.

domingo, 26 de julio de 2026

Latidos Negros: Redescubriendo la Huella Africana en Argentina y Santiago del Estero

 



En los pliegues de la historia rioplatense una comunidad que, en el siglo XVIII, representó más de la mitad de la población de algunas provincias hoy se debate entre el olvido y la invisibilidad. Su presencia, sin embargo, está impregnada de ritmo, de resistencia y de un legado que sigue resonando en el tango, el candombe y las palabras cotidianas del país.

Raíces que se hunden en la tierra del Río de la Plata

Los primeros varones africanos llegaron a lo que hoy es Argentina como esclavos de los conquistadores españoles. El flujo sistemático de esclavos por la ciudad de Buenos Aires comenzó poco después de su segunda fundación, en 1580, cuando los pobladores, desesperados por la escasez de mano de obra indígena en la zona, reclamaron la importación de “trabajadores” provenientes de Angola y el Congo.

Según los historiadores, de los 60 millones de africanos enviados a América sólo 12 millones sobrevivieron el viaje transatlántico. Buena parte de ese número desembarcó a través de los puertos del Río de la Plata, Montevideo, Valparaíso y Río de Janeiro, donde fueron distribuidos entre labranzas, ganaderías y hogares aristocráticos. Las africanas, además de unirse en “santo matrimonio” con sus compañeros, fueron obligadas a servir sexualmente a sus amos y a sus parientes, generando una población mulata que, a lo largo de los siglos, se mezcló con la criolla y con los inmigrantes europeos.

El auge silencioso bajo la sombra de Rosas

Durante la gobernación de Juan Manuel de Rosas (18291852) la comunidad negra de Buenos Aires alcanzó un nivel inesperado: alrededor del 30 % de la población total. El propio gobernador, acompañado de su familia, asistía regularmente a los candombes, esa forma de baile y canto que, aunque permitida, era una de las escasas expresiones culturales concedidas a los descendientes de africanos.

Los candombes, con sus tambores que “hacían temblar el suelo” y sus voces que entonaban antiguas plegarias, se convirtieron en un escenario de resistencia silenciosa. Cuando la danza se convertía en canción, la pulsación del tambor también marcaba el latido de una memoria que el Estado intentaba amortiguar.

El declive oficial y la invisibilidad

El siglo XIX trajo consigo un descenso sostenido de la población afroargentina. El aluvión migratorio fomentado por la Constitución de 1853 y la llegada masiva de inmigrantes europeos (español, italiano, francoalemán) diluyeron su peso relativo. En los censos, la categoría “negra”, “parda”, “morena” o “de color” fue sustituida por el ambiguo término “trigueña”, que podía aplicarse a cualquier tono de piel o, en algunos casos, a ninguno.

Los registros de 1838 a 1887 muestran una “desaparición artificial” de la comunidad. En 1778, por ejemplo, el noroeste argentino presentaba cifras sorprendentes: en Tucumán el 42 % de la población era negro, en Santiago del Este­ro el 54 % y en Catamarca el 52 %; en Salta el 46 %, en Córdoba el 44 %, mientras que en Mendoza el 24 % y en La Rioja el 20 %.

Hacia fines del siglo, el porcentaje oficial de negros cayó a apenas 1,8 % en 1887, y a partir de esa fecha los censos dejaron de registrar la variable racial, como si la comunidad hubiera desaparecido de la realidad.

La huella que persiste

Música y danza:

El tango, esa danza que define la identidad porteña, nació en los conventillos y en los salones donde los esclavos organizaban sus candombes. La milonga, su predecesora, conserva en su nombre una palabra bantú que significa “mezcla”. La chacarera, el grito de la pampa, también bebe de la tradición afro: su ritmo, sus instrumentos de percusión y sus voces resuenan con ecos de la sabiduría africana.

Pocos nombres quedan en la memoria, pero su aporte fue decisivo: Rosendo Mendizábal, autor de El entrerriano, era negro; Cayetano Silva compuso la música de la Marcha de San Lorenzo; Zenón Rolón escribió la marcha fúnebre que honró el regreso de los restos de José de San Martín en 1882. El legendario payador Gabino Ezeiza y el mítico “moreno” del Martín Fierro son otros testimonios vivos de esa presencia.

Lenguaje cotidiano:

En Santiago del Este­ro y en gran parte del noroeste, vocablos de origen africano siguen siendo parte del habla: mina, milonga, mucama, quilombo, mandinga, arrorro, mondongo, zamba, marote, banana. Estos términos, a veces trivializados, son portadores de una historia que se ha transmitido de generación en generación, aunque sus raíces se pierdan en la cotidianidad.

Religiosidad y festividades:

El legado cultural afro se manifiesta también en la devoción popular. El Carnaval rioplatense, con sus comparsas de candombe, celebra la libertad de los esclavos. En Corrientes, el legendario San Baltasar, el rey mago negro, sigue siendo venerado. San Benito, patrono de los afrodescendientes, tiene altares en varias provincias, recordando que la fe ha sido un refugio y un canal de resistencia.

Voces del pasado, miradas del presente

Domingo F. Sarmiento, presidente durante la gran epidemia de fiebre amarilla y la Guerra del Paraguay, dejó constancia de su postura racista. En su diario de 1848, al referirse a la esclavitud en EE. UU., escribió:

 “La esclavitud es una vegetación parásita que la colonización inglesa ha dejado pegada al árbol frondoso de las libertades…”

Más adelante, en una de sus frases célebres, afirmó:

 “Llego feliz a esta Cámara de Diputados de Buenos Aires, donde no hay gauchos, ni negros, ni pobres.”

Estas palabras, lejos de ser simples anécdotas, reflejan la actitud oficial del Estado que, una vez abolida la esclavitud, buscó borrar la presencia visible de los afrodescendientes, relegándolos al silencio oficial.

Hasta el día de hoy: el legado y la lucha

Los términos negro, negrita, morocho, cabecita negra siguen utilizándose, aunque su carga semántica ha sido desplazada hacia la clase social más que hacia la raza. En la práctica, sus víctimas pueden ser amerindios, europeos o afrodescendientes, evidenciando que el racismo persiste en formas sutiles y a veces encubiertas.

Los festivales, los bailes y los nombres de calles que hoy conmemoran a la comunidad negra son pistas que el país no puede ignorar. Reconocer la desaparición artificial no es sólo un ejercicio estadístico; es una invitación a reescribir la narrativa cultural, a rescatar los rostros que el historiador oficial dejó fuera y a honrar el latido de los tambores que, desde los conventillos del siglo XIX, siguen resonando en los bares de Buenos Aires y en las pampas argentinas.

Fuentes

* Todo es Historia (revista)

* Historia del barrio: Presencia negra – ensantelmo.com

* BBC News, especial sobre esclavitud (2007)

* El Peruano, “Opinión” (2007)

En la medida en que la memoria se vuelve arte, la historia afroargentina deja de ser un vacío y se convierte en un mosaico vibrante que, una vez más, reclama ser visto, escuchado y, sobre todo, celebrado.

jueves, 23 de julio de 2026

Historia del Ferrocarril en la Estación Matará, Santiago del Estero

 


La estación Matará, ubicada en el departamento Juan Felipe Ibarra, provincia de Santiago del Estero, nació con la expansión del Ferrocarril Central Norte Argentino a comienzos del siglo XX. La llegada del tren transformó la vida del pueblo, ya que permitió el transporte de pasajeros, hacienda, madera, algodón y otros productos regionales hacia diferentes provincias del país. También facilitó la llegada de mercaderías, el correo y el crecimiento económico de la zona. Durante muchos años, la estación fue el centro de la actividad social y comercial de Matará.

El ferrocarril dio origen a nuevas oportunidades de trabajo y favoreció el desarrollo de comercios y servicios. Muchas familias dependían directamente de la actividad ferroviaria y el paso del tren marcaba el ritmo cotidiano de la comunidad.

Con el paso de los años y la reducción de los servicios ferroviarios, el ramal fue perdiendo importancia hasta quedar fuera de funcionamiento. El abandono provocó el deterioro de la estación y de toda la infraestructura ferroviaria.

Uno de los hechos más lamentables fue el saqueo de las vías. Durante varios años, personas ingresaron al ramal y retiraron los rieles, los durmientes, las fijaciones y otras piezas de hierro para venderlas como chatarra o reutilizarlas. Este desmantelamiento se produjo de manera gradual y dejó grandes tramos del recorrido sin vías, haciendo imposible el regreso del servicio ferroviario.

La desaparición de los rieles y durmientes significó una enorme pérdida para Matará, no solo por el valor económico de los materiales, sino también porque se destruyó una parte importante de la historia y del patrimonio cultural del pueblo. Recuperar un ramal ferroviario sin sus vías requiere inversiones muy importantes, por lo que el saqueo redujo considerablemente las posibilidades de reactivar el tren.

Actualmente, la antigua estación permanece como un símbolo del pasado ferroviario de Matará y forma parte de iniciativas que buscan preservar la memoria histórica del Ferrocarril Central Norte y valorar el legado que el tren dejó en la identidad y el desarrollo de la comunidad. Fuente: Matará - Red de Noticias

jueves, 2 de julio de 2026

La Odisea Frustrada del Río Salado

Por décadas, los ríos del Gran Chaco fueron las venas por donde los visionarios de la Argentina del siglo XIX soñaron bombear el progreso y la integración continental. Esta es la crónica de una odisea fluvial olvidada, donde el vapor y la madera nativa compitieron contra la geografía, solo para ser devorados por el ferrocarril y el hacha extractivista.

 


«La navegación del Salado va a hacer fraternizar a estos pueblos más que el mejor arbitrio político; porque la conveniencia recíproca establece la unión y la armonía. Nuestros campos hoy desiertos, serán mañana poblados por activos agricultores, y donde sólo se ven rancherías miserables se levantarán ciudades que harán poderosa la Nación y respetable nuestro nombre...».

Estas palabras, escritas en 1859 por B. Fresco, un vecino de Salta, en una carta al empresario Esteban Rams, no eran meras líneas de optimismo. Eran el manifiesto de una generación. Eran el eco de un sueño continental que latía con fuerza en comerciantes, gobernantes, ingenieros y baqueanos que miraban hacia el norte, hacia esa inmensidad verde y hostil conocida como el Gran Chaco, y veían en sus ríos las autopistas del porvenir.

Mucho antes de que el silbato de las locomotoras desgarrara la quietud de la llanura, existió una época en la que el destino de las provincias interiores se jugaba en el cauce de los ríos. La esperanza de lograr el desarrollo económico de esta vasta extensión, situada entre el Paraguay, la Argentina y Bolivia, se convirtió en una obsesión compartida. Para aquellos hombres, el sueño de San Martín, Artigas y Bolívar de constituir una Patria Grande americana no era una quimera, sino un proyecto que podía cumplirse a través del agua.

 Los Cimientos de un Sueño Continental

Para entender la magnitud de la empresa fluvial, debemos retroceder a una época en la que el mapa del Virreinato del Río de la Plata estaba surcado por líneas punteadas que indicaban "territorios inexplorados". El Gran Chaco era el gran desconocido, una frontera líquida y boscosa que separaba y, al mismo tiempo, prometía unir a las provincias andinas con el litoral.

Ya en 1808, el Consulado de Buenos Aires, bajo la visión de Manuel Belgrano, había acariciado un proyecto audaz: traer los productos de las provincias andinas navegando el río Bermejo. La lógica era simple. Las márgenes del río serían colonizadas para asegurar las comunicaciones, creando un cordón de prosperidad.

Pero la realidad política era un freno. Los comerciantes, pragmáticos, se vieron obligados a enfriar los ánimos del prócer: «si bien el proyecto será, a su debido tiempo, de suma utilidad... sin embargo, todo esto deberá realizarse en tiempos más tranquilos».

Y los tiempos tranquilos tardaron en llegar. Durante la guerra de la independencia, los proyectos de comercio y colonización del Chaco quedaron en suspenso.

Recién en 1824, la chispa se reavivó. Se constituyó en Salta la Sociedad del Río Bermejo, que envió una expedición exploratoria que llegó hasta el río Paraguay. Esta gesta probó la navegación del Bermejo y se convirtió en el antecedente más importante de navegación de los ríos interiores.

Después del gobierno de Rosas, dos integrantes de aquella sociedad pretendieron establecer un sistema de barcos a vapor. Para demostrar que era posible, se aventuraron aguas abajo en un bote de fondo plano. El gobierno de Bolivia y el de Corrientes apoyaron estos intentos, entendiendo que el río no era una barrera, sino un puente.

El Yankee del Salado y la Geografía de la Esperanza

Si hubo un río que atrajo mayores expectativas, ese fue el Salado. Su atractivo no era solo económico, sino geopolítico. Los visionarios tenían la convicción de que quedaban grandes zonas de riqueza sin explotar, tierras que solo esperaban la mano del hombre.

A pesar de los fracasos previos, los empresarios de Santa Fe no perdieron el interés. Sus razones eran poderosas:

1.  La geografía era menos hostil: La región que el Salado atravesaba no era tan "salvaje" como la del Bermejo y el Pilcomayo, zonas de tensa frontera con los pueblos originarios.

2.  Soberanía absoluta: La navegación del Salado podía cumplirse totalmente dentro de la jurisdicción argentina, sin depender de relaciones diplomáticas con repúblicas vecinas.

La revolución en la percepción del río llegó desde afuera. En 1853, el capitán de la marina norteamericana Thomas J. Page, al comando del vapor «Water Witch», incursionó por los ríos Paraná, Uruguay, Pilcomayo y Bermejo. Page estudió las posibilidades naturales de estos cursos de agua con una meticulosidad desconocida.

Dejó establecido que «en una u otra forma eran navegables, de importancia, y dignos de ser tenidos en cuenta en el futuro como las vías económicas que convenía a las regiones que atravesaban».

El gobierno argentino envió representantes para concertar planes de largo alcance, obtener la paz con los indígenas y asegurar las comunicaciones. Exploradores como Luis Jorge Fontana fueron estimulados en sus estudios. Incluso Bolivia intentó, con canoas y botes demasiado bajos para el Pilcomayo, establecer conexión con las líneas argentinas de vapores.

Pero sería el Salado el protagonista de la mayor de las odiseas.

La Expedición de Page: Hacia lo Desconocido

Si bien existen referencias a una expedición en bote en 1755 entre Matara (Santiago del Estero) y Santa Fe, recién con Thomas J. Page, en 1855, se recorrió casi en toda su extensión el río Salado, probando su navegabilidad de manera sistemática. Esta expedición fue el origen de una serie de grandes proyectos para convertir el Salado en la gran arteria fluvial de América.

La escena de la partida tiene la épica de los grandes descubrimientos. El 13 de julio de 1855, una multitud se dio cita en el puerto de Santa Fe para despedir al marino norteamericano que, a bordo del vapor «Yerba», iniciaba la navegación por el Salado. La expectativa era enorme, no solo por las perspectivas que se abrían, sino porque la expedición iba hacia lo desconocido.

Antes de partir, la ignorancia local había intentado disuadirlo. Page relataría después que los "mejor informados" le advirtieron que «probablemente podría subir cuarenta y cinco millas». Otros aseguraban que «no había río». Y los más poéticos sostenían que el cauce «tomaba su origen en una de las numerosas lagunas de aquella extensión de campo».

En la primera parte, lo acompañó el gobernador de Santa Fe, Cullen, junto a su familia, en muestra del apoyo provincial. El vapor ascendió con facilidad hasta Monte Aguará. Allí, la naturaleza impuso su primera barrera: la gran bajante de las aguas obligó a abandonar el «Yerba» el 26 de julio y continuar en botes.

Pero Page quedó fascinado. En su diario escribió:

> «Con gran sentimiento deshago el camino, pero con haber ascendido y demostrado la navegabilidad del río Salado hasta Monte Aguará, hemos obtenido algo. Su carácter uniforme, curso firme y barrancas bien definidas; su creciente tal como lo indican marcas en los árboles; la pampa firme a través de la cual todo corre, todo induce a creer que es un río apropiado para la navegación hasta un punto superior al alcanzado. Su explotación completa es de importancia no sólo para la Confederación Argentina, sino para todo el mundo comercial».

Las regiones que se abrieron ante los ojos de los norteamericanos asombraron por su belleza. Page describió cómo cruzaron «una extensión ondulada cubierta de alfalfa hasta donde alcanzaba la vista, por el medio de la cual serpenteaba el Salado en forma de un atrayente río bordeado de árboles... La atmósfera era resplandecientemente clara y el aire balsámico e impregnado por el perfume de la flor de la alfalfa a través de la cual pastaban los caballos y vacunos enterrados hasta la barriga. Pensé que nunca había visto una región pastoril más rica y hermosa».

Satisfecho por el descubrimiento de que «un vapor debidamente construido para la navegación del río podría remontar, la mayor parte del año, de Santa Fe a Navicha», Page y su tripulación se dirigieron hacia Salta. En la ciudad norteña, el entusiasmo era notable. Los habitantes ya habían formado una sociedad para la adquisición de vapores. Desde Miraflores, el teniente Murdaugh remontó nuevamente el Salado hasta la estancia del general Taboada en Sepulturas, confirmando que el trayecto era navegable.

En su informe, Page destacó que el río era navegable en ochocientas millas. Y arrojó un dato que hoy parece de ciencia ficción: los productos de Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy, que hasta hoy eran llevados a Rosario en carretas de bueyes empleando diez meses, «ahora en botes, pueden llegar al mismo puerto en quince días y volver cargados de mercaderías en veinticinco».

Los Caudillos del Río: Los Taboada y la Forja de una Ruta

La expedición de Page no hubiera sido posible sin el engranaje político y logístico de los poderosos de la tierra. En Santiago del Estero gobernaba don Manuel Taboada, quien junto con sus hermanos —especialmente el general Antonino Taboada— había desarrollado un vasto poder regional. Después de Caseros, los Taboada optaron por seguir la suerte de la Confederación.

Los Taboada entendieron que el aislamiento era la muerte de su provincia. Su pensamiento era claro: unir Santiago con el litoral para beneficiar el comercio de cueros, lanas y otros frutos. Ellos mismos eran estancieros, importaban mulas del litoral y las enviaban a Bolivia y al Perú. El río era la extensión natural de sus negocios.

A través de Lavaysse, se relacionaron con Manuel Leiva, Ministro de Urquiza. Leiva, entusiasmado, le escribía a Manuel Taboada: «Solicito informe de cuantos detalles crea convenientes a este respecto, porque si es así, se podría conseguir que el Director Provisorio prestase su cooperación con los fondos nacionales... pues a no dudarse, el Salado vendría a ser un río navegable y proporcionaría inmensas ventajas al comercio».

Page fue recibido en Santiago con enorme entusiasmo. Para continuar la travesía desde el río Dulce, se utilizó una canoa de propiedad del gobernador. Pero el río Salado estaba caprichoso y los botes no podían llegar a él. La solución fue titánica: la canoa fue transportada por el general Antonino Taboada y su tropa a cuestas, hasta llegar a Matará el 19 de septiembre de 1855.

Desde Matará, Page comenzó a descender lentamente. La navegación fue penosa, llena de raigones y troncos atascados. Cuando el agua no daba tregua, Page, seguido por Antonino Taboada, seguía el curso del río por la costa.

Fue en este contexto donde surgió la figura del baqueano Lino Belbey. Contratado para abrir camino, Belbey se convirtió en el Moisés de aquellas aguas. Las tardes ardían en llamaradas de sol santiagueño, los pájaros lanzaban al aire las estridencias de sus gritos y las balsas seguían adelante a la par del nadador, que abría con sus brazos la ruta que, se soñaba, sería camino de pueblos. Cómo describiría años después Blanca Irurzún, Belbey abría el camino con un valor y entusiasmo notables, recorriendo casi toda la distancia a nado.

El esfuerzo tuvo su recompensa. El 28 de noviembre de 1856, el pueblo y las autoridades santafesinas recibían como héroes a los tripulantes de la falúa «General Urquiza» —construida por Belbey con maderas de los bosques santiagueños, convirtiendo a Matará en un improvisado astillero—, que majestuosa y con sus velas al viento ingresaba al puerto de Santa Fe. Dos provincias argentinas se unían por el agua. Una esperanza estaba en marcha. Concluía, al decir de Orestes Di Lullo, la «odisea más extraordinaria del siglo».

El periódico El Nacional Argentino, del Paraná, celebraba el hito: «El Río Salado o Juramento es navegable en toda estación... Por medio de la navegación del Salado cuatro provincias van a mudar de aspecto transformándose completamente... El vapor es el gran mágico que va a llamar a la vida a todo un mundo nuevo agrícola-industrial y comercial».

El Eco de las Provincias y la Visión de Quesada

El éxito obtenido por la expedición de Page y la hazaña de Belbey despertó el entusiasmo de las provincias recorridas. En Tucumán, el recibimiento fue apoteótico. Se brindaba en todos lados por uno de los acontecimientos más importantes en la historia del país desde la independencia.

Pero quien mejor reflejó el sentimiento de la época fue don Vicente G. Quesada, uno de los más ilustres hombres de letras de la generación del 80. Desde las páginas del periódico El Comercio de Corrientes, Quesada escribía con lucidez:

> «A primera vista parecería que Corrientes no está íntimamente interesada en la prosperidad de las provincias del norte, pero estudiando sus conveniencias comerciales descubrimos cuánto ganaría siendo navegable el Bermejo y abriendo un camino por el Chaco... Santiago del Estero, esa provincia situada casi puede decirse en el centro de la nación, busca bajo la inteligente administración de nuestro amigo el señor Taboada una salida al Paraná para exportar así la multitud de valiosos productos que hoy se pierden por la carestía de los fletes y la inmensidad de las distancias...».

Quesada entendía que el río no era solo un accidente geográfico, sino un instrumento de justicia social y económica. Y terminaba su artículo con una reflexión que hoy resuena con melancolía:

«Los proyectos de la naturaleza del presente merecen ser apoyados por los verdaderos patriotas: dar vida a poblaciones que mueren, civilizar multitudes salvajes, es altamente moral y profundamente humano... su porvenir dependía de buscarse una salida por el Chaco al Paraná».

Proféticas palabras. Era fundamental para Santiago evitar el aislamiento. Pero el destino de la provincia estaba atado a los vaivenes de la economía global. Pocos años después, fracasada la navegación por el Salado, el ingreso del ferrocarril iniciaría la destrucción de la provincia, tal como Quesada, en su pesimismo más lúcido, quizás temía.

El Colón de Tierra Adentro: La Obsesión de Esteban Rams

Los informes de Page, el relato del joven Amadeo Jacques y el enorme entusiasmo reinante llevaron a no pocos empresarios a interesarse por la navegación del Salado. Entre ellos destacó una figura que pasaría a la historia como el "Colón de tierra adentro", tal como lo llamó Miguel Cané: Esteban Rams y Rupert.

Rams era un viejo conocido de Urquiza, habiéndose desempeñado como proveedor de su ejército en Caseros. Tras la rescisión apresurada de un contrato previo con la Casa Smith Hermanos, Rams firmó el 2 de junio de 1856 un nuevo acuerdo con la Confederación. El gobierno, ansioso por ver resultados, estableció un plazo perentorio para dar comienzo a los trabajos: octubre de 1856.

Rams no perdió el tiempo. Mientras esperaba los vapores encargados en el Brasil, encomendó al baqueano Lino Belbey la construcción de la falúa «General Urquiza» y la exploración inicial. La expedición, custodiada por las tropas de Antonino Taboada, logró llegar a Santa Fe, desatando la euforia.

Pero Rams sabía que la euforia no bastaba; se necesitaba capital, tecnología y una visión industrial. Su principal propósito no era solo navegar, sino establecer en los fértiles valles del río colonias de inmigrantes, replicando el éxito de Colonia Esperanza en Santa Fe. Convencido de que la grandeza de una nación se juzgaba por sus vías de comunicación, Rams declaraba:

> «Las dificultades que debían presentarse para vencer los estorbos que ofrece un río poco caudaloso, que atraviesa un país despoblado y desconocido, jamás se me ocultaron... pero estando persuadido de que unas aguas que vienen desde tan larga distancia sin interrumpir su curso hasta el Paraná, debían ser forzosamente navegables, no he desmayado un solo momento».

En enero de 1857, la proa del vapor «Santa Fe» principió a romper las mansas corrientes. Lo acompañaban el práctico Belbey y el ingeniero Rodolfo Blandovsky. Sin embargo, el río tenía sus propios designios. Naufragó la chata que llevaba los víveres, y al llegar a Monte Aguará, la escasa profundidad los obligó a estacionarse. Allí permanecieron once meses, varados en el limbo de la geografía, a la espera de las crecientes que no llegaban.

Lejos de rendirse, Rams regresó a Santa Fe, adquirió el vapor «Río Salado» y contrató al ingeniero constructor Juan Coghlan, recién llegado de Irlanda. En noviembre de 1858, asistido por los ingenieros José de Guerrico y Neville Mortimer, inició una nueva expedición que concluyó en un rotundo éxito al pasar sin problemas el eterno obstáculo de Monte Aguará, llegando hasta Guaype. Coghlan preparó un minucioso informe que Rams presentó al Gobierno Nacional, donde hacía especial referencia a la imprescindible necesidad de encarar obras de mejoramiento y encauzamiento.

 La Mirada de Europa y el Algodón del Chaco

Las provincias atravesadas apoyaron en todo momento la obra de Rams. Santa Fe concedió tierras para la colonización; Santiago prometió cien leguas cuadradas; Salta comisionó al doctor Pablo Saravia para construir un camino que uniera el Salado con el Bermejo.

Pero Rams no contaba con el capital necesario para seguir adelante. Viajó a Europa y en el viejo mundo hizo editar un folleto en francés, casi desconocido entre nosotros, para publicitar su empresa: Compagnie de Navigation a Vapeur du Rio Salado. El folleto, aunque mostraba cierta confusión geográfica (ubicando a Catamarca y Tucumán en las costas del Salado), era una carta de presentación para los inversores europeos.

La visión de Rams trascendía las fronteras. Juan Bautista Alberdi, embajador argentino en Francia, se sintió inmediatamente atraído por el proyecto. Alberdi entendía que la integración fluvial era la clave de la soberanía y el progreso. Tanto es así que se inhibió de separar de su cargo de cónsul en París a don Pedro Gil, gestor de la empresa de Rams, para no entorpecer las negociaciones.

Incluso el imperio británico puso sus ojos en el Chaco. En una expedición posterior, Rams invitó al cónsul británico en Rosario, quien estaba interesado en investigar «si realmente el algodón silvestre crecía en muchos miles de acres como se había informado... a la Asociación Abastecedora de Algodón de Manchester». El cónsul debía averiguar la manera más conveniente de recoger y llevar ese algodón a Inglaterra, en medio de la Revolución Industrial que demandaba materias primas a gritos. El Salado no era solo una ruta local; era una potencial vena alimentadora del capitalismo global.

El Primer Azadonazo y la Sombra del Cólera

La fiebre del Salado llegó a su clímax a finales de 1862 y principios de 1863. Rams, con el apoyo de los Taboada y el concurso de ingenieros como Guillermo Cook, preparaba los proyectos para la canalización del río en el tramo del Bracho viejo.

El 25 de diciembre de 1863, una distinguida concurrencia, llena de fervor y optimismo, se dio cita en Matará para inaugurar las obras de «Canalización, desmonte y limpieza del antiguo cauce del río Salado». El vicario de la provincia bendijo las obras y el gobernador Taboada, como padrino del acto, «dio el primer azadonazo dentro del mencionado cauce, y el primer hachazo a uno de los árboles que allí había... se cantó un Tedeum invocando la protección del altísimo para la consecución de un fin que significa e importa la vida moral y física, no sólo de esta provincia, sino también de todas las del interior».

Rams, emocionado, agradeció a todos, «asegurando que no descansaría hasta ver surcadas las aguas del Salado por el vapor, que es el precursor de la civilización, de la riqueza y del bienestar de todo el país».

Parecía que el destino estaba sellado. A fines de 1865, Rams firmó con el gobernador de Santa Fe un plan de colonización en el que se comprometía a establecer entre tres mil y cinco mil familias extranjeras en las costas del río. El gobernador Nicasio Orono le había facilitado todos los medios.

Pero la historia, a menudo, tiene un sentido trágico del humor. El valiente empresario, el "Colón de tierra adentro", encontró la muerte víctima del cólera el 17 de abril de 1867. La ironía es desgarradora: Rams murió en los momentos precisos en que, al frente de los vapores «Rosario» y «Ventura» y las chatas «Rudecinda» y «San José», cargadas de poderosos elementos destinados a remover los últimos obstáculos que impedían la navegación, se proponía coronar la obra por cuya realización tanto tiempo había suspirado en vano.

Con la muerte de Rams, no solo terminó la vida de un gran visionario y patriota argentino. Terminó con él una idea que de ninguna manera era quimérica. Murió Rams con el pleno convencimiento de que el Salado era navegable, dejando escrito en su última carta: «Tengo la certidumbre de poder asegurar a V.E. que en el mes de julio del próximo año subirá sin tropiezo alguno hasta este punto... y si se forma a la Compañía este año en Inglaterra, desde luego le puedo afirmar que en 1868 llegaré con mi vaporcito a Matará y Sepulturas».

El Hierro Devora al Agua: El Triunfo del Quebracho

La muerte de Rams marcó el inicio del fin para el sueño fluvial. Aunque hubo voces aisladas, como las del ingeniero Jesús Fernández o Alejandro Gancedo, que a fines del siglo XIX siguieron presentando proyectos de canales navegables ante un Congreso Nacional cada vez más desinteresado, la suerte de las provincias interiores ya estaba echada.

Solo habían pasado escasos siete años de la muerte de Rams y Rupert, y el proyecto de navegación del Salado moría irremediablemente. ¿Qué había sucedido? El «progreso» bajo las formas del ferrocarril ingresaba por territorio santiagueño. Pero no era un progreso pensado para integrar a las provincias ni para desarrollar una economía agroindustrial local.

El capital inglés y sus aliados nativos habían diseñado un modelo extractivo. Condenaron a Santiago del Estero y al Chaco a ser la productora de los miles de kilómetros de durmientes para las vías férreas y los postes para los alambrados divisores de las grandes estancias de la pampa húmeda. Para ello, aprovecharon sus interminables quebrachales.

De esta manera, la historia dio un giro cruel. Matará, El Bracho, Suncho Corral, Icaño, Añatuya y los pueblos del gran Chaco no serían los grandes puertos sobre el Salado, puntos de embarque de los productos extraídos de los fértiles valles. Ni tampoco se convertirían en las grandes ciudades industriales, con modernos astilleros que aprovecharían los inmensos bosques seculares para construir una gran flota fluvial que comunicara a las «provincias pobres» del interior y a nuestras hermanas americanas de Bolivia y Paraguay con el litoral atlántico.

Por el contrario, se fundarían nuevas ciudades a la vera del ferrocarril, diseñadas como simples apeaderos para la extracción. Se aislaría con el trazado de las vías férreas a las capitales históricas y a las poblaciones tradicionales. Los antiguos pobladores, atraídos por la «ilusión del bosque» y los salarios de miseria de los obrajes, abandonarían sus hábitos agrícolas-pastoriles para internarse en la esclavitud de la tala.

Sobrevendría la explotación forestal y la devastación más inicua e irracional que conoce la historia de los bosques del Chaco santiagueño. Y con ella, poco a poco, como en una lenta «agonía» al decir de Orestes Di Lullo, llegó la muerte de los «viejos pueblos». El río, abandonado a su suerte, volvió a ser un cauce de troncos y soledad. El ferrocarril no trajo la civilización prometida por los visionarios; trajo el hacha, el quebracho y el desierto verde que hoy conocemos.

Conclusión: El Río que Todavía Nos Espera

Comprender la historia pasada es también poder analizar el presente y, de esta manera, tratar de elaborar y construir nuestro porvenir. La pregunta que flota en el aire, sobre las aguas quietas del Salado y los durmientes podridos por el tiempo, es ineludible: ¿Alguien cree, todavía, que el pensamiento de Alberdi, Vicente Quesada, Mariano Fragueiro, Manuel Leiva, Jesús Fernández y Alejandro Gancedo sobre el futuro de Santiago del Estero y de las provincias interiores es cosa perteneciente al pasado?

La canalización y navegación del Salado y del Bermejo, así como el aprovechamiento integral de las aguas del Paraguay y del Uruguay, entrelazándonos fraternalmente con Bolivia, Paraguay y Brasil, no es historia pasada. Es el presente más inmediato. Es la clave del futuro.

En un mundo que redescubre la importancia de las hidrovías, de la logística sustentable y de la integración regional frente a las crisis globales, la epopeya trunca del Salado nos interpela. Nos recuerda que el desarrollo no se impone desde afuera con rieles de hierro que solo sirven para extraer riquezas y dejar pobreza, sino que se construye desde adentro, integrando las regiones, respetando las geografías y apostando a la producción agroindustrial con valor agregado.

La navegación del Salado, ese sueño de vapor y alfalfa que imaginaron Page, los Taboada y Rams, sigue siendo la posibilidad concreta de recorrer nuevamente el camino trazado por San Martín, Artigas y Bolívar. Un camino que no busca la mera extracción, sino la fraternidad de los pueblos. Un camino que, como profetizó B. Fresco hace más de siglo y medio, hará poderosa a la Nación y respetable nuestro nombre.

El río todavía fluye. La pregunta es si nosotros tendremos el coraje de volver a navegarlo.

Fuentes y Bibliografía:

*   Dargoltz, Raúl E. Hacha y Quebracho. (Fuente principal de los datos históricos, expediciones, contratos y análisis socioeconómico sobre el impacto del ferrocarril y la explotación forestal en el Gran Chaco).

*   Archivos históricos de la Confederación Argentina y correspondencia de la época (Cartas de B. Fresco, Manuel Leiva, Thomas J. Page, Vicente G. Quesada y Esteban Rams).

*   Relatos de prensa del siglo XIX (El Nacional Argentino, El Comercio de Corrientes).

*   Irurzún, Blanca. Crónicas y relatos del Chaco santiagueño.

*   Di Lullo, Orestes. Historia y geografía de Santiago del Estero.

martes, 9 de junio de 2026

El día que el Río de la Plata tembló: la noche de pánico que la historia borró

Una madrugada de 1888, un sismo de 5,5 grados sacudió Buenos Aires, Colonia y Montevideo. La crónica de un fenómeno olvidado en una región que se cree inmune a los caprichos de la Tierra.



La madrugada del 5 de junio de 1888 era tan fría como cualquier otra de finales de otoño en el Río de la Plata. En Buenos Aires y Montevideo, las familias dormían al amparo de casas bajas, ajenas a la idea de que el suelo bajo sus pies pudiera traicionarlas. Pero a las 3:20 de la mañana, la geología rompió el libreto: un fuerte sismo de magnitud 5,5 en la escala de Richter, con epicentro a solo 41 kilómetros al este de la capital argentina y a unos 15 kilómetros de Colonia del Sacramento, despertó a miles de personas en un radio de más de 300 kilómetros. El estuario rioplatense, pacífico por antonomasia, acababa de convertirse en el escenario de un terremoto.

Las crónicas de la época rescatan con asombro un pánico generalizado en una población que jamás había experimentado algo semejante. El diario montevideano La Tribuna Popular, en su edición del 6 de junio, describía el caos doméstico con precisión fotográfica:

"El maderamen de las casas crujía fuertemente, las lámparas se bamboleaban, los muebles se movían y los cuadros caían de las paredes. Se rompieron objetos de cristalería y se pudo ver porcelana saltando de los aparadores. Los habitantes han permanecido en vela parte de la noche, azorados a causa de un fortísimo temblor de tierra…".

El fenómeno constó de dos partes. Según los telegramas enviados desde Montevideo y replicados por el diario rosarino El Municipio, se sintió un primer pulso leve, seguido de un breve reposo, y luego un segundo impacto brutal que se prolongó durante 58 agónicos segundos. En Buenos Aires, el cimbronazo provocó la caída y el derrumbe de varios muros en las obras de la iglesia de la Piedad, además de registrarse con fuerza en la recién fundada ciudad de La Plata.

Mientras tanto, en el agua, los efectos rozaron el misticismo. El periódico La Lucha, de Colonia, relató la insólita odisea del vapor Saturno, que navegaba rumbo a Buenos Aires:

"El vapor Saturno (...) navegaba tranquilo por el centro del canal con más de 20 pies de agua cuando de pronto se detuvo como si tocara el fondo. El capitán hizo echar la sonda pero se encontró con que el barco, movido por una fuerza oculta, zarpaba por sí mismo de la varadura y seguía su camino". Era la energía liberada desde el hipocentro, a 30 kilómetros de profundidad, que se abría paso hacia la superficie.

La falta de edificios en altura evitó una tragedia mayor y redujo los daños materiales a niveles leves. Al comprobarse que provincias sísmicas tradicionales como San Luis o las de la región de Cuyo no habían sentido nada, los expertos de la época llegaron a una conclusión inquietante: el temblor provenía directamente del mismísimo subsuelo rioplatense.

El mito de la llanura inmóvil

La memoria humana suele ser frágil frente a los tiempos de la naturaleza. Antes de 1888, ya existía un antecedente el 15 de agosto de 1848, pero al no causar daños, se lo archivó como una anomalía aislada. Se asumió erróneamente que los sismos eran cosas "del Pacífico" o de zonas montañosas lejanas.

Sin embargo, los científicos recuerdan una verdad incómoda: no existen en el mundo regiones totalmente asísmicas. La historia geológica local sumó nuevos capítulos el 26 de junio de 1988 y el 10 de enero de 1990 (este último, el único registrado en el territorio continental uruguayo). Más recientemente, el 30 de noviembre de 2018, la tierra volvió a hablar cuando un sismo de magnitud 3,8 sacudió el sur del Gran Buenos Aires a las 10:27 de la mañana.

¿A qué se deben estos movimientos en una zona supuestamente llana y tranquila? Según Alberto Benavides Sosa, ingeniero agrimensor, máster en geofísica y expresidente del Centro Regional de Sismología para América del Sur (Ceresis)—, las miradas apuntan a la cuenca de Punta del Este. Se trata de una región submarina altamente fallada donde el reacomodamiento y movimiento de bloques tectónicos genera las ondas que terminan por sacudir nuestras costas.

El terremoto de 1888 sobrevive hoy como una joya de la pátina histórica de ambas márgenes del río, un recordatorio de que la calma rioplatense es, a fin de cuentas, un estado transitorio. Debajo de la rutina urbana y del río marrón, la Tierra sigue viva, respirando a su propio ritmo milenario, recordándonos de tanto en tanto que el suelo firme es solo una perspectiva temporal.

 

 

miércoles, 27 de mayo de 2026

El Silencio de los Tambores: Crónica de la Argentina Negra Olvidada

La historia oficial suele pintar a la Argentina como un crisol de razas europeas. Sin embargo, bajo esa pátina se esconde una narrativa borrada, una presencia que fue mayoritaria en muchas provincias y que, aunque silenciada en los censos y los libros, late con fuerza en el corazón de nuestra cultura: la de la población afroargentina.





La historia oficial suele pintar a la Argentina como un crisol de razas europeas. Sin embargo, bajo esa pátina se esconde una narrativa borrada, una presencia que fue mayoritaria en muchas provincias y que, aunque silenciada en los censos y los libros, late con fuerza en el corazón de nuestra cultura: la de la población afroargentina.

Un viajero desprevenido que recorriera las provincias del noroeste argentino a finales del siglo XVIII se encontraría con una realidad que desafía por completo la imagen contemporánea del país. En Santiago del Estero, más de la mitad de la población, un 54%, era de origen africano. En Catamarca, el 52%; en Salta, el 46%; en Córdoba, el 44%. Estas no son cifras menores ni anécdotas aisladas; son la fotografía de una Argentina profundamente negra, un país cuyo desarrollo inicial se sostuvo sobre los hombros y el trabajo forzado de miles de hombres y mujeres traídos a la fuerza desde el otro lado del Atlántico.

¿Qué sucedió con ellos? ¿Dónde están sus descendientes? La respuesta popular, repetida a menudo como un mantra exculpatorio, apunta a las guerras y las epidemias. Pero esa es solo una parte de la verdad. La historia de la "desaparición" de los afroargentinos es mucho más compleja: es una crónica de mestizaje, sí; de una mortalidad brutal, también; pero, fundamentalmente, es la historia de un olvido deliberado, de una invisibilización orquestada desde el poder para construir una nación a imagen y semejanza de Europa. Este es el relato de ese silencio, y el de los ecos que, a pesar de todo, se niegan a extinguirse.

El Origen Forzado: Un Continente en Cadenas

La historia de la Argentina negra comienza con la violencia inherente a la conquista. Los primeros africanos no llegaron como inmigrantes en busca de un futuro, sino como propiedad, como esclavos de los conquistadores españoles. Poco después de la segunda y definitiva fundación de Buenos Aires en 1580, el reclamo de los colonos se volvió insistente. La casi total ausencia de poblaciones indígenas para someter al sistema de encomienda en la región pampeana hizo que los ojos de los administradores coloniales se volvieran hacia África. Como señala la investigación histórica, se consideraba a los africanos "indispensables" para la viabilidad económica de la nueva ciudad.

Así comenzó el flujo sistemático. El puerto de Buenos Aires, junto con los de Montevideo, Valparaíso y Río de Janeiro, se convirtió en una de las principales puertas de entrada del comercio de esclavos en el cono sur. Las cifras, analizadas en retrospectiva, son un testimonio escalofriante de la magnitud de esta tragedia humana. Se calcula que, de los aproximadamente 60 millones de africanos secuestrados de sus tierras en el Congo y Angola, solo unos 12 millones sobrevivieron a la brutal travesía del Atlántico, conocida como el "Pasaje del Medio".

Una vez en el Río de la Plata, eran despojados de su nombre, de su lengua, de su familia y de su identidad. Se les marcaba a fuego como al ganado y se les vendía en la Plaza de Mayo, el mismo lugar que hoy es símbolo de la libertad y la protesta popular. Desde allí, eran distribuidos por todo el territorio del Virreinato para cumplir con las más diversas tareas. La economía colonial, desde sus cimientos, se edificó sobre la base de esta mano de obra no remunerada.

Un País Construido con Sudor Ajeno

En el imaginario colectivo, la esclavitud en Argentina a menudo se percibe como más "benigna" o menos extendida que en Brasil o el Caribe. La realidad, documentada por historiadores y archivos, desmiente esta noción. Los africanos esclavizados y sus descendientes fueron la columna vertebral de la economía virreinal.

En el campo, su labor era fundamental en las estancias ganaderas, domando potros, arreando ganado y trabajando en las faenas rurales. En las ciudades, su presencia era aún más visible. Las familias de la oligarquía criolla medían su estatus por la cantidad de esclavos que poseían. Estos no solo se dedicaban a las tareas domésticas, como mucamas, cocineros o niñeras, sino que a menudo eran artesanos altamente cualificados. Como se detalla en el portal En San Telmo, muchos eran enviados por sus amos a trabajar fuera de la casa como talabarteros, ebanistas, plateros o pasteleros. El salario que percibían por su trabajo no les pertenecía; era entregado íntegramente a sus amos, quienes utilizaban ese ingreso para mantener su lujoso tren de vida.

La mujer africana esclavizada enfrentaba una doble opresión. Además de la carga laboral, su cuerpo estaba a perpetua disposición de sus dueños. What's interesting is las uniones forzadas y las violaciones sistemáticas por parte de los amos, sus hijos y parientes, eran una práctica extendida y normalizada. De esta violencia nació una numerosa población "mulata", hijos de la asimetría y el poder, que complejizó aún más el entramado social y racial de la colonia. Aunque la Iglesia promovía el "Santo matrimonio" entre esclavos, la realidad del abuso sexual era una constante ineludible que dejó una marca indeleble en la demografía del país.

El "Espejismo" de Rosas y el Principio del Fin

Hubo un período, durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas (1835-1852), que pareció significar un cierto auge para la comunidad afroporteña, que para entonces representaba cerca del 30% de la población de Buenos Aires. Rosas, un hábil estratega populista, entendió la importancia de esta comunidad. Asistía con su familia y su círculo íntimo a los candombes, las festividades de tambores y danzas que eran el corazón de la vida social y cultural africana. Estas celebraciones, realizadas en los "tangos", los sitios donde las diferentes "naciones" africanas se reunían con permiso de sus amos, , eran uno de los pocos espacios de expresión y resistencia cultural permitidos.

Este acercamiento, sin embargo, era más una estrategia política que un genuino intento de integración. Rosas los incorporó a su ejército y a sus milicias, ganando su lealtad en la lucha contra los unitarios. Pero fuera de este pacto tácito, cualquier acto de insubordinación o rebelión era castigado con una crueldad ejemplar. Este breve período de visibilidad y aparente protagonismo sería, paradójicamente, el preludio de su desaparición programada.

El Blanqueamiento: Guerra, Peste y Tinta

El declive de la población afroargentina a lo largo del siglo XIX fue drástico y multifactorial. La narrativa oficial lo atribuye a dos eventos catastróficos: la Guerra del Paraguay y la epidemia de fiebre amarilla.

La Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) fue devastadora. Se ha sostenido históricamente que los batallones estaban desproporcionadamente compuestos por soldados negros, muchos de ellos libertos que canjeaban su servicio militar por una libertad que a menudo no llegaban a disfrutar. Enviados a la vanguardia como carne de cañón, miles murieron en los campos de batalla de Paraguay, produciendo una sangría demográfica, especialmente masculina, de la que la comunidad nunca se recuperaría del todo.

Poco después, en 1871, una terrible epidemia de fiebre amarilla asoló Buenos Aires. La enfermedad se ensañó con los barrios del sur, como San Telmo y Monserrat, donde las condiciones de hacinamiento e insalubridad eran la norma. Era precisamente en estas zonas donde se concentraba la mayor parte de la población afroargentina y los inmigrantes pobres. La elite adinerada huyó hacia el norte de la ciudad, abandonando a los más vulnerables a su suerte. La epidemia diezmó a la comunidad, sumando otra capa a la tragedia demográfica.

Sin embargo, ni la guerra ni la peste alcanzan para explicar la "desaparición" casi total de los registros. El golpe de gracia fue ideológico y administrativo. La Constitución de 1853, en su artículo 25, sentó las bases del proyecto de nación de la Generación del '80: "El Gobierno federal fomentará la inmigración europea". El lema de Juan Bautista Alberdi, "gobernar es poblar", llevaba un implícito racial: poblar con europeos para "mejorar la raza" y dejar atrás el pasado hispano, indígena y africano.

En este contexto, la figura de domingo faustino sarmiento es paradigmática. Sus escritos revelan sin tapujos el pensamiento racista que impregnaba a la elite gobernante. En 1848, tras un viaje a Estados Unidos, escribió con desdén sobre la "cuestión negra": "¿Qué se hace con esa clase negra odiada por la raza blanca?". Años más tarde, ya como figura política consolidada, su célebre y brutal frase al entrar al Congreso resume el proyecto de país que se estaba construyendo: "Llego feliz a esta Cámara de Diputados de Buenos Aires, donde no hay gauchos, ni negros, ni pobres".

Este proyecto se materializó en los censos. Como denuncian hoy las organizaciones afroargentinas, se trató de una "desaparición artificial". Las categorías censales fueron deliberadamente modificadas. Términos como "negro", "pardo" o "moreno" fueron reemplazados por el ambiguo "trigueño", una palabra que diluía la herencia africana y facilitaba la narrativa del blanqueamiento. El período entre 1838 y 1887 es crucial. Si en las primeras décadas del siglo XIX la población negra era significativa, para el censo de 1887 se registra oficialmente un exiguo 1,8%. A partir de esa fecha, la categoría racial simplemente desaparece de los censos nacionales. El Estado argentino, a través de la estadística, había borrado a una parte fundamental de su propia gente.

Los Ecos Innegables: El Legado que se Niega a Morir

Aunque la historiografía oficial los dio por extintos, los ecos de la presencia africana resuenan con una fuerza inusitada en los pliegues más íntimos de la cultura argentina. La influencia es tan profunda que se ha vuelto invisible, naturalizada como propia sin reconocer su origen.

El caso más emblemático es el tango. Como la BBC ha señalado en sus especiales sobre la esclavitud, el tango hereda su nombre, su ritmo y su espíritu de aquellos "tangos" o casas de reunión de los esclavos. La síncopa del candombe y la melancolía del exilio se fundieron en los arrabales de Buenos Aires para dar a luz a la música más representativa del país. La milonga, prima hermana del tango, y hasta la chacarera santiagueña, se nutren de esta misma raíz rítmica. Here's what I found en el lenguaje popular, la herencia es abrumadora: palabras como "mina", "quilombo" (originalmente, un asentamiento de esclavos fugitivos), "mandinga" (el diablo, asociado a un pueblo africano), "mucama", "marote" o "mondongo" son de uso cotidiano y tienen un origen bantú inequívoco.

La música argentina está poblada de figuras afrodescendientes cuyo aporte fue crucial, aunque su origen racial a menudo se omita. El payador Gabino Ezeiza, una leyenda del contrapunto; el pianista Rosendo Mendizábal, autor de "El entrerriano", uno de los primeros tangos canónicos; Cayetano Silva, el compositor de la inmortal "Marcha de San Lorenzo"; y Zenón Rolón, autor de la marcha fúnebre que se ejecutó en 1882 cuando los restos de San Martín regresaron al país. Todos ellos eran hombres negros que enriquecieron un patrimonio cultural que hoy se presenta como exclusivamente blanco y europeo.

En el ámbito religioso, la influencia pervive en la veneración popular de San Baltasar, el rey mago negro, cuya festividad se celebra con tambores y bailes en Corrientes y otras partes del Litoral, y en el culto a San Benito de Palermo.

Un Cierre para la Reflexión: Recuperar la Memoria

La historia de la invisibilización de la Argentina negra no es un capítulo cerrado. El racismo estructural, aunque solapado, sigue presente. Términos como "negro", "morocho" o "cabecita negra" se usan a diario como insultos clasistas, pero su carga semántica está inextricablemente ligada a un desprecio racial histórico. Irónicamente, hoy sus víctimas suelen ser personas de ascendencia mestiza, amerindia o incluso inmigrantes de países limítrofes, demostrando cómo el estigma racial perdura más allá del color de la piel.

En las últimas décadas, una nueva ola de inmigración afrodescendiente, proveniente de países como Senegal, Nigeria, Brasil, Perú o Colombia, junto con el trabajo incansable de organizaciones de afroargentinos que luchan por el reconocimiento, ha vuelto a poner el tema sobre la mesa. The truth is, reclaman no solo el fin de la discriminación, sino también la reescritura de una historia que les fue negada.

La Argentina no fue, ni es, un país blanco-europeo. Es un país mestizo, complejo y diverso. Reconocer la profundidad de su raíz africana no es solo un acto de justicia histórica hacia una comunidad silenciada, es un paso indispensable para que la nación se reconcilie con su verdadera identidad. Los tambores fueron acallados por decreto, pero su eco sigue resonando, esperando el momento de ser escuchado de nuevo.

Fuentes citadas:

* Revista Todo es Historia.

* Ensayo "Presencia negra en San Telmo", disponible en ensantelmo.com.

* Especial sobre la esclavitud de BBC Mundo.

* Artículo de opinión en El Peruano.


El Algarrobo en la medicina Popular