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lunes, 14 de septiembre de 2026

La batalla secular de la "Madre de Ciudades": cuando el Río Dulce dictaba la historia de Santiago del Estero

 


Durante casi cuatro siglos, la decana de las ciudades argentinas libró una lucha constante contra las crecidas del río Dulce. Entre desbordes, catedrales destruidas, defensas improvisadas y rieles de tren arrojados al cauce para frenar la corriente, esta es la historia de una población que se negó a abandonar su territorio.

Desde la llegada de los conquistadores españoles al Tucumán, la supervivencia de Santiago del Estero estuvo condicionada por la inestabilidad del río Dulce. Juan Núñez del Prado fundó la tercera ciudad del Barco a orillas del cauce, a cincuenta leguas al sur de Quiriquiri, entre los poblados Juríes. Lo que pretendía ser un asentamiento definitivo dio paso a una larga secuencia de mudanzas, reconstrucciones y terraplenes arrasados.

El ingeniero Carlos Michaud documentó esta cronología el 1 de enero de 1935, detallando los esfuerzos técnicos y comunitarios por sostener la ciudad sobre un terreno amenazado por el agua.

Un pueblo que se movía a la par de la corriente

Al poco tiempo de instalarse la ciudad del Barco, las avenidas del Dulce anegaron los solares trazados. Núñez del Prado ordenó trasladar la población unos 60 kilómetros al sur, hacia Titingasta, manteniendo la cercanía con el cauce. En diciembre de 1553, Francisco de Aguirre llegó desde Chile y, ante los continuos daños de las crecidas, movió el poblado un tramo hacia el norte, bautizándolo como "Santiago del Estero".

La medida no resolvió el problema de fondo. Para 1586, el río ya había destruido la acequia que Gonzalo de Abreu había construido para el riego. Cuatro años después, en 1590, el gobernador Ramírez de Velazco propuso mudar nuevamente la ciudad. Explicaba que el lecho se había socavado tanto que resultaba imposible volver a canalizar agua, y pedía buscar tierras sin salitre donde los vecinos pudieran "hacer casas perpetuas", ya que la sal corroía los cimientos en menos de cuatro años.

Pese a las advertencias de Ramírez de Velazco, el traslado formal no se ejecutó. Santiago del Estero continuó siendo la capital de la provincia, sede del Gobernador y del Obispo, y el centro urbano más poblado de la región durante los siglos XVI y XVII. Pero la convivencia con el agua tuvo un costo alto. En 1615, un incendio destruyó la catedral, reconstruida tiempo después de que la primera iglesia fuera arrastrada por la corriente. Sin decretos ni actos oficiales, los vecinos comenzaron a edificar sus casas cada vez más al oeste, empujados por el avance del cauce.

El impacto más severo ocurrió en febrero de 1628. El gobernador Felipe de Albornoz dejó asentado que entre el 6 y el 7 de ese mes, el río rompió "los reparos antiguos, y uno moderno" financiado por el cabildo y la gobernación. La riada destruyó 34 casas —la mitad de la población— y derrumbó la residencia de los jesuitas. El agua llegó a correr por la plaza principal. El gobernador Francisco del Monte intentó mover la ciudad hacia el norte, pero la imposibilidad técnica de construir una acequia en la nueva zona obligó a cancelar el plan.

Aunque una Real Cédula autorizó el traslado en 1630, la población optó por reconstruir la franja destruida sobre el margen oeste. Décadas más tarde, entre marzo y abril de 1663, otra creciente afectó el sector este de la ciudad y dejó el curso del río a pocos metros del convento de San Francisco. Paul Groussac anotó que este episodio dio origen a la creencia popular de que San Francisco Solano había profetizado la catástrofe al orientar la puerta principal de la iglesia hacia el oeste.

Las pérdidas acumuladas motivaron la partida de las autoridades eclesiásticas. El obispo Ulloa solicitó mudar la sede catedralicia a Córdoba, cambio que la corona española autorizó por Real Cédula el 15 de octubre de 1696. Los reclamos del Cabildo y del gobernador Esteban de Veiger en 1714 no lograron revertir la decisión. Para justificar el traslado, el obispo Ulloa afirmó que Santiago "sólo tiene el nombre de ciudad es toda ella un bosque inmundo falto de todo lo necesario para el sustento", pronosticando que terminaría despoblada. Tras la partida del obispo y la radicación del gobernador en Salta, la antigua capital inició un período de estancamiento.

De la inacción a los primeros proyectos del Estado

Durante el siglo XVIII y la primera mitad del XIX, los registros sobre el río disminuyen en la documentación oficial. Las reestructuraciones territoriales y los conflictos políticos durante el gobierno de Juan Felipe Ibarra hasta 1850 absorbieron la mayor parte de los recursos provinciales. Una muestra del desplazamiento del río es que, hasta 1767, se realizaban procesiones desde el terreno que ocupaba la antigua ciudad —que para esa época formaba parte del lecho del Dulce— hasta la ermita de San Fabián y San Sebastián, ubicada en la manzana de las actuales calles Tucumán, Salta, La Plata y Jujuy.

En la segunda mitad del siglo XIX, la provincia reinició su actividad económica e infraestructura urbana. En 1856 se destacaba la producción del ingenio azucarero de Félix Frías, en 1886 comenzó a funcionar el servicio telefónico y en 1889 se instaló el alumbrado eléctrico.

Para proteger esa expansión, el Estado nacional comenzó a destinar fondos a obras de contención. En 1863 y 1872, los ingenieros Hidebrando y Dahequist realizaron inspecciones técnicas por encargo de la Nación. Tras un desborde violento en 1872, denominado localmente "volcán", el Congreso asignó $120.000 para defensas. Bajo la dirección del ingeniero Montenacle, cerca de 500 operarios worked en el cauce entre 1873 y 1874. Ese mismo año se aprobaron partidas adicionales de $10.000 para obras entre Sumamao y Tevuyo y de 10.000 pesos fuertes para desviar el río.

La Ley Nacional 922 de 1878 encomendó nuevos estudios al ingeniero Stavelina, lo que derivó en la apertura del canal La Cuarteada en 1879 para derivar caudales hacia el río Salado. También se construyeron contenciones cerca del actual Regimiento 18 y la avenida Roca. Sin embargo, la creciente de 1883 destruyó parte de las estructuras. El gobierno envió al ingeniero C. Cossú entre 1882 y 1884 para intervenir en los sectores de Maco, Tajamar y Los Corrales.

Ante la falta de resultados definitivos, el presidente José Evaristo Uriburu le encargó en 1896 un plan integral a Baltasar Olachea y Alcorta, jefe del Departamento Topográfico de Mendoza, advirtiendo que las defensas debían ejecutarse con carácter permanente antes de que volvieran a repetirse los daños de décadas anteriores.

Vías de tren en el agua y una plaga insospechada

En 1899, un brazo del río volvió a avanzar sobre el casco urbano y comenzó a erosionar el terreno cercano al templo de San Francisco. Ante la emergencia, la provincia y la Nación aportaron $5.000 para construir un dique transversal de 300 metros en el cauce principal, a la altura de la calle Rivadavia. Para frenar la corriente, el ingeniero Chantrill utilizó tierra, ramas e incluso tramos de vías y vagonetas del ferrocarril Decauville.

Al año siguiente, el ingeniero Palario reforzó la estructura agregando bloques de concreto. Si bien la obra —conocida como "dique Palario"— logró desviar el flujo principal, generó un área de agua estancada que favoreció la proliferación de mosquitos y desató una epidemia de paludismo que afectó a gran parte de la población.

Para erradicar el foco de infección, las autoridades rellenaron los terrenos bajos, nivelaron las dunas de la orilla y comenzaron la plantación masiva de eucaliptus. Esa intervención ambiental dio origen al actual Parque Aguirre.

Presos, soldados y la obra definitiva

La presión del río continuó en las primeras décadas del siglo XX. En 1910, una creciente derribó parte del puente del Ferrocarril Central Argentino. El agua ingresó por la calle Alsina e inundó el sector del parque hasta las cercanías de la plaza principal. En 1911 se construyó un terraplén de contención con material de la playa, desde el norte de las vías del ferrocarril hasta la calle Trónica (actual 2 de Febrero).

En 1919, una nueva crecida rompió la contención e inundó los barrios Belgrano, Chumillo, La Granja, Ulua y Flores. Para frenar el avance se extendió el terraplén casi cuatro kilómetros hacia Ulua, invirtiendo cerca de $70.000 en compuertas y defensas de madera.

El episodio más crítico ocurrió a comienzos de 1921. Durante tres meses, hasta 1.000 hombres trabajaron diariamente en el cauce para evitar que el río se desviara por la acequia municipal en Tarapaya y cruzara el centro urbano. Ante la falta de personal, las tareas se realizaron con la participación de presidiarios de la cárcel local y efectivos del regimiento militar destacado en la ciudad. El 1 de marzo de ese año, el puente ferroviario volvió a sufrir daños parciales. En su informe de 1922, el gobernador detalló que los trabajos de emergencia demandaron $395.000, obligando a redirigir $100.000 que estaban destinados al pago de bonos de pavimentación.

En septiembre de 1924, el ingeniero Diego F. Outes elevó un informe al Interventor Nacional señalando la falta de coordinación entre las distintas dependencias provinciales, nacionales y ferroviarias que intervenían sobre el cauce. Outes recomendó suspender las obras improvisadas hasta realizar un estudio técnico completo.

Ese análisis fue encargado oficialmente a finales de 1924 y derivó en un proyecto integral aprobado en septiembre de 1928, cuyas obras se autorizaron en febrero de 1929.

El cauce encauzado

La evolución de Santiago del Estero terminó por desmentir los diagnósticos del siglo XVII sobre su despoblación. Como resumía el ingeniero Michaud en 1935, la continua disputa con el río Dulce no impidió el crecimiento urbano ni su consolidación institucional. Las crecidas periódicas obligaron a la ciudad a reorganizarse, adaptar su trazado y desarrollar infraestructura técnica a lo largo de casi cuatro siglos. El río que condicionó a los primeros pobladores terminó integrándose a la geografía urbana de la capital provincial.

 

domingo, 13 de septiembre de 2026

Filomena Morales

 


Fue una criolla santiagueña que vivió la época del nacimiento del federalismo en zonas boscosas del Departamento Jiménez. Entregó su valor con la indiferencia de las cosas simples y fue protagonista de un hecho que la define.

Allá por 1840, Santiago y Tucumán estaban enfrentadas por constituirse como territorios federales. Tucumán pretendía invadir, ya que quería formar su ambiciosa "república".

Los dos estados federales estaban dominados por Celedonio Gutiérrez y Juan Felipe Ibarra. El primero contaba con el apoyo de las tropas salteñas del general Solá; el nuestro, solo, quizás únicamente con la simpatía del general Paz, de Córdoba. Además, era escaso el número de soldados y de armas. Solo poseía el valor y el conocimiento del terreno, por lo que tenía que apelar a la sagacidad. Ibarra desconfiaba de la existencia de delatores por el odio que algunos le tenían.

Una tarde, con táctica, entró a los bosques del Departamento Jiménez, en los límites con Tucumán. Lo acompañaba una pequeña patrulla de respaldo. Solo, llegó a un rancho perdido en el monte áspero que colindaba con el camino de carretas y preguntó:

—¿Quién vive aquí?

Tuvo inmediatamente una respuesta:

—Nadie más que yo y mi nieto —fue la contestación de una vieja criolla, con vigor y soberbia.

—¿Y los hombres y las mujeres, para dónde han ido?

La mujer, reconociendo el caballo del hombre, sin temor le dijo:

—¡Han ido al monte a esconderse para no ayudar a los federales!

—¿Vos me conocés?

—¡Sí, Tatita! ¿Cómo no voy a conocerlo, si yo soy de usted y mis hijos también?

Ibarra, profundo conocedor de sus paisanos, casi a los gritos volvió a preguntar:

—¿Y vos sabés quién soy yo?

—¡Sí, Tatita, Tatita Ibarra!

No dudó. La anciana lo conocía. Entonces le dijo:

—¿Vos has visto pasar a los tucumanos?

—No, Tatita, todavía no han pasao. Sé por mis hijos que pronto van a pasar, por eso se han ocultao.

El caudillo le ordenó:

—Cuando pasen, vos los vas a contar, ver qué armas llevan y cuántos caballos. ¿Has oído?... Ah... no me has visto por aquí, aunque te maten. ¿Entendés?

—Aunque no sé contar, Tatita, yo le avisaré cuántos son. Seré como muerta para ellos.

—¿Y cuándo me avisarás?

—Apenas pasen. Tengo el caballo escondido en el monte. Ellos ni agua tendrán, porque no avisaré dónde queda el albardón.

—¿Cuánto vas a cobrarme por este servicio?

—Nada, Tatita, nada. Yo soy de usted...

El caudillo vio la hidalguía santiagueña en el alma de esa anciana.

—Bueno, ¿entonces dime cómo te llamás?

—Filomena Morales, para servirle.

La adustez del gobernante, que no había bajado del caballo, tembló de satisfacción y Filomena se encendió de gloria.

—Desde hoy, Filomena Morales, serás un soldado distinguido de mis tropas. También, en pago a tu hidalguía, recibirás cada mes una bolsa de maíz.

Y así sucedió. Desde ese día, Filomena Morales fue considerada un soldado distinguido y recibió la ración prometida.

Y su nombre, como los hilos de las leyendas, pasó a ser trama de los recuerdos en los bosques limítrofes con Tucumán.

Extraído del libro relatos santiagueños, de Mario Alejandro Castro.

Omar "Sapo" Estanciero

 

lunes, 7 de septiembre de 2026

La historia detrás del Fortín El Bracho: fortaleza, castigos y leyenda

 



¿Escuchaste hablar alguna vez del Fortín El Bracho? Está bien metido en la historia de Santiago del Estero, en el departamento Avellaneda, a unos 60 kilómetros de Matará. Nació allá por el siglo XVII con un fin muy concreto: ser un puesto militar en la frontera para frenar los avances indígenas, con soldados apostados ahí de forma permanente.

Pero con los años el lugar tomó un rumbo mucho más oscuro. En la época de Juan Felipe Ibarra, el fortín se transformó en una cárcel de destierro para sus enemigos políticos. A los presos los llevaban caminando hasta allá y los dejaban a su suerte, durmiendo a la intemperie, aguantando el clima, las alimañas y hasta el peligro de los pumas. Sufrían latigazos, humillaciones, trabajos forzados y fusilamientos.

Ahí estuvo encerrada una mujer conocida como "La Tigra", pero la historia que más conmovió a la provincia fue la de Agustina Palacio de Libarona. Agustina decidió acompañar voluntariamente a su marido prisionero, José María, quien terminó enloqueciendo por los tormentos y murió en el lugar. Ella volcó todo ese dolor en unos manuscritos que la convirtieron en una heroína popular.

Tiempo después, los hermanos Taboada usaron el fortín como centro de operaciones. Varios cronistas de la época lo describieron y contaban que parecía casi una fortaleza medieval: tenía una empalizada fortísima, un foso profundo, casillas de guardia, un mangrullo elevado para vigilar y un cañón apuntando al este. Alrededor no había vegetación alta, justamente para detectar a cualquiera que se acercara.

Adentro del recinto estaba la vida cotidiana. Había casas, un molino harinero y algo de ganado para alimentarse. A los soldados no les pagaban con dinero; a cambio de su servicio, les daban una parcela de tierra para que la trabajaran.

¿Qué fue de él? A fines del siglo XIX y principios del XX, la situación en la región cambió por completo. La Conquista del Chaco, la llegada de los inmigrantes y el avance del ferrocarril hicieron que el fuerte perdiera su sentido estratégico, quedando abandonado para siempre.

 

lunes, 17 de agosto de 2026

Juan Felipe Ibarra | Por Luis Alén Lascano


Monstruo surgido del averno, bárbaro, ignorante y cruel, para unos. Caudillo indiscutido durante 30 años, guerrero de la independencia y patriarca del federalismo, para otros. Entre ambos extremos se debate la polémica alrededor de la figura de Ibarra.

Hasta ahora los historiadores clásicos lo han condenado sin posibilidad de indulto. Pero en ese juicio no ha habido defensa ni alegato favorable alguno. Ha sido la sentencia del tribunal vencedor; muchas veces cómplice y converso, ansioso por eso mismo de una severidad implacable.

 (...) Ahí está, al filo de los años cuando se aproxima el fin de sus días. Estatura mediana y grueso el cuerpo; frente ancha y despejada, cabello negro y lacio, labios finos, con una sonrisa imperceptible más parecida a un rictus despreciativo. Severa la mirada, imperturbable el gesto y prodigiosa la memoria.

 (...) Tuvo a su antojo el patrimonio entero de la provincia, y en años de escasez no percibía sueldos; se le entregaron bienes en administración a su confianza, como los de la familia Uriarte y fue escrupuloso en el manejo de los dineros ajenos o públicos. Alguna vez, los excesos políticos lo llevaron a confiscar fondos enemigos; los destinaba al ejército y a pagar sus soldados.

Fuera de su violenta pasión federal, era amigo sincero y consecuente; educado cuando quería serlo, don Pedro Ferré escribió de Ibarra: "Conocí y traté en Santa Fe a don Juan Felipe Ibarra, y me hizo la mejor impresión por su educación, y la nobleza de sentimientos que manifestaba".

Páginas similares ofrecen sobre su persona el Dr. Eduardo Lahitte, amigo y corresponsal desde Buenos Aires; el culto historiador y gobernante santafesino Urbano de Iriondo, y otros contemporáneos no afectados por la pasión.

Todo esto es un hombre con un hondo drama sentimental. Se ha casado en 1823 por poder con doña Ventura Saravia, hija del Dr. Mateo Saravia quien sin duda por amistad, consiente u obliga a esta boda. El padre es un rico feudatario en las cercanías de Abipones, mas el origen familiar es salteño, y de allí llega la desposada en una volanta a Santiago.

La espera el gobernador, las autoridades y las mejores familias de la ciudad, y van al nuevo hogar los esposos. Al amanecer, ordena Ibarra atar nuevamente los caballos del carruaje, y en silencio, la esposa parte de retorno. ¿Qué misterio se oculta en esa noche nupcial? El gobernador nunca lo explicará, y el silencio se tiende sobre el episodio para siempre. Un historiador actual piensa que la novia fue obligada por la autoridad paterna, a una boda sin amor. Y que, llegada ante el prometido, no vaciló en confesarle tan desgraciada situación. "En un acto caballeresco, decide el retorno de su esposa a su casa paterna."

No es ésta la actitud de un mandón irresponsable. En la dignidad con que lleva su proceso sentimental íntimo, hay una respuesta para sus detractores. La misma actitud tiene siempre Ventura Saravia. Sus hermanos se tratan fraternalmente con Ibarra, y a Manuel Antonio Saravia lo hace elegir gobernador de Salta y lo sostiene con su influjo. Hasta su misma esposa vuelve a Santiago al saberlo enfermo y lo acompaña hacia el fin de sus días, cuando muere, el 15 de julio de 1851. Ella es albacea y heredera en su testamento, y ella ha de quedar velando su memoria, hasta que la pasión política después de Caseros, confisque sus bienes y la obligue a buscar refugio en Tucumán.

Muere Ibarra como buen cristiano. Pide en su testamento a Dios, "me perdone todas mis culpas”, el hábito mercedario de mortaja, la asistencia de franciscanos y dominicos y ser enterrado en el templo de La Merced; todo lo cual así se hace. Los más distinguidos sacerdotes lo han confesado y ayudado a morir. Nada sabe hasta entonces de los sucesos del litoral, ni de la defección de Urquiza. y puede esperar el fin, seguro de haber sido, como le cantan los trovadores populares a su muerte, "la columna más fuerte de la Confederación".

Si muchos de sus actos no tienen justificativo, hay una explicación coherente para todos. Y por encima del balance postrero, hay una provincia argentina que le debe su erección como estado federal. Fundador de la autonomía santiagueña, en estos 150 años de vida provinciana, todos han disfrutado del privilegio ciudadano de esa santiagueñidad lograda por Ibarra a sangre y fuego. Pocos son los que alguna vez le agradecen esa herencia, cuidada con empecinamiento en 30 años, y dilapidada después por tantos sucesores.

Tres décadas, largas acaso para soportar a un mismo hombre en el poder, pero que dan relevancia inusitada a su provincia en el concierto nacional; donde no se permite la menor trasgreslón a sus fueros y prestigios, y en las cuales su caudillo alcanza estatura mayor dentro del país.

Ibarra demuestra no ser un hombre de la patria chica, constreñido sólo a límites locales. El mismo respeto y jerarquía que quiere para su provincia, le inspiran altivas actitudes argentinas. Todas las determinaciones de su vida acusan una notoria sensibilidad nacional y entiende al país, como una Nación total: geográfica y políticamente integrada.

Es la cohesión conseguida por el federalismo, e Ibarra la manifiesta el 23 de febrero de 1833, al protestar al Rey de Inglaterra por la ocupación de las Islas Malvinas. Ese espíritu está presente en la firma del Tratado Interprovincial del 6 de febrero de 1835, para perseguir en el norte, "toda idea relativa a la desmembración de la más pequeña parte del territorio de la república", y evitar la anexión de Jujuy a Bolivia.

Idea fundamental ésta, de todos sus actos. Por ella rechaza el ofrecimiento de los gobernadores de Catamarca y La Rioja, Cubas y Brizuela, que le proponen retirar a Rosas del manejo de las relaciones exteriores y confiárselo a él como jefe de un bloque mediterráneo.

Por ella se opone a la Coalición del Norte en 1840 y le pregunta a Manuel Sola, gobernador de Salta: "¿Se constituye el país haciendo causa común con los extranjeros que están hostilizando injusta y vilmente a nuestros mismos pueblos?"

Y este sentimiento de la nacionalidad, cuando estaba en pañales o era negada por los letrados del Plata, inspira al bárbaro Ibarra una proclama de repudio a la agresión colonialista anglo-francesa de 1841, donde desentraña el sentido de la emancipación argentina ante España, la codicia de los imperios europeos, y el valor de la Confederación, cuya resistencia como "precio de nuestra independencia nacional, es la sangre de millares de victimas que desde el campo del honor, nos recuerdan nuestros deberes y nuestros juramentos".

Las cosas malas de su existencia, inocultables, se traslucen en un claroscuro de luces y sombras, humanas e imperfectas. Todos las tuvieron, y las tenemos, y ¡cómo habrían de estar exentos de vicios los caudillos de aquel momento fundacional donde con barro y muertes se creó la patria! Pero la tarea del historiador, como dice Vincen Vives, "no es aplaudir ni condenar, sino comprender vitalmente el drama humano".


jueves, 13 de agosto de 2026

La primera ciudad: el largo camino de Santiago del Estero

 De los valles calchaquíes a la llanura santiagueña, la ciudad del Barco recorrió distintos territorios hasta establecerse, en 1553, en el lugar donde comenzaría la historia de Santiago del Estero.

 


Una ciudad que nació andando

La historia de Santiago del Estero comenzó mucho antes de que existiera la ciudad que hoy conocemos. En aquellos primeros años de la conquista española, un grupo de hombres llegó desde el Cuzco, la Ciudad de los Reyes y Potosí atravesando la Quebrada de Humahuaca y siguiendo el rumbo del Aconquija.

En las faldas de los cerros tucumanos, cerca de la actual Monteros, se estableció la tercera expedición española llegada desde aquellas tierras. El 29 de junio de 1550, sus integrantes fundaron un pequeño asentamiento al que llamaron ciudad del Barco.

La intención era mucho más ambiciosa que levantar unas pocas viviendas. Se buscaba establecer una capital para la extensa región que entonces comprendía la provincia del Tucumán.

Pero aquella primera ciudad tendría una característica particular: no permanecería mucho tiempo en un mismo lugar.

La ciudad del Barco, una ciudad en movimiento

Su fundador, el capitán don Juan Núñez de Prado, pronto se vio obligado a disponer el traslado del asentamiento hacia los valles calchaquíes, en el actual territorio salteño.

La decisión estuvo relacionada con los conflictos jurisdiccionales con Chile y con la necesidad de evitar nuevos enfrentamientos, además de las dificultades que planteaban los pueblos indígenas de la región, entre ellos juríes y diaguitas.

En 1551, ya instalada en su nueva ubicación, la ciudad recibió un nombre más extenso: ciudad del Barco del Nuevo Maestrazgo de Santiago.

El nombre homenajeaba a Pedro La Gasca, presidente de la Audiencia de Lima, nacido en la ciudad de Barco de Ávila, y también al apóstol Santiago el Mayor, patrono de España.

Pero tampoco sería ese el destino definitivo.

Por segunda vez, Núñez de Prado decidió trasladarla. Esta vez el rumbo sería hacia el este, dejando atrás los paisajes montañosos de los valles calchaquíes para internarse en la extensa y boscosa llanura santiagueña.

Como escribió Ricardo Rojas al describir ese desplazamiento, era el paso "del país de la montaña, del reino calchaquí, para entrar en el país de la selva".

Y allí, finalmente, comenzaría otra historia.

Llegar a una tierra desconocida

Las crónicas no son del todo precisas sobre la cantidad de personas que participaron de aquella llegada. Se estima que fueron entre 150 y 200, entre soldados, civiles, algunas familias, indígenas auxiliares y dos sacerdotes.

Al comienzo de la expedición, sin embargo, habían sido apenas 84 los hombres que partieron junto a Núñez de Prado.

No viajaban con las manos vacías. La expedición trasladaba todo lo necesario para volver a empezar.

Los soldados llevaban armas, alimentos y los elementos indispensables para levantar las primeras tiendas. Las mulas y los caballos cargaban bolsas con maíz, trigo y cebada, semillas de zapallo y porotos, además de vasijas y recipientes de cuero destinados a conservar agua y aceite.

También viajaban gallinas en jaulones y un importante número de animales: yeguas, potros, ovejas y cabras.

Todo tenía un propósito. Aquellos animales serían fundamentales para formar las primeras chacras y asegurar la subsistencia del nuevo asentamiento.

En otras palabras, no estaban solamente fundando una ciudad. Estaban trasladando una pequeña comunidad entera, con sus herramientas, sus alimentos, sus animales y sus conocimientos.

El lugar donde comenzó Santiago

El sitio elegido para establecer la ciudad estaba despejado en medio de una vegetación tupida, sobre la margen derecha del llamado río del Estero, nombre que recibía entonces el actual río Dulce.

Según las estimaciones mencionadas en el texto original, el asentamiento se habría ubicado entre 1.400 metros y 2 kilómetros al sur de la actual ciudad de Santiago del Estero. Otra posibilidad lo sitúa en el sector que hoy corresponde al ángulo formado por la avenida Alsina y la calle Independencia.

La elección tampoco fue casual desde el punto de vista político.

Como había ocurrido con los dos asentamientos anteriores, el nuevo emplazamiento quedaba fuera del territorio que la Audiencia de Lima había concedido a Chile. Sin embargo, Pedro de Valdivia, gobernador de Chile, sostenía una posición diferente y pretendía incorporar estos territorios a sus dominios, apoyándose en cálculos geográficos que podían ser erróneos o, según algunas interpretaciones, deliberados.

Así, la fundación de aquella primera ciudad estuvo atravesada desde el principio por disputas territoriales, desplazamientos y decisiones políticas.

Una ciudad que tuvo que empezar de nuevo

La historia de la ciudad del Barco no fue sencilla. Antes de convertirse en el origen de Santiago del Estero, tuvo que cambiar de lugar más de una vez.

Sus habitantes caminaron por caminos difíciles, atravesaron montañas, cruzaron regiones desconocidas y cargaron con todo aquello que necesitaban para reconstruir su vida en otro sitio.

Por eso, cuando hablamos de los comienzos de Santiago del Estero, no deberíamos imaginar solamente una ceremonia de fundación y unas pocas construcciones levantadas en medio del monte.

Detrás de aquella primera ciudad hubo movimiento, incertidumbre y esfuerzo. Hubo hombres y mujeres intentando establecerse en una tierra que todavía no conocían y que, con el paso del tiempo, terminaría convirtiéndose en el escenario de una de las historias urbanas más antiguas de la Argentina.

La ciudad del Barco fue, en cierto modo, una ciudad que nació caminando.

Y quizá esa sea una de las imágenes más interesantes para acercarnos a los primeros tiempos de Santiago del Estero: antes de tener calles, plazas y edificios, tuvo caminos. Antes de echar raíces, tuvo que aprender a moverse.

Allí, entre el monte, el río y los antiguos caminos de la conquista, comenzaba a tomar forma la historia de la "Madre de Ciudades".

Fuentes: 

·     *   Municipalidad de la Ciudad de Santiago del Estero, "Historia de la Ciudad de Santiago del Estero". Municipalidad de Santiago del Estero - Historia de la Ciudad

·     *    Universidad Nacional de Santiago del Estero, Facultad de Humanidades, Ciencias Sociales y de la Salud, "Proceso fundacional de Santiago del Estero, la 'muy noble y leal ciudad'". UNSE - Proceso fundacional de Santiago del Estero


sábado, 1 de agosto de 2026

Santiago del Estero: entre la gloria de la fundación y la sombra de las disputas territoriales

 Por María Mercedes Tenti.

 


El problema planteado acerca de la fundación de Santiago del Estero guarda estrecha relación con el carácter privado de la conquista española y los conflictos jurisdiccionales generados como consecuencia. A partir de 1535 sobrevino la ocupación más difícil de territorios con poblaciones en estadio cazador recolector asociados a agricultura incipiente, de menor densidad y de estructuras políticas y sociales más débiles. Así comenzó la extensión de la conquista a lo largo de la costa del Pacífico por Chile y la internación por la región del Tucumán -en el actual noroeste argentino-, expandiéndose por el sur en búsqueda del puerto atlántico.

Los conquistadores Francisco Pizarro y Diego de Almagro habían sometido a los quechuas en el Perú -conocidos genéricamente como incas- a partir de 1532, aunque pronto comenzaron ellos y sus herederos una cruenta guerra civil en la que ambos fueron asesinados; sin embargo, luego de sus muertes las disputas continuaron sus beneficiarios y seguidores. La corona española trató de apaciguar el enfrentamiento dividiendo el territorio y cediendo a los pizarristas la zona peruana y a los almagristas la franja del imperio que continuaba por el sur.

En lo referente a la exploración y reconocimiento de nuevos territorios, en 1536 Almagro había incursionado por el Tucumán en su paso para Chile, pero la primera expedición que penetró en espacio santiagueño fue la de Diego de Rojas. El gobernador del Perú nombró en 1543 a Rojas para explorar la región del Tucumán, ubicada más allá de la Puna, sin datos claros de su extensión. Pasó por los valles Calchaquíes y los llanos tucumanos y, tras continuos enfrentamientos con los aborígenes, penetró en territorio santiagueño por las sierras de Guasayán. En la zona de Maquijata, en un enfrentamiento con los tonocotés, Rojas fue herido con una flecha y, como consecuencia, murió. La expedición siguió, recorriendo las actuales provincias de Catamarca, La Rioja y norte de San Juan, hasta entrar en Córdoba y continuar rumbo al Paraná, de donde regresó tras encontrarse con huellas de españoles que habían penetrado por el río de la Plata y remontado el Paraná.

A mediados del siglo XVI, Pedro de la Gasca, presidente de la Audiencia de Lima, que acababa de poner fin a la guerra civil en el Perú, se vio en la necesidad de emplear a la soldadesca desocupada que promovía desórdenes. Por ello encomendó a Juan Núñez de Prado que organizara una expedición y fundara una ciudad para proteger el camino a Chile, informase de las probabilidades de ocupación del territorio y facilitara la apertura de la ruta al río de la Plata y la salida al Atlántico. Núñez partió de Potosí y el 29 de junio de 1550 fundó una ciudad en el valle de Gualán -actual provincia de Tucumán- y le puso por nombre El Barco. Realizó el trazado del poblado, conformó el Cabildo y distribuyó los indios en encomiendas. Estando allí instalado se planteó el primer conflicto de jurisdicción con tropas chilenas que, al mando de Villagra, lo obligaron a reconocer la dependencia de la nueva ciudad respecto de la gobernación de Chile. Una vez que se retiraron Villagra y sus hombres, Núñez de Prado desconoció su autoridad y decidió trasladar el poblado. En 1551 lo ubicó en el valle de Quiriquiri -Salta- que estimaba pertenecía a la jurisdicción de Charcas. Poco duró en esta ubicación ya que, al año siguiente -quizás por los ataques de los aborígenes o por la posibilidad de una nueva incursión de las tropas chilenas- la trasladó nuevamente a orillas del río del Estero – hoy río Dulce-, cerca de la actual Santiago del Estero.

El gobernador de Chile, Pedro de Valdivia, por creer que El Barco estaba dentro de sus territorios, designó gobernador de esta ciudad a Francisco de Aguirre y lo envió a tomar posesión de ella. Su objetivo era unir en una sola gobernación toda la tierra existente entre el Atlántico y el Pacífico. Aguirre, apenas llegó a territorio santiagueño, en mayo de 1553, se apoderó de la ciudad, designó nuevas autoridades, organizó el cabildo, apresó a Núñez de Prado, lo envió prisionero a Chile y decidió trasladar la ciudad a corta distancia de su antigua ubicación, por estar demasiado expuesta a las crecidas del río. Finalmente, convalidó la fundación de una nueva ciudad denominándola Santiago del Estero, el 25 de julio de 1553.

El acta de la fundación de El Barco nunca fue encontrada, como tampoco la de Santiago del Estero. Es por ello que, en 1952, a pedido del gobierno de la provincia, una comisión de historiadores de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, abalados por la Academia Nacional de la Historia, determinó que Santiago del Estero había sido fundada por Francisco de Aguirre el 25 de julio de 1553, basándose especialmente en dos actas del cabildo santiagueño, del 14 de abril de 1774 y del 21 de julio de 1779 -es decir de dos siglos posteriores a la fundación- encontradas por el presidente de la Junta, Alfredo Gargaro, en archivos chilenos. En la primera de ellas, se acordaba organizar la festividad de Santiago Apóstol el 25 de julio, "… en memoria de que en días semejantes introdujeron las armas españolas el Santo Evangelio y se hizo la primera fundación de dicha ciudad".

Como contrapartida, hay innumerables testimonios en probanzas, cartas, relaciones, etc. -contemporáneas al hecho que nos ocupa- que identifican ambas ciudades como una sola. Como ejemplo enunciaremos solamente una de los más significativos: en la carta que escribió Francisco de Aguirre al rey, el 23 de diciembre de 1553, sostiene: "… Porque habrá dos años escribimos a la Audiencia de V.M. que reside en la ciudad de los Reyes lo sucedido en esta ciudad de Santiago…" Como vemos hace referencia a 1551, cuando la ciudad se llamaba El Barco.

Luis Alen Lascano, en su Historia de Santiago del Estero, publicada en 1991, da a conocer el resultado de investigaciones realizadas por Gastón Doucet -investigador del CONICET- en archivos de Sucre, que intenta clarificar este confuso panorama. Según Doucet, documentos judiciales por él encontrado -aunque nunca publicados-, mencionan el libro capitular de la ciudad como iniciado el 29 de junio de 1550, con la fundación de Núñez de Prado, y continuado durante el gobierno de Francisco de Aguirre y los gobernadores sucesivos, a partir de 1553. Es decir que no se cambió de libro de actas quizás porque se consideraba a Santiago del Estero como una continuidad jurídica de la ciudad de El Barco o tal vez, por la precariedad de las fundaciones, no tenían los protagonistas otro libro de actas. Por todo esto Alen Lascano considera a Juan Núñez de Prado como el primer fundador y a Francisco de Aguirre como el poblador definitivo de la ciudad.

El director del archivo histórico provincial, Juan Viaña, consiguió el año pasado, del Archivo Nacional de Bolivia -Sucre-, de la antigua Audiencia de Charcas, copia de los expedientes 1590-5 entre los que está un documento en el que el escribano del cabildo, de apellido Vallejo, da fe de la fundación de El Barco, por Núñez de Prado, el 29 de junio de 1550 y que el 25 de julio de 1553, luego de tres años, Francisco de Aguirre, enviado por el teniente general de la gobernación de Chile, Pedro de Valdivia, "mudó la ciudad y le puso por nombre Santiago", según consta en el mismo libro del cabildo, ratificando lo descubierto por Doucet.

Como se puede apreciar, Santiago del Estero, la ciudad más antigua del país, la madre de ciudades -como recalcan permanentemente los medios de comunicación y los anuncios oficiales- fundada a orillas del río Dulce, es la ciudad sin acta de fundación que tuvo que esperar cuatrocientos años para que, por un decreto del gobierno de la provincia se estableciera la fecha fundacional. Fue el gobernador peronista Francisco Javier González quien, en 1952, luego del dictamen de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, presidida por el historiador Alfredo Gargaro, sancionó la fecha fundacional mediante un decreto del Poder Ejecutivo provincial, fijándola el 25 de julio de 1553 y a su fundador Francisco de Aguirre, enviado desde Chile. Con esto se ponía fin -aparentemente- a las disputas surgidas entre los historiadores sobre quién era el fundador y cuál la fecha fundacional, disputa dividida entre nuñezpradistas y aguirristas que adjudicaban el mérito de la empresa a Juan Núñez de Prado –fundador de la primitiva ciudad de El Barco- enviado desde Perú- o a Francisco de Aguirre -enviado desde Chile- respectivamente.

Las expediciones se componían de un puñado de españoles, acompañados de indígenas yanaconas que actuaban como lenguaraces, unos pocos caballos, alimentos, armas y vituallas. Tenían que atravesar lugares desconocidos por caminos intrincados y rodeados de monte que terminaba con su escaso ropaje hecho girones. En estas condiciones, las fundaciones eran, en consecuencia, bastante precarias de allí que es entendible que usaran el mismo libro de actas y que participaran de las fundaciones los mismos hombres, aún los enviados por diferentes autoridades.

Como historiadora me pregunto si tiene sentido seguir discutiendo quién es el fundador de la ciudad si, hasta la fecha, no se encontraron documentos fundantes que hagan cambiar el rumbo de las interpretaciones, tanto de un sector como de otro, ya que entran en juego posturas a veces irreconciliables basadas en teorías diversas. El problema no resuelto, a pesar del decreto de 1952, creo que seguirá en la misma instancia, por cuanto tanto uno como otro conquistador venían con mandatos expresos de fundar una ciudad en esta amplia región, poco conocida por entonces, denominada genéricamente Tucma o Tucumán. En síntesis, creo que se trató de una lucha interna de dos jurisdicciones a cargo de los herederos de Almagro y Pizarro por apropiarse de esta extensa región, con una fundación que les diera asidero permanente en ella. 

Luego de la primera celebración sobresaliente del cuarto centenario, en agosto de 1953, con la presencia del presidente Perón en la ciudad, entusiastas ceremonias con desfiles e inauguraciones y la realización de un Congreso Nacional de Historia, a cargo de la Academia Nacional de la Historia -presidido por el historiador Ricardo Levene- que ratificó la fecha fundacional, las conmemoraciones julias fueron in crescendo a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado, para transformarse en la actualidad en una festividad que sitúa a la capital santiagueña en el centro de la agenda invernal para la temporada turística.

 

A partir de la conmemoración de los cuatrocientos cincuenta años de la fundación, en 2003, las fiestas de julio pretenden transformar la vida santiagueña con espectáculos artísticos callejeros, la feria artesanal que fue creciendo en superficie y duración, la espectacularidad de las festividades religiosas como la de la Virgen del Carmen -patrona de la ciudad- el 16 de julio, de San Francisco Solano –el apóstol de América- el 24 de julio, de Santiago Apóstol el 25 de julio, los fuegos artificiales de la vigilia y muchos otros eventos que permitieron institucionalizar las festividades, invocando la tradición para habitualizar a la sociedad, generar significatividad y afianzar un espíritu de pertenencia.

La marcha de los bombos, surgida de la iniciativa privada, fue tomada como parte de los festejos del calendario ritualizado, conformando una pretendida costumbre que, si bien reclama cierta historicidad es reciente en su origen, pero pasa a integrar esas "tradiciones inventadas" –al decir de Hobsbawm- que toman de referencia situaciones pasadas y que, por su repetición y espectacularización las actualizan e innovan en el mundo posmoderno.

La institucionalización de las celebraciones, la invención de la tradición y la mercantilización de la cultura son propias de la pos modernidad e impactan en sociedades tradicionales que pretenden insertarse en este mundo globalizado, apelando a viejos usos y a referencias al pasado para instaurar nuevas concepciones, símbolos y percepciones, para dar idea de cohesión social y de continuidad de valores. En ese ámbito se enmarca la fundación de Santiago del Estero. Queda sin embargo por analizar, qué pasa realmente con esta controversia, en el interior de la sociedad santiagueña. Fte: El Liberal

Dra. María Mercedes Tenti. Integrante de la Academia Nacional de la Historia.

 

domingo, 26 de julio de 2026

Tras la huella de oro y mito: la Gran Expedición de Diego de Rojas hacia la “Ciudad de los Césares”

En mayo de 1543, un capitán español llamado Diego de Rojas partió desde Cuzco con una expedición de más de 200 hombres, mujeres, esclavos y sirvientes, rumbo a un territorio desconocido: el Tucumán. Su misión era encontrar el mítico reino de Trapalanda, pero lo que halló fue una tierra hostil, guerreros indígenas y una muerte que lo convertiría en leyenda. Esta es la historia de la entrada de Diego de Rojas al Tucumán, el primer paso de la conquista del Noroeste argentino.




Imagina un ejército de hombres y mujeres, armas, caballos y provisiones, avanzando por caminos desconocidos, entre montañas y llanuras, con la esperanza de encontrar un reino de oro y plata. Así fue la expedición de Diego de Rojas, un capitán español que, en 1543, se lanzó al Tucumán con la promesa de descubrir riquezas y fundar nuevas ciudades. Pero lo que encontró fue una tierra de guerreros indígenas, desiertos y salinas, y una muerte que lo convertiría en el primer español en pisar lo que hoy es Santiago del Estero. Esta es la historia de la entrada de Diego de Rojas al Tucumán, el comienzo de la conquista del Noroeste argentino.

El Sueño de Trapalanda

En 1543, el teniente de gobernador de la Provincia de Charcas, Diego de Rojas, partió desde Cuzco con una expedición de más de 200 españoles, negros e indígenas yanaconas, rumbo al Tucumán. Su objetivo era encontrar el mítico reino de Trapalanda, un territorio rico en oro y plata, que según las leyendas, se encontraba en el sur de América. Rojas pensaba que ese reino estaba en la dirección del río de la Plata, por lo que solicitó al gobernador del Perú, Cristóbal Vaca de Castro, que le encomendara la entrada a una provincia situada entre Chile y el nacimiento del río de la Plata.

Vaca de Castro aceptó rápidamente, con la idea de alejar a Rojas y a otros capitanes de posibles luchas intestinas. Rojas se asoció con los capitanes Felipe Gutiérrez y Nicolás de Heredia, y cada uno aportó la suma de 30.000 pesos para financiar la expedición. La expedición se lanzó en tres tandas escalonadas: la primera, bajo el mando de Diego de Rojas, salió de Cuzco en mayo de 1543; semanas después salió la segunda, al mando de Gutiérrez; y la tercera, al mando de Heredia, partió a mediados de junio.

El Camino Real de Collasuyo

Rojas y sus hombres partieron por el Camino Real de Collasuyo, bordeando el lago Titicaca, hasta llegar al poblado indígena de Chicoana. Allí se detuvieron un par de semanas, en espera de los refuerzos que debían arribar bajo el mando de Felipe Gutiérrez. En Chicoana, pueblo pacífico y servicial, la expedición se detuvo un par de semanas, en espera de los refuerzos que debían arribar pronto, bajo el mando de Felipe Gutiérrez.

Algunos cronistas dicen que allí se criaban “gallinas de Castilla”, aunque otros sostienen que, en realidad, los aborígenes de Chicoana sólo les contaron a los europeos que hacia el sur había tierras y poblaciones “muy ricas”, donde podrían encontrar, entre otros animales domésticos, “gallinas”. Rojas no necesitaba más que eso para abandonar el itinerario hacia Chile. Sintiéndose atraído por la posibilidad de encontrar un nuevo Perú en el Sur, decidió continuar hacia el Tucma.

El Primer Contacto con los Diaguitas

Dejó a Diego Pérez de Becerra con veinte soldados para aguardar a Gutiérrez y luego seguirlo. En pocos días de marcha irían internándose por territorios muy distintos. Tucumanaho fue el último pueblo dócil que encontrarían. El siguiente, Capayán, los recibiría a piedrazos y flechazos. Luego de una refriega donde cayeron los primeros muertos y heridos de la expedición, Rojas tuvo miedo a esos bravísimos aborígenes y regresó por donde había venido. Para evitar nuevos enfrentamientos desgastantes y seguir avanzando hacia el Sur.

Los quince diaguitas vieron emerger a aquellos individuos que parecían humanos. No estaban seguros de que lo fuesen, aunque conocían sus propósitos. Apostados a ambos lados de un angosto desfiladero, esperaron a que pasara la mitad de ellos, para comenzar a apedrearlos. Con sistemática precisión, iban lanzando proyectil tras proyectil sobre las cabezas cubiertas de un metal algo herrumbrado. Algunos caían, otros atinaban a disparar sus armas de fuego hacia arriba, a tientas. Pues no veían a sus atacantes, por la penumbra del atardecer y por estar los indios muy bien parapetados. Finalmente, aquellos seres metalizados comenzaron a retroceder. Atropellándose con torpeza, se movían ahora hacia atrás, como una oruga gigante herida. Eso querían los diaguitas. Obligarlos a buscar otro camino. Que necesariamente, los iba a llevar a zonas cada vez más desérticas, salitrosas, sin pobladores, ni plantas, ni animales.

El Paso por las Salinas

Los aborígenes peruanos que oficiaban de sirvientes, ya no conocían el territorio algo más abajo de Chicoana. En las Salinas comenzaban lugares poco explorados por los incas. Habitados por numerosísimos pueblos pequeños, de diferentes etnias. Algunas de las cuales, como los Diaguitas, Yocaviles, Quilmes, Abipones, Sanavirones y Comechingones, eran guerreros extraordinariamente combativos y tenaces. Tanto es así, que iban a ser, con el paso de los años y el avance del proceso conquistador europeo, los últimos en ser aniquilados.

Luego del ataque con hondas al que habían sido sometidos, Rojas decidiría apartarse un poco de las serranías, pero no abandonó sus propósitos de continuar hacia el Sur. Así fue que más adelante los numerosos expedicionarios entrarían en una zona llana, controlable desde el punto de vista militar, pero seca e inhóspita. Debido a lo cual pronto comenzarían a pasar hambre. Tal como le sucediera unos años atrás a Diego de Almagro.

El Llegada a Salavina

Enseguida comenzarían a pisar tierra santiagueña. Sus asesores indígenas, informaban a estos europeos que las etnias a encontrar aquí eran principalmente las de los Lules y Tonocotés. Aunque también algunos diaguitas, más pacíficos que sus primos de las montañas. Abipones hacia el Este y dos pueblos a quienes los peruanos conocían casi únicamente por narraciones: los sanavirones y los comechingones. Se decía de ellos que muchos tenían barba, como los europeos. El detalle acicateó aún más, si era posible, en Rojas la convicción de que llevaban el camino correcto. Y que se estaban acercando cada vez más a la “Ciudad de los Césares”.

No todos los lules y los tonocotés eran pacíficos, sin embargo. Además, informados por sus redes de comunicación con sus hermanos del Noroeste indígena, esperaban a los invasores. Algunos con el propósito de no dejarlos quedarse con las tierras y espacios naturales donde hasta el momento vivían en su propio orden político, y en libertad. Comenzaron a emerger apenas de entre los tupidos bosques pequeños comandos de esbeltos aborígenes que atacaban rápidamente, con intensidad, provocando algunas bajas entre los europeos y sus acompañantes. Y luego, raudamente, volvían a perderse entre la maraña selvática. Así llegaron hasta Salavina. Una región poblada por pacíficas familias indígenas, a las cuales sometieron fácilmente los españoles. Asegurándose así la alimentación cotidiana para los ya más de 180 españoles y cerca de 2.000 aborígenes peruanos que habían sobrevivido a los ataques de los diaguitas durante la travesía. Poco antes se les había unido Felipe Gutiérrez con su mujer, conquistadores europeos y servidumbre aborigen, masculina y femenina. Permanecerían en este poblado de Salavina durante un año.

La Muerte de Diego de Rojas

Cada tanto Rojas, con un grupo de soldados, salía a reconocer el terreno y explorar posibles indicios de lo que buscaban. Durante una de estas salidas, en un lugar denominado Macajar (o Maquijata), fueron repentinamente atacados. Se repetía la táctica de los Lules-Tonocotés: lanzaban flechas, dardos, piedras de honda, eludiendo los cuerpo a cuerpo, y rápidamente se esfumaban entre las frondas. Diego de Rojas fue herido por una flecha en un brazo, casi a la altura del hombro. (Algunas crónicas dicen que en un muslo.) Sin hacer demasiado caso quitó la flecha y ordenó el regreso. Ya durante el camino comenzó a sentir mareos que casi lo derriban del caballo, y cosquilleos debilitantes por todo el cuerpo.

Desde que llegaron a Salavina, los conquistadores y su numerosa comitiva de indios cipayos, habían rodeado a la modesta aldea de aborígenes, posiblemente tonocotés, de hábitos pacíficos. Allí se refugiaría este ahora Diego de Rojas herido, cada vez más atacado por la fiebre, dolores y asfixia, así como calambres que le impedían dormir. Se retorcía en su camastro, cayendo y dándose repetidamente con la cabeza contra el suelo. Desencajado, profería gritos fortísimos de dolor. Y por momentos pedía que lo mataran para dejar de padecer. En uno de sus pasajes de lucidez, designó a Francisco de Mendoza como sucesor en el mando.

Catalina de Enciso intentó curar a Rojas pero le fue imposible. Solicitó para ello la colaboración de sus sirvientas incaicas, pero el veneno inoculado por la flecha hacía todos sus esfuerzos vanos. Por fin, el conquistador murió. Una oleada de insultos y acusaciones se levantó contra las mujeres. Llegando a culpar incluso a la española de “haber embrujado” a Rojas para favorecer a su amante Felipe Gutiérrez. Algunos de los grupos más selváticos de los lules y tonocotés, usaban estas flechas y dardos envenenados contra sus enemigos. Sus armas artesanales solían ser verdaderos prodigios de perfección estética. El historiador Pedro de Angelis dice que con gran “prolijidad trabajaban y pulían. El fuego gasta y el pedernal desbasta los varejones y cuando ya los tienen en el grosor y proporción que desean, los pulen con delicada nimiedad y los dejan tan tersos y lisos, que no los aventajara el más diestro oficial con sus gubias y garlopas. Verdad es que necesitaban meses para sus maniobras”. Y más adelante: “Su tiempo tomarían para sobar los pedernales con el zumo de las yerbas ponzoñosas que ellos conocían a la perfección”.

El Legado de Diego de Rojas

Rojas fue el primer español en arribar a lo que hoy es la provincia de Santiago del Estero. Su expedición tiene el mérito de haber explorado de punta a punta todo el Tucumán hasta Córdoba. Fue la unión del Perú con el Río de la Plata. Esta expedición sirvió para descubrir las naciones indígenas que poblaban el territorio: los calchaquíes, los diaguitas, los tonocotés, los lules y los comechingones.

La entrada de Diego de Rojas al Tucumán fue el comienzo de la conquista y exploración del Noroeste Argentino que sentaría las bases de la posterior conquista y colonización de Juan Núñez de Prado, continuada por Francisco de Aguirre. De los miembros de la expedición de Rojas, veintiocho regresaron más tarde con Núñez de Prado.

La expedición de Diego de Rojas al Tucumán fue un hito en la historia de la conquista del Noroeste argentino. Fue el primer paso de la exploración y conquista de una región que, hasta entonces, era desconocida para los europeos. Rojas y sus hombres enfrentaron desafíos enormes: guerreros indígenas, desiertos, salinas y enfermedades. Pero, a pesar de todo, lograron abrir caminos y sentar las bases para la posterior conquista y colonización de la región.

La historia de Diego de Rojas es un recordatorio de la ambición y el coraje de los conquistadores, pero también de la resistencia y la valentía de los pueblos indígenas que defendieron su tierra y su libertad. Es una historia que nos invita a reflexionar sobre el pasado y a valorar la diversidad y la riqueza cultural de la región que hoy llamamos Tucumán.

Fuente principal:

CARRERAS, Julio. "Diego de Rojas" en 4 historias santiagueñas.

Fuentes históricas citadas en el texto original:

* GUTIÉRREZ DE SANTA CLARA, Pedro (1522-1603). Historia de las guerras más que civiles que hubo en el Reino del Perú (también conocida como "Quinquenarios").

* FERNÁNDEZ, Diego. Testimonio directo como soldado participante de la expedición.

* DE ANGELIS, Pedro. Investigaciones sobre técnicas médicas indígenas.

* QUIROGA, Adán. Estudios sobre tácticas de guerra de los comechingones.

* "La expedición de Diego de Rojas al Noroeste Argentino y sus derivaciones hacia los estudios arqueológicos". Ampurias (Barcelona), t. 35, 1973, págs. 255-260.

sábado, 25 de julio de 2026

Santiago del Estero

  


Por Julio Carreras

Nace Santiago del Estero

Entre diciembre de 1552 y la primavera de 1554, transcurriría el primer gobierno de Aguirre. Durante ese periodo, trasladaría la Ciudad del Barco desde Chumillo, hasta lo que hoy llamamos Barrio Centro. Durante los primeros meses de su gobierno, iba a cambiar el nombre de esta ciudad, por el de Santiago del Estero. El cual permanece hasta la actualidad, luego de 473 años.

Aguirre contaba con varias ventajas sobre Núñez de Prado, para consolidar este proyecto empresario. En primer lugar, su carácter. Pues mientras Núñez era un individuo vacilante y algo lento para tomar decisiones, el hijo del contador De la Rúa pensaba y actuaba, con gran celeridad. La segunda ventaja es que conocía a la perfección todo el territorio que pisaba. Pues en 1544 lo había rastrillado por completo, en busca de la expedición perdida de Diego de Rojas. Y su tercera prerrogativa era tener más capital disponible y mejores apoyos políticos que él ya preso Núñez.

En efecto, contaba en su haber con el gobierno de la Ciudad de la Serena, en Chile, la cual había refundado luego de ahogar en sangre un alzamiento indígena. Como premio de lo cual Valdivia le había otorgado su control. (1) En diversos espacios geográficos, como el Perú, Charcas y Chile, el ahora gobernador de facto santiagueño poseía haciendas, encomiendas y acciones mineras.

Con fecha 23 de diciembre de 1553, desde la que ya nombra como "Santiago del Estero", Aguirre envió una carta al Rey pidiéndole que le otorgara el gobierno del Tucma, con el litoral de Atacama y Coquimbo incluido. Acompañada por otra carta del cabildo de Santiago del Estero a Carlos V, con igual fecha, respaldando las solicitudes del conquistador. Mientras la documentación viajaba lentamente hacia Europa, Francisco de Aguirre «se consagró a repartir tierras y encomiendas, y a preparar las siembras. Fue a continuación a la conquista de la región del río Salado y al descubrimiento del río Bermejo, “e trajo de paz mucha gente"» (Real Academia de la Historia, España).

Ocho días después que Aguirre escribió su carta al rey de España, el día de Año Nuevo de 1554, (el gobernador de Chile) Pedro de Valdivia fue muerto por los araucanos. La noticia llegó a Santiago del Estero el jueves santo 22 de marzo de 1554.

"En el acto Aguirre tomó medidas para retornar a Chile y hacerse cargo de la gobernación". Sabía que Villagra, su socio, pero no por eso menos rival, quien tenía la ventaja de estar en Chile, se iba a abalanzar sobre el poder gubernamental y se apresuró a partir hacia allí para disputárselo.

"El viernes santo 23 de marzo de 1554 Aguirre extendió un decreto nombrando a su primo Juan Gregorio Bazán teniente gobernador; y el 28 del mismo mes fue convocado el Cabildo y se recibió Bazán del mando. En el mismo día 28 se puso Aguirre en marcha a Chile, llevándose la mayor parte de las fuerzas que había en la ciudad, y dejando a ésta poco menos que a merced de los naturales."  Esto dice el historiador del siglo XVIII Pedro Lozano. Pero Juan Christensen lo pone en duda, afirmando en cambio que Aguirre habría partido hacia fines de agosto de 1544. (2)

 (1) "Acompañado pues Francísco de Aguirre de ese puñado de valientes, recorrió durante seis meses las extensas regiones de Coquimbo y de Copiapó, haciendo a los indígenas una guerra de sorpresas de horribles castigos, que sembraron entre ellos el pánico. Lanzábase en el momento menos pensado en sus más ocultas guaridas y, después de pasar a cuchillo a los que encontraba defendiéndose, encerraba en sus chozas de paja a los prisioneros, hombres, mujeres y niños, y aplicaba en seguida fuego a las habitaciones, pereciendo así los desgraciados en horrible tortura. 

 [...] "No se pueden leer sin profundo sentimiento de horror los detalles de esas correrías que han sido designadas con el nombre de «pacificación del norte de Chile».

 [...]"Habiendo sembrado Aguirre la desolación en los valles de Copiapó y de Huasco, torció riendas a la Serena y partió en seguida a la región del sur, «porque supo que en Limari se habían alzado ciertos principales, e los prendió, e traídos los quemó, e a otros principales que en rebelión pasada fueron culpados, los quemó, también», dice tranquilamente Garci Díaz, el alcalde que actuaba en esos momentos en la Serena".

"Después de esto el enérgico caudillo pudo dedicarse a las pacíficas tareas de la labranza de los campos y en especial a extraer oro de los lavaderos de Andacollo, que principiaron pronto a producirle veinte mil pesos de renta, fuera de la parte destinada al Rey.

 [...] Esto era por los años de 1549 a 1552. "En esos días por desgracia se empezó la obra inhumana de hacer trabajar a los indios en las minas." (El Conquistador Francisco de Aguirre. Luis Silva Lezaeta. Imprenta de la Revista Católica, Santiago de Chile, 1907.)

 (2) Lozano, IV, 139-141; Christensen, "Fundación de Santiago del Estero", revista de la Universidad de Córdoba, marzo de 1918.

Desaparición de Prado

La suerte pareció favorecer nuevamente a Núñez de Prado cuando murió Valdivia, aniquilado por las huestes mapuches de Lautaro. La codicia y ansia de poder de los caudillos europeos desató otra vez una caótica guerra por la sucesión.

Dentro de esta volátil situación política, los abogados de Prado consiguen presionar a las autoridades para obtener la liberación de su defendido. Esto ocurre poco después de las "fiestas" de Fin de Año, en 1553.

Inmediatamente Juan Núñez de Prado se traslada a Lima, y ante la Audiencia del Imperio presenta una demanda judicial contra Francisco de Villagra, por "actos de fuerza" contra la corona, y contra Francisco de Aguirre por el "golpe de mano para apoderarse de la Ciudad del Barco".

El más alto tribunal de justicia de América falla finalmente a favor de Prado, restituyéndole un año después, el 13 de febrero de 1555, su gobierno legítimo de la Ciudad del Barco. Este dictamen desconoce también el nombre de "Santiago del Estero", que Francisco de la Rúa (Aguirre) había asignado a la población, luego de trasladarla por tercera vez.

Animado por este fallo legal y sintiéndose con respaldo, el ahora reconocido fundador comienza a contratar soldados, e invitar a quienes considera "amigos" entre las huestes conquistadoras, en la ciudad de Santiago.

Con gran inconsciencia, antes de partir Núñez pregona a todos los vientos su victoria. E invita a quienes deseen sumarse, para desarrollar lo que soñaba como una próspera metrópoli. También proclama su partida para el día siguiente. Pero cuando su hueste va a buscarlo para iniciar el viaje... Núñez no está.

Desde ese 8 de junio de 1555, jamás fue encontrado. (1) Ni su familia recibiría tampoco, nunca, el menor indicio acerca de su paradero. Convirtiéndose, así, en el primer Desaparecido por razones políticas de la Historia Argentina.

 (1) José Néstor Achával. Historia de Santiago del Estero. Siglos XVI-XIX. Ediciones Universidad Católica de Santiago del Estero. 1993. Página 44.

Foto: Monumento a Francisco de Aguirre. Fue inaugurado el 24 de Julio de 1969, durante una dictadura militar. Ocupaba de facto la gobernación de Santiago el general (R) Carlos Uriondo. La figura en bronce, de 3,50 metros de altura, fue hecha por el escultor santiagueño Roberto Delgado.

Las obras civiles fueron adjudicadas a la empresa Sade S.A., de Buenos Aires. El editor de la página "El Benjamín Diario", que nos proveyó los datos y la imagen, comentó, también: "Llama la atención" que la estatua "apunta con su espada hacia abajo, en dirección a la avenida Núñez de Prado, justamente el capitán español fundador de la Ciudad del Barco, a quien (Aguirre) tomó prisionero y lo expulsó de la ciudad cambiando la ubicación y el nombre por Santiago del Estero."