domingo, 1 de febrero de 2026

Santiago del Estero, la cuna del vino argentino

En 1556, cinco conquistadores y un grupo anónimo de indígenas se embarcaron desde Santiago del Estero en una misión que parecía casi imposible. Su travesía, atravesando desiertos, “tierras de guerra” y cumbres heladas, no solo trajo consigo a un sacerdote. En sus cargamentos, escondía el germen de una industria que marcaría el rumbo de una nación: las primeras plantas de vid.



Imaginen la escena: Santiago del Estero, 1556. Una joven aldea, la primera ciudad argentina, lucha por establecerse en un vasto y desconocido territorio. Entre las muchas carencias, hay una que resulta crucial para la vida espiritual de esta incipiente comunidad: la falta de un sacerdote que oficiara los ritos católicos. Esta necesidad urgente desatará, sin que sus protagonistas lo sepan, un viaje épico cuyo mayor tesoro no será un hombre de fe, sino unos frágiles sarmientos que transformarán para siempre el paladar y la economía del futuro país.

Desarrollo narrativo:

La historia, que se encuentra documentada en papeles oficiales de la época citados por el medio El Liberal, comienza con una decisión valiente. Los habitantes de Santiago, que dependían de la lejana capitanía de Chile, organizaron una expedición para cruzar el continente en busca de un religioso. A finales de ese año, cinco conquistadores españoles partieron, acompañados –como destaca la crónica– por guías y porteadores indígenas “sin los cuales el recorrido hubiera sido imposible”, aunque sus nombres se han perdido en el olvido de los registros.

Tres décadas más tarde, un testigo describiría esa ruta con una elocuencia que eriza la piel. Habló de “caminos extremadamente difíciles de cordilleras nevadas, con un frío intenso y desolados”, un trayecto “de todo extremo y peligroso”. Relató una imagen dantesca: “una gran cantidad de indios muertos, helados, enteros y sin corromperse, gracias al intenso frío”, junto a los caballos muertos de la expedición de Diego de Almagro. Era una travesía donde se jugaba la vida.

Después de atravesar territorios hostiles de los lules y calchaquíes y cruzar la majestuosa cordillera de los Andes, la comitiva llegó a La Serena, en la costa chilena, a principios de 1557. Allí, el éxito superó todas las expectativas. En su regreso, no solo trajeron al fray Juan Cidrón (o Cedrón), sino algo que resultaría invaluable: “semillas de algodón y plantas de viña”. Este cargamento vegetal fue “de mucho provecho”, según los documentos, ya que en la región solo se cultivaba maíz. Así, quedó oficialmente registrada la llegada más antigua de la vid al actual territorio argentino.

La semilla que se convirtió en viña

Desde esa “madre de ciudades” que fue Santiago del Estero, la vid comenzó su lenta pero firme expansión. A medida que se fundaban nuevas ciudades en la Gobernación del Tucumán, los sarmientos viajaron con fundadores, soldados y, sobre todo, con los misioneros. Para el siglo XVII, ya había producción de vinos y aguardientes en La Rioja y Córdoba. La tradición, como indican las fuentes, atribuye a los jesuitas la introducción de vides en Salta, traídas desde Perú y el Alto Perú.

Pero la historia del vino en Argentina tiene más de un solo prólogo. Mientras en el Noroeste se afianzaba la vid “santiagueña”, otra puerta de entrada se abría en el este. Asunción del Paraguay, conocida como otra “Madre de Ciudades” del Litoral, comenzó su producción vitivinícola bastante temprano, probablemente con cepas que llegaron por el Atlántico. Para 1573 –el año en que se fundaron Córdoba y Santa Fe–, Paraguay ya producía alrededor de 6000 arrobas de vino, y medio siglo después contaba con más de un millón y medio de plantas. Sin embargo, con el tiempo, esta vitalidad se fue desvaneciendo, hasta el punto en que Paraguay empezó a consumir vinos de Cuyo, la región que, décadas más tarde, se convertiría en el corazón vitivinícola del país.

Los otros padres fundadores: Valdivia y el primer viñedo mendocino

La historia del vino argentino también se teje con otro nombre emblemático: Pedro de Valdivia. Según cuenta la tradición histórica, este conquistador, tras fundar Santiago de Chile en 1541, cruzó la cordillera y llegó a la región de Cuyo en 1551. Allí, en lo que hoy conocemos como Mendoza, habría establecido lazos con los pueblos huarpes y, lo más importante, plantado el primer viñedo de la región, unos años antes de la famosa epopeya de Cedrón. Este acto pionero, aunque menos documentado que su viaje a Chile, sienta las bases míticas de la vitivinicultura cuyana. Más tarde, en 1561, Pedro del Castillo fundaría formalmente la ciudad de Mendoza, consolidando el lugar desde donde, siglos después, surgirían los vinos que conquistarían el mundo.

La próxima vez que levantemos una copa de vino argentino, vale la pena recordar que su historia no se reduce solo a la tierra fértil o al sol radiante. Se encuentra en el frío implacable de un paso montañoso, en la tenacidad de unos viajeros anónimos –españoles e indígenas– y en el pragmatismo de colonos que, ante todo, buscaban un refugio espiritual. Esa primera viña en Santiago del Estero, surgida de una odisea, fue la semilla de un mapa vitivinícola que se expandiría por el Noroeste, el Litoral y que hallaría en Cuyo su tierra prometida. Así, la historia del vino argentino es también la historia de un riesgo extremo, de un intercambio cultural forzado pero profundo, y de una pequeña planta que, contra todo pronóstico, encontró en estas tierras no solo un hogar, sino una identidad poderosa. En definitiva, la copa que sostenemos contiene mucho más que un simple líquido: guarda la memoria de un viaje fundacional.


Mañu Luna, El último silbido del río dulce

 




En el mapa afectivo de Santiago del Estero, existen nombres que dejan de pertenecer a una familia para transformarse en patrimonio de la memoria colectiva. Manuel Aníbal “Mañu” Luna, nacido aquel 29 de mayo de 1928, fue uno de esos hombres cuya vida se tejió con los hilos de la identidad más profunda: el fútbol, el río y la hermandad del barrio.

Hijo dilecto del Barrio 8 de Abril, Mañu vivió frente al Club Atlético Mitre, en la calle Francisca Jacques. Aquella cercanía no fue solo geográfica, sino sentimental; su estirpe estuvo ligada para siempre al "Aurinegro", donde brilló como un jugador notable, dejando un legado que continuaría en las canchas con sus hijos y nietos —nombres como Musha y Bombón—, quienes heredaron su destreza y su pasión por la redonda.

Un hogar de puertas abiertas

Pero la verdadera mística de los Luna se cocía a fuego lento en la intimidad de su casa. Junto a su compañera de vida, María Sara Véliz, Mañu fundó un hogar que fue, durante medio siglo, un templo de la hospitalidad. Allí, entre 18 hijos y el bullicio de una familia numerosa, se cultivó el rito de la amistad.

Mañu era un "challuero" de alma, un pescador que conocía los secretos y las correntadas del bravo Río Dulce como quien lee las líneas de su propia mano. De sus aguas extraía el sustento y el deleite: bagres, bogas y dorados que Sara transformaba en manjares. Aquella casa se convirtió en una posta obligatoria donde músicos, poetas, deportistas y turistas se sentaban a la mesa para compartir una sopa de bagre o un chupín, borrando las jerarquías en una comunión de cuentos, guitarras y madrugadas.

El mito en la canción y la palabra

La figura de Mañu Luna fue tan potente que desbordó la realidad para instalarse en el cancionero popular. El gran Alfredo Ábalos, con versos de Oscar Valles, inmortalizó su estampa en la chacarera "Mi barrio 8 de Abril", recordándolo como el proveedor de esos bagres que Sara sabía cocinar para los "changos" del lugar.

Incluso por encima de las rivalidades futbolísticas, el afecto hacia él era unánime. Vicente "Morenito" Suárez, ferviente hincha de Central Córdoba, le dedicó su pluma en "Para Mañu Luna", retratándolo con la caña al hombro, silbando bajito un gato o una chacarera mientras miraba la costanera, esperando el pique del dorado bajo la luz del naciente. Asimismo, Miguel Brevetta Rodríguez y el músico Tomás Lescano celebraron en un gato su figura humilde y necesaria, aquel hombre que "chimpaba" las lagunas para calmar la hambruna con los tesoros del río.

El legado del pescador

Mañu no solo fue el hombre del río; fue también un trabajador respetado en la Escuela Manuel Belgrano, donde su bonhomía le ganó el respeto de toda la comunidad educativa.

Su partida física, el 5 de julio de 2000, no logró silenciar el eco de su nombre. Mañu Luna permanece vivo cada vez que alguien cruza el Misky Mayu, cada vez que suena un bombo en el 8 de Abril y en cada plato de comida criolla compartido con un desconocido. Fue, en esencia, el símbolo de un Santiago que se resiste al olvido: un hombre que supo hacer de la sencillez un arte y de la amistad una religión.

Fuente: Extracto del libro inédito "Biografías de Folcloristas Santiagueños, Segunda Parte", de Omar "Sapo" Estanciero.