En el mapa afectivo de Santiago del Estero, existen nombres que dejan de pertenecer a una familia para transformarse en patrimonio de la memoria colectiva. Manuel Aníbal “Mañu” Luna, nacido aquel 29 de mayo de 1928, fue uno de esos hombres cuya vida se tejió con los hilos de la identidad más profunda: el fútbol, el río y la hermandad del barrio.
Hijo dilecto del Barrio 8
de Abril, Mañu vivió frente al Club Atlético Mitre, en la calle Francisca Jacques.
Aquella cercanía no fue solo geográfica, sino sentimental; su estirpe estuvo
ligada para siempre al "Aurinegro", donde brilló como un jugador
notable, dejando un legado que continuaría en las canchas con sus hijos y
nietos —nombres como Musha y Bombón—, quienes heredaron su destreza y su pasión
por la redonda.
Un
hogar de puertas abiertas
Pero la verdadera mística
de los Luna se cocía a fuego lento en la intimidad de su casa. Junto a su
compañera de vida, María Sara Véliz, Mañu fundó un hogar que fue, durante medio
siglo, un templo de la hospitalidad. Allí, entre 18 hijos y el bullicio de una
familia numerosa, se cultivó el rito de la amistad.
Mañu era un
"challuero" de alma, un pescador que conocía los secretos y las
correntadas del bravo Río Dulce como quien lee las líneas de su propia mano. De
sus aguas extraía el sustento y el deleite: bagres, bogas y dorados que Sara
transformaba en manjares. Aquella casa se convirtió en una posta obligatoria
donde músicos, poetas, deportistas y turistas se sentaban a la mesa para
compartir una sopa de bagre o un chupín, borrando las jerarquías en una
comunión de cuentos, guitarras y madrugadas.
El
mito en la canción y la palabra
La figura de Mañu Luna
fue tan potente que desbordó la realidad para instalarse en el cancionero
popular. El gran Alfredo Ábalos, con versos de Oscar Valles, inmortalizó su
estampa en la chacarera "Mi barrio 8 de Abril", recordándolo como el
proveedor de esos bagres que Sara sabía cocinar para los "changos"
del lugar.
Incluso por encima de las
rivalidades futbolísticas, el afecto hacia él era unánime. Vicente
"Morenito" Suárez, ferviente hincha de Central Córdoba, le dedicó su
pluma en "Para Mañu Luna", retratándolo con la caña al hombro,
silbando bajito un gato o una chacarera mientras miraba la costanera, esperando
el pique del dorado bajo la luz del naciente. Asimismo, Miguel Brevetta
Rodríguez y el músico Tomás Lescano celebraron en un gato su figura humilde y
necesaria, aquel hombre que "chimpaba" las lagunas para calmar la
hambruna con los tesoros del río.
El
legado del pescador
Mañu no solo fue el
hombre del río; fue también un trabajador respetado en la Escuela Manuel
Belgrano, donde su bonhomía le ganó el respeto de toda la comunidad educativa.
Su partida física, el 5
de julio de 2000, no logró silenciar el eco de su nombre. Mañu Luna permanece
vivo cada vez que alguien cruza el Misky Mayu, cada vez que suena un bombo en
el 8 de Abril y en cada plato de comida criolla compartido con un desconocido.
Fue, en esencia, el símbolo de un Santiago que se resiste al olvido: un hombre
que supo hacer de la sencillez un arte y de la amistad una religión.
Fuente: Extracto del
libro inédito "Biografías de Folcloristas Santiagueños, Segunda
Parte", de Omar "Sapo" Estanciero.

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