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viernes, 11 de septiembre de 2026

Remedio Atamisqueño: el galanteo esquinado que nació en el monte santiagueño

 


Hablar de folklore santiagueño es hablar de quichua, de monte y de un ritmo que se mete en las piernas. Pero hay una danza que destaca por su picardía y su elegancia: el Remedio Atamisqueño. No es solo un baile; es un juego de seducción donde los pañuelos y las miradas hacen el trabajo pesado.

El hombre detrás de la danza

Para entender de dónde sale, hay que ir a la fuente: Bailón Peralta Luna. Nacido el 24 de mayo de 1910, Bailón no era solo un bailarín; era profesor, poeta y un obsesivo recopilador de las tradiciones de su tierra.

Junto a su hermano Luis Alberto formó un dúo fundamental. De esa sociedad salieron piezas como la danza “El caballito”, la zamba “Pensando en tu olvido” y la “Resbalosa Atamisqueña”. También le debemos la emblemática “La santiagueña”. Bailón murió en 1967, a los 57 años, pero dejó el folklore argentino marcado a fuego.

Atamisqui: cuna de quichua y de un baile con truco

El Remedio Atamisqueño tiene su cuna en el pueblo de Atamisqui, un bastión histórico de la lengua quichua santiagueña.

Bailón agarró las figuras del "Remedio" tradicional y las llevó a su terreno. ¿Qué cambió? El orden, la extensión musical y, sobre todo, la forma de bailar: lo hizo "esquinado".

Un juego de seducción

Técnicamente, es una danza argentina de pareja suelta y movimiento vivo. Acá los bailarines no se tocan; el galanteo se conquista con el cuerpo y el pañuelo. Pedro Berruti, en su clásico libro Danzas Nativas, lo describió con una precisión que pinta la escena perfecta:

"En su juego coreográfico el caballero festeja asiduamente a su compañera en las esquinas y en las vueltas, luciendo airosos movimientos de pañuelo y le brinda las mejores galas en sus zapateos. La dama, que no le huye a los arrestos de aquel, muestra su donaire tanto en los movimientos del pañuelo como en sus zarandeos y da finalmente su beneplácito a las demandas de su compañero en la coronación, que puede estar engalanada con figuras de pañuelo."

Si te interesa la estructura musical, la cosa es precisa: la danza tiene una introducción y 56 compases de baile. Tanto las esquinas como los zapateos se resuelven en cuatro compases cada uno.

El misterio de su origen

Acá hay un detalle que siempre genera debate entre los estudiosos. Bailón presentó el Remedio Atamisqueño como una danza folklórica, de esas que se transmiten de generación en generación en los pueblos.

Sin embargo, los grandes investigadores de nuestras danzas, como Carlos Vega o Isabel Aretz, nunca la mencionaron en sus estudios sobre el acervo autóctono. ¿Fue una creación de autor que Bailón adaptó para que el pueblo la sintiera propia? ¿O simplemente quedó fuera de los radares de los grandes recopiladores? El origen exacto sigue siendo una incógnita, y eso, en el folklore, siempre le suma valor.

De los discos de pizarra a la inmortalidad

La historia discográfica de la danza también tiene su peso. La primera grabación conocida es de Los Violineros Santiagueños, registrada en aquellos míticos discos de pizarra de 78 rpm del sello TK.

Con los años, la pieza pasó a los equipos de grandes referentes: Waldo Belloso la grabó para el sello Opus Gala, y Marta Viera junto a sus Monterizos la llevaron a Odeón.

Más allá de los datos duros, el Remedio Atamisqueño sigue vivo cada vez que suenan los violines en una peña. Es un recordatorio de que el folklore no es una pieza de museo, sino un lenguaje que se actualiza, se pisa y se siente. La próxima vez que veas a una pareja bailar esquinado, fijate en los pañuelos y en cómo se miran. Ahí está la esencia de Santiago.

Fuente consultada: www.edisalta.ar

 

jueves, 27 de agosto de 2026

Don Andrés Chazarreta, precursor y triunfador



por María De Quesada

Un metro ochenta de estatura; derecho como el álamo, la piel oscura como el algarrobo, los dientes sanos y la sonrisa abierta y fácil; la mirada viva, la mano ágil y elegante; 73 años de edad y con más proyectos que a los treinta. Así se me aparece el gran santiagueño don Andrés A. Chazarreta, una de las figuras más nobles, serias y consagradas de nuestro folklore.

En verdad, no tendría que haber aclarado de quien se trata; el nombre de Chazarreta es de difusión universal. Pero me complace calificarlo, situarlo y declarar en público mi admiración por estos maestros de argentinidad, por estos hombres de amplia visión que, hace treinta o cuarenta años, presintieron que nuestro suelo no era tan sólo productor de trigo (y Dios bendiga esta tierra que da el pan a tantos pueblos) ni nuestras praderas verdeaban tan sólo para las bestias; que comprendieron que en la entraña v el humus de la tierra argentina fermentaba un germen espiritual, una semilla artística y que las simples y frescas flores silvestres de la canción, la música y la danza criollas, podían ser cultivadas y merecían el esmero y la dedicación que hasta entonces sólo se prestaba a lo extraño.

Hombre de acción al propio tiempo que artista de sensibilidad, generoso al par que ávido de conocimientos, Chazarreta, mozo y desvalido de toda ayuda oficial, se echó al mundo de la gran metrópoli a llevar el mensaje de arte nacional. Hace de esto muchos años. Y puede el maestro estar orgulloso del camino recorrido, desde los días de 1911, cuando el Poder Ejecutivo de la provincia de Santiago del Estero le negaba el teatro oficial 25 de Mayo para presentar en él su conjunto de arte nativo, so pretexto de que dicho coliseo estaba destinado a la actuación de compañías de primer orden.

¿Y qué? ¿Desaliento? ¿Renuncia? ¡Ni soñarlo! El maestro se orientó para otro lado. Contrató el escenario del Pasatiempo del Águila; la sala se llenó noche a noche; los aplausos ensordecían y las representaciones terminaban a deshora porque el público pedía el "bis" de todos los números.

Allí empezó su carrera de divulgador del arte argentino, pues ya entonces Chazarreta era hombre de vasta cultura. Pero comenzaba su experiencia, que, hermanada con su instinto, le hacía acoger en su conjunto folklórico a todos los artistas de vocación, que, ignorantes de lo que eran, llegaban a otorgar lo más genuino y puro de las tradiciones criollas; la vieja Clodomira, gran bailarina de malambos y chacareras; el zapateador santiagueño Antonio Salvatierra; los poetas populares, los cantores sin más escuela que la de los pájaros. * * *

En 1921 Chazarreta vino a Buenos Aires y comenzó la reconquista del país al son de su guitarra. Ahora el país está reconquistado. En toda su extensión, baila sus propios bailes, entona sus lindas canciones, declama sus viejas coplas.

Hablar con don Andrés Chazarreta es un regalo para el espíritu. Hombre sencillo, se da de alma en cuanto advierte que quien lo escucha es sensible y comprende el gran mensaje de la música.

—¿Cuáles eran sus actividades antes de iniciar sus trabajos de recopilación? —le pregunto.

—Maestro de escuela, m'hija. Los chicos me han enseñado muchas cosas. Después fui profesor de la escuela del 18 de Infantería, y Secretario del Consejo de Educación de Santiago.

—Y ¿cuándo sintió su vocación musical?

Chazarreta levanta los negros ojos chispeantes, se encoge de hombros. . .

—No sé. Desde toda la vida. De chico tocaba de oído y formaba conjuntos con los compañeros de grado. Pero seriamente empecé a trabajar en 1906, cuando trasladé al pentagrama la "Zamba de Vargas", que es una pieza que le había oído cantar a mi abuelita cuando me acunaba en las faldas para dormirme.

—¿Toca solamente la guitarra?

—¿Yo? No; toco seis instrumentos; pero la guitarra es mi vocación, mi compañera, mi confidente, mi amiga, mi fortuna, mi secreto, mi. . . ¡todo!

—¿Es muy aficionado a ella el pueblo santiagueño?

—Mucho. Para eso somos como los españoles. El rasguear la guitarra ya no es mérito entre nosotros. Sería falta el no hacerlo.

—Y, ¿cómo nació en usted el propósito de recoger motivos tradicionales?

—Lo llevaba en la sangre. Me angustiaba la idea de que tanta belleza pudiera perderse para siempre, como el humo en el aire. Me sentía capaz de ayudar con mis fuerzas a salvar ese magnífico patrimonio del país. Al principio anduve a tientas; poco a poco vi lo que era preciso hacer, y cómo debía hacerse. Medio me asusté, porque era largo, difícil, tremendamente difícil. . .

—¿Quién lo ayudaba?

—Al principio sólo la gente del pueblo. Músicos populares que ejecutaban sólo para su entretenimiento y en las fiestas tradicionales del carnaval, casamientos, bautizos y entierros de angelitos. Estos entierros eran verdaderos torneos, porque la alegría de mandar un alma al cielo era cosa digna de festejarse. Los músicos menudeaban. Entre ellos un viejo arpista de Tunas Puncu, don Eulogio Ledesma fué quien me trasmitió lo mejorcito de la música que he escrito. Así publiqué mis dos primeros álbumes; al comienzo, con un resultado mediano, y después mejorando. Y mire, hay que hacer justicia a los que nos tendieron lo mano; en aquel tiempo también hubo hombres cultos que me alentaron. Todos ellos están en mi memoria.

—Y ¿cuándo hizo usted su primera presentación en Buenos Aires?

—¡Ah, de eso me acordaré siempre! Fué el 16 de marzo de 1921, en el teatro Politeama. La orquesta la formaban un arpa, tres guitarras, un violín, una flauta, un bombo y dos cajas. El resto eran cantores y bailarines. Entonces hizo su aparición como solista Patrocinio Díaz. Se cantó la "Zamba de Vargas", un escondido, un malambo, y yo toqué en la guitarra tres valses y varias vidalitas. Después empezaron las danzas. El público estaba, al parecer, sorprendido, pero pronto se notó que nuestro espectáculo le llegaba. . . Fué un éxito rotundo. Dimos 150 representaciones seguidas. ¡Y habíamos creído que con una presentación ya sería bastante!

Después comencé a recorrer con mi conjunto las capitales de provincia, y llegué hasta Montevideo. Los diarios nos dedicaron crónicas casi todas comprensivas y muchas elogiosas. Luego me he dado cuenta de que mi aparición fué oportuna; precisamente por aquellos tiempos había empezado el tango "argentino" a imponerse como danza nacional en los salones europeos. Mientras se exportaba el tango, yo aporté las verdaderas danzas nacionales, las que tienen raíz hispana sazonada con los jugos de nuestra tierra. Desde entonces decidí ocuparme sólo de aquello para lo que la providencia me ha destinado, y con un grupo de empeñosos y talentosos folkloristas trabajé sin descanso.

—Y ahora, maestro, ¿qué hace?

—Estoy corrigiendo, revisando y publicando mis obras completas, que no son pocas: nueve álbumes para piano; tres para guitarra; una coreografía descriptiva de las danzas del norte; catorce valses con los nombres de las catorce provincias argentinas. Además, dirijo las grabaciones en discos Víctor y Odeón; ya van 230 grabados en Víctor, y los vendidos creo que llegan a ochocientos mil.

—Lo felicito. ¿Y quién lo secunda en su gran labor?

—Las chicas. Mis hijas me han salido músicas y trabajadoras. Nunca tuve mejores colaboradores. Ana Mercedes, que es profesora de guitarra, está al frente de la Academia que fundé hace años, para difundir entre la infancia y la juventud porteñas el amor a la música y los bailes de nuestra tierra. Hoy cuenta esa Academia con más de 600 alumnos.

—Y ¿qué otras actividades tiene usted?

—Otras, lo que se dice otras, ninguna; porque todas van a parar a lo mismo. Estoy al frente de la Subcomisión honoraria del folklore de Santiago del Estero, y de cuando en cuando hago excursiones por el norte de Tucumán y Catamarca, llevando un conjunto de jóvenes músicos y bailarines.

Mis hijas Andrea Ramona y Josefina me secundan; la primera es una distinguida pianista; la segunda, profesora de danzas, y con sus alumnos realiza toda clase de experiencias en lo relativo a vivificar las tradiciones artísticas de la tierra argentina. Los niños son campo propicio; en sus almas nacientes prenden fuego las chispas de la tradición. Todo lo hacen con gracia y naturalidad, y en poco tiempo convierten en carne de su carne esas bellezas del pasado, esas notas y figuras que ya conocían sus remotos abuelos y que, gracias a unos pocos, también podrán conocer sus nietos.

Mientras habla, contemplo a este hombre de extraordinaria firmeza, que ha comprendido, quizás antes que nadie, el alto significado de difundir y sostener el arte nativo en nuestras masas, haciendo que en él y por él se aúnen las almas y vibre poderosamente el sentimiento de la raza. ¡Es un criollo de ley! Sufrido en las contrariedades, alegre en las ocasiones, retraído en las penas, sensible a la belleza, afable y condescendiente por los años. Pienso que habrá tenido que sostener luchas muy grandes con la incomprensión y la indiferencia, que cien veces habrá tenido que tragar un sorbo amargo. Y se lo digo. La respuesta es encantadora:

—Sí, claro. Pero eso ¿qué importa?

Volvemos a hablar de danzas, de tonadas, de instrumentos musicales.

—¿Cuáles prefiere?

Y la respuesta es la que esperaba:

—La guitarra. No hay como ella. Es canto de pájaro, murmullo de selva, suspiro de amores. Con la guitarra se puede decir todo lo que se quiere...y a veces un poco más de lo que se quiere.

—¿Y de los bailes?

—El malambo; pero el tradicional. Me duele decir que de un tiempo a esta parte nuestros bailadores se están saliendo de las normas del verdadero zapateado y se meten en acrobacias. Esto afecta a la elegancia criolla, porque, retorciendo el cuerpo o meneando los hombros, no se zapatea de verdad. En nuestro malambo son los pies los que han de hacer todo el "trabajo".

La tarde va declinando. Hace más de dos horas que escucho a don Andrés A. Chazarreta, y debo confesar que, intencionadamente, he prolongado la entrevista. Ha sido un rato de diáfana claridad espiritual. Siempre recordaré sus palabras serenas, su simpatía condescendiente, ese no sé qué de aldabonazo que dan sus ideales en nuestro corazón para recordarnos que tenemos fisonomía propia en el arte popular, en el arte imperecedero, en ese arte discreto y poderoso, tierno y rural, en que el amor va siempre enlazado con la naturaleza, y que huele a poleo y a leyenda.

—Señor Chazarreta, ¿quiere que lo deje en su hotel?

—Si es tan amable, m'hija. . .

Y los tres nos volvemos al centro. Los tres: él, yo y su guitarra.

Revista Argentina

1/12/1949

sábado, 22 de agosto de 2026

22 de agosto, día mundial del Folclore y día del Folclore argentino


 

La palabra "folklor" fue creada por el arqueólogo inglés William John Thoms el 22 de Agosto de 1846. Etimológicamente deriva de "folk" (pueblo, gente, raza) y de "lore" (saber, ciencia) y se designa con ella el "saber popular". La fecha coincide, en Argentina, con el nacimiento de Juan Bautista Ambrosetti (1865-1917), reconocido como el "padre de la ciencia folklórica".

El romanticismo del siglo XIX reaccionaba contra el intelectualismo de épocas anteriores y permitía así surgir el estudio sistemático y metódico de las manifestaciones culturales del pueblo, es decir, del folklore. Así William John Thoms crea el vocablo folklore, que vio la luz el 22 de agosto de 1846.

La primera revista de corte científico dedicada al folklore, fue Folklore Record, publicada entre 1878 y 1882 por la Folklore Society de Londres, institución surgida hacia fines de ese siglo. El Primer Congreso Internacional de Folklore se realizó en la ciudad de Buenos Aires en 1960. A dicho evento, presidido por el argentino Augusto Raúl Cortazar, asistieron representantes de 30 países que instauraron el 22 de agosto como Día del Folklore.

El emblema que representa a los folkloristas argentinos - elegido por el Primer Congreso Nacional del Folklore en 1948 - es el árbol, porque el folklore también hunde sus raíces en la tradición, sus ramas representan el pensamiento, el sentido y la imaginación por un lado y la obra de las manos, es decir la creatividad artesanal por el otro. Las escasas hojas representan la juventud primaveral de la ciencia. Las palomas, la unión de lo material con lo espiritual en la amplitud del folklore. El tronco y ramas están envueltas con una banda que dice: Qué y cómo el pueblo piensa, siente, imagina y obra. Este emblema fue ideado por Rafael Jijena Sánchez.

 (Fuente: El Folclore en la Educación, de Rosita Barrera. Edic. Colihue, 366 pág. Bs. As., 1988)

viernes, 21 de agosto de 2026

Nicolás Segundo Gennero: El genio santiagueño que unió el cine mudo, la gran música y la mística del monte

 


Por Leyendas del folclore santiagueño

Si te piden nombrar a los grandes de la música santiagueña, seguro pensás en Amancio Alcorta, Manuel Gómez Carrillo o el querido Andrés Chazarreta. Y tiene sentido: son las figuras que están en los libros, las partituras y las grabaciones de siempre. Pero al lado de ellos caminó otro creador igual de talentoso que el tiempo fue dejando de lado.

Hablamos de Nicolás Segundo Gennero. Nació en La Banda el 2 de septiembre de 1899 y no solo fue un compositor increíble, sino también un personaje con una vida fascinante.

Del piano del cine mudo a las orquestas

Para entender lo que hacía Gennero hay que volver a sus inicios. A principios del siglo XX, las primeras salas de cine de Santiago proyectaban películas mudas. Ahí, a oscuras frente al piano, un joven Gennero improvisaba en vivo la música para cada escena de acción, drama o amor. Esa práctica diaria lo volvió un verdadero maestro del teclado y de la improvisación.

De ahí pasó a la radio local, donde tocaba y además fue vicedirector junto al violinista Pedro Cinquegrani. Su trabajo llamó la atención del Conservatorio Provincial de Música, donde empezó a dar clases. Años después, cuando se jubiló el director fundador —el profesor Enrique Arias—, Gennero quedó al frente de la institución y dejó una huella enorme en la enseñanza.

Músicas suyas que seguro escuchaste

Quizás pienses que no conocés su obra, pero es muy probable que sus temas hayan sonado en tu casa:

  • Junto a Atahualpa Yupanqui: Eran grandes amigos. Don Ata admiraba tanto su trabajo que le grabó dos temas para guitarra: Alegría en los pañuelos y la misteriosa La Alma Mula.
  • Con los Hermanos Ábalos: Gennero compuso la música del famoso escondido El Isleño (Todos los domingos), que los Ábalos hicieron conocido en todo el país.
  • En la armónica de Hugo Díaz: Adaptó la zamba popular anónima La chujchala, que más tarde se volvió un clásico en la interpretación de Hugo Díaz.

Su etapa en Buenos Aires

Cuando se jubiló de la docencia, Gennero no se quedó quieto. Se mudó a Capital Federal y su carrera sumó un recorrido importante. Trabajó como inspector en SADAIC, revisando las obras que mandaban a registrar los músicos de todo el país.

En Buenos Aires se hizo un lugar destacado: daba conciertos en el Teatro San Martín, tenía su propio programa en Radio Municipal y llegó a dirigir las orquestas de Radio Nacional y Radio El Mundo. En octubre de 1963, el diario La Nación destacaba cómo su obra Alborada Quichua sonaba en todo el país tocada por el violinista santiagueño Humberto Carfí y el piano de su hermana Anahí.

Un músico todoterreno

Lo genial de Gennero era que no se quedaba encasillado. Escribió desde folclore bien tradicional hasta obras con influencias regionales, como En el altiplano, Estilo o Santiagueña.

También le puso música a la literatura, componiendo sobre textos de Rubén Darío (Leda) y José Santos Chocano (Poema del retorno). Además, se movió con comodidad en la música clásica y de cámara, con obras como:

  • La fuga Ahí viene la vaca.
  • El rondó Sarabanda de otoño.
  • El poema sinfónico Al alba florecen los ceibos.
  • El ballet El pala pala y varias piezas instrumentales.

"Gennero era mucho más aún: era el artista que, tras haber bebido con profundas raíces esa enorme riqueza musical que Santiago tiene, la llevó a planos elevados, incursionando hasta en el difícil terreno de la música de cámara... sin que por ello perdiera su más pura esencia."

Prof. Sergio Valle, músico y docente.

Devolverle su lugar en la historia

Hoy su nombre está en la Escuela de Música ESPEA N°1 de Santiago del Estero y en una calle del barrio Borges, pero la historia escrita le dio menos espacio del que merecía. Por lo general, apenas se lo menciona de pasada en algunos diccionarios culturales junto a los nombres de sus maestros (como Alfredo Grandi, Jorge de Lalewicz o Floro Ugarte).

Gennero no solo componía: también investigaba. En su trabajo Música folclórica de Santiago del Estero rescató y adaptó para piano canciones populares que corrían el riesgo de perderse.

Volver a escuchar a Nicolás Segundo Gennero no es un capricho de nostalgia. Es hacer un poco de justicia con nuestra cultura: desempolvar sus partituras para que los músicos de hoy las vuelvan a tocar, las arreglen y las hagan sonar otra vez.

 


jueves, 6 de agosto de 2026

Humberto Carfí: Virtuosismo académico y raíz criolla en primera persona

 


Entrevista realizada por José Luis Torres | Rosario - 1 julio 2003

Nací en la ciudad más linda del mundo: Santiago del Estero. Fue hace muchos años: voy a cumplir 90 años el 22 de julio. Bueno, me crié en Santiago de chico y a los 17 años me fui a Europa, a Roma a estudiar y ahí me quedé muchos años. Estalló la guerra y tuve que venirme, la guerra duró mucho más tiempo de lo que yo me imaginaba, porque pensaba volver ya que estaba muy bien ubicado: me había inscripto en el concurso mundial de ese entonces con reina Elizabeth. Empecé a hacer la carrera acá en Buenos Aires, empecé en la orquesta del Teatro Colón, empecé en el concurso de la Universidad y a partir de ahí me introduje en la enseñanza, tocando siempre solista y fui profesor de cinco universidades del país, además jubilado del teatro Colón, solista de la Sinfónica Nacional, he tocado intensamente en mi vida. Ahora, casi a los 90 años sigo enseñando, la nena esta que viene a dar el concierto del jueves toca muy bien. ¿A usted le gusta la música clásica? a mí me gusta mucho, y la chacarera también. Vaya a escucharla, tiene 15 años, va a ser la Menuhin argentina, vale le pena. Contento de ser santiagueño, contento de estar acá y que la guerra me ha evitado que me quede en Europa sino no hubiera podido ver a mis padres.

¿Mi relación con la música folklórica? Ha sido poca, no mucha, porque yo lo hacía con los Abalos, mis amigos de aquella época, le hablo de 1930. Hasta ese año yo tocaba en Santiago del Estero en la orquesta, porque en esa época Santiago era una de las ciudades que más música tenía: en los cines había música, en la confitería había orquesta, y yo tocaba eso. Intervenía en algunas cosas folklóricas, pero folklorista no le puedo decir que soy. Amo el folklore y amo sobre todo la música criolla, hay grabaciones mías de esas cosas, lo hago con mucho gusto, y ahora se van a hacer en Santiago los festejos de su fundación: me declaran ciudadano ilustre, yo digo que no me conviene: me voy a tener que portar bien entonces, un ciudadano ilustre no va a poder macanear.

En los programas yo siempre pongo música argentina, yo he sido educado en Europa, pero amo la música argentina. Han pasado los años, pero soy bien santiagueño, al contrario, soy como los vinos: cuando el tiempo pasa más auténtico.

¡Cómo no lo voy a conocer! Don Manuel Gómez Carrillo no era un gran músico, era casi un autodidacta. Ha escrito muchas composiciones, algunas originales y otras recopiladas, era director de coros en Santiago del Estero. Yo lo acompañé muchas veces, la señora era una ilustre pianista, y la hija mejor pianista todavía, la Muña, que ya es una mujer grande. Éramos de la misma época, lo he acompañado muchas veces en sus conferencias: él hablaba y yo tocaba. A los 12 años comencé a tocar en público, porque mi papá me corría a las patadas si no estudiaba, y claro, tanto estudiar tenía que tocar bien. Uno de sus hijos era Manolo, murió joven ese muchacho, a Muña hace mucho que no la veo ¿usted está en contacto con Jorge, como está? Sí, fueron los primeros de los grupos vocales del país, pero muy buenos. No sabía que el Cuarteto Gómez Carrillo había nacido acá en Rosario. En los Aires Santiagueños editado por la Casa Riccordi, me lo tenía que dedicar a mí, Manolo me ha llamado muchas veces para hacer retoques, me decía “Me tenés que poner una cadencia acá” y yo dejaba para mañana, pasado, en ese momento tenía mi hija chiquita y andaba con muchas preocupaciones, y se enojó y lo dedicó a Pezzina, que de música de Santiago no sabe un pito, el sabe de tallarines nomás ¿qué sabe un italiano de chacareras? Yo sé de eso. Se enojó porque no fuí y se lo dedicó a él. Hace muchos años hice un homenaje a la música de él, Muña me mandó el material. Pero ahora hay un tal Garnica que hace folklore, ¿cómo toca? He oído hablar, escuché una sola grabación de él, dicen que ha estudiado con un alumno mío, Del Lungo, alumno mío tucumano, sobrino nieto del luthier Del Lungo de Tucumán. Me han dicho que ha hecho capote en Córdoba. Este Garnica lo escuché hace 15 días en Santiago, yo no quería creer: toca folklore con virtuosismo académico, el quiere revolucionar todo eso, le da a las chacareras o las zambas adornos, mueve los dedos ¿me entiende?

Quizás es un poco arrebatado, pero eleva la zamba a una cosa realmente virtuosa. Aunque con esas cosas hay que tener cuidado, hay que respetar la esencia: por ejemplo, a una vidala, si le pone cosas alegres se le cambia el sentido. La vidala es una cosa triste, quejumbrosa, por ahí la quieren tocar con alegría: no corresponde. Ahí en la vidala registro dos cosas: penas de amor y alegrías de amor, las dos cosas, hay que ubicarse. Cristina va a tocar allá en Santiago “La canción del árbol del olvido”, es una página simple con versos de Silva Valdés. Es la historia de un tipo enamorado que está abandonado y no puede olvidar a la novia y le dijeron “¿porqué no vas a dormir bajo un árbol así al día siguiente te olvidas de tu sentimiento?, te quedas sin pena”. El fue y se durmió, pero cuando despertó se olvidó que tenía que olvidar. Esa es la esencia. Ahora, el que toca tiene que demostrarlo, Cristina hace eso. Después está “La rosa y el sauce” de Guastavino, son dos notas, pero amigo..., el enamoramiento del sauce con la rosa, nadie lo toca, hablan sin sentido, y los versos dicen así: un sauce llorón crece a la orilla de un arroyuelo, en el monte, alrededor del sauce crece una rosa y ella se enamora de él, ellos platican, conversan. Un día pasa una negrita ve la rosa, la corta y se vá, y el sauce quedó llorando ¡qué tema ese! El que toca eso, tiene que hablar... si es capaz, claro. Hay que pensar lo que se va a tocar. Ahora este muchacho (Garnica) toca una chacarera, y ahí puede ser, pero en una zamba ya es otra cosa. La zamba es una cosa ni alegre ni triste: mediana. Es decir, el luce su virtuosismo, pero eso no tiene nada que ver, entonces yo digo: si quiere hacer virtuosismo que toque Paganini. Pero él tiene mucha facilidad, yo quisiera conocerlo para hablar de técnicas.

Mis grabaciones con los Abalos fueron hace muchos años, yo no tocaba folklore, ellos me pidieron, yo soy amigo de ellos: íbamos a hondear al parque, al colegio. “Mirá Humbertito, yo sé que te molesto, pero tienes que venir, me hace falta un violín para tocar “Santiago manta”, esas chacareras de hace muchos años están grabadas por mí 70 años atrás. Tenían el conjunto y ellos querían que yo siga con ellos, pero yo estaba en otro callejón ¿me entiende? yo me fui a Europa a estudiar en serio. Tal vez mi hermano que ya falleció sí podía hacerlo, el tocó algo de folklore. Yo no lo quiero desmerecer: el folklore bien hecho, de mucha calidad, folklore estilizado es algo hermoso.

Hoy se están tomando los temas de folklore en el plano clásico, como ha hecho Piazzolla que con su cultura musical lo eleva. Cristina va a tocar acá en Rosario una obra musical  de Guastavino que se llama Pampa mapa, es una cadencia hermosa, no la conoce nadie. Son dos notas, pero como las dice. Yo fui amigo de él, murió hace poco, iba a la casa de él y me tocaba el piano, era químico, un hombre muy solitario, buen músico, mas que Ginastera. Tocaba el piano: cantaba y lloraba, sus obras están inspiradas por alguna poesía. En Pampa mapa, el personaje es abandonado por su mujer y el vá por la pampa llorando, es hermoso, no lo puedo contar. Creo que es de Rafael Obligado.

Si aquí vengo con orquesta de cámara de cuerdas, puedo venir con Cristina que toca Adiós Nonino con orquesta, y dar un curso de cello: no hay cursos de cello acá. ¿Sabe como sonaría “Alfonsina y el mar” con cello? Yo la tengo grabada por Ariel, y en el piano las notas son golpeadas. El tema es doloroso, porque es un homenaje a ella cuando va al mar y se suicida, es trágico eso. Cuando los versos dicen “Qué misterios vas a buscar adentro del mar..” tiene que sonar con dolor, y en el piano está golpeado. En cambio, el cello...suena mucho mejor. En el piano se corta la nota, se vá, en cambio en el cello usted la mantiene, es como la voz humana. El cantar de un instrumento de cuerda no lo dá ningún instrumento, por eso es que la cuerda es el corazón que está sonando.

En Santiago de 1925 había mucha música, después de Buenos Aires era la ciudad con más música: humilde, pero con más música que las demás, teníamos orquestas por todos lados. Los cafés tenían orquestas, yo tocaba ahí, en la parte de arriba, tenía 14 años. Dos funciones por día hacía en el teatro, en el cine Petite Palette, tocaba en la orquesta con mi maestro, ahí tocaba Gennero y tantos otros, y cuando venía la noche venía la mamá de los Abalos (el marido se quedaba a dormir porque era ocioso, vago) ella venía solita y yo la acompañaba del brazo a doña Helvecia, y ella me acompañaba al cine a tocar. Con los muchachos somos muy amigos.

¿Segundo Gennero? Claro, fue mi maestro de piano y también de mi hermano Cayetano, hay muchas composiciones de él, varias las toco yo, Poema Nocturnal es hermoso, El Altiplano lo voy a tocar en Santiago para el 25 de julio. Primero ha sido pianista, de La Banda, un hombre que se perfeccionó en Buenos Aires, grande, hermoso, lindo hombre, culto pero bien cachaciento como buen santiagueño, volvió a Santiago como pianista en el cine, y yo tocaba con él, Humbertito me decía. Me dedicaba muchas obras, era compositor, pero era... no digo ocioso pero vea: a mi hermano que estudiaba con él le daba clases en verano siesteando en el catre a la siesta. Se apoyaba así, mi hermano tocaba su lección y de la otra pieza lo iba corrigiendo “Ché, cuidado con la derecha, no te equivoques en esa nota”, por no moverse vea, “cuidado con el cuarto dedo en ese pasaje” le advertía. Escribía composición, se le caía una hoja y no se agachaba a recogerla: el pedía otra. Escribió muchas cosas, era un hombre muy preparado, cachaciento en forma, se casó con una señora mayor que él, muy inteligente ella: no congeniaron. Conservo cartas de ella, una es hermosísima que me hizo cuando vine de Europa después de 11 años, una mujer culta. El era muy cachaciento, vivía el momento, no le importaba nada. Cuando vino de Buenos Aires, habrá sido en el 30 vestía de sobretodo, a lo Carlos Gardel, una pinta bárbara. Yo le dije a mi hermano “Mirá, es tan dejado ese hombre que va a terminar en la miseria”. Cuando llegó la crisis se acabó todo, Renzi cerró el cine y Gennero se quedó sin trabajo, no sabía hacer otra cosa mas que tocar el piano, era muy bueno, muy inteligente, pero no fue previsor, era muy bohemio. Pasaron muchos años, volvió a Buenos Aires, terminó tocando en los pirigundines y un día amaneció muerto en la vereda, sentado y encogido de frío. Venía de tocar en el bajo por la comida, en la miseria absoluta. Así terminó, ¿en qué año?, puede ser por el 58 o 60, el nació en el 1900, tendría 103 años ahora. No tiene descendientes, era de La Banda, lindo tipo, tenía una cicatriz acá (se señala el rostro) tocábamos en el cine, se apagaban las luces y hacía un gesto solamente y había que empezar a improvisar, alumno de Gaito era, otro famoso músico, yo tengo un gran recuerdo de él. El nombre del cine Renzi es porque su dueño era Armando Renzi, quedó el nombre de él, Cuando yo tenía 14 años iba a tocar ahí de pantalón corto y ya era un viejo, grandote, de mucha guita.

Otro maestro de aquella época era Cinquegrani que falleció a los 70 años, ya no me quedan compañeros de aquella época.

Toqué también con don Andrés Chazarreta, tan delgado y con esos bigotes parecía un suncho, nació viejo digo yo, Humbertito me decía, mire le estoy hablando del año 1924, yo tenía 12 años, me llamaban niño prodigio, ya tocaba en público, sabía lo que era un escenario “Mirá Humbertito, me han invitado para tocar, decime ¿cómo me tengo que poner, de frente o dando la espalda?”

“Nó don Andrés, usted tiene que mirar la orquesta, de espalda al público” la hija tocaba la guitarra y bien, siempre con el poncho andaba Chazarreta. El es dueño de muchas cosas que trajo del interior, hizo un trabajo muy importante, vivía en la misma cuadra mía de la calle Mitre, a dos cuadras de mi casa. Muy querido era.

Yo era muy chico, tenía apenas 10 años y ya tocaba en público, a esa edad debuté en el teatro 25 de Mayo, mi mamá me hizo traje de marinero: toqué las Czardas de Monti con orquesta. Me acuerdo que hacía mucho frío y usé los guantes, grises eran, yo miraba los guantes nomas. La orquesta la dirigía un viejito italiano, Carlos Mozzini, yo era muy chico y no sabía que cuando aplaudían había que agradecer al público, así que terminé de tocar y me quedé mirando asombrado al auditorio. Viene uno de la orquesta y me dice “Ché guaso, saludá” y me agarró de la nuca y me hacía mover la cabeza agradeciendo. Cuantos recuerdos...

¿Otros músicos de Santiago? Hermann Kerr, Móttolla, Cinquegrani, Dávila Miranda, era una época floreciente de músicos en Santiago. El violoncellista de la orquesta era de Praga, la escuela de música tenía muchos alumnos, la Banda de Música daba conciertos, el cine tenía orquestas, nosotros tocábamos fantasías, había confiterías con orquesta, y palco. En la retreta la Banda tocaba música de Chopin, de Verdi, de Donnizzetti, de todos esos maestros.

Llegó un periodista porteño en esa época y no podía creer el movimiento musical que se había en Santiago del Estero.

Por esa época tuve que ir a tocar a Tucumán, era chico, y salió un artículo en La Gaceta de Tucumán: “Santiago ya tiene un violín representativo, se llama Humberto Carfi ¿cuándo tendremos algo así en Tucumán? “

Ahora me quieren invitar para hacer un homenaje, les voy a decir “yo he sido profesor en cinco universidades y Santiago no se ha acordado de mí”.

Si a mí me contrataran, en cuatro años les elevo el nivel de la universidad, yo digo acá hay muchos coches pero no hay locomotoras.

Otro buen conjunto musical era el de los hermanos Simón, el chico de uno de ellos estuvo estudiando conmigo en Córdoba, músico de talento en el campo clásico, ahora hace música folklórica en Canadá. Otro buen músico era Orejita, Hugo Díaz, le decíamos así porque tenía una sola oreja. Una vez el Quinteto Llanos vino a mi casa, eran amigos míos, les digo “acá hay una música folklórica”: quedaron asombrados lo que hacía con la armónica. Lustraba zapatos, gustaba de zapatear y silbaba mientras lustraba. Tomaba mucho, se quemó por dentro, si alguno le decía algo contestaba “quiero morir contento”.

Cuando volví de Europa después de 10 años, me dijeron “acá hay un hombre que toca el arpa”, me interesa les dije. Yo me había casado con una arpista y conocía la temática, me llevaron a verlo, atravesamos el monte, íbamos con una comitiva en medio del monte, era difícil llegar al lugar. Llegamos, golpearon las manos y nos recibió, “pasen, ¿quien anda?”, me presentaron al cieguito Gallardo. Nos atendió con respeto típico del santiagueño “Bienvenido, pasen”, ese respeto indígena propio de la raza, esa mansedumbre que tiene nuestra gente, no es como el porteño atrevido. Cuando ví el arpa en un rincón me llamó la atención, era un arpa clásica, con pedales. En 1875 uno de los hermanos Herhart inventó en Europa un arpa con las cuerdas cruzadas, que permitía recursos musicales muy particulares, pero era un lío para tocarla. Eran casi una rareza en el mundo, y encuentro una en el medio del monte santiagueño ¡me quería morir! ¿Cómo ha llegado esto aquí? “Y no sé señor, yo toco algunas cositas, alguna zambita”. No podía creerlo, ni siquiera los arpistas sabían de ese instrumento y este hombre tocaba en ese instrumento tan difícil, no usaba los pedales, todo lo hacía con las cuerdas cruzadas.

Lo conocí también al ciego Aguirre, el arpista de Chazarreta, pero mi papá no me dejaba juntar con esos músicos. Mi papá quería que fuera músico, y yo quería ser abogado, y también boxeador. Me gustaba mucho el fútbol, a los 16 años jugué en primera en Central Córdoba. En aquella época se jugaba realmente al fútbol, se jugaba limpio, ni siquiera apoyarse para cabecear.    

Es cierto, en el folklore no hay grandes violinistas, porque el género no exige gran cosa. Mire, mi hermano le decía “Dígame Don Sixto ¿cómo hace cuando tiene que cambiar de posición” Vea mijito, le contestaba, yo me pongo en la mitad del mango y de ahí no me muevo. Mire si hubiera estudiado....

Hablando de luthiers, recuerdo que en Roma conocí uno que en ese tiempo ya era famoso, un hombre que tendría como 68 años, de apellido Zannino, yo tendría 22. Era napolitano, vivo como él solo, había estado en París y vendió un violín falsificado: lo corrieron. Después hizo correr la voz que había un viejo sacerdote franciscano, que vivía en una iglesia lejana, en Nápoles y tenía un violín viejísimo. Andaba un inglés buscando un violín, se enteró del dato y después de largo andar y vencer muchas dificultades, cruzó la comarca, y encontró al monje. Este lo llevó a un lugar apartado, envejecido, casi destrozado, y le muestra finalmente un violín casi roto, lleno de tierra. El tipo se lo compró sin dudar por la plata que le pidieron: lo cagó, era él que se había disfrazado de monje. Lo querían linchar después...

A veces me invitaba a comer, se llamaba Vincenzo, me hablaba en italiano y me decía “Mirá, vos te haces unos cuantos violines, te los llevás a la Argentina y en 10 años los vendés por auténticos” Nó, don Vicente “mirá: estos parten para Roma” y en el sofá tenía 8 violines hermosos listos para enviar, y los vendía allá a una casa de música por auténticos, realmente falsificaba tan bien que los hacía pasar por buenos. No me podía convencer, un día se enojó y me dijo “Yo soy capaz de hacerte a vos de madera y ni tu madre te va a reconocer” ¡Cómo imitaba, era un artista falsificando! El sonido salía un poco duro, pero sonaba perfecto.

Claro que el sonido tiene que ver con quien lo ejecuta, mire, esto me pasó hace muchos años en Buenos Aires, un tipo que después se fue a Norteamérica. Rabbamus se llamaba, lindo hombre, la señora había muerto en un bombardeo en Londres, empezó como luthier y un día me conoce, en ese tiempo ya era un violinista conocido. Me escuchó tocar y le gustó mi manera de interpretar, a partir de ahí cada vez que quería vender un violín me llamaba para que yo lo toque. Me decía “te doy el 20 por ciento de cada violín”, claro, no era un gran violín pero si uno lo sabe tocar le va a sacar un buen sonido, parece que es otra cosa. Al violín hay que jinetearlo...

Hablar de música me encanta, cuando estaba en la Sinfónica de Tucumán salíamos de tocar los ensayos a las 11 de la noche, nos íbamos para el café, eran las 5 de la mañana los tipos se quedaban dormidos y yo seguía conversando de música, contando cosas. Por ahí me decían “oiga amigo ¿usted no se cansa nunca, se alimenta con dinamita?”, y eso que estoy viejo, pero antes he sido incansable. Vea, después de un partido de fútbol subía a tocar el violín ¿cuántas veces jugaba un partido a la tarde y a la noche tocaba el violín?, ahora no puedo ni caminar.

Muchas veces me llamaban para tocar en la iglesia y me pagaban unos pesitos, claro, había una misa a las 11 y yo jugaba en los infantiles en Central Córdoba, había partido y no me lo iba a perder. Terminaba de jugar y con los botines de fútbol puestos me iba en el coche, de esos tirados por caballos, subía a la iglesia con los botines y tocaba, no tenía tiempo de vestirme.

¿Julio Jerez? Sí, claro, vivía cerca de casa, allá por 1925 o 1928 en la calle Mitre, famoso era. Esos son músicos natos que si hubieran tenido una cultura musical hubieran llegado quien sabe dónde, es una pena que se desperdicien ciertos talentos. Lo mismo que el caso de Sixto, él se ha hecho solito, si hubiera tenido la posibilidad de estudiar música... De todas maneras, esta gente es necesaria en el folklore.

Esta nena que estoy dirigiendo tiene capacidad para llegar a ser una gran violinista, tiene talento, ella apunta arriba. Eso sí, yo le dije: esto exige dedicación total, hay que resignar muchas cosas y postergar otras, si no nada. Nosotros tenemos talento, acá hay mucho material.

En Santiago todos son músicos, todo el mundo toca, es algo más natural que en otros lados, no sé por qué. Yo les digo, aprovechen ese talento, le he dicho al gobernador “pongan una escuela en serio, va a ver que músicos van a salir”, tienen un oído, un ritmo, creo que eso es telúrico. Allá todavía hay gente que habla en quichua, yo conozco algunas palabras.

Hace muchos años me invitaron al Hotel Alvear en Buenos Aires, fuimos a tocar con Pezzini y otro músico que no recuerdo el nombre, peronista era. Había venido un famoso músico ruso, en esa época las relaciones con la Unión Soviétivaeran así..., entonces el tipo vino con los guardaespaldas, unos gigantes de 2 metros. Yo estaba sentado con Pezzini, nos habían invitado al hotel para conversar sobre música, en la mesa todos hablaban en inglés. Uno de estos guardaespaldas se llamaba Zubrysnky, y le hice algunas preguntas en inglés “¿Cuál es el sistema técnico de la escuela violinística en Rusia”, no hubo respuesta? ¿Cómo se estudia? Tampoco hubo respuesta, así me pasó varias veces. Después me dice Pezzini, en esos momentos solista del teatro Colón, “Carfi, me parece que con estos rusos no tenemos nada que hacer acá, únicamente que les hablé en quichua”, y dije un par de palabras en quichua. El ruso se dio vuelta inmediatamente y apuntándome con el dedo me dice “Quichua santiagueño”, me quedé asombrado. ¿Y cómo es que un ruso puede reconocer el quichua santiagueño? La respuesta era que cuando mandaban gente al extranjero, los preparaban para poder reconocer y entender otras lenguas, aún las menos convencionales. Me quedé frío, nunca hubiera imaginado que ellos hubieran podido entenderme, mire que yo había estado tantos años en Europa, conocí y hablé varios idiomas, pero en quichua...            

Acotaciones personales:

Más allá de su relevancia internacional, Humberto Carfí sentía un gran orgullo de su identidad cultural que conoció y absorbió desde su niñez en Santiago del Estero, provincia donde se han rescatado y desarrollado las corrientes más puras y genuinas de nuestra música folklórica.

Las grabaciones donde intervino con Los Hermanos Abalos creo que son de 1943. Los Hermanos Abalos llegaron a Buenos Aires en 1939 y en 1943 comenzaron sus primeras grabaciones. Ellos pensaban que su formación (piano, guitarras, bombo, quena) era demasiado “pobrecito” y querían presentarlo enriquecido con el sonido de violinistas que ya tocaban en el Teatro Colón. Además, eran amigos personales de don Humberto, del mismo lugar originario y de su misma edad. Actualmente queda un solo sobreviviente de aquella agrupación, se llama Vitillo Abalos y tiene actualmente 92 años.

Con Humberto Carfí esa noche hicimos un brindis por dos cuestiones en común: la admiración por la música santiagueña y la fecha de cumpleaños en común. Ambos nacimos en la misma fecha: Carfí nació un 22 de julio de 1913 y yo en 1944.

Fuente: humberto-carfi.jimdofree.com

 

domingo, 2 de agosto de 2026

Pedro Palomo y Vicente "Morenito" Suárez: Las voces que hicieron eterno el canto santiagueño

El Dúo Suárez-Palomo trascendió generaciones defendiendo la esencia del folclore de Santiago del Estero. Sin artificios ni modas pasajeras, Pedro Palomo y Vicente "Morenito" Suárez construyeron una de las expresiones más auténticas de la música santiagueña, dejando un legado que aún emociona a quienes aman la vidala, la chacarera y el canto con caja.



Hay encuentros que parecen escritos por el destino. El de Pedro Leandro Palomo y Vicente "Morenito" Suárez fue uno de ellos.

Ambos crecieron en el interior santiagueño, entre el polvo del monte y el retumbo de guitarras, cajas y bombos. Desde chicos comprendieron algo fundamental: la música no era solo arte, era la forma más pura de contar la vida campesina, la calidez de la familia y el peso de las costumbres que se resisten a morir con el tiempo.

Pedro Palomo nació el 29 de junio de 1945 en Sauce Bajada, departamento Robles. Fue su padre, don Arturo, quien le enseñó a templar la guitarra y a descubrir el valor sagrado que guardan las coplas y las vidalas.

"Morenito", por su parte, nació en Yacu Nioj, cerca de Brea Pozo, en el departamento San Martín. Heredó de una familia de músicos el amor por el arpa, la guitarra y el canto. Sin aulas ni formación académica —sola la intuición y el oído atento—, desarrolló un talento natural tan desbordante que marcaría toda su carrera. ¿Se puede enseñar la verdad del canto o es algo con lo que simplemente se nace?

Los Tobas: el punto de partida

El primer gran escenario para ambos fue Los Tobas, uno de los conjuntos más importantes del folclore santiagueño. Pedro Palomo se incorporó siendo muy joven, consolidando allí la voz potente que pronto reconocería toda la provincia.

Fue en ese entorno donde nació una amistad histórica. Junto a Vicente Suárez descubrieron que compartían una misma convicción: hacer música sin adornos postizos, sin concesiones comerciales y con un respeto inquebrantable por las raíces.

El nacimiento del Dúo Suárez-Palomo

En 1973, Pedro tomó una decisión determinante: dejó Los Tobas para encarar un camino propio junto a "Morenito". Primero se llamaron El Dúo Santiagueño, pero poco después adoptaron el nombre definitivo: Dúo Suárez-Palomo.

A partir de allí recorrieron los escenarios de todo el país. ¿Qué significaba su llegada para los miles de comprovincianos que vivían lejos de su tierra? Para quienes padecían la distancia, escucharlos no era presenciar un espectáculo más: era regresar a casa por un instante, sentir el suelo propio y sanar la nostalgia. A la vez, conquistaban a nuevos públicos que descubrían, fascinados, la riqueza cultural de Santiago del Estero.

Una manera distinta de hacer folclore

El éxito del dúo jamás dependió de grandes producciones ni de artificios escénicos. Su fuerza residía en lo esencial: dos voces ensambladas a la perfección, acompañadas por guitarras, cajas y bombos que sonaban como si hubieran nacido para estar juntos.

Pedro aportaba una tercera alta que erizaba la piel, especialmente al interpretar una vidala. Su timbre era tan singular que bastaba la primera nota para saber que era él. "Morenito", en cambio, volcaba una enorme sensibilidad como compositor. Sus canciones hablaban del santiagueño común, del monte, del hogar y de las fatigas cotidianas. Eran letras sencillas, sin metáforas enrevesadas, pero cargadas de una verdad aplastante.

Juntos lograron lo que pocos consiguen: representar el alma entera de un pueblo desde la más pura autenticidad.

Guardianes de la vidala y la identidad santiagueña

El Dúo Suárez-Palomo tuvo un rol decisivo en rescatar y sostener la vidala. En muchas de sus presentaciones les bastaban únicamente dos cajas para adueñarse del escenario, e incorporaban en ocasiones el quichua santiagueño, reafirmando el lazo con las raíces más profundas de la provincia.

Mientras la industria empujaba a otros artistas a buscar modas o nuevos rumbos, ellos eligieron permanecer fieles a la tradición. ¿Por qué traicionar el origen cuando en él reside toda la fuerza? Esa terquedad convirtió al dúo en un verdadero símbolo del folclore.

Un legado que desafía al silencio

El 28 de julio de 2011 falleció Pedro Palomo. Su partida dejó un vacío inmenso entre sus compañeros de escenario y en el público que vibró con su voz durante décadas. Pero la historia del Dúo Suárez-Palomo no se apagó ese día.

Las grabaciones, las canciones y el recuerdo vivo de sus actuaciones mantienen encendida una forma de hacer folclore basada en la sencillez, el respeto por la memoria y el amor por Santiago del Estero. Más allá de sus trayectorias individuales, construyeron una obra común: dos voces distintas, una misma identidad y un compromiso que el tiempo no puede borrar.

Patrimonio del folclore santiagueño

El Dúo Suárez-Palomo ocupa un lugar de honor en la historia cultural de la provincia. No solo por la calidad de sus interpretaciones, sino porque supieron conservar intacta la esencia del canto tradicional cuando los tiempos empezaban a cambiar velozmente.

Su herencia late en cada vidala, en cada repique de chacarera y en la memoria de quienes aún buscan en sus voces el sonido más genuino de su tierra. Dos amigos, dos artistas y un mismo destino: convertir la música en un puente indestructible entre la tradición y las nuevas generaciones.

 


viernes, 24 de julio de 2026

La voz de la tierra y la memoria: Gabino Ezeiza y el arte inmortal de la payada

Cada 23 de julio, la Argentina rinde tributo a los poetas del instante. Un viaje en el tiempo hasta aquel duelo épico en Montevideo que transformó la improvisación en leyenda y dio a luz al ritmo madre de la milonga.

 


Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Hay algo místico y prodigioso en el arte de payar. Imaginar la escena: dos guitarras, un auditorio en silencio absoluto y dos hombres frente a frente que no llevan un libreto, sino la agilidad mental como única arma. La payada no se escribe, no se ensaya; brota en el momento, repentina y certera. Es la poesía rural y urbana dialogando en tiempo real, donde la palabra empeñada en el verso busca conmover, filosofar o simplemente vencer en un elegante duelo de ingenio.

Para entender por qué el 23 de julio se celebra en toda la Argentina el Día del Payador, es preciso viajar hacia atrás en las páginas de nuestra historia, hasta desembarcar en el Montevideo de fines del siglo XIX.

El duelo histórico en el Teatro Artigas

Era la noche del 23 de julio de 1884. El célebre Teatro Artigas de la capital uruguaya se encontraba colmado de público. De un lado del escenario estaba el aclamado cantor oriental Juan de Nava; del otro, un joven afro-porteño nacido el 19 de febrero de 1858 en San Telmo, antiguo barrio porteño marcado por la impronta de la comunidad negra: Gabino Ezeiza.

Ezeiza, que había aprendido los secretos de la encordada y del contrapunto bajo la guía de su maestro —el también afrodescendiente Pancho Luna—, llegó a Montevideo a demostrar el calibre de su inspiración. Aquella noche, ante un auditorio expectante, Gabino no solo improvisó con maestría, sino que inmortalizó allí mismo los versos del célebre tema Heroico Paysandú. Con esa interpretación deslumbrante derrotó a Nava en un contrapunto inolvidable, sellando una gesta que décadas después, en 1992, llevaría al Estado argentino a declarar la fecha como hito oficial (festejado por primera vez masivamente en 1996).

La milonga: de las raíces africanas al corazón del pueblo

El legado de Gabino Ezeiza va mucho más allá de sus victorias en el escenario. Él fue un verdadero revolucionario del folklore rioplatense. Hasta su aparición, las payadas se ejecutaban habitualmente bajo el ritmo de "cifra". Fue Ezeiza quien introdujo la milonga campera en el tono de Do Mayor dentro del contrapunto, expandiendo su ritmo hacia cada rincón de Argentina, Uruguay y el sur de Brasil.

Gabino no dudaba en defender el origen de su música: aseguraba que la milonga era descendiente directa del candombe afro-rioplatense, fruto de los ancestrales ritmos africanos conservados por su comunidad. En una célebre entrevista de 1916, el dramaturgo Nemesio Trejo recordaba aquel impacto inicial:

«En 1884 fue mi primera topada con Gabino Ezeiza, el más célebre de los bardos argentinos... Por aquella época se cantaba por cifra, pero Gabino introdujo la milonga. Es pueblera, ya que es hija del Candombe africano».

Y marcando el compás con sus dedos sobre la mesa, tarareaba el latido original:

«tunga... tatunga... tunga...»

Amistades de leyenda y misterios del camino

La vida de Ezeiza estuvo atravesada por momentos icónicos. En 1894 sostuvo otro duelo antológico en Pergamino contra Pablo J. Vázquez. Su fervor popular también lo llevó a militar activamente en la Unión Cívica Radical de Hipólito Yrigoyen. Fue en esos comités políticos y en las mesas bohemias del mítico Café de los Angelitos donde entabló amistad con unos jóvenes Carlos Gardel y José Razzano. El impacto fue tal que, tras la muerte de Gabino, el célebre dúo cantó en su homenaje Heroico Paysandú, pieza que el propio Gardel llevaría más tarde al disco (historia retratada en la célebre película El último payador, guionada por Homero Manzi).

Los últimos meses de su vida guardan postales cargadas de mística. En julio de 1916, durante el Centenario de la Independencia, Ezeiza se tomó su última fotografía conocida en Justiniano Posse, un pequeño poblado cordobés de tan solo cinco años de vida. Allí posó junto a doña Juana Paredes de Quinteros y su hijo Salvador, primer agricultor criollo de la zona. Las razones exactas de su paso por aquel rincón lejano permanecen en el enigma.

Poco después, el 12 de octubre de 1916, Gabino Ezeiza falleció. Curiosamente, ese mismo día asumía la Presidencia de la Nación el líder radical Hipólito Yrigoyen, marcando una dolorosa e histórica coincidencia.

¿Sabías qué? Origen del término y homenajes

La palabra payador remite a los antiguos campesinos de España (payo en Castilla o payés en Cataluña). Hoy, la tradición sigue viva: en la ciudad bonaerense de Tres Arroyos se erige un monumento al payador, donde cada año decenas de bardos contemporáneos se reúnen con sus guitarras para celebrar la magia de la improvisación.

Un arte que desafía al tiempo

El payador posee un don innato: la capacidad de traducir en un chasquido de dedos reflexiones profundas, casi filosóficas, sobre la vida, el amor, la patria y la justicia. No hay libreto, no hay borrador. Toda brota de la mente al verso y del verso a las cuerdas en un instante fugaz.

Desde las raíces del campo rioplatense hasta expandirse por Chile, Uruguay y Brasil, la payada nos recuerda que la poesía antes de ser escrita fue oral, popular y colectiva. En un mundo acelerado y digital, detenerse a escuchar a un payador es conectar con la identidad pura de nuestro pueblo: la certeza de que mientras haya una guitarra y una causa, habrá siempre una voz dispuesta a improvisar su verdad.

sábado, 4 de julio de 2026

Los hermanos sean unidos... ...sobre todo si son LOS CARABAJAL...

 


Doce hermanos. Todos varones. Todos santiagueños. Casi no hace falta decir: de allí pueden salir dos, tres conjuntos vocales... Y de la familia Carabajal, de La Banda, salieron elementos que integraron Los Cantores de Salavina, Los Manseros Santiagueños y ahora Los Carabajal. Agustín, Carlos, Cuti y Cali Carabajal integran, desde el 1º de enero de 1967, el conjunto que han bautizado, naturalmente, con su propio apellido.

Agustín integró los antiguos Cantores de Salavina; tiene 33 años, es casado y tiene una hija; Carlos estuvo hasta hace poco con Los Manseros Santiagueños; tiene 36 años, casado, dos hijos. Los dos menores, Cuti y Cali, tienen 20 y 19 años respectivamente y por supuesto son solteros.

—No estaban maduros —explica Agustín, el armonizador del conjunto, que, como séptimo hijo varón ha sido ahijado del ex presidente Justo:

Y agrega:

—Pero ahora ya están bien preparados y pueden actuar perfectamente.

Los Carabajal están preparando su primer disco para Diskorn: "Zamba de los yuyos", que cantan con extraordinaria fuerza; "El Pamperito", gato, la chacarera "Si yo fuera río", y "Por las trincheras", zamba de V. A. Giménez y Canqui Chazarreta. El disco tiene un título singular: "Los Carabajales".

Apenas tres meses tiene el conjunto, pero ya han actuado en la estancia "La Valeria" durante el último Festival de "A Lonja y Guitarra" y en diversas peñas: El Hormiguero, Mi Refugio, la de Figueroa Reyes.

—¿En qué se diferencian ustedes de otros conjuntos santiagueños? —les preguntamos.

Y Los Carabajal se miran con desconcierto:

—En realidad, nosotros no nos diferenciamos. Son los otros conjuntos los que descienden de nosotros... —nos contestan sin falsa vanidad—. Y sabemos que en bastante medida es así.

Los cuatro hermanos puntean la guitarra, los cuatro acompañan con la guitarra, los cuatro tocan el bombo, los cuatro cantan, con esa versatilidad que tienen los santiagueños para todo lo que sea música. Y todos viven exclusivamente de la música; no trabajan en otra cosa. Su madre vive en La Banda... "y en Santiago tenemos la sucur-sal, con cuatro hermanos más, que también cantan", nos explican.

—¿Y cómo nació la idea de agruparse?

—Adolfo Abalos, Horacio Guarany, Polo Giménez, mucha gente amiga nos decía que teníamos que formar el conjunto propio, en vez de estar gastando energías en otros... Y así lo hicimos por aquello de que "los hermanos sean unidos..."

—¿Cuál es, a juicio de ustedes, el conjunto santiagueño más importante?

—Los Hermanos Abalos.

—¿Y cuál ha sido la figura más importante del folklore santiagueño?

—Un conjunto: los Hermanos Díaz...

Como se advierte, el concepto de de hermandad influye en Los Carabajal hasta en sus gustos...

—Nuestro repertorio es exclusivamente del noroeste. No hacemos el género litoral porque no nos parece honrado interpretarlo cuando no es nuestra línea.

La visita de los hermanos Carabajal concluye con una interpretación: "Zamba de los yuyos". Escuchándola, pensamos que el Grupo Vocal Argentino hace una versión más afiatada, tal vez, pero no de mayor fuerza. Y cuando se van estos cuatro hermanos unidos, rumbo al éxito, pensamos que una señora santiagueña, madre prolífica de doce voces, ha de haber sido la que con más alegría recibió la noticia de la integración de este conjunto que es, realmente, la objetivación del viejo consejo de Martín Fierro a sus hijos. Porque los hermanos unidos... son indestructibles...

Publicada originalmente en Revista Folklore