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sábado, 19 de septiembre de 2026

Fernández, una memoria hecha de música, baile y tradición.


Hablar del folclore de Fernández y de las zonas alejadas del departamento Robles es entrar en una historia construida con muchas voces. Algunas quedaron registradas. Otras, apenas sobreviven en nombres, recuerdos y referencias dispersas. Pero todas forman parte de una misma trama: la de un pueblo donde la música, las danzas, las celebraciones religiosas y las reuniones sociales acompañaron la vida de varias generaciones.

Las investigaciones realizadas en Fernández y sus alrededores permiten establecer que el proceso folclórico se manifestó en distintos planos: la música, la danza, la poesía y otras expresiones vinculadas con la cultura popular. Sin embargo, esas manifestaciones no llegaron a configurar una identidad folclórica exclusiva de la zona. No hubo, según el material relevado, verdaderos creadores o instituciones que lograron delinear una perspectiva definitiva capaz de singularizarla.

Y ahí aparece una pregunta inevitable: ¿por qué?

Una posible explicación está en la propia historia de Fernández. La llegada del ferrocarril y la formación del pueblo incorporaron al medio social a pioneros de diferentes procedencias: dinamarqueses, italianos, españoles, eslavos, árabes, entre otros.

Ese encuentro de culturas modificó las formas en que se proyectaban las tradiciones. Muchos de esos nuevos habitantes no eran partícipes ni intérpretes de las costumbres heredadas de la tradición criolla. El resultado fue una identidad cultural atravesada por distintas influencias, donde lo folclórico no terminó de adquirir una forma única y reconocible.

Pero sería injusto pensar que por eso la tradición quedó relegada.

Muy por el contrario. Hubo músicos, cantores, bailarines y artesanos que mantuvieron vivo ese vínculo con lo nativo. Personas que, con sus instrumentos y sus saberes, hicieron posible que la música y las costumbres siguieran encontrando un lugar en la vida cotidiana.

Los nombres detrás de una tradición

Desde comienzos del siglo XX aparecen numerosos protagonistas de esa historia.

Están los Hermanos Artaza, violinistas y serenateros, uno de ellos ciego; Segundo Luna y José Concha, acordeonistas; y el ciego Monti, guitarrista y vidalero, además de luthier, dedicado a fabricar guitarras y arpas.

También aparecen Dolores Bravo de Beltrán y Tolentino Pereyra, arpistas; los Hermanos Orellana, de Lomitas, vinculados al violín y al bombo; Marcelo Peralta, vidalero; Miguel Vega y Luciano Gerez, ejecutantes de guitarra y triple; Cristóforo Ibáñez y José Corbalán, acordeonistas; y Cirilo Juárez, acordeonista de la zona de San Ramón.

La lista continúa con Fortunato Juárez, Basilio Juárez, Dalmacio Cruz y Juan Leguizamón, destacados ejecutantes del bombo; el ciego Umbides, violinero; Manuel y Miguel Lobos, acordeonistas; Pedro Acosta y Juan Cancio Rojas, vidaleros; Manuel y Juan Juárez, bandoneonistas; José Juárez, violinista; Venancio Ferreyra y Salín Chemes, guitarreros; y los Hermanos Ponce, vidaleros.

Son muchos nombres. Y justamente por eso adquirieron valor.

Porque detrás de cada uno hay una parte de esa cultura que alguna vez tuvo sonido, movimiento y presencia. Hoy, al leerlos juntos, resulta inevitable preguntarse cuántas melodías, cuántas reuniones y cuántas historias quedaron fuera de los registros.

Cuando el baile también contaba quiénes eran

La tradición no se expresaba solamente a través de los instrumentos.

Entre quienes se destacaron en las danzas folclóricas aparece el profesor Devaris Corbalán. Su profesión era la de profesor de educación física, pero también tuvo una destacada actuación como bailarín en el grupo de arte nativo de Andrés Chazarreta.

Por esa trayectoria fue homenajeado posteriormente con el cuerpo de danzas de Piri Sabalza. Entre las mujeres vinculadas a estas expresiones aparecen también la señora de Morellini y la profesora Zenaida C. de Zalazar.

Hacia la década de 1970, la actividad de distintos conjuntos continuaba aportando a la vida cultural de la región. Entre ellos estaban los "Arrieros del Quebrachal", de Fernández; los "Cantores de Ashpa Sinchi", de Forres; y los conjuntos de Teófilo Juárez y de los Hermanos Noriega, también de Forres.

La tradición, entonces, no era una pieza quieta del pasado. Sigue circulando.

La fe también terminó en baile

Hay otra escena que permite entender mejor cómo se vivía aquella cultura: las fiestas religiosas.

Quedan en el recuerdo las celebraciones navideñas con pesebre en la casa de doña Petronila de Corbalán; la fiesta de la Virgen del Valle, en la casa de doña Clemira de Coronel; y la festividad de la Virgen de los Remedios, en la casa de doña Cornelia Campos.

Pero esas reuniones no terminaban necesariamente con la ceremonia religiosa.

Después llegaba el baile.

Allí mostraron sus habilidades los bailarines criollos: Guillermo Ruiz, el "Rubio" Zamora, José Corbalán, don Jesús Fernández, señalado como fundador del pueblo, Alfonso Ledesma, Claudio y Maximiliano Arredondo, la "Rubia" Ángel, la "Ali" Lastra y la "Puñila" Cabezas.

También se recuerdan parejas como Clodomiro Santillán y don "Chipi" junto a Dalmira Álvarez, distinguida y elegante bailarina criolla.

La escena permite imaginar hasta qué punto las celebraciones formaban parte de la vida comunitaria. La religión, la música y el baile no aparecen como mundos separados. Se encontraron en una misma fiesta.

Frac, vestidos largos y orquestas de Tucumán

Las fiestas patrias tenían, además, un aire particular.

Por aquellos años se contrataban orquestas provenientes de Tucumán. Se bailaban mazurcas, chotis, habaneras, valses, lanceros, "la condición" y otros ritmos.

A esas celebraciones concurrían familias de tradición aristocrática como los Battán, Pinto, Beltrán, Pereyra, Arredondo, Montenegro, Álvarez, Ávila, Guzmán y Correa, además de otras familias provenientes de la ciudad Capital.

Y la vestimenta también decía mucho de aquellos encuentros.

Los caballeros asistían con frac, fumando o levita. Las damas llevaban los vestidos largos de la época, con encajes y cola. Eran bailes de rigurosa etiqueta, muy distintos de otras formas de celebración popular que convivían en la misma región.

Ese contraste también forma parte de la memoria. En un mismo territorio podrían encontrarse la vidala, el bombo y la guitarra, pero también los bailes de etiqueta, las orquestas contratadas y las modas sociales de una época.

Lo que queda cuando pasa el tiempo

Quizás el mayor valor de recuperar estos nombres y estas costumbres esté justamente en aquello que el paso del tiempo suele borrar.

Los pueblos no conservan su memoria solamente en grandes acontecimientos. También la guardan en sus canciones, en sus fiestas, en los músicos que tocaron durante años, en los bailarines que fueron reconocidos por su destreza y en las familias que abrieron sus casas para celebrar una tradición religiosa.

¿Qué queda de todo aquello cuando desaparecen quienes lo vivieron?

Quedan los nombres. Quedan los relatos. Quedan algunos documentos. Y queda, sobre todo, la posibilidad de volver a mirar ese pasado para comprender de dónde vienen ciertas formas de sentir y de celebrar un lugar.

Porque recuperar estas historias no es simplemente recordar una época que ya no existe. Es devolverles presencia a quienes ayudaron a construir la cultura cotidiana de Fernández.

Y quizás allí esté el sentido más profundo de la memoria: volver a nombrar aquello que el tiempo estuvo a punto de llevarse consigo.

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

La pena del agua quieta

 Inspirado en el poema "El dolor de las represas", de Cristóforo Juárez.


Nadie sabía desde cuándo estaba allí. La represa se encontraba detrás del monte, cerca de un pequeño camino de tierra que los hombres usaban para llegar hasta sus casas. Durante el día, su agua parecía tranquila y silenciosa. Los animales se acercaban a beber, las mujeres llenaban sus cántaros y los muchachos buscaban en sus orillas un poco de sombra durante las tardes de verano.

Pero cuando caía la noche, la represa parecía convertirse en otra cosa.

Una tarde, poco antes de que desapareciera el sol, una muchacha llamada Rosa llegó hasta la orilla. Había ido a buscar agua, pero se quedó un rato mirando la superficie. El cielo comenzaba a llenarse de colores y las primeras estrellas aparecían detrás de los árboles.

Rosa conocía bien aquella represa. Desde niña había escuchado decir que, cuando había luna llena, el agua guardaba las estrellas durante toda la noche. A ella le gustaba creerlo.

Se sentó bajo un algarrobo y se quedó mirando. La represa estaba hermosa. La luna parecía descansar sobre el agua y las estrellas se movían cada vez que una pequeña brisa pasaba sobre la superficie. Por un momento, Rosa tuvo la sensación de que aquella agua estaba viva.

Entonces recordó algo que su abuelo le había dicho muchos años atrás: el agua también tiene sus penas. Nunca había entendido aquellas palabras. Esa noche comenzó a hacerlo.

Mientras miraba la represa, imaginó que aquel lugar debía sentirse prisionero. Tenía agua, pero no podía correr. Tenía cielo, pero no podía alcanzarlo. Tenía estrellas, pero solo podía verlas cuando se reflejaban sobre su superficie. Al amanecer, todo desaparecía y la represa quedaba otra vez sola.

Los días pasaron y la sequía comenzó a hacerse sentir. El calor endureció la tierra y los animales llegaban cada vez más sedientos. Los hombres comenzaron a sacar agua con mayor frecuencia. Cada cántaro que se llenaba dejaba la represa un poco más vacía.

Rosa empezó a preocuparse.

Una tarde llegó hasta la orilla y vio que el nivel del agua había bajado mucho. Las marcas de humedad en la tierra mostraban hasta dónde había llegado semanas atrás. Por primera vez sintió que la represa podía morir.

Esa noche se quedó junto al agua hasta después de la medianoche. Las estrellas volvieron a aparecer. La represa las recibió en silencio, como lo había hecho tantas veces. Pero Rosa sintió que había algo diferente. El agua parecía estar esperando.

De pronto, una tormenta se desató sobre el monte. El viento agitó los árboles y la lluvia cayó con fuerza. El agua comenzó a correr desde las lomas y entró en la represa. El nivel subió rápidamente.

Rosa, que había buscado refugio bajo el algarrobo, observó cómo el agua avanzaba. Entonces ocurrió algo que nunca había visto. Por uno de los bordes, la represa comenzó a desbordarse. Una pequeña corriente se abrió paso entre la tierra y empezó a avanzar hacia el campo.

Rosa corrió detrás de ella.

El agua siguió bajando por una pendiente, atravesó los pastos y desapareció entre los árboles. Por primera vez, la represa estaba dejando escapar una parte de sí misma.

Rosa comprendió entonces lo que su abuelo había querido decir. La pena de aquella agua no era solamente estar quieta. Era tener dentro de sí el deseo de avanzar y no encontrar un camino.

A la mañana siguiente, la tormenta había pasado. La represa volvía a estar tranquila. El cielo estaba limpio y las primeras luces del día comenzaban a borrar las estrellas. Pero algo había cambiado.

La pequeña corriente seguía allí. Era apenas un hilo de agua, pero avanzaba lentamente hacia el monte.

Rosa la miró durante largo rato antes de regresar a su casa.

Desde entonces, cada vez que llegaba la noche, volvía a la represa. Se sentaba bajo el algarrobo y miraba las estrellas reflejadas en el agua.

La represa seguía siendo una represa. Seguía quieta, seguía entregando su agua y seguía viendo desaparecer las estrellas cada mañana. Pero ya no parecía tan triste.

Había descubierto que, incluso dentro de sus límites, podía encontrar una salida.

Y mientras aquella pequeña corriente siguiera avanzando entre los pastos, una parte de ella también estaría viajando.

Tal vez esa era su forma de ser libre.

Música, bohemia y picardía santiagueña en las noches porteñas


El folclore está lleno de historias donde la pasión por el arte y el rebusque de todos los días van de la mano. Cuando vivían en Buenos Aires, los músicos santiagueños Carlos Saavedra y Carlos Carabajal la pasaron realmente mal en lo económico. Paraban en un hotel de mala muerte, tocaban solo por la comida y la plata no les alcanzaba ni para pagar la pieza.

Como no tenían un mango para saldar la deuda, se les ocurrió una salida bastante ingeniosa: irse sin pagar, pero sin levantar sospechas. Durante varios días sacaron la ropa de a poco y la fueron cambiando por piedras que juntaban de la calle, para que el placard mantuviera el peso. Una vez hecho el cambiazo, juntaron lo poco que les quedaba y se borraron.

El problema vino tiempo después, en plena actuación en una peña. Carabajal vio al dueño del hotel entre el público y le avisó en secreto a Saavedra que estaban al horno. Al terminar el show, el hotelero se les acercó y, lejos de armar un escándalo, les tiró una frase genial que quedó para el recuerdo: «Ehhh, muchachos... ¿cuándo van a retirar las piedras?».

La anécdota, contada entre risas por el propio Carlos Saavedra en sus shows, forma parte del libro inédito Anécdotas de folcloristas santiagueños, de Omar «Sapo» Estanciero.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Homenaje a Guillermo González, compositor extraordinario nacido en Villa Silípica

 



A carga de su bisnieta, Romy González, quien nos envió estas maravillosas palabras de Cristian Ramón Verduc.

"Gatito silipiquero, lindo pa' bailar. Lo mismo que Sol de Enero, parece quemar."

Cantaba Negrita Ledesma en un Domingo de Alero Quichua por Radio Nacional. Este hermoso gato, de Juan Carlos Carabajal y Orlando Gerez, relata parte de la vida en Villa Silípica, antigua e histórica población ubicada en el departamento del mismo nombre.

También dice: "Si toca Guillo González... ¿qué puede faltar?", en memoria de uno de sus grandes músicos: Guillermo González, prolífico autor silipiquero.

"A la fiesta de la Virgen nadie ha de faltar." Es verdad. Quien haya ido alguna vez a la fiesta de la Virgen de Monserrat habrá percibido que todos los habitantes de la Villa se involucran y participan en la fiesta patronal. Quien conoce la cantidad de pobladores se da cuenta de que en la fiesta hay mucha más gente que esa cantidad. Dice Juan Carlos Carabajal en su gato: "Paisanos de todas partes, se saben juntar. A la Virgen milagrosa quieren homenajear". Es verdad, pues se ve gente de la región y de lugares lejanos, como la capital provincial, y otros venidos de Buenos Aires, todos afanosos por llegar hasta la imagen.

"Bien alegre va la gente, bien montados los jinetes". Para concurrir al día de la fiesta de la Virgen hay que ir con la mejor ropa, montado en el mejor caballo, con los mejores arreos. No es ostentación; es respeto por la imagen, por la Iglesia, por los vecinos, por los visitantes y por la celebración misma. No es cuestión de ir así nomás, sin preparar, como si uno fuese un turista curioso nomás.

"Entre el ruido de los cuetes sale la procesión", temprano nomás, el día dos de febrero. Muy temprano en la mañana de este lunes fue celebrada la misa y después salió la procesión detrás de la sagrada imagen.

"Si en casa de los Ledesma se oye un bandoneón, es seguro que en la fiesta la gente muy animada ha de estar, como si nada, casi hasta el aclarar." Mucha gente hizo vigilia durante la noche anterior, esperando al son de guitarras, bombo, violín, bandoneón y caja vidalera, cantando y conversando.

Este año, el dos de febrero ha sido día lunes. Los vecinos de Villa Silípica, al igual que los de campos y pueblos vecinos, son agricultores que no siguen la rutina ciudadana, en la que tendrían que descansar durante el fin de semana y volver al trabajo el lunes. La agricultura y la ganadería no conocen fines de semana ni feriados, sino que su gente se organiza para no parar de trabajar ningún día del año y, aún así, participar en las fiestas tradicionales, especialmente las religiosas.

Si uno vive en la ciudad de Santiago del Estero, para llegar a Villa Silípica puede hacerlo de distintas maneras. La más fácil y directa sería con vehículo propio. Para ello, sale hacia el sur por la avenida Belgrano, pasa por El Zanjón, Yanda, Santa María, La Abrita, Árraga y llega a Simbol. En la escuela de Simbol, entra hacia la izquierda por la ruta enripiada y avanza unos seis kilómetros, sin apurarse demasiado para no mandar tierra a las casas vecinas de la ruta y por posibles animales sueltos.

Si uno va en ómnibus, puede viajar en el que va dos veces por día hasta Sumamao y bajarse directamente en Villa Silípica, después de haber pasado por los lugares mencionados. De Silípica, ese colectivo sigue hacia Sumamao por una ruta interna enripiada. También puede tomar un ómnibus de línea o alguno de los vehículos utilitarios que hacen el servicio hacia Loreto, para bajarse en Simbol. El vehículo seguirá hacia el sur hasta llegar a Loreto, distante poco más de veinte kilómetros de Símbolo.

Cuando uno se ha bajado en Simbol, si es día de fiesta patronal, encontrará automóviles, camionetas y sulkys prontos para llevar pasajeros hasta la Villa por un precio bastante bajo. Entonces podrás disfrutar del paisaje de monte que, por trechos, quiere avanzar sobre la polvorienta ruta. De vez en cuando aparecerá una casa, con su represa, que en estos días está quishqui (muy llena, repleta) de agua. Un poco más allá se verá un sembrado.

Así, mirando el paisaje ya la espera de ver cruzar algún zorro, algún zorrino, algún ckoy (cuis) u otro animalito silvestre, se encontrará con un gran espacio abierto, que hace las veces de plaza y cancha, enfrente de la iglesia del pueblo. Antes habrá pasado ante un cartel que da la bienvenida y una inscripción en un muro con el mismo mensaje amable.

Si es dos de febrero y llega temprano, al amanecer, verás que en la iglesia comienza o está por comenzar la misa. Las dos campanas del templo tañen anunciando el oficio religioso. Una vez terminada la misa, los fieles y el párroco sacan la imagen de la Virgen de Monserrat en procesión. A la sombra de los árboles, caballos de montar y los de tiro de los sulkys esperan pacientemente, paciendo.

Después de la procesión, la gente se divide: unos vuelven a su casa, otros van a ver la feria de artesanías, otros van debajo de la gran carpa que reemplaza a los antiguos ramadones y se disponen a compartir comida y bebida; otros, venidos de otros pueblos, ciudades o parajes, aprovecharán para visitar amigos residentes en la Villa.

Muchos están desde la noche anterior, haciendo vigilia al son de los instrumentos musicales y el canto criollo, al calor de fogones y conversación amable. Llegaron desde los pueblos vecinos y algunos desde Buenos Aires. Para el silipiquero, el 2 de febrero y su novena son el acontecimiento esperado durante todo el año.

Tradicionalmente, la novena comienza el 2 de febrero y termina el día 10. Durante ese tiempo, celebran misa por la mañana y, por la tarde, la Salve. En los últimos tres años, por razones que ya están resueltas, la novena comenzó el día 24 de enero, para terminar el dos de febrero. La comunidad está contenta con la vuelta a la antigua costumbre.

Después del oficio religioso, hay música, canto, alegría por los reencuentros, mesas compartidas, vida en camaradería entre vecinos y con los visitantes. Quien llegó de la ciudad, si ha ido en un transporte público y se ha quedado hasta después de terminados los recorridos de ómnibus, seguramente hasta entonces se habrá relacionado con buena gente que le va a resolver el viaje hasta Santiago, o por lo menos hasta Simbol, de donde es muy fácil viajar hacia la ciudad Capital. Mientras tanto, en Villa Silípica continúa la fiesta.

La fiesta es bailable, con casi todo tipo de música, pero la que sobresale en el gusto popular es la música criolla de nuestra provincia. Cuando uno vuelve a la casa, aún suena en su cabeza y en su corazón lo vivido en Villa Silípica y, ya en casa, se dormirá canturreando mentalmente:

"Gatito silipiquero,
¡qué lindo pa' bailar!"

 

 

lunes, 7 de septiembre de 2026

El poeta de las tardes amarillas: Vida, obra y resistencia de Dalmiro Coronel Lugones

 


Olvidado por las instituciones, pero sostenido por la memoria popular, Dalmiro Coronel Lugones se levanta como una de las voces más potentes de Santiago del Estero. Hay creadores que habitan los anaqueles del olvido oficial, y otros que persisten en la respiración de su pueblo: allí germina su figura. Su voz no demanda homenajes de mármol; le basta el latido de una zamba, el susurro de un romance o la simple mención del monte para encender de nuevo su presencia.

Un tributo en Sumampa devolvió su melodía al viento. Durante la consagración de la Patrona de la provincia, la voz joven de Sergio Luna rescató "A la Virgen de Sumampa", obra compuesta en 1965 y preservada en la penumbra de los años. Entre la devoción popular y las luces del santuario, la palabra de Dalmiro volvió a hacerse carne, marcando el inicio de un itinerario hacia el corazón de su memoria.

Aquel hallazgo condujo a La Banda, a la mítica calle Alberdi. La búsqueda de unos discos derivó en el encuentro con Cergio Coronel, hermano menor del poeta, quien a sus 84 años custodiaba el archivo afectivo de la familia. Entre retratos y vivencias, emergió la estampa del escritor nocturno, aquel que envelaba las madrugadas frente a la máquina de escribir para dejar constancia de los fantasmas y bellezas de su tierra.

Nacido el 6 de julio de 1919, tataranieto de héroes de la Independencia, Dalmiro mamó la poesía en la inmensidad del patio paterno. A los once años vertía en versos el amor a su madre, doña Anselma, y el respeto entrañable hacia don José Pío, su guía fundamental. Ese universo doméstico, arbolado y terroso, moldeó la mirada del orador brillante, del estudiante de Derecho que deslumbró en Buenos Aires, del lector voraz en lenguas diversas y del militante perdedor de sosiegos que pagó caro su compromiso con las causas del pueblo.

Consagrado como el poeta épico de la santiagueñidad, su obra trasciende la mera acuarela costumbrista para erigirse en un tratado simbolista. Como bien señaló Adolfo "Bebe" Ponti, en su pluma el hombre y la geografía forman una sola entidad insostenible sin la presencia del otro. Sus versos no describen el monte o el salitral: los padecen, los celebran y los salvan de la nada. "Romance de mis tardes amarillas" y "Romance del río Dulce" se integraron al cancionero de Los Manseros Santiagueños, Raly Barrionuevo y Juan Carlos Carabajal, transformando el papel en canto colectivo.

Esa consagración tuvo su testimonio más fiel en el Sirio Libanés de La Banda, cuando la multitud desbordó el recinto para escuchar su voz afónica y magisterial. Sabía Dalmiro que la poesía sin mensaje carece de destino, y por eso eligió el romance castellano para dar voz a los mitos del sachayoj, la almita o el kakuy, entrelazando la tradición oral con la más alta exigencia literaria.

A pesar de haber recibido distinciones nacionales y la Gran Cruz de Caballero en España, de sus quinientas composiciones solo una porción mínima vio la luz en libros como Romancero del canto nativo y Tiempo de zamba y malambo. El resto permanece en el arcón de lo inédito. Hoy, cuando la tala indiscriminada desdibuja el mapa del monte que él caminó y describió con precisión de botánico y pasión de profeta, sus textos adquieren un valor de trinchera ecológica y cultural.

Ni el silencio impuesto por el centralismo ni la indiferencia de los catálogos oficiales pudieron apagar su fuego. Dalmiro Coronel Lugones no pertenece al ayer. Vive en cada guitarra que se afina al atardecer, en cada aula que nombra la tierra y en cada santiagueño que reconoce en su zamba la geografía intima de su propio corazón.

 

La pucha con el hombre: cuando la canción popular desnuda la contradicción humana

Hace más de 35 años, en un día de diciembre de 1986, nació una canción que no se quedó en los discos, sino que entró en la piel de quienes la escuchan. La pucha con el hombre, un escondido que se convirtió en un espejo de la condición humana, fue obra de Pablo Raúl Trullenque y Saúl “Cuti” Carabajal. No es solo una canción, es una conversación entre dos voces que, sin pretenderlo, nos descubrieron a nosotros mismos.

#LaPuchaConElHombre #FolkloreQueAbraza #CulturaSantiagueña #CancionesQueQuedan #FolkloreArgentino


Hay canciones que se limitan a sonar y otras que se transforman en verdaderos refugios. "La pucha con el hombre" pertenece a esta última clase: no busca entretener, nos mira directo a los ojos y sacude nuestras certezas con interrogantes devastadores: ¿qué nos define realmente como humanos? ¿Por qué cargamos con una contradicción tan destructiva? La respuesta no descansa en la letra, sino en el peso de la interpretación, el tono elegido y ese silencio abrumador que sobreviene al apagar la música.

Pablo Raúl Trullenque nació en Santiago del Estero el 15 de enero de 1934. La ausencia marcó su vida desde el origen: quedó huérfano de padre a los cuatro meses. Creció bajo la tutela intelectual de don Julio Argentino Jerez —autor de "Añoranzas"—, y antes de ser la voz filosófica de su tierra, se ganó la vida en la calle como lustrabotas, vendedor de diarios y ayudante de sastre. Esa crudeza cotidiana esculpió una sensibilidad poética única.

Tras moldear su talento animando fiestas y recitando sus propias glosas, en 1957 migró a Buenos Aires. Allí unió fuerzas con Roberto Rimoldi Fraga para gestar obras de fuerte arraigo como "Argentino hasta la muerte" y "Revuelo de ponchos rojos". Sin embargo, su mayor esplendor surgió al consagrarse como el pensador más profundo del folklore santiagueño.

En paralelo, Saúl “Cuti” Carabajal crecía en el barrio Los Lagos de La Banda. Nacido el 3 de marzo de 1947 como el menor de doce hermanos, la música fue su destino inevitable. Fundó "Los Changuitos" a los 13 años con su hermano Kali, creó Los Carabajal en 1967 junto a Agustín, Carlos y Kali, y tras un paso clave por Los Manseros Santiagueños, se estableció como un pilar autoral con obras como "Ciudad de La Banda" y "Santiago chango moreno".

El 18 de diciembre de 1986, con ambos creadores cargando años de ruta y desencantos, nació "La pucha con el hombre". La canción arranca con una sentencia desgarradora: “El hombre nace y muere a veces sin vivir”. ¿Acaso hay frustración mayor que llegar al final descubriendo que jamás se habitó la propia existencia? ¿Cuántas vidas se escapan pasando de la niñez a la vejez sin rozar la felicidad, buscándola en horizontes lejanos mientras se diluye al lado nuestro?

Trullenque no suaviza el diagnóstico:

“Tropieza tantas veces en una misma piedra / Fruta es que llega a pasar sin madurar”.

Es el retrato de nuestra propia impotencia: repetir el error, caer en el mismo tropiezo y pudrirse sin haber alcanzado la madurez. Sin embargo, en esa misma naturaleza habita un contraste abismal: “Es muy capaz de dar la vida o de matar”. Somos un río que fluye a ciegas entre la nobleza y el horror.

El hito más crudo y revelador del poema sentencia: “Solo se diferencia del reino animal / Porque es el hombre el único capaz de odiar”. Una verdad incómoda que nos despoja de toda superioridad moral. Pero cuando el abismo parece definitivo, la obra rescata el deseo de redención: mientras el ser humano conserve la capacidad de asombrarse, llorar y reír, seguirá siendo la fantasía que Dios creó. Aun en la ruina de sus contradicciones, late la capacidad intacta de amar, crear y soñar.

Impacto cultural

El impacto de este himno traspasó los límites del género musical:

  • En la academia: Se volvió objeto de análisis en universidades y centros de investigación. Académicas como María Elena de la Fuente destacaron su precisión para condensar la condición humana en un solo verso, convirtiéndola en pieza clave para la crítica social.
  • En lo social: Resonó con fuerza durante la incertidumbre de los años 80 y 90. Se entonó en bares, peñas y casas con el fervor de una confesión íntima, dando voz a quienes buscaban desesperadamente un sentido en medio de profundas crisis económicas y sociales.
  • En el arte: Dejó una marca imborrable en referentes como Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui y León Gieco, impulsando a nuevas generaciones a abandonar la superficialidad comercial para cantarle a los abismos del alma.

En una época obsesionada con el consumo efímero y el éxito distante, "La pucha con el hombre" opera como un espejo implacable. Nos confronta con una última pregunta: ¿somos apenas una fantasía fallida, o es precisamente esta contradicción entre odiar y amar, entre destruir y soñar, la única fuerza capaz de transformar el mundo?

 

Fortunato Juárez: Creador de identidad y cantor de la tradición santiagueña

 


Don Fortunato Juárez nació el 9 de enero de 1925 en Villa San Martín, Loreto. Toda su familia provenía de la histórica Villa Loreto, un rincón donde el quichua y el castellano se entrelazaban en el habla cotidiana de una “gente feliz, de paz y respeto”. Sin embargo, aquella armonía sufrió un vuelco inevitable: en 1907, casi toda la población se vio obligada a abandonar su tierra para trasladarse al emplazamiento actual. ¿Cómo no arraigarse a la identidad cuando el hogar debe reconstruirse desde las raíces?

En su hogar, la música y el trabajo se heredaban. Su abuelo materno —Tatacu Carmen— y su padre eran carpinteros y músicos, mientras que sus hermanos también abrazaron el folclore. Al crecer en ese ambiente de cuerdas y serrín, nació en él un deseo irrefrenable: emular a sus mayores. Cada día era una búsqueda constante, un aprendizaje nuevo con la guitarra que se profundizó al mudarse a la ciudad de Santiago del Estero, donde debió sostenerse ejerciendo distintos oficios.

Entonces sobrevino el golpe. Un accidente de trabajo en una empresa textil le arrebató una falange del índice de su mano izquierda. Para un guitarrista, una pérdida de tal magnitud amenazaba con silenciar su pasión para siempre. Pero el freno físico no quebró su impulso: continuó tocando y cantando contra todo pronóstico. Con el conjunto Los Hermanos Juárez, recorrió el país entero llevando la música tradicional santiagueña e incorporando las creaciones que nacían de su talento y el de Higinio Juárez.

Su entrega a la música no conocía pausas. Cuando no actuaba con sus hermanos, Don Fortunato aceptaba cualquier invitación para cantar, integrándose a grupos costumbristas. Cada domingo que permanecía en Santiago, llegaba puntualmente a la radio, guitarra en mano, para encontrarse con la gente del Alero Quichua Santiagueño.

En los inicios del Alero Quichua, estuvo profundamente unido al grupo nativista. Más tarde, asumió el compromiso de asesorar al Secretario de la Comisión Directiva en el manejo correcto de libros, documentos y trámites. Integró además el elenco de la obra Casarácoj (El Casamiento), de Don Carlos Maldonado. Fue en ese tiempo de viajes compartidos por la provincia y Buenos Aires donde la gente del Alero descubrió la verdadera magnitud de su figura: un gran creador marcado por una personalidad de enorme humildad y sencillez.

Sus obras terminaron conquistando los escenarios del país. Títulos como Bienhaiga con el Mocito, Para mi Pago, De Ahicito, Así era mi Mama, Loretano Soy, El Violín de Tatacu, Chacarera del Chilalo, El Huajchito, Sumampa Viejo, Plaza Libertad, Soy Santiagueño que Vuelve, El Linyerita o Paisanita de mi Pago son solo una muestra del vasto repertorio criollo que legó.

Don Fortunato Juárez falleció en Santiago del Estero el 7 de septiembre de 2000, a las tres de la tarde.

Más allá de firmar páginas inolvidables para el cancionero argentino, dedicó su vida a formar a nuevos guitarreros y cantores. Fue una labor silenciosa, sin estridencias, pero de un impacto profundo: esa siembra constante a lo largo de su vida no quedó en el olvido, y aún hoy sigue dando frutos.

 

Fuente: Víctor HugoSayago

viernes, 4 de septiembre de 2026

Blanca Carabajal Espeche, Suray: una voz santiagueña que salió a recorrer el mundo

 


Hay nombres que quedan ligados para siempre a una tierra. Nombres que, aunque hayan viajado lejos, parecen conservar el aroma del monte, el sonido de una guitarra y esa manera tan particular que tiene Santiago del Estero de contar sus historias.

Uno de esos nombres es el de Blanca Carabajal Espeche.

El 2 de septiembre de 1932, en Laprida, departamento Choya, nacía esta cantante, profesora de literatura y artista santiagueña que, con el tiempo, sería conocida por su nombre artístico: "Suray".

Desde aquel pequeño rincón de Santiago del Estero hasta los escenarios de Europa, Sudamérica y la Unión Soviética, su vida estuvo atravesada por la música, la literatura y una profunda relación con la cultura popular.

Una hija del monte y de las palabras

Blanca era hija de José Víctor Carabajal, de oficio arriero, e Isolina Espeche.

Su historia familiar estaba vinculada a esa Santiago profunda de caminos de tierra, largas distancias y hombres que conocían el monte y sus secretos. Era una tierra donde las historias viajaban de boca en boca y donde una guitarra podía decir tanto como un libro.

Tal vez por eso no resulte extraño que Blanca encontrara en la música y en la literatura dos maneras de expresar aquello que llevaba adentro.

Con los años eligió el nombre de "Suray" para presentarse artísticamente. El seudónimo fue creado por ella misma a partir de las sílabas iniciales de la palabra quechua "suyay" y la sílaba final de "churay".

Pero la historia tenía todavía una vuelta más.

Tiempo después, el escritor y folklorista José Ramón Luna le explicó que "suray" significaba "lirio del valle".

Y aquel nombre terminó quedándole como anillo al dedo. Tenía algo de paisaje, de naturaleza y de poesía.

La voz santiagueña que llegó a la radio

Durante la década de 1950, Suray comenzó a consolidar su trayectoria artística y cultural.

En 1959 se desempeñó como asesora literaria en Radio Nacional. Allí pudo unir sus dos grandes caminos: la palabra y la música.

La radio era entonces mucho más que un medio de comunicación. Era una ventana abierta al país. A través de ella, las voces de los artistas podían llegar a lugares donde jamás habían pisado.

Y Suray supo aprovechar ese espacio.

Su formación como profesora de literatura le daba una mirada particular. No se trataba solamente de cantar. También estaba la palabra, la poesía, la historia y esa necesidad de preservar las expresiones de una cultura que se transmitía de generación en generación.

Santiago en la valija

En 1962 llegó uno de los momentos más importantes de su carrera.

Blanca viajó a Italia becada para estudiar idioma y literatura italiana. Para una mujer nacida en Laprida, aquella experiencia significaba cruzar un océano y encontrarse con un mundo completamente diferente.

Pero hay algo que suele ocurrir con quienes llevan una tierra adentro: cuando se alejan, las raíces se hacen todavía más presentes.

De regreso en la Argentina, Suray participó en el programa "Argentina canta y baila", continuando una carrera que ya comenzaba a tener una dimensión nacional.

Poco después volvió a Europa. Actuó en Francia y España y, más tarde, emprendió una gira por distintos países de Sudamérica.

La muchacha de Laprida se había convertido en una artista viajera.

Y aunque los mapas fueran cambiando, había algo que permanecía con ella: la identidad de una tierra que sabía de chacareras, de coplas, de poesía y de noches largas alrededor de una guitarra.

Hasta la Unión Soviética llegó su canto

En 1971, Suray protagonizó uno de los episodios más llamativos de su trayectoria.

Viajó por distintas ciudades de la Unión Soviética, acompañada en guitarra por Alberto Favier.

Pensar en aquella época ayuda a dimensionar el viaje. No eran tiempos de comunicaciones instantáneas ni de redes sociales. Llegar desde Santiago del Estero hasta escenarios tan lejanos implicaba una verdadera aventura.

Y allí estuvo ella, llevando su música y su manera de interpretar la cultura argentina a miles de kilómetros de su lugar de nacimiento.

Desde Laprida hasta Europa. Desde Santiago del Estero hasta la Unión Soviética.

El camino había sido largo.

"Tres cuerdas y el ayer"

La radio volvió a ocupar un lugar importante en su vida.

En Radio Nacional participó del ciclo "Tres cuerdas y el ayer", junto a Suma Paz y Alma García.

El nombre del programa parece casi una invitación a mirar hacia atrás. Tres cuerdas, una guitarra, una voz y toda una memoria detrás.

Porque el folklore tiene justamente eso: la capacidad de traer el pasado al presente. Una canción puede recuperar una historia, una costumbre, un paisaje o el recuerdo de alguien que ya no está.

Suray también creó y dirigió su propio espacio, "Los cantos rodados de Suray".

Desde allí continuó trabajando con la palabra y la música, dos elementos que habían acompañado su vida desde sus primeros años.

Una mujer que llevó su tierra consigo

Blanca Carabajal Espeche falleció el 20 de marzo de 2002, en Tigre, provincia de Buenos Aires.

Se fue una mujer que había nacido en Laprida y que llegó mucho más lejos de lo que probablemente podían imaginar aquellos primeros caminos de su infancia.

Pero su historia no puede medirse solamente en kilómetros recorridos ni en escenarios visitados.

Hay algo más profundo.

Suray fue parte de esa generación de artistas que entendieron que el folklore no era simplemente un repertorio de canciones. Era una forma de conservar la memoria, de contar quiénes somos y de mantener unido al presente con aquello que viene de lejos.

Y en su caso, esa tarea estuvo acompañada por la literatura, la radio y la música.

Quizás por eso, cuando se pronuncia su nombre, es inevitable volver mentalmente a Santiago del Estero. A Laprida. Al monte. A los caminos por donde alguna vez transitó su padre arriero. A una guitarra sonando en la distancia.

Porque hay artistas que viajan y dejan atrás su lugar de origen.

Y hay otros que viajan llevando su tierra consigo.

Suray fue de estos últimos.

Nació en Santiago del Estero, recorrió el mundo y, allá donde estuvo, llevó consigo una parte de aquella tierra donde había comenzado todo.

domingo, 30 de agosto de 2026

La Luz Mala: entre el espanto del campo y la ciencia de los gases



Si alguna vez anduviste de noche por el campo, sabés bien lo que se siente. Esa oscuridad cerrada, profunda, que parece tragarse el camino y todo lo que queda alrededor. Y si alguna vez, en medio de esa penumbra, viste un resplandor flotando a lo lejos, seguramente entendés por qué la historia de la Luz Mala sigue dando que hablar.

La Luz Mala -o Ailen Mulelo, como la llamaban algunos pueblos originarios- es una de esas leyendas profundamente arraigadas en el folklore rural argentino. Se transmitió de generación en generación y todavía aparece, de tanto en tanto, en alguna conversación alrededor de un fogón.

Pero detrás de aquellos resplandores queda una pregunta difícil de evitar: ¿eran realmente una presencia del mundo de los muertos o había algo más concreto detrás de esas luces que aparecían en plena noche?

Ahí se encuentran dos maneras muy distintas de interpretar un mismo fenómeno. La tradición encontró una explicación en el mundo sobrenatural. La ciencia buscó las causas en la naturaleza.

Una luz vinculada al mundo de los muertos

Para las comunidades originarias, encontrarse con uno de estos fuegos fatuos no era algo que pudiera tomarse a la ligera. En mapudungun recibió el nombre de Ailen Mulelo, una expresión vinculada a ailliñ, "brasa", y amulen, "andar" o "caminar". De ahí surge esa imagen: la "brasa ardiente que camina".

En otras regiones del interior también se la conoció como Boy Tata.

Ver una de estas luces en medio de un sendero podía ser motivo suficiente para no volver a pasar por ese lugar durante mucho tiempo. Dentro de esa cosmovisión, no era simplemente una curiosidad nocturna, sino una posible manifestación del mundo de los muertos.

Por eso la reacción no era acercarse para averiguar qué ocurría. Era mantener distancia y respetar aquello que no podía comprenderse.

El alma que no encontraba descanso

Con el tiempo, la tradición criolla transformó aquella creencia en una historia de almas en pena.

Según esta versión, la Luz Mala era el espíritu de una persona que había quedado atrapada en una especie de punto intermedio. Había cometido faltas durante su vida, pero no lo suficientemente graves como para condenarla al infierno ni tan leves como para permitirle alcanzar el cielo.

El alma quedaba entonces vagando por la pampa, sin encontrar descanso.

La tradición decía que buscaba acercarse a los vivos porque necesitaba compañía. Esperaba que algún familiar, amigo o ser querido realizara una buena obra en su nombre. Solo así podría alcanzar la redención y abandonar este mundo.

La explicación tenía, por lo tanto, una dimensión moral. Aquella luz no era solamente algo que aparecía en la oscuridad: era la señal de alguien que todavía tenía una deuda pendiente.

La explicación científica

La ciencia propone una interpretación muy diferente.

En determinados ambientes, esos resplandores pueden relacionarse con fenómenos naturales concretos. Uno de ellos son las emanaciones de metano, especialmente frecuentes en terrenos anegados o pantanosos, como los existentes en sectores de la Bahía de Samborombón.

También pueden intervenir los gases producidos por la descomposición de materia orgánica. Restos vegetales, animales o grasas que se descomponen a poca profundidad pueden liberar distintos gases que, bajo determinadas condiciones, producen pequeñas luminiscencias o destellos al entrar en contacto con el aire.

Otra explicación que durante mucho tiempo alimentó la leyenda fue la fosforescencia asociada a determinadas osamentas y restos orgánicos.

Desde esta perspectiva, no hay un espíritu que intenta comunicarse con los vivos. Hay procesos naturales que, bajo ciertas condiciones, pueden generar un fenómeno luminoso.

El cambio de mirada es profundo: donde la tradición veía una presencia, la ciencia busca una causa.

Cuando la oscuridad modifica lo que vemos

La explicación tampoco termina en los gases o en la materia orgánica. La propia noche puede hacer que una luz resulte mucho más difícil de interpretar.

Una brisa apenas perceptible puede desplazar los gases y hacer que el resplandor parezca moverse. La falta de referencias dificulta calcular las distancias y una luz que permanece lejos puede parecer más cercana o incluso cambiar de posición.

A eso se suman el cansancio de la vista y la oscuridad absoluta.

Y está el miedo.

Cuando alguien se encuentra solo en medio del campo y ve una luz que no consigue explicar, la imaginación completa aquello que los ojos no alcanzan a distinguir. Un fenómeno natural puede convertirse así en una experiencia inquietante.

La leyenda encontró en esa incertidumbre un terreno ideal para crecer.

Dos explicaciones para una misma escena

La ciencia puede estudiar los gases, la materia orgánica y las condiciones ambientales capaces de producir una luminiscencia. La tradición, en cambio, le dio a esa luz un significado.

Una hablaba de fenómenos naturales. La otra, de almas que no habían conseguido descansar.

No son solamente dos respuestas diferentes. También son dos formas de enfrentarse a lo desconocido.

Cuando no existía una explicación científica disponible, la leyenda permitía interpretar aquello que aparecía en la oscuridad. Le daba un origen, una intención y hasta una manera de protegerse.

Por eso el conocimiento de posibles causas naturales no hizo desaparecer la historia.

La ciencia puede explicar cómo podría producirse el resplandor. La leyenda conserva la pregunta que durante generaciones acompañó a quienes lo veían: ¿qué significa esa luz que aparece sola, lejos, en medio de la noche?

El contrahechizo del paisano

Frente a aquello que escapaba a toda explicación, el paisano también tenía sus propios recursos.

Según la tradición, había que actuar rápido: encomendarse a Dios con un rezo entre dientes y morder de inmediato la vaina del cuchillo.

El acero ocupaba un lugar especial en ese imaginario. Era una defensa frente a lo desconocido, una manera concreta de hacer frente a aquello que no podía identificarse.

El detalle resulta revelador. No hacía falta saber exactamente qué era aquella luz. Bastaba con no saber qué podía ser.

Una misma luz, dos maneras de mirarla

La Luz Mala quedó entre dos interpretaciones que siguen conviviendo en el imaginario popular.

Para la tradición, podía ser un alma en pena que necesitaba de los vivos para encontrar descanso. Para la ciencia, podía tratarse de un fenómeno natural relacionado con gases, materia orgánica y determinadas condiciones ambientales.

El punto de partida es el mismo: una luz aparece en medio del campo.

Lo que cambia es la pregunta.

La tradición preguntaba quién estaba allí. La ciencia pregunta qué estaba ocurriendo.

Durante generaciones, la primera pregunta alimentó la leyenda. La segunda permitió buscar una explicación natural.

Y, sin embargo, la escena conserva algo de aquella antigua inquietud: el campo oscuro, el camino vacío y un resplandor que aparece a lo lejos.

Podemos conocer las explicaciones científicas y entender los fenómenos que pueden producirlo. Pero eso no cambia el hecho de que, cuando una luz inesperada aparece en medio de la noche, todavía cuesta no mirarla dos veces.

Quizás ahí sobreviva la Luz Mala: no como una respuesta, sino como una vieja historia nacida en ese lugar donde termina lo conocido y empieza aquello que todavía no sabemos interpretar.