Hablar del folclore de Fernández y de las zonas alejadas del departamento Robles es entrar en una historia construida con muchas voces. Algunas quedaron registradas. Otras, apenas sobreviven en nombres, recuerdos y referencias dispersas. Pero todas forman parte de una misma trama: la de un pueblo donde la música, las danzas, las celebraciones religiosas y las reuniones sociales acompañaron la vida de varias generaciones.
Las investigaciones realizadas en Fernández y sus alrededores permiten establecer que el proceso folclórico se manifestó en distintos planos: la música, la danza, la poesía y otras expresiones vinculadas con la cultura popular. Sin embargo, esas manifestaciones no llegaron a configurar una identidad folclórica exclusiva de la zona. No hubo, según el material relevado, verdaderos creadores o instituciones que lograron delinear una perspectiva definitiva capaz de singularizarla.
Y ahí aparece una pregunta inevitable: ¿por qué?
Una posible explicación está en la propia historia de Fernández. La llegada del ferrocarril y la formación del pueblo incorporaron al medio social a pioneros de diferentes procedencias: dinamarqueses, italianos, españoles, eslavos, árabes, entre otros.
Ese encuentro de culturas modificó las formas en que se proyectaban las tradiciones. Muchos de esos nuevos habitantes no eran partícipes ni intérpretes de las costumbres heredadas de la tradición criolla. El resultado fue una identidad cultural atravesada por distintas influencias, donde lo folclórico no terminó de adquirir una forma única y reconocible.
Pero sería injusto pensar que por eso la tradición quedó relegada.
Muy por el contrario. Hubo músicos, cantores, bailarines y artesanos que mantuvieron vivo ese vínculo con lo nativo. Personas que, con sus instrumentos y sus saberes, hicieron posible que la música y las costumbres siguieran encontrando un lugar en la vida cotidiana.
Los nombres detrás de una tradición
Desde comienzos del siglo XX aparecen numerosos protagonistas de esa historia.
Están los Hermanos Artaza, violinistas y serenateros, uno de ellos ciego; Segundo Luna y José Concha, acordeonistas; y el ciego Monti, guitarrista y vidalero, además de luthier, dedicado a fabricar guitarras y arpas.
También aparecen Dolores Bravo de Beltrán y Tolentino Pereyra, arpistas; los Hermanos Orellana, de Lomitas, vinculados al violín y al bombo; Marcelo Peralta, vidalero; Miguel Vega y Luciano Gerez, ejecutantes de guitarra y triple; Cristóforo Ibáñez y José Corbalán, acordeonistas; y Cirilo Juárez, acordeonista de la zona de San Ramón.
La lista continúa con Fortunato Juárez, Basilio Juárez, Dalmacio Cruz y Juan Leguizamón, destacados ejecutantes del bombo; el ciego Umbides, violinero; Manuel y Miguel Lobos, acordeonistas; Pedro Acosta y Juan Cancio Rojas, vidaleros; Manuel y Juan Juárez, bandoneonistas; José Juárez, violinista; Venancio Ferreyra y Salín Chemes, guitarreros; y los Hermanos Ponce, vidaleros.
Son muchos nombres. Y justamente por eso adquirieron valor.
Porque detrás de cada uno hay una parte de esa cultura que alguna vez tuvo sonido, movimiento y presencia. Hoy, al leerlos juntos, resulta inevitable preguntarse cuántas melodías, cuántas reuniones y cuántas historias quedaron fuera de los registros.
Cuando el baile también contaba quiénes eran
La tradición no se expresaba solamente a través de los instrumentos.
Entre quienes se destacaron en las danzas folclóricas aparece el profesor Devaris Corbalán. Su profesión era la de profesor de educación física, pero también tuvo una destacada actuación como bailarín en el grupo de arte nativo de Andrés Chazarreta.
Por esa trayectoria fue homenajeado posteriormente con el cuerpo de danzas de Piri Sabalza. Entre las mujeres vinculadas a estas expresiones aparecen también la señora de Morellini y la profesora Zenaida C. de Zalazar.
Hacia la década de 1970, la actividad de distintos conjuntos continuaba aportando a la vida cultural de la región. Entre ellos estaban los "Arrieros del Quebrachal", de Fernández; los "Cantores de Ashpa Sinchi", de Forres; y los conjuntos de Teófilo Juárez y de los Hermanos Noriega, también de Forres.
La tradición, entonces, no era una pieza quieta del pasado. Sigue circulando.
La fe también terminó en baile
Hay otra escena que permite entender mejor cómo se vivía aquella cultura: las fiestas religiosas.
Quedan en el recuerdo las celebraciones navideñas con pesebre en la casa de doña Petronila de Corbalán; la fiesta de la Virgen del Valle, en la casa de doña Clemira de Coronel; y la festividad de la Virgen de los Remedios, en la casa de doña Cornelia Campos.
Pero esas reuniones no terminaban necesariamente con la ceremonia religiosa.
Después llegaba el baile.
Allí mostraron sus habilidades los bailarines criollos: Guillermo Ruiz, el "Rubio" Zamora, José Corbalán, don Jesús Fernández, señalado como fundador del pueblo, Alfonso Ledesma, Claudio y Maximiliano Arredondo, la "Rubia" Ángel, la "Ali" Lastra y la "Puñila" Cabezas.
También se recuerdan parejas como Clodomiro Santillán y don "Chipi" junto a Dalmira Álvarez, distinguida y elegante bailarina criolla.
La escena permite imaginar hasta qué punto las celebraciones formaban parte de la vida comunitaria. La religión, la música y el baile no aparecen como mundos separados. Se encontraron en una misma fiesta.
Frac, vestidos largos y orquestas de Tucumán
Las fiestas patrias tenían, además, un aire particular.
Por aquellos años se contrataban orquestas provenientes de Tucumán. Se bailaban mazurcas, chotis, habaneras, valses, lanceros, "la condición" y otros ritmos.
A esas celebraciones concurrían familias de tradición aristocrática como los Battán, Pinto, Beltrán, Pereyra, Arredondo, Montenegro, Álvarez, Ávila, Guzmán y Correa, además de otras familias provenientes de la ciudad Capital.
Y la vestimenta también decía mucho de aquellos encuentros.
Los caballeros asistían con frac, fumando o levita. Las damas llevaban los vestidos largos de la época, con encajes y cola. Eran bailes de rigurosa etiqueta, muy distintos de otras formas de celebración popular que convivían en la misma región.
Ese contraste también forma parte de la memoria. En un mismo territorio podrían encontrarse la vidala, el bombo y la guitarra, pero también los bailes de etiqueta, las orquestas contratadas y las modas sociales de una época.
Lo que queda cuando pasa el tiempo
Quizás el mayor valor de recuperar estos nombres y estas costumbres esté justamente en aquello que el paso del tiempo suele borrar.
Los pueblos no conservan su memoria solamente en grandes acontecimientos. También la guardan en sus canciones, en sus fiestas, en los músicos que tocaron durante años, en los bailarines que fueron reconocidos por su destreza y en las familias que abrieron sus casas para celebrar una tradición religiosa.
¿Qué queda de todo aquello cuando desaparecen quienes lo vivieron?
Quedan los nombres. Quedan los relatos. Quedan algunos documentos. Y queda, sobre todo, la posibilidad de volver a mirar ese pasado para comprender de dónde vienen ciertas formas de sentir y de celebrar un lugar.
Porque recuperar estas historias no es simplemente recordar una época que ya no existe. Es devolverles presencia a quienes ayudaron a construir la cultura cotidiana de Fernández.
Y quizás allí esté el sentido más profundo de la memoria: volver a nombrar aquello que el tiempo estuvo a punto de llevarse consigo.







