lunes, 9 de febrero de 2026

El miedo que nos habita: mitos, demonios y resistencia en el noroeste argentino

Un viaje al corazón del NOA para descubrir cómo los mitos populares —desde El Familiar hasta El Duende— no solo narran historias de terror, sino que también esconden las huellas de la colonización, la explotación laboral y la lucha por la identidad. Un ensayo cultural que conecta leyendas ancestrales con problemáticas sociales actuales como el suicidio adolescente, la violencia familiar y la dominación simbólica.



En los pueblos del noroeste argentino, cuando cae la noche, no solo oscurece el paisaje: también se despiertan las historias. Entre la neblina de las quebradas y el silencio de los cañadones, se escuchan relatos de un perro negro sin cabeza, de un niño con manos de hierro y lana, de una mujer convertida en mula. Estos no son solo cuentos para asustar a los más chicos; son mitos vivos que han moldeado por siglos el miedo, la fe y la resistencia de una región marcada por la conquista, el sincretismo religioso y la desigualdad.

Este artículo se sumerge en el universo simbólico del NOA para explorar cómo el miedo —traducido en figuras como el Diablo, el Supay o El Familiar— ha sido una herramienta de dominación, pero también un espacio de denuncia. A través de testimonios recogidos en pueblos como La Quiaca, Yavi y Los Zazos, y del análisis de investigadores como Griselda Barale, Wladimir Soriano y César Hazaki, descubrimos que detrás de cada leyenda hay una verdad social, a menudo dolorosa, que sigue vigente.

El sincretismo como herida y resistencia

La cultura popular del NOA es un tejido complejo donde se mezclan —a veces de manera violenta— la religión católica traída por los españoles y las creencias prehispánicas de los pueblos originarios. Este sincretismo no fue un proceso pacífico, sino una imposición. Como señala Griselda Barale, la cultura popular es “la trama tejida por el pueblo […] que no trasciende en la historia cuando ésta es considerada como la sucesión de hechos extraordinarios, pero que hace la historia con la fuerza de sus trabajos e ingenio” (Barale, 2009: 14).

Uno de los ejemplos más contundentes de esta imposición es la traducción de la palabra quechua Supay. Según el etnohistoriador peruano Wladimir Soriano, Supay significaba originalmente “alma de los muertos” o “sombra”, pero los evangelizadores lo tradujeron arbitrariamente como Diablo o Satanás, conceptos ajenos a la cosmovisión andina (Soriano, 2005: 121-153). Esta operación lingüística no fue inocente: organizó el pensamiento, introdujo el miedo al castigo divino y construyó una otredad demonizada.

Los mitos que caminan de noche

A través de entrevistas etnográficas realizadas en distintos pueblos, la autora Elisa Gianuzzi recopila cuatro mitos centrales que siguen vivos en el imaginario local:

El Duende: Un niño que murió sin bautizar, con una mano de hierro y otra de lana, que pregunta con cuál quieren ser golpeados. Su presencia se asocia con el castigo a los no bautizados y con la vigilancia moral.

El Familiar: Un perro negro, a veces sin cabeza, que ronda los ingenios azucareros. Según el mito, los patrones pactaban con el Diablo para obtener riquezas, y a cambio alimentaban al Familiar con un peón cada año. Este relato, como muestra el testimonio recogido por Forgione (2000), refleja la explotación y las “desapariciones” en los ingenios.

La Estancia Diabólica: Narra la historia de Nicu Argarañaz, un patrón que pacta con el diablo y cuya estancia termina en ruina y pobreza tras su muerte.

El Almamula: Una mujer convertida en animal como castigo por cometer incesto. Este mito, analizado por Ledesma (2010), carga sobre la figura femenina la responsabilidad de la transgresión y la culpa.

En todos ellos, el miedo es el eje. Un miedo que, como señala Alicia Lindón, se “espacializa”: hay paisajes del miedo —cañadones, cuevas, ingenios— que determinan conductas y marcan los límites entre lo permitido y lo prohibido.

El miedo como herramienta de dominación

Estos mitos no surgieron en el vacío. Tienen un contexto socioeconómico preciso. El Familiar, por ejemplo, se origina en los ingenios azucareros del siglo XIX, donde regía un sistema de semiesclavitud. Eduardo Rosenzvaig lo describe así: “Acá los peones estaban capturados de por vida por sus deudas […] la única forma de dejar el ingenio era fugarse” (Rosenzvaig, 1986: 280). El mito servía para aterrorizar a los trabajadores y justificar las desapariciones.

De manera similar, las figuras de Nicu Argarañaz y Felipe Ibarra —gobernador de Santiago del Estero— representan el autoritarismo paternalista que ofrecía protección a cambio de sumisión. Barale y Nader (1998) encuentran en estos relatos una estructura común: un pacto con el diablo, riqueza inicial, y luego caída, pobreza y éxodo.

Del mito a la realidad: suicidios, violencia y silencio

Uno de los aspectos más desgarradores de esta investigación es la conexión que establece entre los mitos y problemáticas sociales actuales. En el NOA, las tasas de suicidio adolescente son de las más altas del país. Entre 1997 y 2008, los suicidios en jóvenes de 15 a 19 años aumentaron un 102% a nivel nacional, pero en provincias como Salta y Jujuy las cifras son aún más alarmantes (Fleitas, 2010).

Frente a estos casos, muchos pobladores atribuyen las muertes a la influencia de El Familiar o a “que el Diablo metió la cola”. César Hazaki (2010) critica esta explicación sobrenatural porque invisibiliza causas profundas como la violencia familiar, el alcoholismo, la falta de oportunidades y la desesperanza.

El mito, en estos casos, actúa como un velo: en lugar de interpelar a la comunidad y al Estado, traslada la responsabilidad a una entidad mágica. Como señala Gianuzzi, “la forma de explicar las muertes […] impide que la comunidad se implique subjetivamente”.

Lo femenino en el imaginario mítico: culpa, pecado y castigo

La figura de la mujer en estos mitos suele aparecer asociada al engaño, lo demoníaco y la sexualidad pecaminosa. Desde Pandora en la mitología griega hasta Eva en la tradición judeocristiana, lo femenino carga con el peso de la culpa. En el NOA, esto se repite: en el mito de El Ukumar, las mujeres temen ser raptadas por el monstruo; en El Almamula, la mujer es castigada por el incesto, como si ella fuera la única responsable.

Lucas Ledesma (2010) analiza cómo en estos relatos se deposita en la mujer la obligación de decir “no”, cargándola con una responsabilidad moral que justifica la violencia de género y el silenciamiento.

Las posiciones del amo y el esclavo: una herida que no cierra

Freud y Lacan ofrecen claves para entender la dinámica de dominación que subyace a estos mitos. La relación amo-esclavo, analizada por Hegel y retomada por el psicoanálisis, se repite en las estructuras sociales del NOA: el patrón que pacta con el diablo, el peón que se somete por miedo, el hijo que obedece al padre autoritario.

Rolando Karothy (2001) vincula esta dinámica con la perversión: el sujeto sometido es “siervo” de un Otro que lo estructura, atrapado en una ley obscena e insaciable. En el contexto del NOA, esta sumisión se transmite de generación en generación, naturalizando la violencia y la desigualdad.

Los mitos del noroeste argentino son mucho más que historias de terror. Son espejos que reflejan una historia de conquista, explotación y resistencia. En ellos conviven el miedo impuesto por el colonizador y la denuncia silenciosa de los oprimidos.

Pero también son trampas: cuando atribuimos al Diablo o a El Familiar problemas como el suicidio adolescente o la violencia de género, corremos el riesgo de evadir nuestra responsabilidad colectiva. Como sostiene Gianuzzi, es necesario “revisar y analizar las formas en que estas creencias han sido transversalizadas por los intereses de los grupos de poder”.

La vigencia de estos mitos nos interpela. Nos pregunta sobre las heridas que aún no cierran, sobre los miedos que seguimos heredando, sobre las formas en que el poder se disfraza de leyenda. Quizás, entenderlos sea el primer paso para transformarlos: dejar de ver demonios en la oscuridad y empezar a nombrar las injusticias que, desde hace siglos, habitan a plena luz del día.

En el NOA, como en tantas otras regiones del mundo, el mito no es solo un relato del pasado. Es un síntoma del presente. Y escucharlo —con respeto, pero también con espíritu crítico— puede ser un acto de liberación.

 

Fuentes citadas:

Barale, Griselda (2009). Cuadernos de ética, estética, mito y religión 3.

Soriano, Wladimir (2005). “Las lenguas nativas del altiplano peruano-boliviano en el siglo XVI”.

Forgione, Alicia (2000). “El Familiar del Diablo en la religiosidad del pueblo andino”.

Rosenzvaig, Eduardo (1986). Historia de la industria azucarera en Tucumán.

Fleitas, Diego (2010). “El problema del suicidio en Argentina 1997-2008”.

Hazaki, César (2010). “El Familiar, los adolescentes y el suicidio”.

Ledesma, Lucas (2010). “El alammula: entre el terror, el incesto y la violencia de género”.

Karothy, Rolando (2001). Vagamos en la inconsistencia.

Artículo basado en la investigación “El miedo en la otredad: mito y cultura popular en el noroeste argentino” de Elisa Gianuzzi, publicada en Cuadernos Interculturales (2012).

 

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