sábado, 31 de enero de 2026

Los Cabezones: el bar donde Santiago latía al ritmo de la amistad y el arte

En la vereda de la bohemia perdida, un reducto en Independencia 187 se convirtió en el corazón cultural de una provincia. Fue bunker de poetas, refugio de músicos, estación de trenes para almas creativas. Esta es la historia del bar-café que nació sin nombre y se hizo leyenda.

 


Santiago del Estero, cuna milenaria de folclore y artistas, ha visto nacer y morir escenarios de leyenda. Primero fue el mítico "Bar Casino" o "Rincón de los Artistas", que durante casi tres décadas congregó a la bohemia. Pero cuando sus puertas se cerraron en 1976, un silencio incómodo se adueñó de las noches. Hasta que, en 1983, como respondiendo a un llamado de la tierra, dos hermanos encendieron las luces de un nuevo refugio en Independencia 187. Un lugar al que los propios parroquianos, con cariño y complicidad, bautizarían para siempre: "Los Cabezones".

No hubo cartel luminoso que lo anunciara, pero la fama del bar-café de los hermanos Alberto "Ari" y Ramón Paz se extendió como un reguero de pólvora cultural. Lo que comenzó como un local para leer el diario o compartir un café entre amigos, se transformó paulatinamente en el bunker indispensable de la cultura santiagueña y nacional. Sus mesas fueron testigos de la alquimia única que se da cuando el terruño se abre al mundo.

El reconocimiento oficial llegó en 2006, cuando el entonces Secretario de Cultura de la Nación, Jorge Núñez, lo eligió para lanzar el ciclo federal "Café, Cultura Nación". Ese sello fue el impulso que consolidó su epopeya. Por su pequeño escenario y sus rincones desfilaron un mosaico deslumbrante: la voz de Ernesto Sábato se mezcló con la guitarra de Liliana Herrero; la lucidez de Osvaldo Bayer y Juan Mascaró en cine-debate compartió espacio con los pasos de Juan Carlos Copes; el rock de David Lebón resonó junto al jazz de Pablo Tozzi. La plástica dejó su huella literal en las paredes, con obras de Rafael Touriño o el retrato de Alfredo Ábalos que el artista jujeño Guadalupe "Michi" Aparicio dibujó con ceniza y vino.



Era un lugar sin jerarquías, donde poetas como Selva "Pocha" Ramos o Alberto Tasso recitaban versos mientras sonaba una zamba de Chacho Echenique. Las noches de función completa eran leyenda: "Hubo noches que cerraban las puertas porque no cabía un alfiler", recuerda la crónica, y los rezagados escuchaban el recital desde la vereda, convertida en platea libre.

En 2008, como había ocurrido con su antecesor, "Los Cabezones" apagó sus luces definitivamente. Y con él, se fue un pedazo del alma colectiva. La metáfora popular lo dice claro: "Llora el kakuy en la rama, gime el crespín, la Salamanca cerró su cueva y el santiagueño quedó en orfandad cultural".

Pero los lugares que verdaderamente laten en el corazón de la gente nunca mueren del todo. Lo sabía bien el poeta Chilalo Jiménez, quien en una carta publicada en 2008 elevó un sentido homenaje al bar de los hermanos Paz. Para él, y para tantos habitués, "Los Cabezones" no fue solo un espacio público. Fue un "lugar interior", una "estación de trenes" de afectos, un "brasero crepitado de amigos" donde se ejercitaba, por sobre todas las cosas, la camaradería.

Hoy, en la puerta de Independencia 187, no hay una placa que recuerde la epopeya. Solo queda el reclamo silencioso de quienes extrañan "el cielo presto, el canto estable que incendia los sentidos". La historia de "Los Cabezones" es la prueba de que los verdaderos templos culturales no se construyen con ladrillos, sino con abrazos, versos sueltos, acordes y la calidez de un café compartido contra el olvido. Un fueguito que, aunque apagado, sigue ardiendo en la alacena del alma de toda una provincia.

Fuente: Información histórica y testimonial recopilada a partir de crónicas y la carta pública de Chilalo Jiménez (2/3/08, Tucumán), en referencia al bar-café cultural "Los Cabezones" de Santiago del Estero. Archivo de gráfico de Omar Sapo Estanciero.

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