En la vereda de la bohemia perdida, un reducto en Independencia 187 se convirtió en el corazón cultural de una provincia. Fue bunker de poetas, refugio de músicos, estación de trenes para almas creativas. Esta es la historia del bar-café que nació sin nombre y se hizo leyenda.
Santiago del Estero, cuna
milenaria de folclore y artistas, ha visto nacer y morir escenarios de leyenda.
Primero fue el mítico "Bar Casino" o "Rincón de los
Artistas", que durante casi tres décadas congregó a la bohemia. Pero
cuando sus puertas se cerraron en 1976, un silencio incómodo se adueñó de las
noches. Hasta que, en 1983, como respondiendo a un llamado de la tierra, dos
hermanos encendieron las luces de un nuevo refugio en Independencia 187. Un
lugar al que los propios parroquianos, con cariño y complicidad, bautizarían
para siempre: "Los Cabezones".
No hubo cartel luminoso
que lo anunciara, pero la fama del bar-café de los hermanos Alberto
"Ari" y Ramón Paz se extendió como un reguero de pólvora cultural. Lo
que comenzó como un local para leer el diario o compartir un café entre amigos,
se transformó paulatinamente en el bunker indispensable de la cultura
santiagueña y nacional. Sus mesas fueron testigos de la alquimia única que se
da cuando el terruño se abre al mundo.
El reconocimiento oficial
llegó en 2006, cuando el entonces Secretario de Cultura de la Nación, Jorge
Núñez, lo eligió para lanzar el ciclo federal "Café, Cultura Nación".
Ese sello fue el impulso que consolidó su epopeya. Por su pequeño escenario y
sus rincones desfilaron un mosaico deslumbrante: la voz de Ernesto Sábato se
mezcló con la guitarra de Liliana Herrero; la lucidez de Osvaldo Bayer y Juan
Mascaró en cine-debate compartió espacio con los pasos de Juan Carlos Copes; el
rock de David Lebón resonó junto al jazz de Pablo Tozzi. La plástica dejó su
huella literal en las paredes, con obras de Rafael Touriño o el retrato de Alfredo
Ábalos que el artista jujeño Guadalupe "Michi" Aparicio dibujó con
ceniza y vino.
Era un lugar sin jerarquías, donde poetas como Selva "Pocha" Ramos o Alberto Tasso recitaban versos mientras sonaba una zamba de Chacho Echenique. Las noches de función completa eran leyenda: "Hubo noches que cerraban las puertas porque no cabía un alfiler", recuerda la crónica, y los rezagados escuchaban el recital desde la vereda, convertida en platea libre.
En 2008, como había
ocurrido con su antecesor, "Los Cabezones" apagó sus luces
definitivamente. Y con él, se fue un pedazo del alma colectiva. La metáfora
popular lo dice claro: "Llora el kakuy en la rama, gime el crespín, la
Salamanca cerró su cueva y el santiagueño quedó en orfandad cultural".
Pero los lugares que
verdaderamente laten en el corazón de la gente nunca mueren del todo. Lo sabía
bien el poeta Chilalo Jiménez, quien en una carta publicada en 2008 elevó un
sentido homenaje al bar de los hermanos Paz. Para él, y para tantos habitués,
"Los Cabezones" no fue solo un espacio público. Fue un "lugar
interior", una "estación de trenes" de afectos, un "brasero
crepitado de amigos" donde se ejercitaba, por sobre todas las cosas, la camaradería.
Hoy, en la puerta de Independencia 187, no hay una placa que
recuerde la epopeya. Solo queda el reclamo silencioso de quienes extrañan
"el cielo presto, el canto estable que incendia los sentidos". La
historia de "Los Cabezones" es la prueba de que los verdaderos
templos culturales no se construyen con ladrillos, sino con abrazos, versos
sueltos, acordes y la calidez de un café compartido contra el olvido. Un
fueguito que, aunque apagado, sigue ardiendo en la alacena del alma de toda una
provincia.
Fuente: Información
histórica y testimonial recopilada a partir de crónicas y la carta pública de Chilalo
Jiménez (2/3/08, Tucumán), en referencia al bar-café cultural "Los
Cabezones" de Santiago del Estero. Archivo de gráfico de Omar Sapo Estanciero.


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