miércoles, 4 de marzo de 2026

Jacinto Piedra: El artista que bajó el folclore a la calle

 De niño cantor a "Jacinto Stone", la vida de Ricardo Manuel Gómez Oroná fue un relámpago que transformó la música de Santiago del Estero. Entre el misticismo de la Salamanca y el pulso urbano, el "Cardenal" construyó una leyenda que sigue viva en cada patio de tierra.



La noche del 24 de octubre de 1991, Santiago del Estero no solo sufría su calor habitual. Había una tensión especial por el cierre de una campaña política que prometía cambios. Sobre el escenario estaba un tipo flaco, de pelo largo y pantalones rojos apretados, rompiendo con la imagen del folclorista tradicional. No era una postal de museo; era un artista que cantaba chacareras con la urgencia del rock y una voz que parecía venir de otro tiempo.

Pocas horas después, su Peugeot 504 amarillo terminaba destrozado en la ruta 34. Jacinto Piedra moría a los 36 años y pasaba a ser, de golpe, un santo popular. Pero para entender el vacío que dejó, hay que mirar atrás, hacia Ricardo Manuel, el chico que aprendió a andar en bicicleta y a cantar en equilibrio antes de que la vida se le complicara.

El origen: un niño en Tala Pozo

Ricardo Manuel Leguizamón nació el 25 de septiembre de 1955. Su historia empezó con la lucha de su madre, Haydee Leguizamón, quien enfrentó sola los primeros años de crianza. Su padre, Manuel Gómez Oroná -un bailarín con más ego que presencia—, tardó años en reconocerlo.

La infancia de Ricardo fue un ida y vuelta entre Santiago y Buenos Aires. En Morón, buscando un futuro que el norte no daba, empezó a armar su identidad. Pero fue en Tala Pozo, un caserío árido en las afueras de Santiago, donde descubrió su voz. Su padre, ya integrado a la familia, notó el talento del hijo. A los siete años, Ricardo ya era "Ricardito, el niño cantor", compartiendo escenario con figuras como Los Chalchaleros y Ramona Galarza.

Ese éxito temprano no lo estancó. La familia volvió a migrar a Morón escapando de la pobreza y del control político del juarismo. En el conurbano, Ricardo creció, le cambió la voz y, por un tiempo, se alejó de la música de su tierra.

De la vanguardia al bautismo de Guarany

A los diecisiete, Ricardo quería ser rockero. Influenciado por Spinetta y Piazzolla, formó Obelisco, una banda de rock progresivo. Era un tipo creativo: tallaba madera, pintaba carteles de cine y dominaba la guitarra con una facilidad asombrosa.

En esa época empezó a mezclar lo urbano con lo santiagueño. Tras un desamor que lo dejó roto, se fue a Bolivia. En las tierras altas, entre tinkus y morenadas, entendió que su voz pertenecía a la raíz latinoamericana. Allí también aparecieron las sombras: conoció la cocaína, una adicción que lo perseguiría hasta el final.

Al volver a Buenos Aires, un encuentro con Horacio Guarany le cambió el rumbo. El viejo caudillo lo escuchó cantar en una cena y quedó impactado.

- Chango, ¿cómo te llamás? - preguntó Guarany.

- Ricardo Gómez - respondió él.

- No, eso no. Vos vas a ser Jacinto Piedra.

El nombre resumía todo: la fragilidad de la flor (Jacinto) y la dureza del dolor y la tierra (Piedra). Acababa de nacer el mito.

MPA: la revolución de la "música de maíz"

En 1985, el folclore estaba estancado. Hacía falta aire nuevo y apareció Músicos Populares Argentinos (MPA). El grupo era un seleccionado de talentos: el Chango Farías Gómez, Peteco Carabajal, Verónica Condomí, el Mono Izarrualde y Jacinto.

MPA no hacía música para contemplar, hacía "música de maíz": algo que alimentaba y unía la raíz con instrumentos eléctricos y sonidos del jazz. Jacinto era el rebelde del grupo. Podía subir al escenario en condiciones precarias por los excesos, pero apenas abría la boca, no había quien pudiera cuestionarlo.

Santiago del Estero, sin embargo, fue duro con ellos. En el Club Juventud de La Banda los abuchearon. El público más conservador no aceptaba la batería ni el desparajo estético. El Chango juró no volver, pero Jacinto y Peteco sabían que su lugar estaba ahí.

Los Santiagueños: el regreso al pago y la danza de Juan Saavedra

En 1989, tras el cierre de la etapa de MPA, se terminó de armar el trío que cambiaría todo: Los Santiagueños. A Jacinto y Peteco se les sumó una pieza clave: Juan Saavedra. Juan era el bailarín que parecía llevar el monte bajo la piel; venía de vivir años en Europa y traía una técnica que mezclaba lo ancestral con lo contemporáneo.

La figura de Juan Saavedra no era solo un decorado para las canciones. Él le dio cuerpo y movimiento a la revolución estética que Jacinto y Peteco proponían. Juntos, se propusieron una misión: volver a la provincia para generar un cambio de conciencia. No buscaban festivales grandes, sino ir de escuela en escuela y de barrio en barrio, llevando talleres y una forma nueva de sentir la cultura propia.

El pico de esa locura fue el recital en el Río Dulce. Sin vallas y con entradas baratas, miles de personas se juntaron a escucharlos bajo la luna. Jacinto, con una voz que penetraba en la piel, se convirtió en el "Cristo del Río Dulce", mientras la danza de Juan Saavedra ponía mística a una noche que Santiago nunca olvidaría.

Pero la cima trajo desgaste. Las adicciones, los celos profesionales y la relación de Jacinto con la bailarina María Ruiz —a quien el propio Juan Saavedra preparó— terminaron separando al grupo justo después de ganar en Cosquín. Jacinto se quedó solo y la oscuridad se lo empezó a comer.

El Cardenal y el último brillo

En sus últimos años, intentó ordenarse. Volvió con Irene Cantos, su mujer de siempre, quien lo sostuvo en los peores momentos. Formó grupos como Causai y experimentó con la salsa y el rap, buscando siempre que el folclore no se quedara quieto.

Su compromiso social lo llevó a participar en la campaña política de José Luis Zavalía. No le interesaba la política partidaria; quería los fondos para crear una escuela de música popular. Quería que los chicos santiagueños no tuvieran que irse de su provincia para poder vivir del arte.

Días antes de morir, pareció presentir algo. En Tucumán, le pidió a su amiga Graciela:

- Vení, negra, vamos a comprar brillantina para el pelo. Quiero estar lindo esta noche, quiero que me recuerden brillando.

El legado del coyuyo

El 25 de octubre de 1991, Santiago despertó en silencio. El "Cardenal" se había callado para siempre. Su entierro fue una de las manifestaciones de dolor más grandes que se recuerden en la provincia; miles de personas caminaron kilómetros para despedirlo.

El Duende Garnica dice que Jacinto fue como un coyuyo (cigarra). Esos insectos pasan años bajo tierra para salir solo unas semanas a cantar con una fuerza que desgarra, y mueren para dar vida a los algarrobos. Jacinto fue eso: un artista que vivió rápido y quemó todo para dejar una marca imborrable.

Hoy, Jacinto Piedra es mucho más que un cantante. Es el símbolo de una identidad rebelde y de una voz que, como escribió en su cuaderno antes del final, vuelve a nacer cada mañana como una "florcita de tusca".

Nota del autor: Este artículo tiene como objetivo rescatar la humanidad que se esconde detrás del mito. Jacinto Piedra no era un santo perfecto; era un hombre marcado por las contradicciones de su época, un artista que transformó su dolor en luz para guiar a toda una generación. Que su música continúe siendo ese "incendio del poniente" que nos invita a mirar al cielo.

Fuentes:

* Guerrero Dewey, Cecilia Rayén. Jacinto Piedra: que lo recuerden brillando. Editorial Pixel, 2013.

* Testimonios de Peteco Carabajal, Duende Garnica, Irene Cantos y Graciela Gómez.

* Archivos del diario El Liberal.


Que lo recuerden brillando

 


La vida y muerte de Jacinto Piedra, el cantor que se volvió mito 

En la madrugada del 24 de octubre de 1991, sobre la ruta 34, cerca del cruce ferroviario camino a Fernández, un Peugeot 504 amarillo terminó incrustado contra el paredón del Vivero Municipal. Dentro del auto estaba Ricardo Manuel Gómez Oroná. Tenía 36 años. Para entonces ya era, para todos, Jacinto Piedra.

La escena está reconstruida con detalle en Que lo recuerden brillando, la investigación de Cecilia Guerrero publicada por Pixel Editora en 2013. El libro mezcla crónica y biografía sin solemnidad. En una línea seca se lee: “El cardenal está muerto. Jacinto Piedra ya no volverá a cantar”. Ahí termina una historia atravesada por el talento precoz, la migración, la política, las adicciones y el regreso a la raíz.

El niño cantor

Ricardo Manuel nació el 25 de septiembre de 1955 en Santiago del Estero. Creció en una familia marcada por carencias, pero también por la música. A los siete años ya cantaba en escenarios locales. El locutor Rodolfo Sili, de LU11, lo escuchó una noche y sentenció frente al público: “Hoy ha nacido un artista”. Desde entonces fue “Ricardito, el niño cantor”.

Compartió escenario con Los Chalchaleros y Los Cantores del Alba. Ramona Galarza lo escuchó y dijo: “¿Quién es el que grita tanto? Ah… ¡Con esa voz no trabajas más!”. El reconocimiento llegó temprano.

La familia migró a Buenos Aires en plena expulsión económica santiagueña. En Morón, el niño cantor dejó la chacarera y se metió en el rock. Integró la banda Obelisco, empezó a componer y se dejó influir por Luis Alberto Spinetta y Astor Piazzolla. Se afilió al Partido Comunista. Eran los años setenta. Nada era liviano.

Bolivia, la caída y el regreso

Una ruptura amorosa lo empujó a Bolivia. El viaje fue una mezcla de aprendizaje y exceso. Incorporó sonoridades andinas, nuevos instrumentos y también la cocaína. El libro no esquiva esa parte.

Volvió distinto. Más flaco, más golpeado, pero reconciliado con el folklore. Guerrero lo resume con una frase clara: “En el fondo, y ahora a la luz, era santiagueño”. Ahí empezó a construirse Jacinto Piedra.

El nombre se lo sugirió Horacio Guarany. En el prólogo, Sergio Pujol sostiene que lo suyo fue “una expresión del folklore hecho por jóvenes y para jóvenes”. No era una pose. Los pibes lo tomaron como propio.

En barrios como El Palomar, en La Banda, su figura se volvió ritual. Siete chacareras, alcohol, invocación. No era nostalgia turística. Era identidad.

Política, tensiones y final

Su último recital fue en un acto de campaña de José Luis Zavalía. Aceptó cantar. Según el libro, le dijo: “Yo te ayudo, pero te cobro porque soy peronista”. Había ironía, pero también necesidad. Soñaba con fundar una escuela de música popular en Santiago.

Ahí aparece una tensión que el libro no oculta: el artista rebelde cantando en un acto partidario en una provincia marcada por el caudillismo. No hay justificación ni condena. Solo el dato. Jacinto necesitaba plata. Cantó.

Horas después volvió a salir. Subió al Peugeot 504 con amigos. Tomaron la recta hacia Fernández a gran velocidad. No vieron el cruce ferroviario. El auto voló. El impacto fue directo.

Los bomberos sacaron los cuerpos. Un fotógrafo reconoció primero la melena. La noticia se expandió rápido. Santiago amaneció en shock.

Lo que quedó

Pujol define a Jacinto como una “amalgama de voces perfecta, ancestral y nueva al mismo tiempo”. Más allá de la fórmula, lo cierto es que logró algo concreto: devolverle presente a la chacarera. Sacarla del molde repetido y llevarla otra vez a los jóvenes.

No fue un santo. El libro no lo maquilla. Muestra al artista potente y al hombre frágil. Al militante y al músico que aceptaba contratos incómodos. Al que brillaba y al que se estaba consumiendo.

 “Que lo recuerden brillando”, dice el título. En Santiago no hace falta insistir demasiado. Jacinto Piedra sigue apareciendo en las guitarras de otros. No como estampita. Como referencia viva.

Libro: Jacinto Piedra,Que lo recuerden brillando