De niño cantor a "Jacinto Stone", la vida de Ricardo Manuel Gómez Oroná fue un relámpago que transformó la música de Santiago del Estero. Entre el misticismo de la Salamanca y el pulso urbano, el "Cardenal" construyó una leyenda que sigue viva en cada patio de tierra.
La noche del 24 de
octubre de 1991, Santiago del Estero no solo sufría su calor habitual. Había
una tensión especial por el cierre de una campaña política que prometía
cambios. Sobre el escenario estaba un tipo flaco, de pelo largo y pantalones
rojos apretados, rompiendo con la imagen del folclorista tradicional. No era
una postal de museo; era un artista que cantaba chacareras con la urgencia del
rock y una voz que parecía venir de otro tiempo.
Pocas horas después, su
Peugeot 504 amarillo terminaba destrozado en la ruta 34. Jacinto Piedra moría a
los 36 años y pasaba a ser, de golpe, un santo popular. Pero para entender el
vacío que dejó, hay que mirar atrás, hacia Ricardo Manuel, el chico que
aprendió a andar en bicicleta y a cantar en equilibrio antes de que la vida se
le complicara.
El
origen: un niño en Tala Pozo
Ricardo Manuel Leguizamón
nació el 25 de septiembre de 1955. Su historia empezó con la lucha de su madre,
Haydee Leguizamón, quien enfrentó sola los primeros años de crianza. Su padre,
Manuel Gómez Oroná -un bailarín con más ego que presencia—, tardó años en
reconocerlo.
La infancia de Ricardo
fue un ida y vuelta entre Santiago y Buenos Aires. En Morón, buscando un futuro
que el norte no daba, empezó a armar su identidad. Pero fue en Tala Pozo, un
caserío árido en las afueras de Santiago, donde descubrió su voz. Su padre, ya
integrado a la familia, notó el talento del hijo. A los siete años, Ricardo ya
era "Ricardito, el niño cantor", compartiendo escenario con figuras
como Los Chalchaleros y Ramona Galarza.
Ese éxito temprano no lo
estancó. La familia volvió a migrar a Morón escapando de la pobreza y del
control político del juarismo. En el conurbano, Ricardo creció, le cambió la
voz y, por un tiempo, se alejó de la música de su tierra.
De
la vanguardia al bautismo de Guarany
A los diecisiete, Ricardo
quería ser rockero. Influenciado por Spinetta y Piazzolla, formó Obelisco, una
banda de rock progresivo. Era un tipo creativo: tallaba madera, pintaba
carteles de cine y dominaba la guitarra con una facilidad asombrosa.
En esa época empezó a
mezclar lo urbano con lo santiagueño. Tras un desamor que lo dejó roto, se fue
a Bolivia. En las tierras altas, entre tinkus y morenadas, entendió que su voz
pertenecía a la raíz latinoamericana. Allí también aparecieron las sombras:
conoció la cocaína, una adicción que lo perseguiría hasta el final.
Al volver a Buenos Aires,
un encuentro con Horacio Guarany le cambió el rumbo. El viejo caudillo lo
escuchó cantar en una cena y quedó impactado.
- Chango, ¿cómo te llamás? - preguntó Guarany.
- Ricardo Gómez - respondió
él.
- No, eso no. Vos vas a
ser Jacinto Piedra.
El nombre resumía todo:
la fragilidad de la flor (Jacinto) y la dureza del dolor y la tierra (Piedra).
Acababa de nacer el mito.
MPA:
la revolución de la "música de maíz"
En 1985, el folclore
estaba estancado. Hacía falta aire nuevo y apareció Músicos Populares
Argentinos (MPA). El grupo era un seleccionado de talentos: el Chango Farías
Gómez, Peteco Carabajal, Verónica Condomí, el Mono Izarrualde y Jacinto.
MPA no hacía música para
contemplar, hacía "música de maíz": algo que alimentaba y unía la
raíz con instrumentos eléctricos y sonidos del jazz. Jacinto era el rebelde del
grupo. Podía subir al escenario en condiciones precarias por los excesos, pero
apenas abría la boca, no había quien pudiera cuestionarlo.
Santiago del Estero, sin
embargo, fue duro con ellos. En el Club Juventud de La Banda los abuchearon. El
público más conservador no aceptaba la batería ni el desparajo estético. El
Chango juró no volver, pero Jacinto y Peteco sabían que su lugar estaba ahí.
Los
Santiagueños: el regreso al pago y la danza de Juan Saavedra
En 1989, tras el cierre
de la etapa de MPA, se terminó de armar el trío que cambiaría todo: Los
Santiagueños. A Jacinto y Peteco se les sumó una pieza clave: Juan Saavedra.
Juan era el bailarín que parecía llevar el monte bajo la piel; venía de vivir
años en Europa y traía una técnica que mezclaba lo ancestral con lo
contemporáneo.
La figura de Juan
Saavedra no era solo un decorado para las canciones. Él le dio cuerpo y
movimiento a la revolución estética que Jacinto y Peteco proponían. Juntos, se
propusieron una misión: volver a la provincia para generar un cambio de
conciencia. No buscaban festivales grandes, sino ir de escuela en escuela y de
barrio en barrio, llevando talleres y una forma nueva de sentir la cultura
propia.
El pico de esa locura fue
el recital en el Río Dulce. Sin vallas y con entradas baratas, miles de
personas se juntaron a escucharlos bajo la luna. Jacinto, con una voz que
penetraba en la piel, se convirtió en el "Cristo del Río Dulce",
mientras la danza de Juan Saavedra ponía mística a una noche que Santiago nunca
olvidaría.
Pero la cima trajo
desgaste. Las adicciones, los celos profesionales y la relación de Jacinto con
la bailarina María Ruiz —a quien el propio Juan Saavedra preparó— terminaron
separando al grupo justo después de ganar en Cosquín. Jacinto se quedó solo y
la oscuridad se lo empezó a comer.
El
Cardenal y el último brillo
En sus últimos años,
intentó ordenarse. Volvió con Irene Cantos, su mujer de siempre, quien lo
sostuvo en los peores momentos. Formó grupos como Causai y experimentó con la
salsa y el rap, buscando siempre que el folclore no se quedara quieto.
Su compromiso social lo
llevó a participar en la campaña política de José Luis Zavalía. No le
interesaba la política partidaria; quería los fondos para crear una escuela de
música popular. Quería que los chicos santiagueños no tuvieran que irse de su
provincia para poder vivir del arte.
Días antes de morir,
pareció presentir algo. En Tucumán, le pidió a su amiga Graciela:
- Vení, negra, vamos a
comprar brillantina para el pelo. Quiero estar lindo esta noche, quiero que me
recuerden brillando.
El
legado del coyuyo
El 25 de octubre de 1991,
Santiago despertó en silencio. El "Cardenal" se había callado para
siempre. Su entierro fue una de las manifestaciones de dolor más grandes que se
recuerden en la provincia; miles de personas caminaron kilómetros para
despedirlo.
El Duende Garnica dice
que Jacinto fue como un coyuyo (cigarra). Esos insectos pasan años bajo tierra
para salir solo unas semanas a cantar con una fuerza que desgarra, y mueren
para dar vida a los algarrobos. Jacinto fue eso: un artista que vivió rápido y
quemó todo para dejar una marca imborrable.
Hoy, Jacinto Piedra es
mucho más que un cantante. Es el símbolo de una identidad rebelde y de una voz
que, como escribió en su cuaderno antes del final, vuelve a nacer cada mañana
como una "florcita de tusca".
Nota del autor: Este
artículo tiene como objetivo rescatar la humanidad que se esconde detrás del
mito. Jacinto Piedra no era un santo perfecto; era un hombre marcado por las
contradicciones de su época, un artista que transformó su dolor en luz para
guiar a toda una generación. Que su música continúe siendo ese "incendio
del poniente" que nos invita a mirar al cielo.
Fuentes:
* Guerrero Dewey, Cecilia
Rayén. Jacinto Piedra: que lo recuerden brillando. Editorial Pixel, 2013.
* Testimonios de Peteco
Carabajal, Duende Garnica, Irene Cantos y Graciela Gómez.
* Archivos del diario El
Liberal.

