La vida y muerte de Jacinto Piedra, el cantor que se volvió mito
En la madrugada del 24 de
octubre de 1991, sobre la ruta 34, cerca del cruce ferroviario camino a
Fernández, un Peugeot 504 amarillo terminó incrustado contra el paredón del
Vivero Municipal. Dentro del auto estaba Ricardo Manuel Gómez Oroná. Tenía 36
años. Para entonces ya era, para todos, Jacinto Piedra.
La escena está
reconstruida con detalle en Que lo recuerden brillando, la investigación de
Cecilia Guerrero publicada por Pixel Editora en 2013. El libro mezcla crónica y
biografía sin solemnidad. En una línea seca se lee: “El cardenal está muerto.
Jacinto Piedra ya no volverá a cantar”. Ahí termina una historia atravesada por
el talento precoz, la migración, la política, las adicciones y el regreso a la
raíz.
El
niño cantor
Ricardo Manuel nació el 25
de septiembre de 1955 en Santiago del Estero. Creció en una familia marcada por
carencias, pero también por la música. A los siete años ya cantaba en
escenarios locales. El locutor Rodolfo Sili, de LU11, lo escuchó una noche y
sentenció frente al público: “Hoy ha nacido un artista”. Desde entonces fue
“Ricardito, el niño cantor”.
Compartió escenario con
Los Chalchaleros y Los Cantores del Alba. Ramona Galarza lo escuchó y dijo:
“¿Quién es el que grita tanto? Ah… ¡Con esa voz no trabajas más!”. El reconocimiento
llegó temprano.
La familia migró a Buenos
Aires en plena expulsión económica santiagueña. En Morón, el niño cantor dejó
la chacarera y se metió en el rock. Integró la banda Obelisco, empezó a
componer y se dejó influir por Luis Alberto Spinetta y Astor Piazzolla. Se
afilió al Partido Comunista. Eran los años setenta. Nada era liviano.
Bolivia,
la caída y el regreso
Una ruptura amorosa lo
empujó a Bolivia. El viaje fue una mezcla de aprendizaje y exceso. Incorporó
sonoridades andinas, nuevos instrumentos y también la cocaína. El libro no
esquiva esa parte.
Volvió distinto. Más
flaco, más golpeado, pero reconciliado con el folklore. Guerrero lo resume con
una frase clara: “En el fondo, y ahora a la luz, era santiagueño”. Ahí empezó a
construirse Jacinto Piedra.
El nombre se lo sugirió
Horacio Guarany. En el prólogo, Sergio Pujol sostiene que lo suyo fue “una
expresión del folklore hecho por jóvenes y para jóvenes”. No era una pose. Los
pibes lo tomaron como propio.
En barrios como El
Palomar, en La Banda, su figura se volvió ritual. Siete chacareras, alcohol,
invocación. No era nostalgia turística. Era identidad.
Política,
tensiones y final
Su último recital fue en
un acto de campaña de José Luis Zavalía. Aceptó cantar. Según el libro, le
dijo: “Yo te ayudo, pero te cobro porque soy peronista”. Había ironía, pero
también necesidad. Soñaba con fundar una escuela de música popular en Santiago.
Ahí aparece una tensión
que el libro no oculta: el artista rebelde cantando en un acto partidario en
una provincia marcada por el caudillismo. No hay justificación ni condena. Solo
el dato. Jacinto necesitaba plata. Cantó.
Horas después volvió a
salir. Subió al Peugeot 504 con amigos. Tomaron la recta hacia Fernández a gran
velocidad. No vieron el cruce ferroviario. El auto voló. El impacto fue
directo.
Los bomberos sacaron los
cuerpos. Un fotógrafo reconoció primero la melena. La noticia se expandió rápido.
Santiago amaneció en shock.
Lo
que quedó
Pujol define a Jacinto
como una “amalgama de voces perfecta, ancestral y nueva al mismo tiempo”. Más
allá de la fórmula, lo cierto es que logró algo concreto: devolverle presente a
la chacarera. Sacarla del molde repetido y llevarla otra vez a los jóvenes.
No fue un santo. El libro
no lo maquilla. Muestra al artista potente y al hombre frágil. Al militante y
al músico que aceptaba contratos incómodos. Al que brillaba y al que se estaba
consumiendo.
“Que lo recuerden brillando”, dice el título.
En Santiago no hace falta insistir demasiado. Jacinto Piedra sigue apareciendo
en las guitarras de otros. No como estampita. Como referencia viva.
Libro: Jacinto Piedra,Que lo recuerden brillando

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