martes, 10 de marzo de 2026

Reseña de El Chaco Santiagueño (1921)



Cuando Casimiro González Trilla publicó El Chaco Santiagueño en 1921 no buscaba escribir un tratado académico. Quería contar lo que vio, lo que escuchó y lo que le dolía de una zona de Santiago del Estero que, para la provincia, casi no existía. Hoy, más de cien años después, ese libro sigue siendo la puerta de entrada para entender aquella región.

Contexto y propósito

Trilla se propuso sacar del olvido al Chaco santiagueño. Muchos lo consideraban un rincón marginal, pero él supo que, por su extensión y por sus bosques, era la columna vertebral del sur provincial. No se limita a describir: denuncia. Denuncia el abandono de las autoridades y la tala desenfrenada de los montes, que dejaba a la gente sin recursos. Pero, al mismo tiempo, no cae en el lamento: apunta a un desarrollo posible, equilibrado, integrado realmente a la provincia.

La mirada histórica

El libro empieza por las raíces. Trilla recorre la ocupación colonial sin romanticismos. Explica cómo los juríes, los tonocotés y los vilelas habitaban esas tierras, resistieron a la conquista y fueron lentamente desplazados. La incorporación plena del Chaco al territorio provincial, cuenta, no ocurrió hasta el siglo XIX, cuando la expansión ganadera y agrícola empujó la frontera hacia el oeste. No fue un proceso pacífico; fue la derrota final de un modo de vida.

La riqueza natural

Aquí está lo más concreto del texto. Trilla dedica páginas exactas a los árboles: quebracho, algarrobo, mistol, chañar. No son simples datos botánicos; son la economía de cientos de familias. Describe cómo funcionaban los obrajes: el trabajo agotador, los salarios miserables, la gente que migraba de monte en monte siguiendo la tala. Y no oculta las consecuencias: deforestación acelerada, suelos erosionados, comunidades enteras a la deriva. La fauna y la flora, para él, no son datos de museo: están entrelazadas con la vida cotidiana de quien vive bajo el monte.

La vida social y cultural

Lo más vibrante del libro son estas páginas. Trilla se sienta a tomar mate, asiste a una fiesta patronal, escucha los relatos junto al fogón. Relata las costumbres sin exotismo: cómo se trabajaba, qué se comía, cómo se curaba una herida con hierbas del monte, las creencias mezcladas de lo indígena y lo católico, los cantos que se transmitían de boca en boca. No juzga; observa. Y su descripción —sencilla, sin adornos— transmite la dureza del medio y la ingeniosidad de sus habitantes para sobrevivir en él.

Crítica y propuestas

Trilla no se queda en lo descriptivo. El libro es, también, un reclamo concreto. Pide vías de comunicación, escuelas, un control real sobre los permisos de explotación forestal. Su idea central sigue vigente: el Chaco puede crecer sin que desaparezcan sus bosques ni su gente. Desarrollo, sí —pero con cabeza.

Valor historiográfico

Por eso el libro no envejeció. Trilla combinó archivos provinciales, testimonios orales y su propia observación de campo. Escribe con claridad, sin jerga, y con una pasión contenida que nunca se vuelve sensiblera. Cualquier estudio serio sobre la historia social o económica del sur santiagueño parte de aquí.

Conclusión

El Chaco Santiagueño es, sencillamente, un acto de justicia. Trilla le devolvió la voz a un territorio silenciado y demostró que su historia no es un apéndice, sino una parte esencial de la identidad de Santiago del Estero. Hoy, al leerlo, sigue sonando como un testimonio vivo.

Fuente: Casimiro González Trilla, El Chaco Santiagueño, 1921. Edición del autor. Impreso en El Liberal. / Santiago del Estero, Historia y Cultura


Santiago del Estero, Historia y Cultura

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