Cuando Casimiro González
Trilla publicó El Chaco Santiagueño en 1921 no buscaba escribir un tratado
académico. Quería contar lo que vio, lo que escuchó y lo que le dolía de una
zona de Santiago del Estero que, para la provincia, casi no existía. Hoy, más de
cien años después, ese libro sigue siendo la puerta de entrada para entender
aquella región.
Contexto
y propósito
Trilla se propuso sacar
del olvido al Chaco santiagueño. Muchos lo consideraban un rincón marginal,
pero él supo que, por su extensión y por sus bosques, era la columna vertebral
del sur provincial. No se limita a describir: denuncia. Denuncia el abandono de
las autoridades y la tala desenfrenada de los montes, que dejaba a la gente sin
recursos. Pero, al mismo tiempo, no cae en el lamento: apunta a un desarrollo
posible, equilibrado, integrado realmente a la provincia.
La
mirada histórica
El libro empieza por las
raíces. Trilla recorre la ocupación colonial sin romanticismos. Explica cómo
los juríes, los tonocotés y los vilelas habitaban esas tierras, resistieron a
la conquista y fueron lentamente desplazados. La incorporación plena del Chaco
al territorio provincial, cuenta, no ocurrió hasta el siglo XIX, cuando la
expansión ganadera y agrícola empujó la frontera hacia el oeste. No fue un proceso
pacífico; fue la derrota final de un modo de vida.
La
riqueza natural
Aquí está lo más concreto
del texto. Trilla dedica páginas exactas a los árboles: quebracho, algarrobo,
mistol, chañar. No son simples datos botánicos; son la economía de cientos de familias.
Describe cómo funcionaban los obrajes: el trabajo agotador, los salarios
miserables, la gente que migraba de monte en monte siguiendo la tala. Y no
oculta las consecuencias: deforestación acelerada, suelos erosionados,
comunidades enteras a la deriva. La fauna y la flora, para él, no son datos de
museo: están entrelazadas con la vida cotidiana de quien vive bajo el monte.
La
vida social y cultural
Lo más vibrante del libro
son estas páginas. Trilla se sienta a tomar mate, asiste a una fiesta patronal,
escucha los relatos junto al fogón. Relata las costumbres sin exotismo: cómo se
trabajaba, qué se comía, cómo se curaba una herida con hierbas del monte, las
creencias mezcladas de lo indígena y lo católico, los cantos que se transmitían
de boca en boca. No juzga; observa. Y su descripción —sencilla, sin adornos—
transmite la dureza del medio y la ingeniosidad de sus habitantes para
sobrevivir en él.
Crítica
y propuestas
Trilla no se queda en lo
descriptivo. El libro es, también, un reclamo concreto. Pide vías de
comunicación, escuelas, un control real sobre los permisos de explotación
forestal. Su idea central sigue vigente: el Chaco puede crecer sin que
desaparezcan sus bosques ni su gente. Desarrollo, sí —pero con cabeza.
Valor
historiográfico
Por eso el libro no
envejeció. Trilla combinó archivos provinciales, testimonios orales y su propia
observación de campo. Escribe con claridad, sin jerga, y con una pasión
contenida que nunca se vuelve sensiblera. Cualquier estudio serio sobre la
historia social o económica del sur santiagueño parte de aquí.
Conclusión
El Chaco Santiagueño es,
sencillamente, un acto de justicia. Trilla le devolvió la voz a un territorio
silenciado y demostró que su historia no es un apéndice, sino una parte
esencial de la identidad de Santiago del Estero. Hoy, al leerlo, sigue sonando
como un testimonio vivo.
Fuente: Casimiro González Trilla, El Chaco Santiagueño, 1921. Edición del autor. Impreso en El Liberal. / Santiago del Estero, Historia y Cultura
Santiago del Estero,
Historia y Cultura

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