Por: César Hazaki
El Familiar es una leyenda creada por el patrón de un ingenio azucarero, la misma servía para aterrorizar a los obreros y justificar las reiteradas desapariciones de aquellos que intentaban defender sus derechos. El mito se ha reciclado y hoy aparece como una fuerza retrógrada que impide ver la verdad y sus consecuencias en el aumento de los suicidios de jóvenes en la provincia de Salta. Siendo tan compleja la situación de los suicidios colectivos, dado que abarcan una sintomatología familiar, institucional y social, las explicaciones simplistas y pobres como internet, la inducción por algún adulto o el juego del ahorcado que pueden terminar, en su vuelo de perdiz, en responsabilizando a un espíritu maligno. Así vemos que encerrar a los jóvenes, sacarlos del pueblo, quitarles el celular, etc., que algunas familias intentan realizar a modo de defensa ante la terrible realidad, nos retrotrae a responsabilizar al diablo que llega para dañar a la comunidad, de allí la necesidad de conocer la leyenda de El Familiar y sus consecuencias.
Comenzaremos por recordar
cómo eran las plantaciones de azúcar: grandes latifundios que albergaban en su
seno a una enorme cantidad de personas. Observemos las características del
ingenio tucumano Santa Ana cuyo propietario era el francés Clodomiro Hileret:
“… se había comprado casi treinta mil hectáreas y estaba construyendo, aquí, el
ingenio más grande de toda América latina. A fin de siglo el Ingenio Santa Ana
era un monstruo de vidrio y acero en medio de la selva que producía ocho mil
toneladas de azúcar y dos millones de litros de alcohol al año; tenía, entre
otras cosas, luz eléctrica, cincuenta kilómetros de vía férrea, una central de
teléfonos y diez escuelas primarias para el personal. No era fácil tenerlo
controlado. Dos mil peones con machetes debían obedecer a treinta o cuarenta
capataces, sus armas y sus perros. Parece que fue entonces cuando Hileret
inventó el Familiar”.1
Estos enormes
establecimientos esclavizaban a los trabajadores. E. Rosenzvaig lo explica así:
“Acá los peones estaban capturados de por vida por sus deudas, entonces la
única forma de dejar el ingenio era fugarse. Los patrones tenían hombres
armados que trataban de impedirlo; cuando agarraban algún fugitivo lo mataban
para dar el ejemplo. Para que eso funcionase en la psicología de los peones, se
crea el mito: que en las noches de luna (llena) sale el Familiar. Y que el
Familiar hace desaparecer -esa es la palabra que usaban- al peón más rebelde”.2
¿Cómo
es El Familiar?
Se presenta como un perro
negro muchas veces sin cabeza3. Un animal grande que arrastra largas cadenas y
que duerme en lugares oscuros: sótanos, calderas siempre cercanos al patrón. En
otros relatos se le adjudica la forma de un viborón. Sus ojos tienen una mirada
penetrante de felino que domina la oscuridad.
El eje del mito es que el
patrón del ingenio hace un pacto con el Diablo para ganar más dinero, a cambio
no entrega su alma sino que se compromete a alimentar al hambriento monstruo
con obreros rebeldes. La alianza indicaba que cuanto mejor alimentado estuviera
El Familiar mayor sería la riqueza del dueño del ingenio, como se ve es una
apología de la ganancia y la plusvalía.
No es difícil de rastrear
los orígenes de este animal hambriento al servicio del poder. En la mitología
griega existe el laberinto de Creta. Allí estaba encerrado el Minotauro, que
debía ser nutrido con carne humana. El mito cuenta que el rey Minos venció al
rey de Atenas y lo condenó a entregarle cada año niñas y niños para que el
Minotauro, un monstruo mitad toro y mitad hombre, los fuera comiendo encerrado
dentro del laberinto construido por Dédalo. Es decir que la carne ofrecida al
Minotauro era la de los hijos de los vencidos. La paz para Atenas, como para
los obreros de los ingenios de azúcar, consistía en respetar estrictamente las
imposiciones del vencedor. En esta lógica si el vencido no obedece se lo hace
responsable de la “justificada” violencia del poderoso. En la producción de
azúcar se armó así una forma eficaz de culpabilizar cualquier acción autónoma de
los trabajadores. Estas plantaciones eran un laberinto para los peones donde
era fácil entrar, pero casi imposible salir. En su interior había que acatar
sin reclamar derechos. Las deudas, imposibles de pagar, ataban de por vida al
machetero.
No es complicado de
entender por qué Hileret funda esta leyenda compuesta por elementos griegos y
cristianos para lograr la dominación y el terror del conjunto de los
trabajadores. Era necesario que éstos aceptaran resignadamente su destino y que
volcaran sus pensamientos hacia la religión, si el diablo andaba suelto se
confirmaba la existencia de dios y nada es más seguro que pedir su protección.
Dan cuenta de esto las recomendaciones para evitar ser devorado: usar
crucifijos grandes en el pecho, también llevar rosarios enormes atados al
cuerpo y un puñal de plata. Como se ve la forma de protegerse era reforzar los
íconos católicos. Era necesario ser más católico -lo que implicaba la
resignación en la tierra y la espera de la salvación en la vida eterna- y
renunciar a cualquier tipo de rebeldía que pusiera en cuestión el poder del
patrón. Lo cierto es que más allá de estos talismanes los rebeldes eran
secuestrados y morían solos en una oscura sala de máquinas.
La leyenda de El Familiar
abarca las provincias de Jujuy, Salta, Tucumán y Santiago del Estero, en ella
tenemos la posibilidad de observar que su construcción tiene orígenes en la
realidad social y cómo, por vía del mito, se cuentan hechos siniestros en forma
distorsionada y en este caso con un objetivo: mantener la opresión y la
resignación ante la injusticia. Se trata de un hablar que mantiene velada el
núcleo más duro de la temida verdad.
Desde su creación la
leyenda se ha sostenido en el tiempo y reaparece con fuerza cuando hay
dramáticas situaciones sociales que no se pueden explicar a la luz del día sin
correr riesgos. Ocurrió, por ejemplo, durante la ocupación militar de la
provincia de Tucumán para enfrentar a la guerrilla de monte del ERP. Las
desapariciones y muertes llevadas adelante por el ejército volvieron a ser
atribuidas a acción de El Familiar. Hoy vuelve para explicar de forma
sobrenatural el suicidio de adolescentes en la provincia.
Suicidio
(colectivos) de adolescentes
En la provincia de Salta,
como en otros lugares del país, viene aumentando sistemáticamente la tasa de
suicidios de adolescentes. Un jalón de esta historia es el mes octubre del 2004
en el barrio 20 de Junio de la ciudad de Salta. Allí se ahorcaron nueve chicos
en un mes. Rápidamente corre la versión de que El Familiar aparece ordenándoles
a algunos jóvenes que se suiciden. Como consecuencia en el barrio, al llegar la
noche, se cierran las casas trabando puertas y ventanas; la gente se recluye
dado que teme ser visitada por El Familiar.
Lucrecia Miller explica
los hechos de la siguiente manera: “en el Barrio 20 de Junio, ocurrió una
sucesión de suicidios de adolescentes casi niños, la comunidad afectada explicó
esos hechos atribuyéndolos a la acción de un espíritu maligno que venía a
llevarse las almas jóvenes. (...) La barriada estaba atemorizada e impotente
frente a esta influencia diabólica que hacía que nuestros chicos se
autoaniquilaran. Tan fuerte fue esta preocupación popular que nadie parecía
advertir que en la mayoría de estos casos de estos niños vulnerables y
expuestos a condiciones sociales, familiares y económicas adversas, estaba la
droga por medio y que ésta circulaba y era comerciada con total impunidad sin
que se adoptaran las medidas para su control y erradicación; ahí supimos por
primera vez de la producción e inserción en el mercado local del “paco”. Así el
diablo hacía de las suyas y la comunidad, aunque intranquila asumió que la
muerte de estos chicos no los involucraba por cuanto era obra e influencia de
algo sobrenatural ante el cual nada ni nadie podía reaccionar. Los suicidios
continuaron sucediéndose, aún hasta hoy, aunque esa comunidad ha dejado de
conmocionarse y ya la ocurrencia de nuevos hechos entró a formar parte de la
cotidianeidad; una barrera había sido transpuesta a partir de lo cual sólo
cabía la resignación y finalmente la aceptación. Así nos fuimos familiarizando
con estos trágicos episodios dejando el camino libre para que los problemas de
fondo continuaran expandiéndose con la consiguiente contaminación y exterminio
de cada vez más niños y jóvenes”.4
Observamos que con el
correr del tiempo ya no es la voracidad del patrón, ni la violencia represiva
del ejército lo explicado por el mito de El Familiar, pero su actualización
sigue siendo funcional a los poderes de turno al no dejar emerger la verdad sobre
las consecuencias de esta violencia autodestructiva que es una expresión cabal
de la catástrofe social.
Notemos que se modifica
la escenografía de lo siniestro: no hay crimen dentro del lugar trabajo y la
consiguiente desaparición del cuerpo, es dentro de su barrio donde los jóvenes
se suicidan a la vista de todo el mundo. A los obreros los asesinaban los
mercenarios al servicio del patrón del ingenio, aquí los chicos se inmolan en
sus propias casas.
Si en el siglo XIX las
plantaciones eran un lugar de encierro, hoy la pobreza, la falta de trabajo,
salud y educación hacen que las calles de la propia comunidad se hayan
convertido en laberintos donde deambulan estos jóvenes. En el barrio 20 de
Junio seguramente, como en tantos otros pueblos y barriadas del país, ya hay
tres generaciones (abuelos, padres, hijos) que no conocen el trabajo estable.
Es decir, estamos en presencia de una catástrofe social que se expresa como
violencia autodestructiva que afecta a los adolescentes más vulnerables de la
comunidad.
Desde los años ochenta
este tipo de fenómenos van en aumento en distintas partes del país (por
ejemplo: en Gobernador Gálvez, Santa Fe; en Las Heras, Santa Cruz; en Chamical,
La Rioja; en Orán y Rosario de la Frontera, Salta) lo que demuestra palmariamente
la degradación de las condiciones sociales de nuestro país y que no se producen
sistemáticas acciones estatales para trabajar estas graves situaciones. Es
necesario insistir que, al decir de Enrique Carpintero, la subjetividad se
construye en la intersubjetividad. Este autor además agrega: “…hoy no podemos
de dejar de lado una realidad que se manifiesta en una cultura que genera una
comunidad autodestructiva (…) Sus efectos en la fragmentación del tejido social
implica dar cuenta de esos monstruos que generan situaciones traumáticas”5. Es
por ello necesario ese trabajo comunitario para tratar de ir entendiendo de qué
se trata este sistemático aumento de los suicidios de adolescentes. Se debe
escapar de todo tipo de simplismo para saber las verdaderas causas de éstos
fenómenos.
Como dice Miller la explicación que convoca a que todo sea obra de El Familiar impide ver las razones del desastre y cómo actuar ante el mismo. La verdad, en estos casos, es que la desidia estatal hace maridaje con la dificultad y fragilidad de las propias comunidades para accionar ante estos terribles eventos. El estado no cubre las necesidades de salud mínimas y las comunidades, empobrecidas por la falta de estímulo se resignan ante los hechos que padecen, no pueden realizar acciones contra la dura realidad que existe en los barrios: la ausencia de proyectos, de trabajo, de educación, de salud, etc.6 Naturalizada la catástrofe hacen su entrada el paco y el alcohol que riegan la semilla de la violencia autodestructiva, surgen como alternativa para soportar tanta injusticia y dolor. O sea más fragilidad y desamparo. Esto lleva a una espiral de destrucción y muerte que sólo conduce a las crónicas de muertes anunciadas. La leyenda de El Familiar colabora activamente para ampliar la resignación, aplacar la cólera y con ello la acción de quienes padecen estas tremendas situaciones de injusticia y desigualdad. Es decir, es otra manifestación del poder que triunfa con la inestimable colaboración de la leyenda que promueve una destructiva explicación sobrenatural de los hechos humanos.
Fuente:
César Hazaki
Psicoanalista

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