Una mujer, un piano y un continente de sonidos. La historia de la intérprete que conquistó Carnegie Hall, la Casa Blanca y el silencio de los libros.
Mientras nombres como
Martha Argerich o Nelson Freire brillan en la memoria colectiva del piano argentino,
hay una figura que durante décadas iluminó escenarios de tres continentes, fue
ovacionada por la élite musical de su tiempo y, sin embargo, hoy apenas aparece
en un par de líneas de enciclopedias. Inés Gómez Carrillo —Moña para los
íntimos— no solo fue una de las pianistas más importantes del siglo XX en
Argentina: fue la embajadora oculta de la música latinoamericana, una
compositora de sensibilidad nativa y una maestra que formó generaciones. Su
historia es un viaje de provincia al mundo, de aplausos al olvido, y una
pregunta que resuena hoy: ¿por qué la olvidamos?
El
comienzo en el corazón del folclore santiagueño
Nacida el 2 de abril de
1918 en Santiago del Estero, Inés no llegó al piano por azar: nació dentro de
él. Su padre, Manuel Gómez Carrillo —compositor, musicólogo y director del
Conservatorio Thibaud Piazzini en esa provincia— y su madre, la pianista María
Inés Landeta Cesar, le transmitieron el amor por la música desde la cuna. Con
solo tres años, ya exploraba el teclado bajo la guía de sus padres. A los doce,
egresó como Profesora Superior de Piano, Teoría y Solfeo con calificaciones
máximas.
Fue una infancia anclada
en la raíz. En sus primeras composiciones —Cunita Blanca, T’hei de dejar,
Chascañaui Munanquita— plasmó ritmos del norte argentino: vidalas, chacareras,
textos en quechua y modismos santiagueños, envueltos en un lenguaje tonal con
matices impresionistas. “Era una fusión de lo incaico con lo europeo; un piano
que respiraba nuestra tierra”, describiría años después ella misma en una
entrevista radial.
Pero Santiago era pequeño
para su talento. En 1940, la Comisión Nacional de Cultura le otorgó una beca
para perfeccionarse en el exterior. La Segunda Guerra Mundial desvió su
destino: en lugar de Europa, rumbo a Nueva York.
La
conquista de Occidente: de la Casa Blanca a Carnegie Hall
A los 22 años, Inés llegó
a Nueva York con un maletín, su piano interior y una carta de recomendación de
Arthur Rubinstein, quien la había escuchado en Buenos Aires y la definió como
“una joya bruta que solo necesita pulirse”. Y se pulió.
Estudió con Edward
Steuermann (discípulo directo de Schönberg y heredero de la escuela de
Leschetizky), tomó clases de composición con Jerzy Fittelberg y, en un giro
inesperado, se sumó a las clases secretas de Wanda Landowska, la reina del
clavecín exiliada, que dictaba seminarios en una casa de Connecticut. Pero el
gran salto llegó con Olga Samaroff Stokowski —alumna de un discípulo de Liszt—
cuyo magisterio le dio la técnica impecable que la caracterizaría.
El
mundo se rindió ante sus manos.
* 1942: Clasificó entre
las tres mejores pianistas jóvenes de EE.UU. en el Concurso Naumburg (¡60
participantes!). Inmediatamente, la National Broadcasting Company la contrató
para 160 emisoras.
* 1943: Debut en el Town Hall
de Nueva York. La crítica del New York Times tituló: “Un piano que habla en
lenguas universales”.
* 1945: La primera dama
Eleanor Roosevelt la invitó a tocar en la Casa Blanca. Impresionados, los
Roosevelt le otorgaron una Beca Presidencial que cubrió su manutención por un
año.
* 1946-1951: Cuatro giras
consecutivas por Europa. Tocó en las salas más emblemáticas: Carnegie Hall
(¡tres recitales!), Salle Pleyel en París, Concertgebouw en Ámsterdam.
Directores de la talla de Eugene Ormandy (Filarmónica de Filadelfia) la
reclamaban como solista.
Pero Inés no era solo
técnica; era narradora. En cada programa, incluía al menos una obra argentina o
latinoamericana. “Llevaba la música de mi tierra como quien lleva un tesoro en
el bolsillo”, contaría más tarde. Grabó discos con La Argentinita (bailadora de
flamenco), rescató partituras de compositores contemporáneos y, en 1944, dejó
para la posteridad El amor brujo versionado para piano y castañetas —un
documento sonoro que hoy es una rareza.
El
giro invisible: el amor que silenció el escenario
Todo parecía imparable.
Hasta que, en 1952, conoció en una recepción posterior a un concierto a Juan
María Campos Catellín Senillosa. Se casaron ese mismo año y nacieron Victoria
(1954) y Arturo (1955).
Aquí
comienza el gran vacío en su biografía.
Los conciertos se
espaciaron. De 1955 a 1960, no hay registro de presentaciones. ¿Por qué? “Las
obligaciones de madre y esposa no me permitían dedicarme al piano con la misma
intensidad. El piano exige exclusividad; yo elegí la familia”, explicó en una
entrevista de 1993.
Aun así, en 1962 —ya
divorciada— se mudó a Madrid con sus hijos. Pero el destino la devolvió a casa.
En 1968, el director del Conservatorio de La Lucila le ofreció integrarse al
nuevo Conservatorio Juan José Castro en Buenos Aires. Aceptó. Así nació su
segunda gran vida: la de maestra.
Regresó a Argentina no
como la estrella que llenaba teatros, sino como la profesora que formaría a los
próximos talentos. Ocasionalmente volvió a los escenarios —en 1980 le ofrecieron
volver a EE.UU. con una oferta millonaria: 20.000 dólares por un departamento
cerca del Carnegie Hall—, pero rechazó la propuesta: “No podía dejar a mis
hijos ni pagar ese alquiler. El piano ya no era mi único hogar”.
La
maestra y el legado enterrado
Desde 1969 hasta su
jubilación, Inés fue columna del Conservatorio Juan José Castro (luego
IUNA/DAMUS). Sus aulas fueron un santuario de rigor y emoción. Entre sus
alumnos destacan Amy Wurtz, Lorena Eckell y la propia investigadora que rescató
su historia, Mariana Quainelle, quien describe sus clases como “una fusión de
disciplina europea y calidez criolla”.
Pero el mayor dolor de su
legado fue el olvido público.
A pesar de haber ganado
premios municipales, de la Comisión Nacional de Cultura y de ser miembro de la
Academia Argentina de Música (1997), su nombre no aparecía en estudios clave:
* 100 años de música en
Buenos Aires (Valenti Ferro, 1992)
* Mujeres de la Música
(Frega, 2011)
* Música y Modernidad en
Buenos Aires (Corrado, 2010)
¿Por
qué?
Quien indaga en los
archivos descubre la respuesta: Inés no dejó grabaciones de su etapa dorada.
Los discos que existen son escasos: las canciones con La Argentinita, unas
pocas piezas de su padre y un CD póstumo con grabaciones privadas. Sin esos
registros sonoros, su técnica —alabada como “íntgra, perfecta, capaz de hacer
llorar al público con un solo arpegio”— quedó en la memoria de quienes la
escucharon, no en las vitrinas de la historia.
Mientras otras pianistas
de su generación publicaban discos en grandes sellos, ella priorizó la
enseñanza y la familia. El resultado: hoy, es la gran ausente de los libros.
El
resurgir desde el silencio
La historia de Inés
podría haber terminado en el anonimato si no fuera por un detalle: en 2008, la
musicóloga Mariana Quainelle la
llamó por teléfono, guiada solo por la guía telefónica. Así comenzaron siete
años de entrevistas, en su departamento de Recoleta, en residencias de
ancianos, en casas de familia. Se ganaron mutua confianza. Inés, ya
nonagenaria, abrió sus álbumes de recortes, partituras manuscritas y programas
amarillentos.
Gracias a ese trabajo
—publicado en el estudio “Inés Gómez Carrillo, creadora y difusora de la música
latinoamericana del siglo XX” (2023)— hoy sabemos:
* Fue la única pianista
argentina que un maestro brasileño de la Universidad de Hartford conocía
personalmente.
* Su genealogía
pianística la vincula a Liszt (a través de Olga Samaroff), Scriabin (por Djane
Lavoie-Herz) y Chopin (vía Wanda Landowska).
* Compuso 7 obras que
fusionaban lo nativo con lo académico, y que hoy son un testimonio único de la
generación del 45.
Su mayor triunfo póstumo:
en 2014, al morir, los diarios no la mencionaron. Pero en 2023, su nombre
resuena en congresos de musicología. “Rescatamos no solo una carrera, sino una
voz que conectó el folclore con el concierto universal”, afirma Quainelle.
Cierre
reflexivo: ¿quién guarda la memoria del sonido?
Inés Gómez Carrillo murió
el 22 de junio de 2014, en la casa de su hija, mientras dormía. Ya no tenía
piano. Pero su legado late en cada alumno que enseña, en cada partitura
rescatada y en una pregunta incómoda:
¿Cómo es posible que una
artista que llenó el Carnegie Hall, la Casa Blanca y el Teatro Colón haya sido
borrada de la historia oficial?
La respuesta quizá yace
en lo que ella misma eligió: priorizar la vida sobre la fama. En un mundo que
celebra el individualismo, Inés optó por la familia, la enseñanza y la música
como servicio, no como espectáculo.
Hoy, cuando escuchamos un
piano que mezcla una chacarera con un scherzo de Schumann, cuando una joven
pianista cita a una maestra que “enseñaba que el piano debe servir a la
emoción, no al ego”, estamos ante su sombra benévola.
Su historia no es solo la
de un talento olvidado. Es un recordatorio: la cultura no vive solo de los
nombres que llenan portadas, sino de aquellas voces que, desde la discreción,
tejieron los hilos invisibles de nuestra identidad musical.
Inés
Gómez Carrillo no necesitó discos de oro. Su oro fue el silencio de las salas
cuando sus dedos tocaban, y el eco de esas notas, que hoy, por fin, empiezan a
escucharse.
Fuentes
principales para este artículo:
* Quainelle, M. (2023).
Inés Gómez Carrillo, pianista argentina. Creadora y difusora de la música
latinoamericana del siglo XX. AVANCES, (32). Recuperado de:
https://revistas.unc.edu.ar/index.php/avances/article/view/41617
* Benítes, F. L. (1945,
13 de julio). Entrevista a Inés Gómez Carrillo. El Hogar, XLI(1865), pp. 56-61.
* Comisión Nacional de
Cultura (1940, 11 de octubre) Beca Comisión Nacional de Cultura. Buenos Aires,
Argentina.
* Gómez Carrillo, I.
(2009). Sin título [entrevista]. Un puente al pasado, Radio Nacional.
* La pianista Gómez
Carrillo define a su patria en Cunita Blanca, Te’i de dejar y Coplas para la
Imilla (1941). La Prensa. Nueva York.
* Porto, M. B. (1944/45).
Diez minutos con una gran pianista. Para Tí, p. 34.
* Porto, M. B. (1948,
mayo). Causa sensación en el mundo Inés Gómez Carrillo. Sintonía, XV, XVI
(495), p. 108.
* Discografía: Gómez
Carrillo, I. (1996). El amor brujo. Colección de danzas clásicas españolas
[disco de vinilo]. Sonifolk. España. / Gómez Carrillo, I. (1943-1945).
Argentinita, Danzas españolas con castañuelas [disco de vinilo]. Decca Album.
Estados Unidos.

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