Cuando el oro y la plata encienden la codicia a nivel internacional, un cerro en La Rioja se transforma en un símbolo de resistencia tanto ambiental como social.
En el centro oeste argentino, el cerro Nevado de Famatina se impone como una presencia constante. No solo por su altura o por la nieve persistente en su cumbre, sino porque condensa una disputa que atraviesa dos siglos de historia política, económica y social. Para los pueblos diaguitas, ese territorio era Wamatinaj: un espacio sagrado, ligado al agua, a la vida y al tiempo largo. Desde 1822 hasta hoy, ese mismo espacio fue resignificado una y otra vez como promesa de riqueza, botín económico o recurso estratégico.
La historia del Famatina
no es una anomalía. Es un caso ejemplar de una lógica que se repite en América
Latina: proyectos extractivos impulsados desde centros de poder lejanos,
Estados que los habilitan o facilitan, y comunidades locales que resisten
porque lo que está en juego no es solo un recurso, sino la posibilidad misma de
sostener una forma de vida.
Estado,
deuda y territorio
El punto de partida
moderno de esta disputa se ubica en los primeros años de la organización
estatal. En 1822, bajo la gestión de Bernardino Rivadavia como ministro del
gobierno de Buenos Aires, se autoriza la negociación de un empréstito externo
con la banca inglesa. La operación se inscribe en un contexto internacional marcado
por la especulación financiera y la búsqueda de nuevos territorios donde
colocar capital excedente.
Ese endeudamiento no fue
un hecho aislado. Estuvo acompañado por un proyecto político más amplio:
centralizar el control de los recursos y vincularlos de manera directa con
intereses financieros externos. Antes incluso de concretar el préstamo con la
Baring Brothers, Rivadavia impulsó en Londres la creación de sociedades
destinadas a explotar las minas de oro y plata del Río de la Plata. Entre
ellas, la Rio Plata Mining Association, que obtuvo concesiones sobre
territorios ricos en minerales, con el Famatina como uno de sus objetivos
centrales.
Desde el inicio, la
minería aparece asociada a la deuda externa, a la especulación y a una
concepción del territorio como activo económico antes que como espacio
habitado.
Federalismo en tensión
Ese proyecto chocó
rápidamente con los límites del orden político de la época. Las provincias,
amparadas en la Ley Fundamental, reclamaban el control de sus recursos naturales.
En La Rioja, el gobierno provincial había autorizado a una compañía británica a
explotar los yacimientos del Famatina.
La respuesta del poder
central fue avanzar sobre esa autonomía. Ya como presidente, Rivadavia impulsó
leyes que declaraban las tierras públicas como propiedad nacional, reinstalando
un esquema centralista que desconocía las decisiones provinciales. Facundo
Quiroga, gobernador de La Rioja, se convirtió entonces en un obstáculo político
y material para los planes mineros.
Más allá del
enfrentamiento institucional, el proyecto se derrumbó por razones
estructurales: la supuesta abundancia de oro no se verificó, los costos de
explotación eran altísimos y la distancia convertía al Famatina en un
emprendimiento poco rentable. En pocos años, las compañías quebraron y el
propio Rivadavia dejó el poder.
La primera experiencia
extractiva moderna terminó en fracaso, pero dejó instalada una matriz que se
repetirá: endeudamiento, concesiones a capitales externos y un Estado dispuesto
a reordenar el territorio en función de esos intereses.
El
extractivismo como retorno
A fines del siglo XIX, el
Famatina vuelve a ser pensado como reserva mineral explotable. Esta vez bajo
una lógica más tecnificada, apoyada en estudios geológicos y en infraestructura
específica. La mina La Mejicana y el cable carril construido en 1904
materializaron ese nuevo intento.
La experiencia se extendió
durante algunas décadas, hasta que la baja concentración del oro y las
limitaciones tecnológicas hicieron inviable la continuidad del proyecto. El
saldo volvió a ser negativo para la población local: recursos agotados, impacto
ambiental y ningún beneficio duradero.
Minería
transnacional y escala
El desembarco de Barrick
Gold en La Rioja, a partir de 2005, no representó una ruptura sino una
continuidad, ahora amplificada por la escala de la minería transnacional. La
empresa llegó con un discurso conocido —inversión, empleo, desarrollo— y con un
historial internacional marcado por denuncias de contaminación, uso intensivo
del agua y conflictos con comunidades indígenas y rurales.
La novedad no estaba en
la lógica del proyecto, sino en su magnitud. La minería a cielo abierto
implicaba dinamitar la montaña, utilizar sustancias químicas altamente
contaminantes y consumir volúmenes de agua incompatibles con una región
semiárida.
Organización
y resistencia
Frente a ese escenario,
las comunidades de Famatina, Chilecito y zonas aledañas comenzaron a
organizarse. La resistencia no surgió de una consigna abstracta, sino de un
cálculo concreto: sin agua no hay vida posible en el valle.
La frase “El Famatina no
se toca” condensó esa lectura. No se trataba solo de oponerse a una empresa,
sino de cuestionar un modelo de desarrollo que vuelve prescindibles a los
territorios y a quienes los habitan.
La movilización social
logró, al menos de manera temporal, frenar el avance del proyecto. Se
sancionaron leyes provinciales que prohibían el uso de sustancias contaminantes
y habilitaban instancias de consulta popular. Esos avances, sin embargo, fueron
revertidos cuando cambiaron las correlaciones de poder.
Estado,
alineamiento y represión
El giro del gobierno
provincial, tras la consolidación electoral de Luis Beder Herrera, expuso con
claridad el rol del Estado en este tipo de conflictos. Las normas ambientales
fueron derogadas, se creó una empresa estatal para facilitar la actividad
minera y se legitimó el discurso empresarial.
La protesta social fue
respondida con censura, judicialización y represión. En lugar de abrir
instancias reales de deliberación, el conflicto se administró como un problema
de orden público.
Centro,
periferia y zonas de sacrificio
El caso Famatina no puede
leerse de forma aislada. Forma parte de una geografía global donde los países
centrales protegen sus territorios mientras externalizan los costos ambientales
hacia regiones periféricas. La minería que sería inaceptable en Canadá o Europa
se vuelve viable en América Latina bajo marcos regulatorios más laxos y Estados
dispuestos a flexibilizar controles.
En ese esquema, los territorios se transforman en zonas de sacrificio y las comunidades locales en obstáculos a remover.
Identidad,
tiempo y sentido
La defensa del Famatina
no es solo ambiental. Es identitaria y política. Implica disputar el sentido
del desarrollo, del progreso y del tiempo. Frente al tiempo corto de la
rentabilidad, las comunidades oponen el tiempo largo del territorio.
Defender la montaña es
defender una forma de habitar, una memoria colectiva y la posibilidad de
decidir sobre el propio futuro.
Dos
siglos después
Desde el empréstito
Baring hasta la minería transnacional del siglo XXI, el patrón se repite con una
persistencia inquietante. Cambian los nombres y las tecnologías, pero se
mantiene la lógica de extracción orientada hacia afuera, sostenida por alianzas
entre capitales externos y élites políticas locales.
La pregunta que plantea
el Famatina no es solo ambiental ni provincial. Es profundamente política:
quién decide sobre los bienes comunes y para qué proyecto de país.
Mientras esa pregunta
siga sin respuesta, la disputa seguirá abierta en las laderas de la montaña.
Fuentes
consultadas:
* Medina, Hernán Rolando
(2009). "Famatina: Dos siglos de violencia". Observatorio de Empresas
Transnacionales.
* Ferns, Henry (1966).
"Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX". Buenos Aires:
Solar/Hachette.
* Svampa, M., Sola
Álvarez, M. y Bottaro, L. (2009). "Minería transnacional, narrativas del
desarrollo y resistencias sociales". Buenos Aires: Biblos.
* Observatorio de
Empresas Transnacionales (2007). "Reporte número 1: Informe sobre Barrick
Gold Corporation".
* Rodríguez Pardo, Javier
(2007). "Cuando se grita 'no' a una bomba de tiempo".
* Diario Página 12 y
Diario Crítica (2009). Coberturas periodísticas citadas.
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