miércoles, 5 de noviembre de 2025

Tras la huella de oro y mito: la Gran Expedición de Diego de Rojas hacia la “Ciudad de los Césares”

En mayo de 1543, un capitán español llamado Diego de Rojas partió desde Cuzco con una expedición de más de 200 hombres, mujeres, esclavos y sirvientes, rumbo a un territorio desconocido: el Tucumán. Su misión era encontrar el mítico reino de Trapalanda, pero lo que halló fue una tierra hostil, guerreros indígenas y una muerte que lo convertiría en leyenda. Esta es la historia de la entrada de Diego de Rojas al Tucumán, el primer paso de la conquista del Noroeste argentino.




Imagina un ejército de hombres y mujeres, armas, caballos y provisiones, avanzando por caminos desconocidos, entre montañas y llanuras, con la esperanza de encontrar un reino de oro y plata. Así fue la expedición de Diego de Rojas, un capitán español que, en 1543, se lanzó al Tucumán con la promesa de descubrir riquezas y fundar nuevas ciudades. Pero lo que encontró fue una tierra de guerreros indígenas, desiertos y salinas, y una muerte que lo convertiría en el primer español en pisar lo que hoy es Santiago del Estero. Esta es la historia de la entrada de Diego de Rojas al Tucumán, el comienzo de la conquista del Noroeste argentino.

El Sueño de Trapalanda

En 1543, el teniente de gobernador de la Provincia de Charcas, Diego de Rojas, partió desde Cuzco con una expedición de más de 200 españoles, negros e indígenas yanaconas, rumbo al Tucumán. Su objetivo era encontrar el mítico reino de Trapalanda, un territorio rico en oro y plata, que según las leyendas, se encontraba en el sur de América. Rojas pensaba que ese reino estaba en la dirección del río de la Plata, por lo que solicitó al gobernador del Perú, Cristóbal Vaca de Castro, que le encomendara la entrada a una provincia situada entre Chile y el nacimiento del río de la Plata.

Vaca de Castro aceptó rápidamente, con la idea de alejar a Rojas y a otros capitanes de posibles luchas intestinas. Rojas se asoció con los capitanes Felipe Gutiérrez y Nicolás de Heredia, y cada uno aportó la suma de 30.000 pesos para financiar la expedición. La expedición se lanzó en tres tandas escalonadas: la primera, bajo el mando de Diego de Rojas, salió de Cuzco en mayo de 1543; semanas después salió la segunda, al mando de Gutiérrez; y la tercera, al mando de Heredia, partió a mediados de junio.

El Camino Real de Collasuyo

Rojas y sus hombres partieron por el Camino Real de Collasuyo, bordeando el lago Titicaca, hasta llegar al poblado indígena de Chicoana. Allí se detuvieron un par de semanas, en espera de los refuerzos que debían arribar bajo el mando de Felipe Gutiérrez. En Chicoana, pueblo pacífico y servicial, la expedición se detuvo un par de semanas, en espera de los refuerzos que debían arribar pronto, bajo el mando de Felipe Gutiérrez.

Algunos cronistas dicen que allí se criaban “gallinas de Castilla”, aunque otros sostienen que, en realidad, los aborígenes de Chicoana sólo les contaron a los europeos que hacia el sur había tierras y poblaciones “muy ricas”, donde podrían encontrar, entre otros animales domésticos, “gallinas”. Rojas no necesitaba más que eso para abandonar el itinerario hacia Chile. Sintiéndose atraído por la posibilidad de encontrar un nuevo Perú en el Sur, decidió continuar hacia el Tucma.

El Primer Contacto con los Diaguitas

Dejó a Diego Pérez de Becerra con veinte soldados para aguardar a Gutiérrez y luego seguirlo. En pocos días de marcha irían internándose por territorios muy distintos. Tucumanaho fue el último pueblo dócil que encontrarían. El siguiente, Capayán, los recibiría a piedrazos y flechazos. Luego de una refriega donde cayeron los primeros muertos y heridos de la expedición, Rojas tuvo miedo a esos bravísimos aborígenes y regresó por donde había venido. Para evitar nuevos enfrentamientos desgastantes y seguir avanzando hacia el Sur.

Los quince diaguitas vieron emerger a aquellos individuos que parecían humanos. No estaban seguros de que lo fuesen, aunque conocían sus propósitos. Apostados a ambos lados de un angosto desfiladero, esperaron a que pasara la mitad de ellos, para comenzar a apedrearlos. Con sistemática precisión, iban lanzando proyectil tras proyectil sobre las cabezas cubiertas de un metal algo herrumbrado. Algunos caían, otros atinaban a disparar sus armas de fuego hacia arriba, a tientas. Pues no veían a sus atacantes, por la penumbra del atardecer y por estar los indios muy bien parapetados. Finalmente, aquellos seres metalizados comenzaron a retroceder. Atropellándose con torpeza, se movían ahora hacia atrás, como una oruga gigante herida. Eso querían los diaguitas. Obligarlos a buscar otro camino. Que necesariamente, los iba a llevar a zonas cada vez más desérticas, salitrosas, sin pobladores, ni plantas, ni animales.

El Paso por las Salinas

Los aborígenes peruanos que oficiaban de sirvientes, ya no conocían el territorio algo más abajo de Chicoana. En las Salinas comenzaban lugares poco explorados por los incas. Habitados por numerosísimos pueblos pequeños, de diferentes etnias. Algunas de las cuales, como los Diaguitas, Yocaviles, Quilmes, Abipones, Sanavirones y Comechingones, eran guerreros extraordinariamente combativos y tenaces. Tanto es así, que iban a ser, con el paso de los años y el avance del proceso conquistador europeo, los últimos en ser aniquilados.

Luego del ataque con hondas al que habían sido sometidos, Rojas decidiría apartarse un poco de las serranías, pero no abandonó sus propósitos de continuar hacia el Sur. Así fue que más adelante los numerosos expedicionarios entrarían en una zona llana, controlable desde el punto de vista militar, pero seca e inhóspita. Debido a lo cual pronto comenzarían a pasar hambre. Tal como le sucediera unos años atrás a Diego de Almagro.

El Llegada a Salavina

Enseguida comenzarían a pisar tierra santiagueña. Sus asesores indígenas, informaban a estos europeos que las etnias a encontrar aquí eran principalmente las de los Lules y Tonocotés. Aunque también algunos diaguitas, más pacíficos que sus primos de las montañas. Abipones hacia el Este y dos pueblos a quienes los peruanos conocían casi únicamente por narraciones: los sanavirones y los comechingones. Se decía de ellos que muchos tenían barba, como los europeos. El detalle acicateó aún más, si era posible, en Rojas la convicción de que llevaban el camino correcto. Y que se estaban acercando cada vez más a la “Ciudad de los Césares”.

No todos los lules y los tonocotés eran pacíficos, sin embargo. Además, informados por sus redes de comunicación con sus hermanos del Noroeste indígena, esperaban a los invasores. Algunos con el propósito de no dejarlos quedarse con las tierras y espacios naturales donde hasta el momento vivían en su propio orden político, y en libertad. Comenzaron a emerger apenas de entre los tupidos bosques pequeños comandos de esbeltos aborígenes que atacaban rápidamente, con intensidad, provocando algunas bajas entre los europeos y sus acompañantes. Y luego, raudamente, volvían a perderse entre la maraña selvática. Así llegaron hasta Salavina. Una región poblada por pacíficas familias indígenas, a las cuales sometieron fácilmente los españoles. Asegurándose así la alimentación cotidiana para los ya más de 180 españoles y cerca de 2.000 aborígenes peruanos que habían sobrevivido a los ataques de los diaguitas durante la travesía. Poco antes se les había unido Felipe Gutiérrez con su mujer, conquistadores europeos y servidumbre aborigen, masculina y femenina. Permanecerían en este poblado de Salavina durante un año.

La Muerte de Diego de Rojas

Cada tanto Rojas, con un grupo de soldados, salía a reconocer el terreno y explorar posibles indicios de lo que buscaban. Durante una de estas salidas, en un lugar denominado Macajar (o Maquijata), fueron repentinamente atacados. Se repetía la táctica de los Lules-Tonocotés: lanzaban flechas, dardos, piedras de honda, eludiendo los cuerpo a cuerpo, y rápidamente se esfumaban entre las frondas. Diego de Rojas fue herido por una flecha en un brazo, casi a la altura del hombro. (Algunas crónicas dicen que en un muslo.) Sin hacer demasiado caso quitó la flecha y ordenó el regreso. Ya durante el camino comenzó a sentir mareos que casi lo derriban del caballo, y cosquilleos debilitantes por todo el cuerpo.

Desde que llegaron a Salavina, los conquistadores y su numerosa comitiva de indios cipayos, habían rodeado a la modesta aldea de aborígenes, posiblemente tonocotés, de hábitos pacíficos. Allí se refugiaría este ahora Diego de Rojas herido, cada vez más atacado por la fiebre, dolores y asfixia, así como calambres que le impedían dormir. Se retorcía en su camastro, cayendo y dándose repetidamente con la cabeza contra el suelo. Desencajado, profería gritos fortísimos de dolor. Y por momentos pedía que lo mataran para dejar de padecer. En uno de sus pasajes de lucidez, designó a Francisco de Mendoza como sucesor en el mando.

Catalina de Enciso intentó curar a Rojas pero le fue imposible. Solicitó para ello la colaboración de sus sirvientas incaicas, pero el veneno inoculado por la flecha hacía todos sus esfuerzos vanos. Por fin, el conquistador murió. Una oleada de insultos y acusaciones se levantó contra las mujeres. Llegando a culpar incluso a la española de “haber embrujado” a Rojas para favorecer a su amante Felipe Gutiérrez. Algunos de los grupos más selváticos de los lules y tonocotés, usaban estas flechas y dardos envenenados contra sus enemigos. Sus armas artesanales solían ser verdaderos prodigios de perfección estética. El historiador Pedro de Angelis dice que con gran “prolijidad trabajaban y pulían. El fuego gasta y el pedernal desbasta los varejones y cuando ya los tienen en el grosor y proporción que desean, los pulen con delicada nimiedad y los dejan tan tersos y lisos, que no los aventajara el más diestro oficial con sus gubias y garlopas. Verdad es que necesitaban meses para sus maniobras”. Y más adelante: “Su tiempo tomarían para sobar los pedernales con el zumo de las yerbas ponzoñosas que ellos conocían a la perfección”.

El Legado de Diego de Rojas

Rojas fue el primer español en arribar a lo que hoy es la provincia de Santiago del Estero. Su expedición tiene el mérito de haber explorado de punta a punta todo el Tucumán hasta Córdoba. Fue la unión del Perú con el Río de la Plata. Esta expedición sirvió para descubrir las naciones indígenas que poblaban el territorio: los calchaquíes, los diaguitas, los tonocotés, los lules y los comechingones.

La entrada de Diego de Rojas al Tucumán fue el comienzo de la conquista y exploración del Noroeste Argentino que sentaría las bases de la posterior conquista y colonización de Juan Núñez de Prado, continuada por Francisco de Aguirre. De los miembros de la expedición de Rojas, veintiocho regresaron más tarde con Núñez de Prado.

La expedición de Diego de Rojas al Tucumán fue un hito en la historia de la conquista del Noroeste argentino. Fue el primer paso de la exploración y conquista de una región que, hasta entonces, era desconocida para los europeos. Rojas y sus hombres enfrentaron desafíos enormes: guerreros indígenas, desiertos, salinas y enfermedades. Pero, a pesar de todo, lograron abrir caminos y sentar las bases para la posterior conquista y colonización de la región.

La historia de Diego de Rojas es un recordatorio de la ambición y el coraje de los conquistadores, pero también de la resistencia y la valentía de los pueblos indígenas que defendieron su tierra y su libertad. Es una historia que nos invita a reflexionar sobre el pasado y a valorar la diversidad y la riqueza cultural de la región que hoy llamamos Tucumán.

Fuente principal:

CARRERAS, Julio. "Diego de Rojas" en 4 historias santiagueñas.

Fuentes históricas citadas en el texto original:

* GUTIÉRREZ DE SANTA CLARA, Pedro (1522-1603). Historia de las guerras más que civiles que hubo en el Reino del Perú (también conocida como "Quinquenarios").

* FERNÁNDEZ, Diego. Testimonio directo como soldado participante de la expedición.

* DE ANGELIS, Pedro. Investigaciones sobre técnicas médicas indígenas.

* QUIROGA, Adán. Estudios sobre tácticas de guerra de los comechingones.

* "La expedición de Diego de Rojas al Noroeste Argentino y sus derivaciones hacia los estudios arqueológicos". Ampurias (Barcelona), t. 35, 1973, págs. 255-260.

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