En mayo de 1543, un capitán español llamado Diego de Rojas partió desde Cuzco con una expedición de más de 200 hombres, mujeres, esclavos y sirvientes, rumbo a un territorio desconocido: el Tucumán. Su misión era encontrar el mítico reino de Trapalanda, pero lo que halló fue una tierra hostil, guerreros indígenas y una muerte que lo convertiría en leyenda. Esta es la historia de la entrada de Diego de Rojas al Tucumán, el primer paso de la conquista del Noroeste argentino.
Imagina un ejército de hombres y mujeres, armas, caballos y provisiones, avanzando por caminos desconocidos, entre montañas y llanuras, con la esperanza de encontrar un reino de oro y plata. Así fue la expedición de Diego de Rojas, un capitán español que, en 1543, se lanzó al Tucumán con la promesa de descubrir riquezas y fundar nuevas ciudades. Pero lo que encontró fue una tierra de guerreros indígenas, desiertos y salinas, y una muerte que lo convertiría en el primer español en pisar lo que hoy es Santiago del Estero. Esta es la historia de la entrada de Diego de Rojas al Tucumán, el comienzo de la conquista del Noroeste argentino.
El
Sueño de Trapalanda
En 1543, el teniente de
gobernador de la Provincia de Charcas, Diego de Rojas, partió desde Cuzco con
una expedición de más de 200 españoles, negros e indígenas yanaconas, rumbo al
Tucumán. Su objetivo era encontrar el mítico reino de Trapalanda, un territorio
rico en oro y plata, que según las leyendas, se encontraba en el sur de
América. Rojas pensaba que ese reino estaba en la dirección del río de la
Plata, por lo que solicitó al gobernador del Perú, Cristóbal Vaca de Castro,
que le encomendara la entrada a una provincia situada entre Chile y el
nacimiento del río de la Plata.
Vaca de Castro aceptó
rápidamente, con la idea de alejar a Rojas y a otros capitanes de posibles
luchas intestinas. Rojas se asoció con los capitanes Felipe Gutiérrez y Nicolás
de Heredia, y cada uno aportó la suma de 30.000 pesos para financiar la
expedición. La expedición se lanzó en tres tandas escalonadas: la primera, bajo
el mando de Diego de Rojas, salió de Cuzco en mayo de 1543; semanas después
salió la segunda, al mando de Gutiérrez; y la tercera, al mando de Heredia,
partió a mediados de junio.
El
Camino Real de Collasuyo
Rojas y sus hombres
partieron por el Camino Real de Collasuyo, bordeando el lago Titicaca, hasta
llegar al poblado indígena de Chicoana. Allí se detuvieron un par de semanas,
en espera de los refuerzos que debían arribar bajo el mando de Felipe
Gutiérrez. En Chicoana, pueblo pacífico y servicial, la expedición se detuvo un
par de semanas, en espera de los refuerzos que debían arribar pronto, bajo el
mando de Felipe Gutiérrez.
Algunos cronistas dicen
que allí se criaban “gallinas de Castilla”, aunque otros sostienen que, en
realidad, los aborígenes de Chicoana sólo les contaron a los europeos que hacia
el sur había tierras y poblaciones “muy ricas”, donde podrían encontrar, entre
otros animales domésticos, “gallinas”. Rojas no necesitaba más que eso para
abandonar el itinerario hacia Chile. Sintiéndose atraído por la posibilidad de
encontrar un nuevo Perú en el Sur, decidió continuar hacia el Tucma.
El
Primer Contacto con los Diaguitas
Dejó a Diego Pérez de
Becerra con veinte soldados para aguardar a Gutiérrez y luego seguirlo. En
pocos días de marcha irían internándose por territorios muy distintos.
Tucumanaho fue el último pueblo dócil que encontrarían. El siguiente, Capayán,
los recibiría a piedrazos y flechazos. Luego de una refriega donde cayeron los
primeros muertos y heridos de la expedición, Rojas tuvo miedo a esos bravísimos
aborígenes y regresó por donde había venido. Para evitar nuevos enfrentamientos
desgastantes y seguir avanzando hacia el Sur.
Los quince diaguitas
vieron emerger a aquellos individuos que parecían humanos. No estaban seguros
de que lo fuesen, aunque conocían sus propósitos. Apostados a ambos lados de un
angosto desfiladero, esperaron a que pasara la mitad de ellos, para comenzar a
apedrearlos. Con sistemática precisión, iban lanzando proyectil tras proyectil
sobre las cabezas cubiertas de un metal algo herrumbrado. Algunos caían, otros
atinaban a disparar sus armas de fuego hacia arriba, a tientas. Pues no veían a
sus atacantes, por la penumbra del atardecer y por estar los indios muy bien parapetados.
Finalmente, aquellos seres metalizados comenzaron a retroceder. Atropellándose
con torpeza, se movían ahora hacia atrás, como una oruga gigante herida. Eso
querían los diaguitas. Obligarlos a buscar otro camino. Que necesariamente, los
iba a llevar a zonas cada vez más desérticas, salitrosas, sin pobladores, ni
plantas, ni animales.
El
Paso por las Salinas
Los aborígenes peruanos
que oficiaban de sirvientes, ya no conocían el territorio algo más abajo de
Chicoana. En las Salinas comenzaban lugares poco explorados por los incas.
Habitados por numerosísimos pueblos pequeños, de diferentes etnias. Algunas de las
cuales, como los Diaguitas, Yocaviles, Quilmes, Abipones, Sanavirones y
Comechingones, eran guerreros extraordinariamente combativos y tenaces. Tanto
es así, que iban a ser, con el paso de los años y el avance del proceso
conquistador europeo, los últimos en ser aniquilados.
Luego del ataque con
hondas al que habían sido sometidos, Rojas decidiría apartarse un poco de las
serranías, pero no abandonó sus propósitos de continuar hacia el Sur. Así fue
que más adelante los numerosos expedicionarios entrarían en una zona llana,
controlable desde el punto de vista militar, pero seca e inhóspita. Debido a lo
cual pronto comenzarían a pasar hambre. Tal como le sucediera unos años atrás a
Diego de Almagro.
El
Llegada a Salavina
Enseguida comenzarían a
pisar tierra santiagueña. Sus asesores indígenas, informaban a estos europeos
que las etnias a encontrar aquí eran principalmente las de los Lules y
Tonocotés. Aunque también algunos diaguitas, más pacíficos que sus primos de
las montañas. Abipones hacia el Este y dos pueblos a quienes los peruanos
conocían casi únicamente por narraciones: los sanavirones y los comechingones.
Se decía de ellos que muchos tenían barba, como los europeos. El detalle
acicateó aún más, si era posible, en Rojas la convicción de que llevaban el
camino correcto. Y que se estaban acercando cada vez más a la “Ciudad de los
Césares”.
No todos los lules y los
tonocotés eran pacíficos, sin embargo. Además, informados por sus redes de
comunicación con sus hermanos del Noroeste indígena, esperaban a los invasores.
Algunos con el propósito de no dejarlos quedarse con las tierras y espacios
naturales donde hasta el momento vivían en su propio orden político, y en
libertad. Comenzaron a emerger apenas de entre los tupidos bosques pequeños
comandos de esbeltos aborígenes que atacaban rápidamente, con intensidad,
provocando algunas bajas entre los europeos y sus acompañantes. Y luego,
raudamente, volvían a perderse entre la maraña selvática. Así llegaron hasta
Salavina. Una región poblada por pacíficas familias indígenas, a las cuales
sometieron fácilmente los españoles. Asegurándose así la alimentación cotidiana
para los ya más de 180 españoles y cerca de 2.000 aborígenes peruanos que
habían sobrevivido a los ataques de los diaguitas durante la travesía. Poco
antes se les había unido Felipe Gutiérrez con su mujer, conquistadores europeos
y servidumbre aborigen, masculina y femenina. Permanecerían en este poblado de
Salavina durante un año.
La
Muerte de Diego de Rojas
Cada tanto Rojas, con un
grupo de soldados, salía a reconocer el terreno y explorar posibles indicios de
lo que buscaban. Durante una de estas salidas, en un lugar denominado Macajar
(o Maquijata), fueron repentinamente atacados. Se repetía la táctica de los
Lules-Tonocotés: lanzaban flechas, dardos, piedras de honda, eludiendo los
cuerpo a cuerpo, y rápidamente se esfumaban entre las frondas. Diego de Rojas
fue herido por una flecha en un brazo, casi a la altura del hombro. (Algunas
crónicas dicen que en un muslo.) Sin hacer demasiado caso quitó la flecha y
ordenó el regreso. Ya durante el camino comenzó a sentir mareos que casi lo
derriban del caballo, y cosquilleos debilitantes por todo el cuerpo.
Desde que llegaron a
Salavina, los conquistadores y su numerosa comitiva de indios cipayos, habían rodeado
a la modesta aldea de aborígenes, posiblemente tonocotés, de hábitos pacíficos.
Allí se refugiaría este ahora Diego de Rojas herido, cada vez más atacado por
la fiebre, dolores y asfixia, así como calambres que le impedían dormir. Se
retorcía en su camastro, cayendo y dándose repetidamente con la cabeza contra
el suelo. Desencajado, profería gritos fortísimos de dolor. Y por momentos
pedía que lo mataran para dejar de padecer. En uno de sus pasajes de lucidez,
designó a Francisco de Mendoza como sucesor en el mando.
Catalina de Enciso
intentó curar a Rojas pero le fue imposible. Solicitó para ello la colaboración
de sus sirvientas incaicas, pero el veneno inoculado por la flecha hacía todos
sus esfuerzos vanos. Por fin, el conquistador murió. Una oleada de insultos y
acusaciones se levantó contra las mujeres. Llegando a culpar incluso a la
española de “haber embrujado” a Rojas para favorecer a su amante Felipe
Gutiérrez. Algunos de los grupos más selváticos de los lules y tonocotés,
usaban estas flechas y dardos envenenados contra sus enemigos. Sus armas
artesanales solían ser verdaderos prodigios de perfección estética. El
historiador Pedro de Angelis dice que con gran “prolijidad trabajaban y pulían.
El fuego gasta y el pedernal desbasta los varejones y cuando ya los tienen en
el grosor y proporción que desean, los pulen con delicada nimiedad y los dejan
tan tersos y lisos, que no los aventajara el más diestro oficial con sus gubias
y garlopas. Verdad es que necesitaban meses para sus maniobras”. Y más
adelante: “Su tiempo tomarían para sobar los pedernales con el zumo de las
yerbas ponzoñosas que ellos conocían a la perfección”.
El
Legado de Diego de Rojas
Rojas fue el primer
español en arribar a lo que hoy es la provincia de Santiago del Estero. Su expedición
tiene el mérito de haber explorado de punta a punta todo el Tucumán hasta
Córdoba. Fue la unión del Perú con el Río de la Plata. Esta expedición sirvió
para descubrir las naciones indígenas que poblaban el territorio: los
calchaquíes, los diaguitas, los tonocotés, los lules y los comechingones.
La entrada de Diego de
Rojas al Tucumán fue el comienzo de la conquista y exploración del Noroeste
Argentino que sentaría las bases de la posterior conquista y colonización de
Juan Núñez de Prado, continuada por Francisco de Aguirre. De los miembros de la
expedición de Rojas, veintiocho regresaron más tarde con Núñez de Prado.
La expedición de Diego de
Rojas al Tucumán fue un hito en la historia de la conquista del Noroeste
argentino. Fue el primer paso de la exploración y conquista de una región que,
hasta entonces, era desconocida para los europeos. Rojas y sus hombres
enfrentaron desafíos enormes: guerreros indígenas, desiertos, salinas y
enfermedades. Pero, a pesar de todo, lograron abrir caminos y sentar las bases
para la posterior conquista y colonización de la región.
La historia de Diego de
Rojas es un recordatorio de la ambición y el coraje de los conquistadores, pero
también de la resistencia y la valentía de los pueblos indígenas que
defendieron su tierra y su libertad. Es una historia que nos invita a
reflexionar sobre el pasado y a valorar la diversidad y la riqueza cultural de
la región que hoy llamamos Tucumán.
Fuente
principal:
CARRERAS, Julio.
"Diego de Rojas" en 4 historias santiagueñas.
Fuentes
históricas citadas en el texto original:
* GUTIÉRREZ DE SANTA
CLARA, Pedro (1522-1603). Historia de las guerras más que civiles que hubo en
el Reino del Perú (también conocida como "Quinquenarios").
* FERNÁNDEZ, Diego.
Testimonio directo como soldado participante de la expedición.
* DE ANGELIS, Pedro.
Investigaciones sobre técnicas médicas indígenas.
* QUIROGA, Adán. Estudios
sobre tácticas de guerra de los comechingones.
* "La expedición de
Diego de Rojas al Noroeste Argentino y sus derivaciones hacia los estudios
arqueológicos". Ampurias (Barcelona), t. 35, 1973, págs. 255-260.

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