miércoles, 5 de noviembre de 2025

Silípica: Un Viaje a través del Tiempo y la Historia

En las entrañas de Santiago del Estero, un antiguo poblado indígena guarda cuatro siglos de memorias: desde las huelles de San Martín hasta los sueños truncos de la modernidad



Por siglos, las polvorientas calles de Silípica fueron testigo mudo del desfile de la historia argentina. Hoy, entre ruinas de proyectos fallidos y la fe inquebrantable de sus habitantes, este rincón santiagueño busca su lugar en el presente.

La historia de Silípica comienza mucho antes de que los conquistadores españoles pusieran pie en estas tierras. Cuando el capitán Juan Núñez de Prado emprendió su entrada entre 1550 y 1552, el nombre de este poblado ya resonaba en los mapas de la época. Según las referencias del Padre Lozano, existían entonces varios pueblos indígenas: Alivigasta, Nacha, Manchigasta y Silípica, este último gobernado por el cacique Chanamba.

En esos tiempos remotos, Silípica se erigía como una verdadera provincia india, situada estratégicamente entre Tontola por el norte y Sumamao por el sur, bañada por las aguas generosas del río Dulce. Era una región próspera donde "densos enjambres humanos" habitaban tierras feraces, protegidos por bosques inmensos de árboles gigantescos cuyas maderas fueron codiciadas para las primeras construcciones de la capital provincial.

El Encuentro de Dos Mundos

La llegada de los españoles marcó el fin de una era y el comienzo de otra. En 1627, una Cédula Real documentaba los servicios militares del capitán Juan de Tejeda Miraval, quien "se halló en la pacificación de los indios de la provincia de Silípica que estaban alzados". El documento revelaba que los conquistadores habían logrado someter a los nativos "por la nueva orden que tuvieron en tomarles por la espalda", una táctica poco honorable que sugiere la fiereza con que los silípicas defendieron su libertad.

No sabemos si estos indígenas eran "temibles por su ferocidad" o simplemente "celosos custodios de sus derechos humanos", como reflexiona el cronista. Lo cierto es que su resistencia quedó grabada en los anales oficiales como testimonio de una lucha desigual entre dos concepciones del mundo.

Con la dominación española llegaron los cambios profundos. Se establecieron obrajes de paños donde los indios hilaban y tejían el algodón de sus sembrados y la lana de sus rebaños. Se erigieron atahonas para la molienda del trigo. El comercio abrió rutas que serían recorridas durante siglos por carretas y diligencias, convirtiendo a Silípica en una posta fundamental del camino entre Buenos Aires y el Perú.

Cruce de Caminos, Teatro de la Historia

Dos grandes rutas convergían en Silípica, convirtiéndola en un punto neurálgico del tránsito colonial. La primera, llamada "de las postas", enlazaba de norte a sur los pueblos de Santiago, Manogasta, Silípica, Simbolar, Ayuncha, Remanso, Portezuelo, Pozo del Tigre y Chañar. La segunda, conocida como "camino del Perú", seguía la antigua senda de los chasquis incas, pasando por Silípica, Loreto, Atamisqui, Salavina y otros poblados hasta llegar a Córdoba.

Esta posición privilegiada permitió que Silípica fuera testigo privilegiado del desfile de la historia. En el siglo XVII, un documento titulado "Derrotero del Camino de Potosí a Córdoba" mencionaba: "De Silípica se dexa la costa del Río y se coje por la travesía del Palomar, despoblado hasta Santiago, que es la ciudad que hay doce leguas".

El servicio de correos, establecido oficialmente en 1746, tocaba este pueblo en su larga travesía entre Potosí y Buenos Aires. En 1767, la caravana que llevaba al exilio a los jesuitas del norte pernoctó en Silípica, y quizás durante la hora de la plegaria, esos religiosos tuvieron fuerzas para perdonar "la grave, la injusta, la innoble prisión".

La Capilla de los Milagros

En el corazón de Silípica se alzaba una pequeña capilla de adobes, con techo de tierra sobre un envigado de madera. Humilde y recogida en medio de la inmensidad del campo, guardaba en su nicho la imagen de la Virgen de Monserrat. Cuando en 1780 pasó por el pueblo la beata Sor María Antonia de la Paz y Figueroa, en su peregrinación hacia Buenos Aires donde fundaría la Santa Casa de los Ejercicios, sin duda se detuvo a orar ante esta imagen, pidiendo ayuda para cumplir su "alta, noble y heroica misión".

Dos años después transitó por estas tierras el obispo San Alberto, y en 1789 nada menos que el virrey del Río de la Plata honró con su presencia este pequeño poblado que parecía magnetizar a las grandes figuras de la época.

Los Vientos de la Libertad

El año 1810 trajo consigo los vientos revolucionarios. Juan José Castelli, heraldo de la revolución, pasó por el antiguo camino ante los ojos expectantes de los pobladores. Tras él avanzó el Ejército Libertador, y "la única calleja del pueblo sería hollada gloriosamente por el paso de los soldados de la patria". La población, reducida por las penurias y calamidades, despertó de su letargo secular cuando los clarines y tambores rompieron el silencio acumulado durante siglos.

Por estas mismas rutas pasó el general Manuel Belgrano, cuya abuela santiagueña era oriunda de la vecina Loreto. Poco después, los chasquis llevaron las noticias de las victorias de Salta y Tucumán, posiblemente a través del ex granadero santiagueño Juan Nepomuceno Herrera.

San Martín en Silípica: El Momento Decisivo

Pero fue el paso de José de San Martín el que marcó el momento más trascendental en la historia de Silípica. A fines de 1813, el Libertador se dirigió al Norte para ayudar a Belgrano tras los reveses de Vilcapugio y Ayohuma. Viajaba en un coche de la Renta del Correo, precedido por los chasquis Cayetano Maldonado y Francisco Hilario Muñoz.

En el trayecto por el inmenso desierto de treinta leguas llamado "la travesía", San Martín fue guiado por baqueanos locales: Carlos Peralta, Bernardo Morales, Sinforoso Santillán y, finalmente, José Vicente Rojas, quien lo condujo desde Silípica hasta Manogasta.

Meses después, el 28 de mayo de 1814, San Martín regresó a Silípica en circunstancias muy diferentes. Estaba enfermo y había renunciado al mando del Ejército Libertador. Venía acompañado por Mario Guido, el doctor Paroissen y su escolta de granaderos al mando del capitán Toribio Luzuriaga.

Como observa Ricardo Rojas en sus escritos para el diario "El Liberal", este momento aparentemente insignificante fue crucial: "En ese momento de incertidumbre por su mala salud y por su renuncia militar, es cuando San Martín ha desistido de llevar la guerra a Lima por el Alto Perú y ha madurado su plan de ir a Chile para salir al mar Pacífico y atacar a los realistas en las costas del Virreinato peruano".

En la posta de Silípica, mientras reposaba de su enfermedad, San Martín meditaba sobre su destino y forjaba el plan que lo llevaría a cruzar los Andes. "Tal es el gran acontecimiento que se realiza en el ánimo del héroe mientras el convaleciente medita sobre su destino en aquel invierno santiagueño de 1814", reflexiona Rojas.

El Declive y las Esperanzas Truncas

Los años siguientes vieron pasar por Silípica a soldados que iban y venían del fortín Abipones, incluido el futuro caudillo Juan Felipe Ibarra. En 1818, el doctor Juan Lasso de Puelles fundó la Capellanía de Nuestra Señora de Monserrat basándose en la valiosa estancia de Silípica.

Sin embargo, el progreso del país tomó otros rumbos. El ferrocarril llegó finalmente a la región con el ramal del General Belgrano, que estableció estaciones en Ezcurra, Arraga, Simbol y Nueva Francia. En 1885 se dividió el departamento Silípica, y en 1890 se erigió una nueva capilla, "imponente" según las crónicas, "con pretensión" aunque "sin arquitectura".

Los Sueños de la Modernidad

A fines del siglo XIX, la modernidad tocó las puertas de Silípica con un proyecto ambicioso. Se constituyó en Buenos Aires la Compañía Territorial del Norte de la Argentina, presidida por Luis Urdaniz, para colonizar 28.000 hectáreas de estas tierras. Se abrió un gran canal desde el río bajo la dirección de Vignaux, se iniciaron desmontes y llegaron los primeros colonos.

El ingeniero agrónomo Juan Ramón Chávez publicó un manual con el estudio de las tierras y los métodos para su explotación, terminando su prólogo con palabras generosas: "Hacemos esta publicación en beneficio general de las tierras de la provincia de Santiago del Estero".

Pero el río desvió su curso, dejando la bocatoma muy lejos y el canal inútil. La compañía fracasó, se liquidó, y Urdaniz adquirió todas las acciones para fundar una nueva empresa. Los trabajos se reanudaron con empecinamiento, se excavaron los canales casi cegados, se desmontaron nuevas extensiones, pero todo volvió a fracasar.

La Tercera Oportunidad

No conocían la derrota estos hombres visionarios. Se fundó una nueva empresa, "Administración Urdániz", bajo la presidencia del ingeniero Emilio Benito Urdániz. Esta vez parecían haber encontrado la solución: poderosas bombas centrífugas Sulzer extraían agua del río, los canales funcionaban, se sembraba y se cosechaba.

Pero las tierras habían sido hipotecadas para adquirir las bombas. El Banco Hipotecario Nacional exigió la amortización de 330.000 pesos. La Administración Urdániz pidió prórroga hasta la cosecha definitiva, pero el banco, "celoso custodio del interés nacional", ejecutó la hipoteca sin conmiseración.

Se remataron todos los bienes. El inmenso algodonal se perdió, la desmotadora se desechó como hierro viejo, las máquinas desaparecieron. "De aquel esfuerzo gigantesco que debió servir para la redención de nuestras tierras y de nuestros hombres, sólo quedó triunfante el Banco Hipotecario sobre un montón de escombros", lamenta el cronista.

La Paradoja del Saqueo

La ironía llegaría después. Ese mismo Banco Hipotecario arrendó a una firma particular 27.000 hectáreas de bosque de la ex-colonia Urdaniz por tres años y medio, a la ínfima suma de un peso con treinta y cinco centavos la hectárea. Una verdadera legión de hacheros (unos 2.000) se embarcó en el desmantelamiento del campo. Solo en postes se cargaron 80.000 piezas en la estación Simbol, además de miles de toneladas de leña y carbón.

"El Banco Hipotecario había cumplido con el deber de ayudar a particulares en este feroz desmantelamiento del campo y en esta despiadada explotación del hombre. No supo hacerlo cuando se quiso dignificar y redimir", reflexiona amargamente el observador de la época.

Entre la Fe y la Leyenda

Hoy, Silípica es la capital del departamento homónimo, centro de una zona de labranza donde la tierra se divide en minifundios que alternan con extensiones desérticas y abandonadas. La nueva capilla, construida en 1890, domina la soledad del campo "donde apenas se ven algunos ranchos semiocultos, terrosos, adustos, agobiados".

Dentro del templo, la antigua imagen de la Virgen de Monserrat, "tallada en un roquedal deforme", está adornada de ex-votos que reproducen sables, piernas, bustos, manos, corazones. Las monedas, dijes, cabellos, coronas de ofrendas, flores de trapo y papel testimonian la fe inquebrantable del pueblo.

Cada 2 de febrero, la comarca se vuelca al santuario milagroso en "férvidas multitudes" que cantan coros de alabanza, se prosternan, elevan plegarias tradicionales, acompañan en procesión a su virgencita y se "hacen pisar" por ella. Después ríen y bailan entre el crepitar de los cohetes, sin pensar que "cuando los otros pueblos de Tucumán, de Córdoba, de Santa Fe, convocan a la leva, todos esos pobladores jóvenes se enrolan en las filas del éxodo".

La Salamanca del Pozokómer

Paralelamente a la fe cristiana, corre en Silípica la leyenda de la Salamanca. En un pozanco llamado Pozokómer, cerca del río, se dice que durante la noche se escucha una música delicada de violines con que el diablo ameniza el aquelarre. Allí se convocan "magiqueros" y "brujas" para recibir inspiración satánica, y penetran los neófitos para vender su alma al diablo a cambio del arte para el amor, la fortuna en el juego y el trabajo.

El Presente Melancólico

Del esfuerzo colonizador solo quedó en pie una escuela monumental "en pleno desierto de tristeza y desolación", unas huertitas en el Pueblo Nuevo, pocas tierras de cultivo agobiadas por la sequía y un cementerio cercado de alambre, "tristemente rodeado de arbolillos raquíticos" que ostenta en su portal dos ángeles deformes sobre una placa que dice: "1932, patrocinado por la Asociación Pro-Fomento y Cultura de Villa Silípica".

Las bombas yacen muertas en su torre ruinosa. Los canales se borraron, el viento cubrió de arena la vasta extensión del campo. Sobre las colinas de Simbol y Silípica crecieron los abrojos, los arbustos y los árboles. "Sobre la esperanza creció la decepción."

El Interrogante del Futuro

La pregunta que planteaba el cronista hace décadas sigue vigente: "¿Dónde está el milagro que haga de Silípica el emporio de nuestra riqueza agrícola?" Los testimonios de tantos milagros están ahí, en las cruces de oro y plata, los ex-votos, los collares que adornan a la Virgen de Monserrat. Está la fe del pueblo, inquebrantable a través de los siglos.

Pero también está la realidad de un poblado que se despuebla lentamente, donde los jóvenes emigran hacia centros urbanos más prósperos. ¿Será necesario, como se preguntaba irónicamente el cronista, "ir a la Salamanca del Pozokómer para mitigar el hondo, el tremendo, el trágico problema de la despoblación de Silípica"?

La historia de este pueblo santiagueño es la historia de Argentina en miniatura: pueblos originarios sometidos, rutas coloniales, gestas independentistas, proyectos modernizadores frustrados, fe popular y tradiciones que resisten el paso del tiempo. Silípica sigue ahí, entre el río Dulce y el desierto, entre la memoria y la esperanza, esperando quizás que la historia vuelva a tocar sus puertas, esta vez con mejores noticias.

Dilullo, Orestes. La agonía de los pueblos. Viejos pueblos. Buenos Aires: Editorial, 2017. (…se citan diversas páginas del libro, los apuntes de los archivos del siglo XVI y las notas de los carretas de 1746‑1780).

Fuentes consultadas:

* Archivo de referencias del Padre Lozano (1550-1552)

* Cédula Real del 17 de mayo de 1627

* "Derrotero del Camino de Potosí a Córdoba" (Siglo XVII)

* Croquis de 1755 citado por el Ing. Manuel Ordóñez

* Artículos de Ricardo Rojas y Domingo Maidana en el diario "El Liberal"

* "El Lazarillo de ciegos Caminantes" de Concolorcorvo (Calixto Bustamante)

* Manual del Ing. Agrónomo Juan Ramón Chávez sobre las tierras de Silípica

* Actas Capitulares de 1816

* Documentos de la Compañía Territorial del Norte de la Argentina y sucesivas empresas Urdaniz

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