miércoles, 31 de diciembre de 2025

Los panaderos anarquistas que dieron nombre a los dulces argentinos

Por Eduardo Bravo

 

Los dulces argentinos tienen nombres que hacen mofa del diferente estamento del Estado, gracias a la importancia que el movimiento anarquista tuvo en el país.

En 1880, Ettore Mattei llegó a la Argentina. Europa se había convertido en un lugar peligroso para los militantes anarquistas y Buenos Aires parecía un lugar más seguro para seguir luchando por los derechos de los trabajadores. Cinco años más tarde y después de un periplo que le llevó por Suiza, España, Rumanía, Francia, Bélgica, Inglaterra e incluso Egipto, también llegó a la ciudad del Plata Enrico Malatesta.

Si bien Mattei y Malatesta conformaron dos grupos diferenciados que actuaban de manera no coordinada, en 1887, ambos se juntaron para fundar la Sociedad Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos, el primer sindicato de panaderos de la República Argentina, cuyo ideario se basaba en la acción directa y la huelga revolucionaria. Malatesta se encargó de la redacción de los estatutos, cuyo artículo primer era «Lograr el mejoramiento intelectual, moral y físico del obrero y su emancipación de las garras del capitalismo», y Mattei desempeñó los cargos de secretario gerente del gremio y redactor jefe de El Obrero Panadero, órgano de difusión del sindicato, que se publicó desde 1894 a 1930.

Un año después de la fundación del sindicato, los panaderos decidieron organizar una huelga para reclamar mejoras en sus condiciones de trabajo. Los alquileres y la comida habían subido y los salarios no alcanzaban. Entre sus exigencias estaban un aumento del 30% en el sueldo, un kilo de pan por día, que se les pagasen los salarios por semanas y la eliminación de las jornadas nocturnas.

El paro, que duró diez días gracias a la caja de resistencia organizada por los trabajadores, no solo consiguió que se atendieran las reivindicaciones de los obreros, sino que ayudó a impulsar la creación de otras organizaciones obreras anarquistas. Además, para dejar constancia de su triunfo y de su ideario, los panaderos decidieron hornear dulces cuyas formas y nombres hacían mofa de diferentes estamentos sociales como la policía, la iglesia o el ejército.

De este modo, unos dulces alargados fueron llamados vigilantes, en referencia a los palos con los que iban armados los policías. Otros rellenos de crema o dulce de leche se llamaron bombas y cañoncitos, como burla al ejército. Entre aquellos que hacían mofa del estamento eclesiástico estaban los sacramentos y los suspiros de monja, también llamados bolas de fraile.

La broma caló entre la población, incluidas las clases oligarcas, y en la actualidad esas denominaciones se sigue utilizando, aunque posiblemente muchos de los compradores desconozcan el origen revolucionario de esos nombres. No solo ha pasado más de un siglo desde que aparecieron por primera vez, sino que los diferentes gobiernos argentinos han hecho todo lo posible por erradicar el movimiento anarquista del país, como demuestran la represión y los asesinatos sufridos durante los años 20 y 30 del siglo XX y que han sido relatados por, entre otros, el escritor Osvaldo Bayer.

Fuente: agenteprovocador.es

lunes, 29 de diciembre de 2025

El monte que produce futuro: 16 toneladas de chaucha de algarroba desde El Impenetrable

Más de 100 familias recolectaron y duplicaron la cosecha del año pasado. La experiencia consolida una alternativa de economía regenerativa que protege el bosque nativo y genera ingresos locales.



En pleno corazón de El Impenetrable chaqueño, el monte volvió a dar señales de que es posible producir sin destruir. Este año, 113 familias vecinas al Parque Nacional se organizaron para recolectar chauchas de algarrobo y lograron acopiar 16 toneladas que ya partieron rumbo a un molino de Salta, donde serán transformadas en harina de algarroba, un alimento natural con creciente demanda por sus propiedades nutritivas.

La cosecha, impulsada por el programa "Emprendedores por Naturaleza" de la Fundación Rewilding Argentina, no solo duplicó el volumen obtenido el año pasado, sino que también amplió su alcance territorial: los algarrobales trabajados abarcaron unas 250 mil hectáreas y convocaron a casi el doble de participantes que en la edición anterior.

"La idea es darle valor al algarrobo en pie y proteger el monte", explicó Lucía "Luli" Kronhaus, coordinadora Regional de Comunidades de la Fundación, quien celebró que esta iniciativa ya cumpla cinco años consecutivos. Para mejorar el rendimiento, se incorporaron prácticas simples pero efectivas: limpieza del suelo para facilitar la recolección, separación del ganado, instalación de secadores solares elevados y la compra de dos silos con capacidad de siete toneladas cada uno.

El movimiento alrededor de la cosecha también tuvo su postal cotidiana: vecinos llegando en auto, moto, carretilla o a pie con las bolsas cargadas de vainas. Cuando no había medios de traslado, la organización se encargó de buscarlas. "Cuanta más chaucha se cosecha, mayor es el ingreso de los vecinos", remarcó Kronhaus, al definir la actividad como una alternativa económica concreta.

La mayoría de los recolectores pertenece a la comunidad wichí y para muchas familias representa un ingreso adicional clave en el mes de diciembre. A la par, la harina de algarroba comienza a consolidarse como un producto identitario del territorio: es libre de gluten, rica en fibra, proteínas y minerales, y se obtiene sin químicos ni procesos industriales. Capacitaciones gastronómicas, difusión de recetas y eventos comunitarios como la Peña Algarrobera —que reunió a unas 300 personas en Nueva Población para celebrar el inicio de la cosecha— forman parte de una estrategia que busca arraigo y apropiación local.

El desafío que viene es dar un paso más. "Nuestra visión es que la provincia se consolide como productora de algarroba y que podamos tener un molino en la región para generar empleo local", planteó Kronhaus, quien llamó a articular esfuerzos entre municipios, gobierno, cooperativas y el sector privado.  Mientras tanto, el monte sigue en pie y produce. La algarroba, ancestral y resiliente, vuelve a ser símbolo de una economía posible: regenerativa, sustentable y con raíces profundas en El Impenetrable.

 Fuente: diarionorte.com

domingo, 28 de diciembre de 2025

Cuando el viento cuenta la historia de un país: Un viaje por el clima argentino

Imaginate que estás en un auto cruzando Argentina de norte a sur. En un punto, el aire es tan pesado que te envuelve como una manta húmeda. Unas horas después, ese mismo aire se vuelve tan seco que te parte los labios. Después, tan frío que te cala los huesos. No son tres países distintos: es el mismo, pero con tantas caras climáticas como paisajes. ¿Cómo vive la gente bajo ese cielo que nunca se decide? ¿Cómo se amolda la vida a un clima que parece tener personalidad propia?



Hace unos años, un amigo norteamericano me miró perplejo cuando le conté que en Argentina podés tomar mate bajo el sol sofocante de Santiago del Estero a las tres de la tarde y, esa misma semana, hacerlo envuelto en un parka a -15 grados en La Quiaca, justo al amanecer. "¿Pero es el mismo país?", me preguntó. Sí, le respondí, y ese es su encanto y su desafío. Desde el trópico húmedo de Misiones hasta la fría esquina austral de Ushuaia, el territorio argentino se despliega como un lienzo donde el clima pinta con pinceladas de viento, lluvia y temperatura. Cada región tiene su propio pulso, su propio aliento. Y ese pulso, que late unas setenta veces por año con el paso del frente polar, no sólo dibuja mapas meteorológicos: moldea destinos, economías y hasta el carácter de quienes lo habitan.

El aire que nos habita: Masas de aire que no solo pasan, deciden

Si cerrás los ojos en Corrientes en enero, el aire tiene olor a mandarina y humedad. Es el beso del Atlántico que entra sin llamar, cargado de calor y agua, y que domina todo el este del norte argentino. Los meteorólogos le dicen "masa de aire subtropical marítima", pero para el productor de arroz de Santo Tomé es simplemente "la salvación": sin esa humedad que se trepa por las palmeras hasta el cielo, sus campos serían solo tierra seca.

Ahora bien, si ese mismo productor viaja a San Juan, se lleva una sorpresa. Allí el aire es limpio, casi cristalino, pero tan seco que la piel se pone tirante. Esa es la marca de la depresión del Noroeste, ese centro de bajas presiones que actúa como un imán gigante. Termodinámicamente es fascinante, sí, pero lo que realmente importa es cómo se siente: en enero, cuando el suelo se recalienta tanto que parece que va a agrietarse, la depresión aspira con fuerza el aire amazónico desde el norte. El cielo se nubla de golpe y, de pronto, cae una lluvia que huele a selva lejana. Es como si el desierto pidiera permiso para existir y el Amazonas le respondiera con una gota de vida.

En la Patagonia, en cambio, el viento es el protagonista. No es un viento cualquiera: es el oeste, que viene del Pacífico seco y frío, y que al chocar con los Andes deja toda su humedad del lado chileno. El efecto Foehn no es solo un concepto para los estudiantes: es la sensación de que el aire te quema la cara mientras caminás por Neuquén, aunque el termómetro diga 15 grados. Es el sonido de los árboles doblados por la fuerza, el polvo levantándose en remolinos que parecen danzar. Los patagónicos lo saben: cuando el viento del oeste se calma, algo grande se viene.

Y más al sur, en Tierra del Fuego, el aire es otra cosa. Es frío, sí, pero también es húmedo, constante. No descansa. Te lo imaginas como una niebla que nunca se disuelve del todo, que se mete por los poros y te hace sentir que el invierno no es una estación, sino un modo de ser.

La batalla que nos moja: Cuando el frío polar y el calor tropical se besan

El frente polar no es una línea en el mapa: es un encuentro. Un abrazo violento entre el frío que sube desde la Antártida y el calor que baja desde el trópico. Cada año, ese abrazo se repite unas setenta veces. Setenta peleas de gigantes que deciden si lloverá en Rosario o hará sol en Bahía Blanca.

En las latitudes medias, alrededor de los 40° sur, esa batalla es espectacular. El aire polar entra por la Patagonia como un ejército disciplinado, avanzando hacia el noreste. El aire tropical lo espera con la humedad del Atlántico en sus brazos. Cuando chocan, el aire cálido no tiene más remedio que subir. Y al subir, se enfría, se condensa y se vuelve lluvia. Es el mismo mecanismo que hace que un vendedor de paraguas en Mar del Plata viva al día con cada pronóstico. Es lo que transforma una mañana gris en una tarde de chaparrones que huelen a tierra mojada.

Los frentes cálidos también llegan, pero son más tímidos. Traen aire del norte y el noreste, y cuando se desatan, las lluvias son más una llovizna persistente que una tormenta. Los ciclones del Litoral, en cambio, son los showrunners del clima bonaerense. Cuando se forman sobre el Río de la Plata, todo el mundo en Buenos Aires lo siente: el viento cambia de dirección, el cielo se pone gris plomo y la sudestada llega con su maletín de agua fresca y viento del mar. Es el momento de refugiarse en un café con ventanales empañados, mirando cómo la ciudad se vuelve líquida.

Y acá está la clave: Argentina es un territorio plano en sentido este-oeste. No hay murallas que detengan a estos ejércitos de aire. Es un campo de batalla abierto donde las masas de aire se enfrentan sin intermediarios. Por eso el clima cambia tan rápido. Por eso el pronóstico a veces falla. Por eso un día puede ser primavera y al día siguiente, invierno.

El mapa de las gotas: Donde el agua es abundancia o es codicia

Un tercio de Argentina recibe menos de 200 milímetros de lluvia al año. Pongámoslo en perspectiva: es como si en todo un año cayera menos agua que la que necesitás para regar un jardín durante un mes de verano. Ese tercio del país vive en una contienda constante con la sequedad. En algunos lugares de San Juan, la lluvia anual no llega a los 100 milímetros. El agua no cae, se esconde. Y cuando cae, la gente sale a la calle con baldes, no con paraguas. Es un evento casi festivo.

Pero en el otro extremo, en Misiones, el agua es una presencia constante. Allí, las lluvias superan los 1.600 milímetros anuales. No llueve: se derrama el cielo. El aire es tan denso que respirás vapor. En la selva, cada hoja gotea, cada tronco está cubierto de musgo y el barro se mete bajo las uñas. El productor de yerba mate de Oberá no pregunta si va a llover, sino cuánto. La pregunta no es si habrá agua, sino cómo no ahogarse en ella.

Y luego está el espectáculo de los Andes alrededor de los 42° sur. Ahí, la lluvia no cae, se estrella. Las masas de aire del Pacífico, cargadas de humedad, chocan contra la cordillera como un auto contra un muro. El resultado es una de las zonas más húmedas de toda la Argentina: más de 4.000 milímetros al año. Es una cascada constante que se convierte en nieve en la cima y en torrentes que bajan rugiendo. Un habitante de San Martín de los Andes puede contarte cómo el sonido de la lluvia en su techo de chapa se volvió el soundtrack de su vida. Y cómo, en invierno, esa lluvia se transforma en nieve que cubre todo, creando un silencio que es casi sagrado.

En el medio, están los valles calchaquíes, Catamarca, La Rioja, el oeste chaqueño. Ahí la falta de agua no es un dato, es una herida. Es el suelo agrietado que duele al caminar, los cardos secos que crujen bajo el sol. Es la mirada de un productor de olivo en Fiambalá, calculando cada gota, midiendo cada milímetro como quien cuenta monedas. En esos lugares, la deficiencia hídrica alcanza entre 600 y 800 milímetros. Es decir, necesitarían entre cuatro y cinco veces más agua de la que reciben para que la tierra no sienta sed.

Unidades climáticas: Las caras de la misma moneda

La Argentina no tiene un clima: tiene climas. Y cada uno tiene su propia identidad, su propia voz. Veamos algunas de estas voces:

I. La llanura que respira con el Atlántico

En Paso de los Libres, Corrientes, no hay invierno que valga. El termómetro promedia los 20 grados todo el año y puede llegar a los 43 en un enero particularmente cruel. Pero la lluvia, ahí está, generosa: 1.371 milímetros que caen principalmente en primavera y otoño. El productor de naranjas no necesita regar: el cielo lo hace por él. El balance hídrico es positivo, casi amistoso.

Moverse unos cientos de kilómetros hacia el oeste, hasta Ceres, Santa Fe, cambia la ecuación. La temperatura sigue siendo alta, pero la lluvia se hace más escasa. El déficit hídrico de 101 milímetros se siente. El productor de soja mira el cielo con más ansiedad. El período seco se alarga y el agua hay que administrarla con más cuidado.

En Azul, Buenos Aires, las cosas se equilibran. Hay cuatro estaciones bien marcadas. Invierno te obliga a sacar el abrigo (puede llegar a -10 grados), pero las lluvias son justas: 731 milímetros que caen cuando tienen que caer. Es un clima que te permite planificar, que te da certezas.

Victorica, en La Pampa, es otra historia. Ahí la amplitud térmica es tan grande que el cuerpo no sabe cómo adaptarse. Puede hacer 44 grados en verano y -11 en invierno. Con 15,6 grados de promedio anual, parece templado, pero es engañoso. La evapotranspiración es alta, la lluvia escasa y el déficit hídrico es una constante. Los pastizales son más bajos, más secos. El ganado busca sombra con desesperación.

Y en Mar del Plata, el mar es el dueño del clima. La Corriente de Malvinas, esa corriente fría que baja desde el sur, hace que el verano nunca llegue del todo. Con 13,6 grados de promedio y 783 milímetros de lluvia, hay un excedente de agua constante. El agua no falta, pero el calor tampoco sobra. Es un clima oceánico, melancólico, que invita a caminar por la costa con el cuello vuelto para protegerse del viento húmedo.

II. El noroeste: Un crisol de sensaciones

Santiago del Estero es calor puro. Media anual de 20,6 grados, pero eso no dice nada. Dice que el verano es un horno que te abraza. La máxima absoluta de 45,2 grados no es un número: es una sensación de que el aire se vuelve sólido, que el asfalto se pega a las suelas de los zapatos. Con un déficit de 408 milímetros, el agua es un lujo. La gente se levanta antes del amanecer para regar, porque a las diez de la mañana ya es tarde.

En San Juan, la sequedad es extrema. Con solo 92 milímetros anuales, es el lugar más seco del país. El déficit de 785 milímetros es casi absurdo: necesitarían ocho veces más agua de la que reciben. Pero ahí están los viñedos, los olivos, sobreviviendo gracias a un río que viene de lejos y a la nieve de la cordillera. El viento Zonda, ese viento cálido y desecante, es un enemigo y un aliado. En la planicie, te deshidrata. Pero en la montaña, trae nieve que se convertirá en agua para el verano. Es un pacto con la naturaleza: te doy viento seco ahora, pero te dejo agua después.

Villavicencio, en Mendoza, es un oasis de altura. A 10,5 grados de promedio, el verano desaparece. Las precipitaciones son orográficas: el cerro las obliga a caer. Pero aún así, el déficit de 300 milímetros se siente. El paisaje es de montaña árida, de laderas con escasa vegetación, pero con una belleza austera que te deja sin aliento.

Catamarca es otra historia. Con promedio de 20,2 grados y máximas de 47,2, es uno de los lugares más calurosos del país. La evapotranspiración potencial de 1.041 milímetros es devastadora: se evaporaría más agua de la que cae en un año entero. El déficit de 680 milímetros es una herida abierta en la tierra. Pero ahí están los cardones, los pueblos de adobe, las noches estrelladas que compensan el calor del día.

La Quiaca, en Jujuy, es el extremo opuesto. No hay verano por la altura: 9,4 grados de promedio, con mínimas de -15. Las precipitaciones se concentran en verano, pero el déficit de 262 milímetros se debe a la sequedad del aire y los vientos. Es un clima de altura, donde el sol quema durante el día y el frío te congela la nariz por la noche. La gente viste en capas, siempre preparada para los veinte grados de diferencia entre el mediodía y la medianoche.

Y la Puna... La Puna es otro planeta. Con 50 a 250 milímetros anuales, es un desierto de altura. Las amplitudes térmicas diarias son brutales: 30 grados de diferencia entre el día y la noche no son raros. El viento es constante, desgastante. La vegetación es escasa, casi simbólica. Pero para los habitantes originarios, para los pastores de llamas, es hogar. Un hogar duro, sí, pero con una luz y una amplitud que no se encuentran en ningún otro lado.

III. La Patagonia: El reino del viento

Cipolletti, en Río Negro, tiene cuatro estaciones, pero todas tienen viento. Con 161 milímetros de lluvia, el déficit de 600 milímetros es constante. La evapotranspiración es alta porque el viento deshidrata todo. El paisaje es de estepa, de arbustos bajos, de suelo que se agrieta. Pero también es de manzanos, de peras, de frutales que crecen gracias al río Negro que trae agua desde la cordillera. Es un oasis en el desierto patagónico.

Puente del Inca, a 2.700 metros de altura, es otro mundo. Con 7,4 grados de promedio y 154 días de helada, el agua está congelada la mayor parte del año. Las precipitaciones son escasas, pero la sequedad es fisiológica: el agela no está disponible. Es un paisaje de rocas, de nieve perpetua, de un silencio que solo rompe el viento. Y sin embargo, ahí está el famoso puente natural, testigo de que el agua, aun congelada, modela el mundo.

Colonia Sarmiento, en Chubut, es la esencia de la Patagonia seca. Con 142 milímetros concentrados en invierno, el viento del oeste es casi permanente. La temperatura media de 11 grados engaña: puede hacer 38 en verano y -20 en invierno. Es un clima extremo, donde la gente aprende a convivir con el viento, a construir casas bajas, a no dejar nada suelto en el patio porque se va a volar. Es un territorio donde la sequedad no es un dato, es una forma de vida.

IV. El fin del mundo: La Patagonia austral y Tierra del Fuego

Río Gallegos, en Santa Cruz, no tiene verano. Con 6,9 grados de promedio y mínimas de -16, el frío es estructural. Las precipitaciones son inferiores a las necesidades de agua de octubre a abril. Es decir, en la época de crecimiento, en la que más se necesita agua, no alcanza. Es un clima de escasez, donde el viento también es protagonista. Pero la luz... La luz en esa latitud es otra cosa. Es una luz baja, oblicua, que pinta colores que no existen en otras partes.

Ushuaia es el extremo. Con 5,6 grados de promedio y mínimas de -19,6, el invierno nunca se va. Es frío, húmedo, ventoso, variable. Las nieblas son constantes, las lloviznas persistentes, las nevadas frecuentes. Pero hay algo en ese clima que genera una comunidad fuerte, resiliente. En Ushuaia, el clima no es un dato meteorológico: es un compañero de vida, a veces hostil, a veces majestuoso, pero siempre presente.

El detalle que importa: Heladas, granizo y el Zonda

En Mendoza y San Juan, la helada no es un sustantivo: es una pesadilla recurrente. Un productor de uvas puede perder toda una cosecha si la helada llega prematura, antes de que las hojas estén listas. O tardía, después de que la vid ya brotó. Es una apuesta contra el tiempo, contra el clima. El granizo, ese "flagelo temible", puede destruir un viñedo en minutos. El sonido del granizo en los techos de chapa es el sonido de la calamidad.

Pero está el Zonda. Ese viento cálido y desecante que baja de la cordillera es como un regalo envenenado. En la planicie, te seca la garganta, te agrieta los labios, te hace sentir que estás en un horno. Pero en la alta montaña, trae nieve. Y esa nieve es el seguro de vida de todo Cuyo. Es el agua que se almacena para el verano, el agua que riega los viñedos que producen los mejores vinos del mundo. Es un pacto: te doy viento y sequedad ahora, pero te dejo agua después. Los mendocinos saben leer los signos: cuando el Zonda sopla fuerte, saben que la nieve llegará pronto.

En la Pampa, el pampero es parte del folklore. No es solo un viento frío del suroeste: es un personaje. Llega de golpe, con lluvia y un descenso brusco de temperatura que te obliga a buscar el abrigo. La sudestada, su contraparte, trae aire fresco y húmedo del mar. Es el viento que llena la cuenca del Plata de agua, que mantiene viva la esperanza de los productores de trigo de Buenos Aires.

La depresión del Noroeste: La reina de la selva y la artífice del desierto

La depresión del Noroeste es como un personaje de novela. Es bipolar: puede generar estados de calma absoluta, cielos despejados y días perfectos. Pero también puede aspirar humedad de la Amazonas y crear una franja de lluvias tan abundantes que da vida a la selva tucumana-oranense. Esa selva, con sus árboles de más de treinta metros, con su biodiversidad única, existe gracias a esa interacción entre la depresión y la humedad del Atlántico en altura.

Pero esa misma depresión es responsable del área de bajas precipitaciones que domina el noroeste de Mendoza y San Juan. Es ella la que mantiene el aire seco, la que impide que las nubes se formen. Es un centro de bajas presiones que, paradójicamente, genera dos realidades opuestas: la abundancia y la escasez.

Alta y baja presión: Los dos polos del tiempo

Los anticiclones son manantiales de aire que circulan en sentido antihorario. Son los responsables de los días claros, los cielos azules, las mañanas perfectas. Pero también son los que, en invierno, conectan el Atlántico y el Pacífico con ese "puente de alta presión" que corta la entrada de humedad. Son los que generan las sequías invernales en la Patagonia.

Los ciclones, en cambio, son centros de convergencia. Aspiran aire de todos lados. La depresión del Noroente lo hace con el amazónico. Los ciclones del Litoral lo hacen con el aire marino. Y eso genera lluvia, mucha lluvia. La sudestada es el ejemplo perfecto: un ciclón que se forma sobre el Río de la Plata y que trae consigo agua para millones de personas.

La diferencia es clara: los anticiclones traen estabilidad, calma, a veces sequedad. Los ciclones traen movimiento, lluvia, a veces caos. Juntos escriben el guión del clima argentino, día tras día, año tras año.

El clima de Argentina no es un tema para meteorólogos solamente. Es la historia misma del país. Es la razón por la que un productor de yerba mate en Misiones nunca se queja de la lluvia, mientras que uno de uva en Mendoza vive pendiente de cada milímetro. Es por qué un patagónico construye su casa contra el viento, mientras que un porteño se queja de la humedad que le empaña los vidrios.

Este mosaico climático no solo determina qué se siembra o qué se cosecha. Determina cómo se habla, cómo se cocina, cómo se vive. El norteño es expansivo, habla fuerte, vive al ritmo de las lluvias torrenciales. El cuyano es resiliente, inventa sistemas de riego milenarios, aprende a leer el cielo como quien lee la palma de una mano. El patagónico es austero, sabe que la naturaleza no perdona, que el viento no negocia.

Y hoy, con el cambio climático golpeando la puerta, estas voces regionales se vuelven más importantes que nunca. ¿Cómo se adapta la selva tucumana si las lluvias se retrasan? ¿Qué pasa con los viñedos de Mendoza si el Zonda se vuelve más frecuente? ¿Cómo sobrevive la estepa patagónica si el aire del Pacífico se calienta?

Las respuestas no están en los modelos computacionales solamente. Están en la sabiduría de quienes viven y padecen el clima día a día. Están en el gaucho que sabe que cuando el cielo se pone color plata, viene tormenta. Están en la mujer de La Quiaca que guarda el agua de lluvia en tanques porque sabe que cada gota cuenta. Están en el viticultor de San Juan que sonríe cuando ve nubes en la cordillera porque sabe que eso significa nieve, y nieve significa vida.

Argentina es un país de contrastes climáticos porque es un país de contrastes geográficos, culturales, humanos. El clima no es un decorado: es un actor principal en esta historia que, como el viento del oeste, no da tregua. Y nosotros, los habitantes de este vasto territorio, seguiremos aprendiendo a leer los signos del cielo, a bailar con la lluvia, a resistir el viento y a celebrar el sol. Porque en este país, el clima no solo se siente: se vive.

sábado, 27 de diciembre de 2025

La almita


La noche del 1 de noviembre (día de las animas) se oyen silbidos agudos y graves que, según la creencia popular, corresponden a las animas. Los de entonación grave son atribuidos a las almas de los hombres, en cambio los finos y agudos a las mujeres y niños.

Estos silbidos, en la noche, y que impresionan de tal modo la mente popular, son emitidos por un pájaro nocturno y solitario: lalmita, que según la leyenda era un niño, compañero inseparable de su hermanita, el cual un día desapareció. Poco después la hermana se enfermó y murió.

Los silbidos que se oyen en esa noche de noviembre, serían los llamados de esa almita, encarnada en un pájaro, que busca a su compañero sin resultados.

Por su parte, la superstición dice que “no es bueno” contestar a esos silbidos, pues si se lo hace, se oyen cada vez más cercanos hasta que por fin se los escucha dentro del oído, como un grito, quedando como consecuencia una sordera incurable. - El folclore de Sgo del estero – Orestes Di Lullo

jueves, 25 de diciembre de 2025

El coro de las selvas y de las montañas

Diario La Nación, de Bs. Aires, 18 de marzo, 1921. | Por Ricardo Rojas

 


En la escena del Politeama apareció anoche un coro santiagueño, traído expresamente por su director, D. Andrés A. Chazarreta, para ofrecer a la ciudad cosmopolita la sensación auténtica del arte popular argentino.

Cuando se descorrió el telón apareció en el fondo un paisaje de la tierra nativa. El tablado fingía un antepatio de los ranchos donde suelen realizarse las fiestas del pueblo, y a su vera se alzaba la choza de quincha en donde habita el gaucho del bosque. Rodeaban esa cancha los personajes del coro: los músicos a un lado, con sus típicos instrumentos; del otro los bailarines, con sus policromas vestiduras; y en un rincón, la vieja hacendosa junto al mortero de quebracho, que es como un símbolo del hogar en aquella selva dulcisima.

Los músicos, siendo ya gente más civil, vestían el traje urbano, pero los protagonistas de la danza, jornaleros del pago, venían trajeados como para un domingo, según la usanza regional. Los gauchos, sobriamente de negro, con chambergo aludo, blusa abotonada y bombacha que ceñía la caña de la bota. Si es que había alguno de chiripá, ese mostraba calzoncillo blanco, sin criba en la boca del pernil, y casi todos llevaban, como única nota de color, un pañuelo ce- leste atado al cuello, como al desgaire. Las mujeres, en cambio. estaban lucientes, como las primaveras o las aves del bosque, con sus flores, sus vinchas, sus golillas, sus corpiños estrechos, sus anchas polleras de percal floreado. Los tipos eran todos morenos, con el atávico resabio de las razas indígenas, como si nos dieran con orgullo a descifrar en sus rostros el misterio profundo de sus almas, el secreto de la rara belleza que venían a enseñar.

El selecto auditorio – reunido para una audición privada – sintióse de pronto sorprendido. Pasó por la memoria de tal cual espectador la visión de las telas de Gutiérrez Gramajo, el pintor santiagueño, intérprete fidelísimo de aquella misma realidad. Hace más de quince años, en mi libro El país de la selva, yo había pintado también esos paisajes, esos tipos, esas costumbres populares de la tierra donde viví mi infancia. Al contemplar la escena del Politeama, comprendí que estábamos en aquella penumbra deleitable de la emoción colectiva que es el folklore, cuando el espíritu humano va a salir de la realidad para transfigurarse en las esferas del arte. Al comenzar la función, el cuadro vivo, antes inmóvil, se animó de voces y movimientos. La forma cobró un alma. La fila de personajes avanzó con paso lento hacia el auditorio, precedido por la cantora Patrocinio Díaz, que entonaba con voz penetrante los versos de una vidala, coreados por aquella masa hombres y mujeres, como en un drama primitivo. Algunos traían la caja de las fiestas, percutiendo lánguidamente el ritmo de la marcha y de la canción. La tierra antes muda adquiría lenguaje, entrando en la historia por la palabra del hombre.

Temblaban en el aire las notas místicas del arpa, instrumento característico de la región; vibraba el violín, como suele a veces cuando lo tañen en la Salamanca y la brisa nocturna lo lleva por entre las ramas del monte; cantaba en la flauta un eco de las quenas autóctonas, como sobrevivencia espiritual de las razas que abatió la conquista; bordaban su acompañamiento las guitarras, como una reminiscencia de las tradiciones andaluzas; puntuaba el bombo sus acentos profundos, como si en él resonara el corazón de la selva dormida en la noche, y todo aquello se fundía en un solo concierto con las actitudes y las voces – las voces graves de los rústicos mancebos, las voces finas de las dolientes doncellas – espiritualizando a la tierra natal por el misterio del hombre y divinizando al hombre por el misterio del arte. Eso que allí veíamos era lo mismo que los griegos habían visto en el coro dionisíaco, el primitivo drama rústico del cual nació la tragedia.

Hubiera sido absurdo que el auditorio de críticos congregado en el teatro porteño, no intuyese, bajo esas formas sencillas, al genio de vida y de belleza que en ellas alentaba La sala se sintió sobrecogida. La primera sorpresa tornóse franca emoción. Las almas se estremecieron, irguiéronse las cabezas, abrillantáronse los ojos; los aplausos resonaron frenéticos, sin que cesaran ya de repetirse en otros números del singular espectáculo, sobre todo cuando se representaron los bailes regionales, de tanta variedad e intención; o cuando el señor Chazarreta mostróse gran virtuoso en la guitarra, o cuando, cerrando el espectáculo, se oyó una nueva vidala más intensa que la primera. Algunas frases de la señorita Díaz: ¡ Soy santiagueña: ¡ bésame Sol! Dichas con cálida y graciosa ingenuidad ; y algunas frases del coro que comentaba la vidala: Yo soy el alma de estos lugares, dicha con gravedad religiosa, esclarecieron del todo el hondo significado del misterio báquico al cual asistíamos. De otro carácter, menos lírico y más dramático, fue la emoción que suscitaron las danzas.

Tuvo la pampa un baile: el pericón, en cuya ronda melodiosa vibra el cordial sentimiento del gaucho ríoplatense, que, en la ociosa abundancia de otros días, hizo de sus pagos una auténtica Arcadia. Tiene también su baile nuestra ciudad cosmopolita: el tango, en cuya apretada cópula se ondula o quiebra en sensual orgasmo la urgencia posesiva de las gentes nuevas. El pericón y el tango han entrado ya en el arte teatral y en los salones, adquiriendo una suerte de ciudadanía estética. Pero esta coreografía que nos viene del norte es distinta del pericón y del tango. Por su variedad de especies y por sus matices de emoción, no sabríamos prever cuál de todos ellos conquistará la preferencia del público. En mi Historia de la literatura argentina he estudiado nuestras especies coreográficas, lo que ellas significan como alegorías dramáticas del destino y del amor.

No repetiré aquí lo que de ellas tengo dicho en aquel libro, pero sí llamaré la atención sobre dos tipos de danza que el repertorio del Politeama nos presenta. La nomenclatura de los bailes del norte argentino sugiere claramente la intención de sus símbolos: el prado, es la invitación galante; el escondido, la esquivez femenina; la zamba, el cortejo erótico; La chacarera, El gato, El marote, remedan el frenesí del amante con su zapateo que se parece a los circulares asedios del gallo; El triunfo, es ya la conquista epónima, coronamiento de la dulce aventura. En dichas danzas, las partes de la pareja no van unidas por el abrazo, y antes, por el contrario, hay en la mímodia tal recato gentil, salado, a veces de malicia, que, junto con la gracia de las mujeres, impresiona en ellas la delicadeza cortés de los varones. Acaso, entre todas, sea la zamba la que está destinada a un éxito mayor, por la voluptuosidad de la música y la elegancia de los gestos; sin excluir, por ello, a los bailes de zapateado, que, aunque son más difíciles, suelen arrebatar a bailantes y espectadores en la loca agilidad de sus movimientos. Ha de llamar la atención de nuestro público – y ya lo impresionó ayer en el Politeama – la pieza que se llama el malambo, baile extraño por su nombre y por su composición, pues no entran en él mujeres, y lo miman tres hombres solos.

Todas las danzas populares tienen su significado (comúnmente erótico), y paréceme que el del malambo sea la rivalidad de dos o más galanes que se disputan una dama, ausente en la figara, pero quizás presente en la rueda que los contempla. La música es monótona, consistente en pocos compases, que se repiten mientras dura la danza, o sea el combate de los rivales; y esa monotonía sugiere ya la obstinación de aquellos tres enamorados. Bailan éstos por turno, como en la tensión lírica suelen cantar por turno los payadores; no hay un dibujo determinado, y la gracia consiste en no repetir los movimientos; de suerte que los pies van diciendo la alegría, la impaciencia, la burla, el furor, la esperanza o la desesperanza de aquellas almas en celo, hasta que alguno se retira maltrecho de la contienda, y alguno queda dueño del campo. Así resulta este pequeño drama una continua creación, piedra de toque del ingenio y de la destreza.

En la compañía del Politeama impresionome, de los tres bailantes, el uno por su alada elegancia, el otro por su vigorosa habilidad, el último por su malicia burlesca, pues con tal claridad mostrábanse en los pies las almas, descubriéndose al propio tiempo en esos rítmicos rasgos los caracteres más comunes del alma santiagueña. El público los aplaudió con justificado entusiasmo, y los más inteligentes espectadores no dejaron de notar la analogía de aquéllos con ciertos bailes populares de Rusia, ni las posibilidades estéticas del malambo como espectáculo escénico, para el día en que esa virginal materia folklórica sea enaltecida por nuestros artistas decoradores. A más del coro de las vidalas y de los bailes nombrados, consiste el repertorio de esta empresa genuinamente argentina en canciones regionales de la señorita Díaz y en la obra musical del señor Chazarreta, autodidacta y folklorista de mérito, a quien la República debe la recolección de estas músicas populares y la tentativa de transplantar el repertorio estético de nuestros campos a la escena teatral de las ciudades. Obra tan meritoria, de enorme trascendencia para la nacionalidad, merece el apoyo del pueblo, de cuyo espíritu vienen esas creaciones, y de las clases ilustradas, de cuya previsión depende el porvenir de la patria. El espectáculo que hoy se ofrece al público de Buenos Aires no defraudará ni la curiosidad, ni la emoción de quienes vayan a verlo con simpatía. El arte, como la vida, ofrece a los hombres algo de lo que cada uno lleva en su propio corazón. Si alguno resultara defraudado, es porque fue con el corazón vacío.

El conjunto folklórico organizado por Chazarreta con arduos afanes y sin apoyo oficial, es un trozo de la vida del interior transplantado a la ciudad cosmopolita. A fuerza de ser una cosa vernácula, resultará para muchos exótica; los que saben sentir, hallarán en ella la ingenua emoción del arte popular, que es como el canto del boyero o el aroma de las flores del aire; los que saben comprender, verán que aquella síntesis de música, baile y poesía, es la misma de que se generó la tragedia helénica, la misma que Wagner admiró como la más pura fuente de su doctrina y de la cual decía Lichtemberge, glosando la obra wagneriana: No es la creación artificial y subjetiva de un individuo de genio, sino el producto de la colaboración del artista con el pueblo. Y puesto que aspiramos a tener un arte glorioso, como signo eminente de nuestra nacionalidad, no olvidemos esa experiencia de todos los grandes pueblos, según la cual necesitamos conservar y elaborar el arte nativo para cuando haya de venir el genio creador que habrá de fecundarlo en la obra definitiva.

Yo guardo gratitud a quienes han recogido nuestras leyendas, que son la superación de la historia, y nuestros mitos, que son la flor de la leyenda, así como a los que han descubierto la belleza de nuestra tierra, sus tipos, sus costumbres. De esas humildes raíces viven los pueblos que aspiran a ser protagonistas en la historia y a dar nuevas formas del arte a la civilización. Por eso creo que las provincias, como Santiago del Estero, donde esa fuente espiritual se ha conservado tan pura, valen tanto para la nacionalidad argentina como las que cuentan en monedas de oro la numerosidad de sus ganados.

Por eso, al oír aquellas músicas del Politeama, se me humedecieron de emoción los ojos, porque me parecía que llegaban ya los días de la promesa, los días de un arte abrevado en los hontanares de nuestro pueblo, tal como tantas veces me lo había anunciado allá en mi tierra aquel coro como de las selvas y de las montañas.-

Fuente: andreschazarreta.blogspot.com/

miércoles, 24 de diciembre de 2025

El Tesoro Oculto de Santiago: Aguas Termales, Turismo y el Desafío del Mañana en Las Termas de Río Hondo

Bajo la tranquila superficie del Río Dulce, un antiguo secreto palpita en el corazón de Santiago del Estero. Las Termas de Río Hondo, una ciudad que ha crecido alrededor de un manantial de vida y bienestar, se enfrenta hoy a un dilema sobre su propia prosperidad: ¿cómo mantener la esencia de este paraíso hidrotermal ante las demandas del desarrollo turístico? Este es un viaje hacia un destino donde el agua no solo sana, sino que también narra la historia de una comunidad y su lucha por un futuro sostenible.



En el vasto paisaje de Argentina, hay lugares que destacan con una singularidad casi mágica. Las Termas de Río Hondo es, sin duda, uno de esos lugares. No se trata solo de una ciudad; es un refugio construido sobre un regalo ancestral de la tierra: aguas termales cuyas propiedades, tanto curativas como reconfortantes, han moldeado su destino, su economía y la vida de quienes allí habitan. Este rincón de Santiago del Estero, abrazado por la naturaleza, se ha convertido en un centro del turismo de bienestar, atrayendo a miles de personas en busca de salud y tranquilidad. Pero detrás de la promesa de la eterna juventud y la vibrante actividad turística, se oculta una historia más compleja, que habla de la delicada danza entre la explotación de un recurso invaluable y la urgente necesidad de preservarlo. En este relato, desvelaremos la historia, la geografía y los desafíos que definen a esta joya termal, explorando cómo su glorioso pasado se entrelaza con un futuro incierto, donde cada gota de agua es un testimonio de su identidad.

El Nacimiento de un Paraíso: Cuando la Naturaleza se Socializa

Para entender Las Termas de Río Hondo, es esencial adoptar una visión moderna del espacio geográfico, una que percibe la naturaleza no como un telón de fondo inmutable, sino como una "naturaleza social" o "socializada" (Santos, 1990). En este enfoque, el entorno físico se convierte en un elemento intrínseco de una problemática social, transformado por los "procesos de apropiación y transformación" del territorio. Y pocas ciudades ejemplifican esta conexión tan íntima como Las Termas.

Ubicada en la margen izquierda del Río Dulce, a solo unos kilómetros del impresionante Embalse de Río Hondo, la ciudad se encuentra en la bajada de piedemonte del sistema de Aconquija. Esta ubicación tan especial le da una topografía suavemente ondulada, sobre la cual la trama urbana se ha adaptado, creando un paisaje con una fisonomía muy particular. Con más de 28.000 habitantes, Las Termas se posiciona como la tercera ciudad más importante de la provincia de Santiago del Estero, un claro ejemplo de cómo un recurso natural puede impulsar un desarrollo urbano significativo.

Desde un punto de vista funcional, la ciudad se ha convertido en un centro intermedio de servicios para la provincia, actuando como la cabecera del departamento de Río Hondo. Aquí se concentran funciones administrativas, comerciales, de salud y educación. Sin embargo, su verdadera esencia, su latido más fuerte, proviene del turismo. Su ubicación estratégica es fundamental: a lo largo de la Ruta Nacional Nº 9, se establece como un nudo vital, un cruce de caminos entre la llanura pampeana y el entorno montañoso del oeste. Esta encrucijada no solo facilita el acceso desde las principales ciudades del noroeste argentino, sino que también le otorga el prestigioso papel de "portal" a los circuitos turísticos de toda la región (NOA), como se muestra en el mapa de localización.

Sin duda, el corazón de la oferta turística de la ciudad, lo que realmente la hace especial y diferente, son sus aguas termales. Estas aguas tienen un origen que se remonta a la ubicación de la ciudad en la ladera del sistema de Aconquija. En estas montañas, hay una extensa red de acuíferos que se recargan constantemente, lo que otorga a sus aguas propiedades físico-químicas excepcionales, elevándolas a un nivel de recurso turístico de primera. No es exagerado decir que el descubrimiento y posterior aprovechamiento de estas aguas para fines terapéuticos fueron el motor que impulsó el crecimiento acelerado de la ciudad. La creación de una infraestructura turística sólida, especialmente enfocada en la salud, transformó esta área en un lugar urbano centrado en el “consumo de la naturaleza”, aunque, lamentablemente, a menudo sin un uso racional.

Hoy en día, Las Termas de Río Hondo se ha convertido en un imán para un gran número de turistas, atraídos principalmente por la balneoterapia. La evidencia de esto son los más de 5,000 pozos de agua que brotan y emergen en el área urbana, junto con una notable concentración de hoteles que subrayan la importancia del turismo. Esta industria, a su vez, ha dado lugar a una variedad de otras actividades económicas, creando una red compleja de interdependencias. Sin embargo, el objetivo principal de este análisis es profundizar más allá de lo superficial: investigar cómo este recurso hidrotermal, un elemento clave para el desarrollo, también enfrenta el riesgo de la sobreexplotación y el impacto que esto tiene en la dinámica urbana y el futuro de la ciudad.

El Latido Subterráneo: La Anatomía del Recurso Hidrotermal

Para entender realmente el valor y la fragilidad de Las Termas, es esencial que nos adentremos en las profundidades de su geología. La ciudad se asienta sobre una red de acuíferos que es, sin duda, un verdadero milagro de la naturaleza. Estos acuíferos se alimentan de la bajada de piedemonte del sistema de Aconquija, donde una vasta red de aguas subterráneas fluye en una dirección general de noroeste a sureste hacia la zona que estamos estudiando. La maravilla de estas aguas radica en su confinamiento, una condición geológica fundamental que surge de dos fallas principales: la de las sierras de Guasayán al sudoeste y la fractura del Río Dulce al sudeste. Este control estructural proporciona al sistema una permeabilidad secundaria, resultado de las fracturas locales en el subsuelo.

El paquete sedimentario que contiene estas aguas termales está formado principalmente por arenisca de granulometría mediana a fina, con intercalaciones de arena, una formación geológica que se remonta al Plioceno. La permeabilidad de este sistema confinado es tanto primaria, gracias a la porosidad de las areniscas, como secundaria, derivada de las fracturas locales. Este paquete, que tiene un espesor aproximado de 300 metros, incluye capas de arcillas incoherentes y compactas que actúan como confinantes, creando una serie de acuíferos. Los niveles principales de explotación se encuentran entre los 180 y 220 metros de profundidad.

Las Termas aprovecha un tipo de acuífero conocido como "digitado", una forma que se origina precisamente por el confinamiento que ejercen estas capas de arcilla compacta. La parte superior de este confinamiento se encuentra a más de 180 metros de profundidad, compuesta por una arcilla roja del Plioceno, mientras que la parte inferior, a 230 metros, está formada por una arcilla verde del Mioceno. Estas condiciones geoestructurales han permitido la existencia de seis acuíferos distintos, cada uno con diferentes profundidades y, por ende, con variadas propiedades físicas y químicas. Por ejemplo, los tres acuíferos más profundos son de aguas saladas y tienen temperaturas que varían entre los 48°C y los 57°C. Según los valores térmicos que alcanzan, las aguas de Las Termas se clasifican como mesotermales, ubicándose en un rango ideal para la balneoterapia (ver tabla de la Figura 2)..

 


Pero, ¿de dónde proviene toda esta riqueza hídrica? La zona de recarga de estos acuíferos termales se encuentra en dos cuencas principales: "Los Sosa" y "Lules". Estas cuencas, que abarcan aproximadamente 1.200 km², están situadas en un clima subtropical serrano y reciben un aporte pluviométrico anual de 3.200 mm. La combinación de estos factores climáticos y la amplia superficie de captación resulta en una infiltración de agua que supera los 400 Hm³ al año. Este enorme volumen es el que, finalmente, nutre los acuíferos que se encuentran bajo Las Termas de Río Hondo (Instituto Miguel Lillo, 2005).

La Balneoterapia: La Ciencia del Bienestar y el Auge Turístico

El recurso hidrotermal de Las Termas no es solo un fenómeno geológico; es, ante todo, la base de una disciplina que ha cobrado una importancia global: la balneoterapia. Hoy en día, la cura termal ha evolucionado de ser un remedio popular a un sistema terapéutico reconocido. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha incluido el Termalismo como Medicina Complementaria, validando su papel en el bienestar humano. Los expertos coinciden en que las aguas termales actúan de dos maneras clave: a través de su composición química y por sus propiedades físicas, como la densidad, la presión hidrostática y, lo más importante, la temperatura.

Las aguas de Las Termas de Río Hondo son mesotermales, con temperaturas que varían entre los 30 y 50 grados centígrados, y tienen una mineralización y radiactividad moderadas. Su composición es especialmente rica: alcalina-bicarbonatada-clorosulfatada-ferruginosa. Contienen una variedad de elementos como hierro, sodio, fósforo, yodo, arsénico, flúor y bromo, todos en estado iónico. Este estado iónico es lo que le da a las aguas una potente carga de electricidad radiactiva, una energía sutil pero profunda.

Este cóctel natural es la base de la crenoterapia, un tratamiento que implica la absorción de estos minerales a través de la piel. En pequeñas concentraciones, estos elementos se depositan en el tejido celular subcutáneo, irrigado por los vasos linfáticos, capilares sanguíneos, terminaciones nerviosas y glándulas sudoríparas. Al activarse, los minerales provocan una respuesta en el metabolismo orgánico a través del eje hipotálamo-suprarrenal, ayudando a restaurar el equilibrio del cuerpo. Además, las terapias se complementan con elementos como algas y fango, que también son parte del ecosistema termal.

Más allá de cualquier discusión científica o postura médica, la verdad es que estas aguas termales, con sus propiedades físicas y químicas únicas, son el principal atractivo de Las Termas de Río Hondo, tanto a nivel nacional como internacional. La ciudad atrae a un gran número de turistas gracias a la balneoterapia y su clima agradable. Para satisfacer esta creciente demanda, se ha construido una infraestructura de turismo de salud bastante amplia, que incluye hoteles de diferentes categorías, centros médicos termales, salas de kinesiología, fisioterapia y, más recientemente, modernos spas. Estos centros de tratamiento integral combinan elementos naturales, como las aguas termales, microalgas y fango, con técnicas artificiales no invasivas, brindando una experiencia de bienestar holística.

No es exagerado decir que Las Termas de Río Hondo se ha establecido como uno de los destinos turísticos más importantes de Argentina en el ámbito de la balneoterapia y, sin duda, uno de los más destacados de Sudamérica, gracias a su amplia infraestructura de servicios orientados al turismo de salud.

La Maquinaria Turística y sus Ciclos: Prosperidad y Vulnerabilidad

El modelo de balneoterapia en Las Termas no es algo que se haya dejado al azar; es un programa cuidadosamente elaborado. Los tratamientos incluyen baños de inmersión que requieren una cantidad específica de agua, una temperatura adecuada y un tiempo de duración preciso. En general, se recomienda entre uno y tres baños diarios. Aquí es donde se destaca una de las características únicas de la infraestructura local: cada hotel, sin importar su categoría, cuenta con baños privados en las habitaciones, equipados con bañeras de tamaño estándar que pueden contener hasta 630 litros de agua. Si pensamos en una habitación doble para un tratamiento balneoterapéutico de dos personas, eso significa que necesitaríamos llenar la bañera hasta seis veces al día.

Con estos datos, la estimación del consumo total de agua termal por temporada es realmente impresionante: 1.632.960.000 litros, lo que se traduce en un promedio de 2 Hm³ por temporada. Esta cifra se calcula teniendo en cuenta 180 alojamientos con un promedio de veinte habitaciones dobles y 120 días de servicio durante la temporada alta. De hecho, el segundo cuatrimestre del año (de mayo a agosto) concentra alrededor del 80% del consumo anual, mientras que en el primer cuatrimestre, los números caen drásticamente, con un promedio de apenas 0,11 Hm³. Este análisis, que abarca un período de 23 años (1975, 1985 y 1998), pone de manifiesto una tendencia preocupante: el consumo de agua termal sigue aumentando cada año, y los registros más altos se repiten de manera constante durante el segundo cuatrimestre.

La intensa explotación de la zona ha dado lugar a una impresionante infraestructura turística. Las Termas de Río Hondo cuenta con una amplia red de hoteles, complementada por campings a lo largo del Río Dulce. Un estudio realizado en 2005 identificó 132 centros de recepción de turistas. Además, hay casas y departamentos en alquiler, que son opciones clave cuando la capacidad hotelera se ve desbordada. En total, la ciudad ofrece más de 14,000 plazas de alojamiento. La distribución de los hoteles es notable: hay una gran concentración en el Barrio Centro, en un área de menos de 30 hectáreas, con una densidad media de casi 3 hoteles por hectárea, llegando a superar los siete hoteles por manzana en algunos bloques.

Con la llegada del invierno, Las Termas se transforma. La ciudad, que durante gran parte del año tiene un ritmo tranquilo, se llena de vida con un gran aumento de personas, entre turistas, comerciantes y trabajadores. La mayoría de los visitantes provienen de la provincia de Buenos Aires (más del 50% del total), seguidos por Córdoba (12.3%), Tucumán (8.6%), Santa Fe (7.4%) y Mendoza (5%). Un 7% adicional llega del NOA, incluyendo Santiago del Estero.

Las motivaciones de los turistas son bastante variadas (Figura 6). Un gran porcentaje, especialmente aquellos mayores de 60 años, busca en Las Termas un centro termal, un ambiente tranquilo y la paz que el lugar ofrece, prefiriendo alojarse en hoteles. En cambio, un grupo más joven, que representa menos del 40% y son menores de 40 años, tiene diferentes motivaciones y opta por acampar, alquilar casas o hacer visitas de un solo día. Se estima que, durante la temporada, llegan alrededor de 150.000 turistas. Sin embargo, la mayor afluencia se produce entre julio y agosto (temporada alta), así como en junio y septiembre (temporada media). Durante el resto del año, la actividad turística es prácticamente inexistente.




La estacionalidad tiene un efecto directo en la economía local. Durante la temporada alta, más de 1,000 comercios de diversos rubros, desde artesanías hasta regalos, abren sus puertas. Las fábricas de alfajores y dulces regionales se convierten en verdaderas atracciones, mostrando sus productos a la vista de los turistas. Los artesanos locales ofrecen cestería, alfarería y grabados en madera. El Barrio Centro, en particular, se transforma con negocios enfocados en el turismo invernal. Sin embargo, fuera de esta área, el comercio se centra principalmente en la demanda local. La dura realidad es que, una vez que termina la temporada, un alto porcentaje de locales (más del 80%) y hoteles cierran durante más de seis meses.

Las Golondrinas del Turismo: Un Retrato de Precariedad Laboral

El dinamismo del turismo en Las Termas de Río Hondo es una espada de doble filo, especialmente para quienes trabajan en este sector. La situación laboral aquí es, en gran medida, precaria e inestable. Un preocupante 82.5% de los trabajadores en el turismo tienen empleos temporales, mientras que solo el 17.5% cuenta con un trabajo permanente. Estos últimos suelen ser empleados en fábricas de alfajores o en hoteles que permanecen abiertos todo el año.

La situación se complica al final de la temporada turística. Un gran número de trabajadores, en su mayoría jóvenes de entre 18 y 25 años, se ven forzados a emigrar. Estos son los conocidos como trabajadores "golondrinas", que se dirigen hacia la costa atlántica para la temporada de verano. Provienen tanto de la ciudad de Las Termas como de localidades cercanas en el departamento Río Hondo, como Colonia Tinco, Pozuelos o Vinará. Este fenómeno, que se repite cada año, nos recuerda constantemente lo frágil que es nuestro modelo económico y social. Entre aquellos que no migran, hay un alto porcentaje de mujeres, muchas de las cuales se ganan la vida como artesanas de la cestería, tejiendo con sus manos una parte esencial de la identidad cultural y económica de la región. Aunque la estacionalidad del turismo puede traer prosperidad por un tiempo, también deja una estela de incertidumbre y desarraigo para una parte significativa de la población local, un costo social que a menudo queda oculto tras el brillo de la temporada alta.

La Sobrecarga del Paraíso: Cuando el Recurso Sufre

La paradoja que enfrenta Las Termas de Río Hondo es que el mismo recurso que le otorgó vida y prosperidad ahora está bajo una presión insostenible. La explotación del agua termal, que se lleva a cabo a través de más de 5.000 perforaciones que varían entre 50 y 300 metros de profundidad, es bastante común. Lo que hace a Las Termas tan especial es que no es un gran centro termal con un solo pozo, sino una ciudad donde casi cada hotel y hogar tiene acceso directo a esta agua termal.

Esta característica, que en su momento fue una gran ventaja, se ha transformado en un riesgo. La explotación se intensifica notablemente entre mayo y septiembre, alcanzando su punto máximo en junio, julio y agosto, justo cuando la temporada turística está en su apogeo. Durante estos meses, el bombeo simultáneo de todos los pozos de hoteles, residencias, clínicas terapéuticas y hogares genera una demanda sin precedentes.

Como resultado, se observa un descenso significativo en los niveles piezométricos dinámicos del sistema acuífero. Esta caída se debe a la limitada superficie de explotación y a la corta distancia entre los pozos, especialmente en la zona con mayor concentración hotelera. La interferencia en los conos de depresión y la disminución de la presión en los acuíferos son consecuencias directas de esta práctica. Estudios realizados para evaluar la presión en el acuífero termal, comparando datos de pozos-muestra de 1975 y 1998, han mostrado un descenso constante en los niveles piezométricos. Muchos pozos que antes tenían surgencia natural, es decir, donde el agua brotaba de manera espontánea, ahora han pasado a niveles de semisurgencia o requieren bombeo, lo que es una clara señal de sobreexplotación.

A esto se suman las deficientes condiciones de construcción y aislamiento de algunas perforaciones, que contribuyen a la "mezcla de aguas de distintas propiedades", alterando sus condiciones naturales y comprometiendo su calidad. Esta situación es preocupante, ya que el recurso hidrotermal, aunque se considere natural y renovable, necesita una realimentación constante para mantener su potencial y capacidad. El uso indiscriminado afecta los caudales y las propiedades físico-químicas del agua, poniendo en riesgo la esencia misma del producto turístico.

Las Termas en el Ciclo Vital: Madurez, Obsolescencia y el Camino a la Reconversión

Para entender el futuro de Las Termas, podemos referirnos al modelo de ciclos económicos de Chadefaud (1987), que describe tres grandes fases en la evolución de un producto turístico: creación, madurez y obsolescencia, con una posible cuarta fase de mutación-reconversión (Ver Figura en la página 9 del documento original).

1. Fase de Creación: A principios del siglo XX, el descubrimiento de los recursos hidrotermales dio inicio a una nueva era. Las expectativas sobre la demanda potencial, junto con la construcción de los primeros hoteles, sentaron las bases para lo que vendría. En menos de veinte años, la infraestructura y los servicios se consolidaron, abriendo paso a la siguiente fase. Fue un tiempo lleno de visión y oportunidades, donde el agua termal se veía como una promesa para el futuro.

2. Fase de Madurez: Desde 1950, la ciudad vivió una gran expansión hotelera y una complejización de su estructura urbana. Los créditos estatales impulsaron el crecimiento de cadenas hoteleras, y el comercio turístico floreció. Hoy en día, esta fase se caracteriza por una acumulación de inversiones en alojamiento, transporte y actividades recreativas. Sin embargo, el modelo de Chadefaud sugiere que, en la madurez, pueden surgir episodios de crisis. Lamentablemente, Las Termas de Río Hondo parece estar atravesando uno de estos momentos difíciles, evidenciado por los cambios en las propiedades físico-químicas del recurso hidrotermal.

3. Fase de Obsolescencia: Esta fase, que Las Termas aún no ha alcanzado, representa la pérdida de la función turística y el colapso urbano. Si no se toman medidas para gestionar adecuadamente el recurso natural, la ciudad podría caer en esta etapa. La creciente desajuste entre la oferta y la demanda podría llevar a un declive irreversible del producto turístico. La sobreexplotación de las aguas, si continúa, podría socavar la base misma de su atractivo.

4. Fase de Mutación-Reconversión: Chadefaud también sugiere que podría haber una cuarta fase, en la que un nuevo producto turístico le da un nuevo significado al destino, manteniendo sus elementos simbólicos y míticos. Esta es la esperanza, la salida ante la obsolescencia.

Conclusiones y el Imperativo del Futuro

El hidrotermalismo ha sido el motor que ha impulsado el desarrollo de Las Termas de Río Hondo, convirtiéndola en un destino turístico vibrante. El agua subterránea, un recurso que es renovable en su ciclo natural, pero no lo es si se extrae sin control, es el alma de la ciudad. Sin embargo, el uso excesivo de estas aguas termales está causando cambios en los caudales y en las propiedades físico-químicas, poniendo en peligro la sostenibilidad de este recurso.

La concentración del turismo en ciertas épocas del año tiene un impacto considerable, tanto en la dinámica urbana como en el recurso hidrotermal. Si no se gestiona adecuadamente, la sobreexplotación podría llevar a una disminución gradual de la demanda turística, afectando directamente al centro urbano. La ciudad se encuentra en la Fase de Madurez, y si continúa el uso indiscriminado, corre el riesgo de caer en la Fase de Obsolescencia.

Por eso, es crucial que todos tomemos conciencia del valor del recurso hidrotermal y su conexión esencial con el entorno urbano como atractivo turístico. Necesitamos una gestión efectiva que busque nuevas maneras de aprovechar este recurso para el turismo. Las políticas que regulan el uso del recurso hidrotermal deben equilibrar la presión que el turismo ejerce, especialmente en temporada alta.

La fusión del medio ambiente con el desarrollo turístico requiere un cambio de mentalidad profundo, basado en una educación ambiental que proteja nuestros recursos naturales y culturales para las futuras generaciones. Estas estrategias a largo plazo son clave para lograr un turismo verdaderamente sostenible.

Las Termas de Río Hondo, con su rica historia y belleza natural, se encuentra en un punto decisivo. El futuro puede ser de obsolescencia o de transformación, y eso dependerá de las decisiones que tomemos hoy. El reto es enorme, pero la recompensa es la conservación de un tesoro que no solo beneficia a la comunidad, sino que también promueve la salud y el bienestar a nivel global. El futuro de este paraíso termal no solo está ligado a su geología, sino a la visión y el compromiso de sus habitantes y líderes para construir un legado de sostenibilidad, donde el agua siga siendo un símbolo de vida, prosperidad y equilibrio. La historia nos muestra que la naturaleza se comparte; el futuro nos pide que la compartamos con responsabilidad y respeto.

Fuentes Citadas y Referencias Clave (Basadas en el documento de Lic. Osvaldo Santillán):

* Santillán, Osvaldo (2005). El Turismo y El recurso hidrotermal en la ciudad de Las Termas de Río Hondo.

* Chadefaud (1987). La evolución de los espacios turísticos (citado en el documento).

* Santos, Milton (1996). Metamorfosis Del Espacio Habitado.

* Rodrigues, Arlete (1995). A Producto e o Consumo do Espaço Para o Turismo e a Problemática Ambiental en Turismo.

* Getino, Octavio (2002). Turismo, entre el ocio y el neg-ocio.

* Departamento de Hidrogeología, Dirección General de Minería y Geología de la Provincia de Santiago del Estero (1995, 2005).


martes, 23 de diciembre de 2025

La antigua Villa de Loreto sucumbía bajo las aguas del río Dulce hace 117 años

Por: María Mercedes Tenti

La crecida final sorprendió a la población en medio de la noche, por el desborde del canal de Tuama, y muchos lograron huir con lo puesto. Un botero rescató a muchos, por lo que el gato “El violín de Tatacu”, de Fortunato Juárez, lo recuerda como un héroe en medio de la desgracia.

Los signos de la destrucción de la villa, en 1909.

En noviembre de 1908, una masa de agua y lodo desbordados del río Dulce sepultaba a la vieja Villa de Loreto, la antigua ciudad que se encontraba a 12 kilómetros de la actual ciudad de Loreto, catástrofe de la que esta semana se cumplieron 116 años y aún pervive en la memoria popular.

 La creciente llegó a las tres de la madrugada del 21 de noviembre, mientras sus pobladores descansaban después de una calurosa jornada de trabajo y no hubo tiempo de salvar nada. Apenas pudieron huir con lo puesto. Sin embargo, los historiadores precisan que los avances del agua ya habían comenzado días antes, pero esa noche fatídica fue el golpe de gracia.

El poblado fue completamente inundado. Indalesio Gómez, un antiguo poblador y sobreviviente recuerda “la noche trágica”, en que la furia de la crecida los sorprendió. Sólo algunos atinaron a subir a techos y árboles. El cauce del canal de Tuama había desbordado por tercera vez y el amanecer encontró a los pobladores con dos metros y medio de agua y un sordo silencio de espanto los invadió.

El párroco Juan Retambay, durante toda la noche, trasladándose en su bote, hablaba a los pobladores, pidiéndoles que piensen y que debían abandonar sus casas para trasladarse hacia la Estación Loreto. Según la historia, algunos vecinos huyeron, y muchos fueron rescatados por Tata Cármen (Tata: Padre; cu: más que), violinista, quichuista y botero de la zona, quien los trasladó a la Estación Loreto.

El gato “Violín de Tatacú”, de Fortunato Juárez, recuerda aquella triste historia y la valentía y solidaridad de Tatacu, al salvar a los pobladores: “Así llegó aquel día, que es tan triste contarlo. El Río Dulce y su bravura se llevó a Villa Loreto y Tatacu con sus botes salvando a la población. Todo eso ya es recuerdo que me oprime el corazón”.

La inundación fue el resultado de numerosos factores de desencuentros políticos, de indiferencia comunitaria, que no permitieron avizorar aquel trágico final, según señaló la historiadora María Mercedes Tenti, en la revista Fundación Cultural de 2007.

ORIGEN

La antigua Villa de Loreto se había conformado en el siglo XVIII, en la antigua estancia de los Islas, a la vera del camino al Alto Perú. “Sus habitantes aprovechaban las inundaciones del río Dulce para hacer sementeras y sembrar en épocas de inundaciones; también construían pozos de agua para abrevar el ganado, especialmente ovejas y cabras de las que obtenían lana para sus telares”, recuerda la historiadora Tenti.

La imagen de la Virgen de Loreto, traída por los jesuitas, ya se reverenciaba desde el siglo XVI cuando estaba en posesión de la india Lula Paya, según la tradición oral. En 1731 Catalina Bravo de Zamora hizo construir una capilla, que fue reconstruida varias veces como consecuencias de las inundaciones del río. Hasta fines del siglo XVIII dependía del curato de Tuama, hasta que en 1793 fue erigida parroquia. La nueva iglesia comenzó a construirse a partir de 1830, por iniciativa del gobernador Juan Felipe Ibarra, cuando era párroco Pedro Francisco de Uriarte, quien había sido designado representante por Santiago del Estero ante la Junta Grande y se desempeñó como tal en el Congreso Constituyente reunido en 1816 en Tucumán, trasladado luego a Buenos Aires.

En la tercera década del siglo XIX, Loreto comenzó a declinar, como consecuencia del cambio de cauce del río que la dejó sin el líquido vital para hombres, mujeres, cultivos y ganado. Otra vicisitud fue causa de su decadencia: el ferrocarril que conducía a Rosario tendió sus vías esquivando la antigua villa; la estación Loreto era la escala más próxima. Poco a poco se fue notando el éxodo de pobladores que emigraban en busca de horizontes más promisorios. Los censos de 1869 y 1895 constituyen una prueba irrefutable de la disminución de la población.

Si bien la economía de la zona había decaído, el departamento contaba con 10 atahonas a mula -que abastecían de harina a la zona-, 3 obrajes y una fábrica de materiales. Antiguos comercios y otros nuevos proveían a la población de lo necesario para la vida: 3 almacenes por menor, 3 bazares, 4 carnicerías, 1 casa consignataria, 7 corredores comerciales. Los 18 “boliches con licores” eran un ámbito de socialización eminentemente masculina (Fazio). Las mujeres se reunían en tertulias en las que ejecutaban el arpa y cantaban (Gancedo).

A comienzos del siglo XX se organizó una comisión para la construcción del templo en la estación y se colocó la piedra fundamental. La capilla fue inaugurada en 1904 (Archivo Parroquial). La capilla de la villa estaba bien conservada. El altar tenía un sagrario movible de algarrobo y dos confesionarios del mismo material. El baptisterio poseía una pila bautismal de mármol. Contaba con importantes imágenes, entre las que se destacaba la de Nuestra Señora de Loreto, un Señor Crucificado de 2.20 m de madera (que actualmente se encuentra en la capilla de Perchil Bajo), la Dolorosa de rostro encarnado, Purísima Concepción, San Luis, Jesús Nazareno de vestir, San José y Santa Bárbara -a cada lado del altar mayor- y un vía crucis con cuadro y cruz de madera, según consta en el inventario conservado en el archivo parroquial.

EL CLAMOR POR EL AGUA

Desde el momento en que la naturaleza hizo variar el cauce del río, el anhelo de los moradores que quedaron en la zona, más el de los inmigrantes que llegaban en busca de nuevos horizontes, era contar con el agua necesaria para impulsar nueva vida a la antigua villa. Ya en 1896 el gobernador Adolfo Ruiz gestionó la venida de un ingeniero especialista en hidráulica para proyectar una serie de obras, entre ellas el canal de Tuama a Loreto, construido durante su gobierno.

Pero la bendición del agua duró muy poco. Si bien en 1903, el canal regaba 887 hectáreas, el gobernador Pedro Barraza, en su mensaje anual a la Legislatura, señalaba los problemas de su mantenimiento: la bocatoma era angosta para el caudal de agua que se vertía y no se había realizado la compuerta para que, en épocas de crecientes, se detuviera el paso de las aguas. En 1907, José Santillán denunciaba en su mensaje que el río, durante las últimos crecientes, se volcaba impetuoso por el canal el cual, al no tener compuerta, no sólo no contenía el agua, sino que provocaba además el desborde hacia otros rumbos, en forma de verdaderos brazos del río, poniendo en peligro la villa de Loreto. Si bien, la provincia había comprado y trasladado materiales para iniciar la obra, argumentaba el gobernador que no se contaban con los fondos necesarios para emprenderla sin el auxilio de la nación, ya que su costo ascendía a $500.000.

PRIMERAS INUNDACIONES

Generalmente se tiene conocimiento de la inundación que arrasó con Loreto en 1908. Sin embargo, ésta no fue la única. Dos inundaciones ocurridas un año antes preanunciaron la tragedia y, sin embargo, los poderes públicos no tomaron los resguardos necesarios para preservar la vida y los bienes de sus moradores.

El 31 de diciembre de 1906, mientras los santiagueños y santiagueñas celebraban la llegada de un nuevo año, la compuerta intermedia de defensa del canal Tuama-Loreto, que estaba en construcción, se rompió por la fuerza de las aguas que comenzaron a entrar en la villa, ante el pánico de la población. Todo enero, luchando contra las adversidades y el calor, los vecinos se pasaron construyendo bordos alrededor de sus casas para evitar que el agua las arrasara. No sólo se había desbordado el canal, sino que el agua se había escurrido por el brazo seco del río Pinto, inundando campos y cultivos. “La zona se ha convertido en un mar con una pequeña isla que es Loreto”, afirmaba El Liberal.

Cuando todo hacía pensar que la villa estaba a salvo, sobrevino una segunda inundación, a los pocos días, a fines de enero de 1907. La creciente nuevamente rompió el bordo del canal, en El Yugo, e inundó casas y quintas. El 13 de marzo entró el agua a la villa, anegando plaza, escuela y muchas viviendas. Las familias, a la intemperie, esperaban ayuda que no llegaba. En abril, nuevamente se rompió el bordo improvisado a fuerza de trabajo y coraje de los moradores, que luchaban por preservar el poblado. El agua alcanzó 50 centímetros en algunas partes y en otras aún más.

Las familias huían de sus hogares, buscando lugares altos, presas de pánico, mientras los ranchos comenzaban a desplomarse y escaseaban los víveres. Los trabajos de defensa eran infructuosos. Al mismo tiempo, un centenar de hombres trabajaba denodadamente colocando bolsas de arena para detener la corriente, animados por un grupo de músicos que, al compás de bombo y violín les daban aliento, mientras el agua avanzaba implacable. En medio de llantos desconsolados, la gente se congregaba en la iglesia haciendo rogativas a toda hora. Un bordo alrededor del edificio contenía la gran masa de agua. Con el paso de los días recién las aguas comenzaron a descender. Sin embargo, el daño ya estaba hecho: casas derrumbadas, enseres perdidos, el cementerio inundado y chacareros y quinteros con sus productos inutilizados.

Ante los hechos tan graves ocurridos el año anterior, en 1908 Santillán comisionó al director de Obras Públicas ingeniero Tomás Bruzzone para la prosecución de las obras del canal de Tuama, obras que no eran más que un paliativo, por cuanto la ampliación del canal y la construcción de la compuerta no se habían iniciado a la espera de fondos que debía aprobar el congreso nacional. El preanuncio de la tragedia comenzó en la capital santiagueña, jaqueada por la inundación a mediados de diciembre. El 19 la creciente rompió los bordos del canal a la altura del Yugo y el agua comenzó a avanzar, nuevamente amenazante, sobre la villa de Loreto.

El 20 se desencadenó la catástrofe; el 21 de diciembre de 1908 Loreto sucumbió al avance de las aguas que, en algunos puntos superaba los dos metros y medio de altura. A pesar de los esfuerzos de operarios y habitantes, no se pudo evitar el avance de las aguas. Faltaban brazos; los peones estaban extenuados luego de trabajar día y noche en forma agotadora. Los ranchos comenzaron a derrumbarse y las familias desesperadas, esperaban ayuda a la intemperie. Desde Loreto, a través del telégrafo, llegaban a Santiago los pedidos de auxilio: carpas, galletas para los peones, alimentos, ropa.

Si bien el gobierno provincial mandó por tren cuadrillas de servicio para reemplazar a los extenuados peones, 30 soldados y carpas y abrió una cuenta especial denominada “Gastos inundación Loreto”, todo fue inútil. La población estaba convertida en un lago. Casi todas las familias tuvieron que emigrar apresuradamente. Afortunadamente, no hubo que lamentar víctimas fatales, según pudo constatarse en los libros de defunciones de la villa y de la estación Loreto, en el Archivo del Registro Civil de Loreto.

Esta vez se daba por descontado la total destrucción de la villa. Nuevas crecientes más el enlame producido con troncos y árboles que destruían las defensas e imposibilitaban que el agua retrocediese, hacían más dramática la situación. Se necesitaban botes para el traslado de personas ubicadas en los lugares altos, víveres para alimentarlas y abrigos. La ayuda no llegaba debido a la misma creciente que no permitía el arribo de botes, a la falta de trenes y a la inoperancia del gobierno provincial.

Los pobladores emigraban: unos a la estación y otros sobre el río viejo. Todas las casas estaban inundadas, incluidas la iglesia y la escuela. Sólo el edificio del telégrafo, construido en una zona elevada, se había salvado y era el único contacto con la capital. A pesar de los esfuerzos de Bruzzone, que pedía auxilios desesperados, la villa fue abandonada. Las autoridades de la localidad se trasladaron a Chimpa Macho, a 15 cuadras al este de la villa. Cuando llegaron tardíamente los botes, mujeres y niños pugnaba por subirse a ellos, mientras las casas se derrumbaban y los hombres trataban de preservar muebles, ropas y mercaderías. Con los botes llegó también la ayuda del gobierno y se comenzó a distribuir víveres entre los pobres.

La Navidad de 1908 fue sin dudas la más amarga que pasaron los loretanos. Habían perdido todo. La población acampada en un lodazal esperaba ayuda, que demoraba en llegar. Sólo la iniciativa privada brindaba su apoyo y solidaridad a través de las comunidades extranjeras (especialmente la española), el Conservatorio Verdi y las conferencias de San Vicente de Paul de Buenos Aires. “Ya que el elemento nacional no se siente obligado a correr en auxilio de los que sufren hambre y enfermedades lo hacen los extranjeros”, denunciaba El Liberal. El Congreso Nacional no enviaba el auxilio de $20.000, al no sancionar la ley respectiva “por falta de quorum”. Una vez más, los representantes estaban ausentes a la hora de brindar el apoyo a sus representados.

La venerada imagen de la virgen de Loreto, según la tradición, fue salvada en un bote por el párroco Retambay y llevada a la capilla de la estación. De la antigua iglesia desaparecieron en la inundación, conforme al inventario realizado, sacristía, baptisterio, depósito, retablo, tabernáculo, barandas de madera, altares, túmulo, araña, tumba para pozos en los entierros, dos confesionarios de madera, un reloj de campana y uno de mesa, piano de cola, crismeras de plata, vinajeras, bujiario y dos pilas de agua bendita de mármol. Todo lo demás pudo salvarse.

La fecha de la inundación que destruyó Villa Loreto, 21 de diciembre de 1908, ya fue señalada por el historiador Luis Alen Lascano en su obra Historia de Santiago del Estero. Numerosas e invalorables fuentes ratifican esta fecha y describen paso a paso la forma en que se fue desarrollando la catástrofe, en particular la información contenida en la colección de El Liberal y de El Siglo -que permanecen microfilmadas en el archivo de El Liberal-, que describen las dramáticas jornadas.

Por tratarse del desborde de un canal, la inundación se produjo lentamente, dando la posibilidad, a la mayoría de sus moradores, de poner a salvo sus pertenencias y de alejarse de la zona anegada, pasando en botes al otro lado del río Pinto. Pero ¿por qué se destruyó Loreto? Ambos diarios dan cuenta de las penurias de la villa: Por un lado, una copiosa lluvia -del mismo día 21- dio “el golpe de gracia a la población” y por otro, el más grave, a partir del 22 de diciembre el agua siguió aumentando, porque el canal se encontraba obstruido aguas abajo con un gran enlame, originado por el estancamiento de los árboles arrastrados por la corriente, que formaron una ‘tranca’ en la embocadura del río Pinto.

Por la escasez de recursos y hombres el deslame se hacía imposible, según lo denunciaba el Ing. Bruzzone. Por esta causa, el agua permaneció estacionada en la villa y no pudo retroceder -por la diferencia de nivel- hasta tanto se concluyeron los trabajos emprendidos en el canal de derivación, aguas arriba de Loreto. La mayoría de las viviendas, construidas con adobe, no pudieron resistir el embate de las aguas y comenzaron a desplomarse ante la desesperación de sus pobladores. Si bien algunos habían emigrado en busca de lugares seguros, otros, los más pobres, permanecieron hasta último momento cuidando las pocas pertenencias que les quedaban.

Cotejada la documentación existente a la fecha y analizada contextualmente, se puede afirmar, con precisión, que la destrucción total de la Villa Loreto se produjo el 21 de diciembre de 1908 cuando las aguas alcanzaron, en algunas zonas, 2 metros y medio de altura, según lo consignan El Liberal y El Siglo. Los pobladores hicieron todo lo que pudieron por salvar sus vidas y bienes; la población se destruyó por la desidia de los gobernantes que no completaron la construcción de las compuertas que debían regular el paso del agua del río. El enlame hizo el resto, la antigua Villa de Loreto se convirtió en una laguna que permaneció anegada hasta enero del año siguiente.

Los loretanos recibieron el año nuevo del 1909 en medio del horror y la desolación.

Fuentes: librepensador.com.ar