lunes, 22 de diciembre de 2025

El Rincón de los artistas: El bodegon donde Borges escuchaba folclore y Piazzolla tocó sin una tecla

En el corazón de Santiago del Estero, una antigua casona en la calle Tucumán fue, durante décadas, el refugio clandestino de la cultura popular. Historias de artistas anónimos, empanadas como forma de pago y visitas sorpresivas de grandes figuras de la literatura argentina tejieron la leyenda de “El Rincón de los Artistas”, un lugar que el tiempo y la economía se llevaron, pero que la memoria musical aún guarda con cariño.

 

"El Rincón de los Artistas, bodegón folclórico en Santiago del Estero"


París tiene sus cafés literarios y Buenos Aires, sus tanguerías históricas. Pero Santiago del Estero, cuna del folclore argentino, tuvo durante casi tres décadas un santuario popular inigualable: “El Rincón de los Artistas”. Más que un simple bodegón, era un ecosistema donde la música se respiraba entre el aroma de la pizza recién horneada y el vino servido en jarras de metal. Su creador, Pedro Evaristo Díaz, un hombre sencillo nacido en el paraje Tiuyoj un 21 de diciembre de 1919, construyó con su humildad y visión un legado que hoy solo vive en el recuerdo de quienes disfrutaron de sus mágicas madrugadas.

Las paredes, adornadas con brochazos gruesos de pintura al óleo y murales alegóricos, enmarcaban un ritual cotidiano. Alrededor del mediodía, comenzaba la función, se hacía una pausa para la siesta provincial y renacía al atardecer, extendiéndose hasta el amanecer. Las sillas y mesas de madera crujían al recibir a músicos, poetas, recitadores y humoristas, muchos de ellos anónimos, que encontraban en ese lugar su único escenario posible. “Era un espacio frecuentado por músicos humildes y muy respetuosos, que no se animaban a actuar en otros lugares precisamente por respeto al público. Todo lo contrario, a lo que sucede hoy en día”, reflexiona Leandro Taboada, fundador del conjunto vocal Los Tobas, en una charla con este medio.

Don Pedro inició su camino en sociedad con Edmundo Soria en el “Bar Casino” en 1949, pero pronto compró la parte de su socio y le dio un giro fundamental. Lo renombró y lo transformó en un refugio para aquellos artistas “sin cartel”, con una política de puertas abiertas: cualquiera podía mostrar su arte con solo pagar una consumición. El “cachet” era, muchas veces, un plato de empanadas y una jarra de vino, una propina voluntaria o simplemente el honor de ser escuchado.

Entre sus músicos habituales, la memoria rescata al legendario grupo formado por el “Mandinga del Bandoneón”, Víctor Orellana; los guitarristas hermanos Campos y el “Payo” Luna, un albino malabarista del bombo. También pasaron por sus mesas el cantor Enrique Simón, quien allí consolidó su fama como intérprete de tangos. Pero el Rincón tenía un imán especial que atraía a figuras de renombre nacional. “Por ejemplo, Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato y Victoria Ocampo, entre otros grandes de la cultura argentina invitados por mi padre”, evoca el doctor Mariano Paz, hijo de un destacado promotor cultural santiagueño, en un testimonio recogido para esta nota.

La anécdota que mejor captura el espíritu del lugar sucedió una madrugada, cuando Astor Piazzolla, de visita en la provincia, sintió el impulso de tocar su inmortal “Adiós Nonino”. El “Mandinga” Orellana le prestó su bandoneón, aunque le faltaba una tecla. A pesar de lo improvisado y de la limitación del instrumento, quienes presenciaron la interpretación la describieron como sublime, una experiencia tan emotiva que grabó a fuego la esencia del Rincón: lo auténtico por encima de lo perfecto, la conexión por encima del virtuosismo solitario.

En 1976, las dificultades económicas llevaron al cierre definitivo de sus puertas. La calle Tucumán, que hoy es peatonal, perdió el eco de guitarras, bombos y bandoneones que solían brotar de sus oscuros muros. Don Pedro Evaristo Díaz falleció hace unos años, pero no sin antes recibir el homenaje de la ciudad, que reconoció en su obra una contribución invaluable a la cultura popular. “El Rincón de los Artistas” ya no existe físicamente, pero como todo buen duende santiagueño, sigue habitando el aire, susurrando en cada historia contada y en cada memoria que se niega a dejar de oír, en el silencio, el eco de una guitarra y el tintineo de una jarra de vino. 

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