En Cerro Colorado, entre las montañas y el silencio que da forma a la memoria, nació y se despidió Patricio Barrera, conocido como el Indio Pachi: un hombre cuya vida entrelazaba el trabajo duro de la tierra con la poesía de la música. Criollo y originario, picapedrero, agricultor, peluquero ocasional, pero, sobre todo, un guitarrista autodidacta que rompió las normas: zurdo sin cambiar las cuerdas, como si su música reflejara el paisaje que lo rodeaba.
Su guitarra no solo
hablaba; cantaba con el murmullo del río, el crujir de la piedra bajo el mazo,
y el ordeñe al amanecer. Cada nota llevaba el peso de manos endurecidas por el
trabajo y la ternura de quien escuchaba a los pájaros como sus únicos maestros.
"Era sencillez y alma", dice Fernando Morales, director del
documental Pachi, la leyenda, que rescata su legado. "Su obra tiene peso
propio: decir mucho con poco".
Pachi no fue un músico de
grandes discografías, pero sí de encuentros luminosos. Compartió caminos con
Atahualpa Yupanqui, su vecino y amigo; creó canciones junto al Chango
Rodríguez, su compadre, y recibió el reconocimiento del uruguayo Aníbal
Sampayo, quien grabó sus obras. Su generosidad y hospitalidad lo convirtieron
en un símbolo querido del pueblo, donde aún persiste el eco de su estilo único:
ese que, cien años después, sigue inspirando a buscar entre las grietas de la
historia al hombre que tradujo la tierra en música.
Hoy, el documental de
Morales llega a Cerro Colorado, el mismo suelo donde Pachi se convirtió en
leyenda. No hace falta un monumento; su verdadero homenaje está en lo anónimo
que perdura: en las guitarras que imitan su zurda rebeldía, en los relatos que
repiten su nombre como un secreto bien guardado. Porque, como dice Morales,
"entrar en el mundo de lo anónimo" es, quizás, la forma más pura de
trascender.

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