sábado, 24 de enero de 2026

Latidos Negros: Redescubriendo la Huella Africana en Argentina y Santiago del Estero

 



En los pliegues de la historia rioplatense una comunidad que, en el siglo XVIII, representó más de la mitad de la población de algunas provincias hoy se debate entre el olvido y la invisibilidad. Su presencia, sin embargo, está impregnada de ritmo, de resistencia y de un legado que sigue resonando en el tango, el candombe y las palabras cotidianas del país.

Raíces que se hunden en la tierra del Río de la Plata

Los primeros varones africanos llegaron a lo que hoy es Argentina como esclavos de los conquistadores españoles. El flujo sistemático de esclavos por la ciudad de Buenos Aires comenzó poco después de su segunda fundación, en 1580, cuando los pobladores, desesperados por la escasez de mano de obra indígena en la zona, reclamaron la importación de “trabajadores” provenientes de Angola y el Congo.

Según los historiadores, de los 60 millones de africanos enviados a América sólo 12 millones sobrevivieron el viaje transatlántico. Buena parte de ese número desembarcó a través de los puertos del Río de la Plata, Montevideo, Valparaíso y Río de Janeiro, donde fueron distribuidos entre labranzas, ganaderías y hogares aristocráticos. Las africanas, además de unirse en “santo matrimonio” con sus compañeros, fueron obligadas a servir sexualmente a sus amos y a sus parientes, generando una población mulata que, a lo largo de los siglos, se mezcló con la criolla y con los inmigrantes europeos.

El auge silencioso bajo la sombra de Rosas

Durante la gobernación de Juan Manuel de Rosas (18291852) la comunidad negra de Buenos Aires alcanzó un nivel inesperado: alrededor del 30 % de la población total. El propio gobernador, acompañado de su familia, asistía regularmente a los candombes, esa forma de baile y canto que, aunque permitida, era una de las escasas expresiones culturales concedidas a los descendientes de africanos.

Los candombes, con sus tambores que “hacían temblar el suelo” y sus voces que entonaban antiguas plegarias, se convirtieron en un escenario de resistencia silenciosa. Cuando la danza se convertía en canción, la pulsación del tambor también marcaba el latido de una memoria que el Estado intentaba amortiguar.

El declive oficial y la invisibilidad

El siglo XIX trajo consigo un descenso sostenido de la población afroargentina. El aluvión migratorio fomentado por la Constitución de 1853 y la llegada masiva de inmigrantes europeos (español, italiano, francoalemán) diluyeron su peso relativo. En los censos, la categoría “negra”, “parda”, “morena” o “de color” fue sustituida por el ambiguo término “trigueña”, que podía aplicarse a cualquier tono de piel o, en algunos casos, a ninguno.

Los registros de 1838 a 1887 muestran una “desaparición artificial” de la comunidad. En 1778, por ejemplo, el noroeste argentino presentaba cifras sorprendentes: en Tucumán el 42 % de la población era negro, en Santiago del Este­ro el 54 % y en Catamarca el 52 %; en Salta el 46 %, en Córdoba el 44 %, mientras que en Mendoza el 24 % y en La Rioja el 20 %.

Hacia fines del siglo, el porcentaje oficial de negros cayó a apenas 1,8 % en 1887, y a partir de esa fecha los censos dejaron de registrar la variable racial, como si la comunidad hubiera desaparecido de la realidad.

La huella que persiste

Música y danza:

El tango, esa danza que define la identidad porteña, nació en los conventillos y en los salones donde los esclavos organizaban sus candombes. La milonga, su predecesora, conserva en su nombre una palabra bantú que significa “mezcla”. La chacarera, el grito de la pampa, también bebe de la tradición afro: su ritmo, sus instrumentos de percusión y sus voces resuenan con ecos de la sabiduría africana.

Pocos nombres quedan en la memoria, pero su aporte fue decisivo: Rosendo Mendizábal, autor de El entrerriano, era negro; Cayetano Silva compuso la música de la Marcha de San Lorenzo; Zenón Rolón escribió la marcha fúnebre que honró el regreso de los restos de José de San Martín en 1882. El legendario payador Gabino Ezeiza y el mítico “moreno” del Martín Fierro son otros testimonios vivos de esa presencia.

Lenguaje cotidiano:

En Santiago del Este­ro y en gran parte del noroeste, vocablos de origen africano siguen siendo parte del habla: mina, milonga, mucama, quilombo, mandinga, arrorro, mondongo, zamba, marote, banana. Estos términos, a veces trivializados, son portadores de una historia que se ha transmitido de generación en generación, aunque sus raíces se pierdan en la cotidianidad.

Religiosidad y festividades:

El legado cultural afro se manifiesta también en la devoción popular. El Carnaval rioplatense, con sus comparsas de candombe, celebra la libertad de los esclavos. En Corrientes, el legendario San Baltasar, el rey mago negro, sigue siendo venerado. San Benito, patrono de los afrodescendientes, tiene altares en varias provincias, recordando que la fe ha sido un refugio y un canal de resistencia.

Voces del pasado, miradas del presente

Domingo F. Sarmiento, presidente durante la gran epidemia de fiebre amarilla y la Guerra del Paraguay, dejó constancia de su postura racista. En su diario de 1848, al referirse a la esclavitud en EE. UU., escribió:

 “La esclavitud es una vegetación parásita que la colonización inglesa ha dejado pegada al árbol frondoso de las libertades…”

Más adelante, en una de sus frases célebres, afirmó:

 “Llego feliz a esta Cámara de Diputados de Buenos Aires, donde no hay gauchos, ni negros, ni pobres.”

Estas palabras, lejos de ser simples anécdotas, reflejan la actitud oficial del Estado que, una vez abolida la esclavitud, buscó borrar la presencia visible de los afrodescendientes, relegándolos al silencio oficial.

Hasta el día de hoy: el legado y la lucha

Los términos negro, negrita, morocho, cabecita negra siguen utilizándose, aunque su carga semántica ha sido desplazada hacia la clase social más que hacia la raza. En la práctica, sus víctimas pueden ser amerindios, europeos o afrodescendientes, evidenciando que el racismo persiste en formas sutiles y a veces encubiertas.

Los festivales, los bailes y los nombres de calles que hoy conmemoran a la comunidad negra son pistas que el país no puede ignorar. Reconocer la desaparición artificial no es sólo un ejercicio estadístico; es una invitación a reescribir la narrativa cultural, a rescatar los rostros que el historiador oficial dejó fuera y a honrar el latido de los tambores que, desde los conventillos del siglo XIX, siguen resonando en los bares de Buenos Aires y en las pampas argentinas.

Fuentes

* Todo es Historia (revista)

* Historia del barrio: Presencia negra – ensantelmo.com

* BBC News, especial sobre esclavitud (2007)

* El Peruano, “Opinión” (2007)

En la medida en que la memoria se vuelve arte, la historia afroargentina deja de ser un vacío y se convierte en un mosaico vibrante que, una vez más, reclama ser visto, escuchado y, sobre todo, celebrado.

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