En los pliegues de la historia rioplatense una comunidad que, en el siglo XVIII, representó más de la mitad de la población de algunas provincias hoy se debate entre el olvido y la invisibilidad. Su presencia, sin embargo, está impregnada de ritmo, de resistencia y de un legado que sigue resonando en el tango, el candombe y las palabras cotidianas del país.
Raíces
que se hunden en la tierra del Río de la Plata
Los primeros varones
africanos llegaron a lo que hoy es Argentina como esclavos de los conquistadores
españoles. El flujo sistemático de esclavos por la ciudad de Buenos Aires
comenzó poco después de su segunda fundación, en 1580, cuando los pobladores,
desesperados por la escasez de mano de obra indígena en la zona, reclamaron la
importación de “trabajadores” provenientes de Angola y el Congo.
Según los historiadores,
de los 60 millones de africanos enviados a América sólo 12 millones
sobrevivieron el viaje transatlántico. Buena parte de ese número desembarcó a
través de los puertos del Río de la Plata, Montevideo, Valparaíso y Río de
Janeiro, donde fueron distribuidos entre labranzas, ganaderías y hogares
aristocráticos. Las africanas, además de unirse en “santo matrimonio” con sus
compañeros, fueron obligadas a servir sexualmente a sus amos y a sus parientes,
generando una población mulata que, a lo largo de los siglos, se mezcló con la
criolla y con los inmigrantes europeos.
El
auge silencioso bajo la sombra de Rosas
Durante la gobernación de
Juan Manuel de Rosas (1829‑1852)
la comunidad negra de Buenos Aires alcanzó un nivel inesperado: alrededor del
30 % de la población total. El propio gobernador, acompañado de su familia,
asistía regularmente a los candombes, esa forma de baile y canto que, aunque
permitida, era una de las escasas expresiones culturales concedidas a los
descendientes de africanos.
Los candombes, con sus
tambores que “hacían temblar el suelo” y sus voces que entonaban antiguas
plegarias, se convirtieron en un escenario de resistencia silenciosa. Cuando la
danza se convertía en canción, la pulsación del tambor también marcaba el latido
de una memoria que el Estado intentaba amortiguar.
El declive oficial y la invisibilidad
El siglo XIX trajo
consigo un descenso sostenido de la población afro‑argentina. El aluvión migratorio fomentado por la
Constitución de 1853 y la llegada masiva de inmigrantes europeos (español,
italiano, franco‑alemán)
diluyeron su peso relativo. En los censos, la categoría “negra”, “parda”, “morena”
o “de color” fue sustituida por el ambiguo término “trigueña”, que podía
aplicarse a cualquier tono de piel o, en algunos casos, a ninguno.
Los registros de 1838 a
1887 muestran una “desaparición artificial” de la comunidad. En 1778, por
ejemplo, el noroeste argentino presentaba cifras sorprendentes: en Tucumán el
42 % de la población era negro, en Santiago del Estero el 54 % y en Catamarca
el 52 %; en Salta el 46 %, en Córdoba el 44 %, mientras que en Mendoza el 24 %
y en La Rioja el 20 %.
Hacia fines del siglo, el
porcentaje oficial de negros cayó a apenas 1,8 % en 1887, y a partir de esa
fecha los censos dejaron de registrar la variable racial, como si la comunidad
hubiera desaparecido de la realidad.
La
huella que persiste
Música y danza:
El tango, esa danza que
define la identidad porteña, nació en los conventillos y en los salones donde
los esclavos organizaban sus candombes. La milonga, su predecesora, conserva en
su nombre una palabra bantú que significa “mezcla”. La chacarera, el grito de
la pampa, también bebe de la tradición afro: su ritmo, sus instrumentos de
percusión y sus voces resuenan con ecos de la sabiduría africana.
Pocos nombres quedan en
la memoria, pero su aporte fue decisivo: Rosendo Mendizábal, autor de
El entrerriano, era negro; Cayetano Silva compuso la música de la
Marcha de San Lorenzo; Zenón Rolón escribió la marcha fúnebre que honró el regreso
de los restos de José de San Martín en 1882. El legendario payador
Gabino Ezeiza y el mítico “moreno” del Martín Fierro son otros testimonios
vivos de esa presencia.
Lenguaje cotidiano:
En Santiago del Estero y
en gran parte del noroeste, vocablos de origen africano siguen siendo parte del
habla: mina, milonga, mucama, quilombo, mandinga, arrorro, mondongo, zamba,
marote, banana. Estos términos, a veces trivializados, son portadores de una
historia que se ha transmitido de generación en generación, aunque sus raíces
se pierdan en la cotidianidad.
Religiosidad y
festividades:
El legado cultural afro
se manifiesta también en la devoción popular. El Carnaval rioplatense, con sus
comparsas de candombe, celebra la libertad de los esclavos. En Corrientes, el
legendario San Baltasar, el rey mago negro, sigue siendo venerado. San Benito,
patrono de los afrodescendientes, tiene altares en varias provincias,
recordando que la fe ha sido un refugio y un canal de resistencia.
Voces
del pasado, miradas del presente
Domingo F. Sarmiento,
presidente durante la gran epidemia de fiebre amarilla y la Guerra del
Paraguay, dejó constancia de su postura racista. En su diario de 1848, al
referirse a la esclavitud en EE. UU., escribió:
“La esclavitud es una vegetación parásita que
la colonización inglesa ha dejado pegada al árbol frondoso de las libertades…”
Más adelante, en una de
sus frases célebres, afirmó:
“Llego feliz a esta Cámara de Diputados de
Buenos Aires, donde no hay gauchos, ni negros, ni pobres.”
Estas palabras, lejos de
ser simples anécdotas, reflejan la actitud oficial del Estado que, una vez
abolida la esclavitud, buscó borrar la presencia visible de los
afrodescendientes, relegándolos al silencio oficial.
Hasta
el día de hoy: el legado y la lucha
Los términos negro,
negrita, morocho, cabecita negra siguen utilizándose, aunque su carga semántica
ha sido desplazada hacia la clase social más que hacia la raza. En la práctica,
sus víctimas pueden ser amerindios, europeos o afrodescendientes, evidenciando
que el racismo persiste en formas sutiles y a veces encubiertas.
Los festivales, los
bailes y los nombres de calles que hoy conmemoran a la comunidad negra son
pistas que el país no puede ignorar. Reconocer la desaparición artificial no es
sólo un ejercicio estadístico; es una invitación a reescribir la narrativa cultural,
a rescatar los rostros que el historiador oficial dejó fuera y a honrar el
latido de los tambores que, desde los conventillos del siglo XIX, siguen
resonando en los bares de Buenos Aires y en las pampas argentinas.
Fuentes
* Todo es Historia
(revista)
* Historia del barrio:
Presencia negra – ensantelmo.com
* BBC News, especial
sobre esclavitud (2007)
* El Peruano, “Opinión”
(2007)
En la medida en que la
memoria se vuelve arte, la historia afro‑argentina deja de ser un vacío y se convierte en un
mosaico vibrante que, una vez más, reclama ser visto, escuchado y, sobre todo,
celebrado.

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