lunes, 17 de noviembre de 2025

Del 55": Donde el vino se hizo poesía

 



En el corazón nocturno de Tucumán, allá por los años cincuenta, donde el tiempo parecía detenerse entre coplas y dados, existió un lugar que no entró en los libros de historia, pero sí en la sangre del folklore argentino: "El 55".

Gerardo Núñez lo recuerda como una mezcla de fonda humilde y refugio de almas inquietas, un rincón de dos por dos donde el vino corría más rápido que las horas y las cartas se mezclaban con acordes. No era un cabaret ni un salón de lujo, sino un boliche de hacha y tiza, como le gustaba decir a Hugo Díaz —rústico, auténtico, peligrosamente vivo. Un sitio donde se cantaba fuerte, se amaba en secreto, se peleaba a puñetazos y, a veces, se moría.

Allí, en ese reservado que no guardaba amores, sino sueños de juego y guitarra, nació una de las chacareras más sentidas del cancionero nacional: "Del 55", compuesta en 1958. Un tema que no solo evoca un lugar, sino un tiempo, un olor, una atmósfera cargada de tabaco, triunfos, sangre y poesía.

"En ese boliche corría la droga, hubo peleas, muertes...", confiesa Núñez. Y recuerda con sombra en la voz la historia de Milonguita, la prostituta famosa cuya vida se apagó entre las paredes de aquel antro. Pero también florecía el arte: en ese cuartito cabían apenas una mesa, unas sillas y una estrella —Hugo Díaz, con su violín que partía el alma— acompañado por Adolfo Ábalos, Hugo Carmona, Alfredo Grillo, y las hermanitas Carmona, que entonaban con voces dulces y profundos callos en el canto.

Gerardo, junto a sus hermanos Pepe y Canuto, había llegado desde Salta para estudiar Arquitectura. Vivían a cuatro cuadras del mito. "Quizás por destino", dice, "o por una inspiración que ya nos rondaba". Eran estudiantes, muchachos bravos de voz fuerte, que llamaban la atención no por alborotar, sino por cantar como si el mundo se fuera con cada verso.

Y el mundo los escuchaba. El Ciego Pancho, figura mítica de la noche, se acercaba a su mesa. Los mozos, Chacho Díaz y Maldonado, los querían. Cerca de las tres de la mañana, hacían la vaquita para que el vino siguiera fluyendo, y les servían una "pavesa" —una sopa de ajo y huevo que entraba como ungüento para el alma—, antes de cerrar.

Allí entraban crupieres del casino con bolsillos pesados, políticos de camisa desabrochada, profesionales cansados de su fachada. Y estudiantes buscando una bohemia que, más que desorden, era rebeldía del espíritu. Mujeres que eran luz y sombra. Borrachos. Pendencieros. Pero también respeto. Porque en "El 55" no se podía cruzar la línea: el desorden tenía su propio orden.

Y fue en ese vaivén de luces tenues, naipes, cuerdas y amaneceres sin cama, donde nació la inspiración. Donde el mito se convirtió en melodía.

"Del 55" no es solo una chacarera. Es un grito contenido, una copla que sangra. Una suerte de retrato sonoro de una época donde el vino era poesía, los mozos, testigos, y el folklore, una manera de sobrevivir.

 

"Que me moje el vino que viene lento /
Que me nombre el hombre que está contento...
Soñador sin penas /
Arriador de olvidos /
Mi '55' emborrachador antiguo."

 

Cuarenta años después, el edificio sigue en pie. Pero el alma no. Ahora es solo ladrillo. La verdadera existencia de "El 55" no está en una dirección, sino en cada verso que aún resuena en las guitarras del interior. En cada voz que, sin saberlo, canta no por costumbre, sino por herencia.

Por Omar Sapo Estanciero (fragmento del libro inédito "Anécdotas y curiosidades de folcloristas santiagueños")

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