En el corazón nocturno de
Tucumán, allá por los años cincuenta, donde el tiempo parecía detenerse entre
coplas y dados, existió un lugar que no entró en los libros de historia, pero
sí en la sangre del folklore argentino: "El 55".
Gerardo Núñez lo recuerda
como una mezcla de fonda humilde y refugio de almas inquietas, un rincón de dos
por dos donde el vino corría más rápido que las horas y las cartas se mezclaban
con acordes. No era un cabaret ni un salón de lujo, sino un boliche de hacha y
tiza, como le gustaba decir a Hugo Díaz —rústico, auténtico, peligrosamente
vivo. Un sitio donde se cantaba fuerte, se amaba en secreto, se peleaba a
puñetazos y, a veces, se moría.
Allí, en ese reservado
que no guardaba amores, sino sueños de juego y guitarra, nació una de las
chacareras más sentidas del cancionero nacional: "Del 55", compuesta
en 1958. Un tema que no solo evoca un lugar, sino un tiempo, un olor, una
atmósfera cargada de tabaco, triunfos, sangre y poesía.
"En ese boliche
corría la droga, hubo peleas, muertes...", confiesa Núñez. Y recuerda con
sombra en la voz la historia de Milonguita, la prostituta famosa cuya vida se
apagó entre las paredes de aquel antro. Pero también florecía el arte: en ese
cuartito cabían apenas una mesa, unas sillas y una estrella —Hugo Díaz, con su
violín que partía el alma— acompañado por Adolfo Ábalos, Hugo Carmona, Alfredo
Grillo, y las hermanitas Carmona, que entonaban con voces dulces y profundos
callos en el canto.
Gerardo, junto a sus
hermanos Pepe y Canuto, había llegado desde Salta para estudiar Arquitectura.
Vivían a cuatro cuadras del mito. "Quizás por destino", dice, "o
por una inspiración que ya nos rondaba". Eran estudiantes, muchachos
bravos de voz fuerte, que llamaban la atención no por alborotar, sino por
cantar como si el mundo se fuera con cada verso.
Y el mundo los escuchaba.
El Ciego Pancho, figura mítica de la noche, se acercaba a su mesa. Los mozos,
Chacho Díaz y Maldonado, los querían. Cerca de las tres de la mañana, hacían la
vaquita para que el vino siguiera fluyendo, y les servían una
"pavesa" —una sopa de ajo y huevo que entraba como ungüento para el
alma—, antes de cerrar.
Allí entraban crupieres
del casino con bolsillos pesados, políticos de camisa desabrochada,
profesionales cansados de su fachada. Y estudiantes buscando una bohemia que,
más que desorden, era rebeldía del espíritu. Mujeres que eran luz y sombra.
Borrachos. Pendencieros. Pero también respeto. Porque en "El 55" no
se podía cruzar la línea: el desorden tenía su propio orden.
Y fue en ese vaivén de
luces tenues, naipes, cuerdas y amaneceres sin cama, donde nació la
inspiración. Donde el mito se convirtió en melodía.
"Del 55" no es
solo una chacarera. Es un grito contenido, una copla que sangra. Una suerte de
retrato sonoro de una época donde el vino era poesía, los mozos, testigos, y el
folklore, una manera de sobrevivir.
"Que me moje el vino
que viene lento /Que me nombre el hombre
que está contento...Soñador sin penas /Arriador de olvidos /Mi '55' emborrachador
antiguo."
Cuarenta años después, el
edificio sigue en pie. Pero el alma no. Ahora es solo ladrillo. La verdadera
existencia de "El 55" no está en una dirección, sino en cada verso
que aún resuena en las guitarras del interior. En cada voz que, sin saberlo,
canta no por costumbre, sino por herencia.
Por Omar Sapo Estanciero
(fragmento del libro inédito "Anécdotas y curiosidades de folcloristas
santiagueños")

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