jueves, 13 de noviembre de 2025

El secreto de la chacarera trunca: la noche en que los ángeles encontraron su canción.

 


En la memoria viva de la música santiagueña, algunas obras llegan al mundo de manera imperfecta, como promesas a la espera de su destino. Así nació “La de los angelitos”, una chacarera simple y trunca que, en su primera versión, había sido grabada por el propio Atahualpa Yupanqui y Luis Alberto Peralta Luna, sin lograr aún resonancia en el alma popular.

Pero toda creación tiene su jornada de revelación.

Fue durante una de las visitas de Adolfo Ábalos a Santiago del Estero, cuando un grupo de músicos —Hugo “Cachilo” Díaz, “Morenito” Suárez, Alberto “Gringo” Bravo de Zamora y otros— se congregó en una casa de la calle La Plata 680, en lo que sería más que un simple asado: un verdadero capítulo de la historia folclórica argentina.

Entre los presentes, además de los dueños de casa —“Cachilo”, María Luisa Terribile y su hijo “Tusca”—, se sumaron figuras como el Dr. Mariano Roberto Paz, Miguel, Juan Simón y Sofanor Díaz. Un encuentro de almas en el que la música era el lenguaje común.

En un momento íntimo y espontáneo, Miguel Simón entonó aquella versión inicial de “La de los angelitos”. Tras los aplausos, surgió la voz crítica y certera de “Morenito”, quien, “alegre por demás”, insistió con que la sentía “doble y trunca”. Nadie agregó nada en ese instante, pero la observación quedó flotando, como un verso a medio escribir.

Hasta que Adolfo Ábalos, con la intuición del maestro, tomó la guitarra y tradujo en acordes lo que las palabras apenas sugerían. —¿Esto es lo que estás queriendo decir? —preguntó. —¡Absolutamente! —afirmó “Morenito”, con énfasis redentor.

Tiempo después, en otro viaje a Santiago, Ábalos volvió a sorprenderlos. En una nueva reunión, ya en casa de Cachilo, tomó la guitarra y les hizo escuchar la chacarera transformada: ahora era doble, trunca y, como regalo final, tenía letra.

La canción, que antes era solo un esbozo, se había convertido en un relato poético y simbólico, tejido con imágenes de sueños angelicales, quebrachales y una Salavina que amanece entre alabanzas. Y en uno de sus versos finales, como un homenaje y una confesión, quedó grabada la esencia de su origen:

 “La de los angelitos fue un regalo de Julián”.

Una línea que no solo nombra, sino que consagra. Un tributo a lo colectivo, a lo anónimo, a esos gestos que, en el silencio de los encuentros, dan forma a lo eterno.

Artículo escrito a partir del relato de Alberto “Gringo” Bravo de Zamora, compartido por Antonio Olívar Molina, y los versos de “La de los angelitos”, incluidos en el libro inédito “Historia del cancionero folclórico santiagueño” de Omar Sapo Estanciero.

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