En la memoria viva de la
música santiagueña, algunas obras llegan al mundo de manera imperfecta, como
promesas a la espera de su destino. Así nació “La de los angelitos”, una
chacarera simple y trunca que, en su primera versión, había sido grabada por el
propio Atahualpa Yupanqui y Luis Alberto Peralta Luna, sin lograr aún
resonancia en el alma popular.
Pero
toda creación tiene su jornada de revelación.
Fue durante una de las
visitas de Adolfo Ábalos a Santiago del Estero, cuando un grupo de músicos
—Hugo “Cachilo” Díaz, “Morenito” Suárez, Alberto “Gringo” Bravo de Zamora y
otros— se congregó en una casa de la calle La Plata 680, en lo que sería más
que un simple asado: un verdadero capítulo de la historia folclórica argentina.
Entre los presentes,
además de los dueños de casa —“Cachilo”, María Luisa Terribile y su hijo
“Tusca”—, se sumaron figuras como el Dr. Mariano Roberto Paz, Miguel, Juan
Simón y Sofanor Díaz. Un encuentro de almas en el que la música era el lenguaje
común.
En un momento íntimo y
espontáneo, Miguel Simón entonó aquella versión inicial de “La de los
angelitos”. Tras los aplausos, surgió la voz crítica y certera de “Morenito”,
quien, “alegre por demás”, insistió con que la sentía “doble y trunca”. Nadie
agregó nada en ese instante, pero la observación quedó flotando, como un verso
a medio escribir.
Hasta que Adolfo Ábalos,
con la intuición del maestro, tomó la guitarra y tradujo en acordes lo que las
palabras apenas sugerían. —¿Esto es lo que estás queriendo decir? —preguntó.
—¡Absolutamente! —afirmó “Morenito”, con énfasis redentor.
Tiempo después, en otro
viaje a Santiago, Ábalos volvió a sorprenderlos. En una nueva reunión, ya en casa
de Cachilo, tomó la guitarra y les hizo escuchar la chacarera transformada:
ahora era doble, trunca y, como regalo final, tenía letra.
La canción, que antes era
solo un esbozo, se había convertido en un relato poético y simbólico, tejido
con imágenes de sueños angelicales, quebrachales y una Salavina que amanece
entre alabanzas. Y en uno de sus versos finales, como un homenaje y una
confesión, quedó grabada la esencia de su origen:
“La de los angelitos fue un regalo de Julián”.
Una línea que no solo nombra,
sino que consagra. Un tributo a lo colectivo, a lo anónimo, a esos gestos que,
en el silencio de los encuentros, dan forma a lo eterno.
Artículo escrito a partir
del relato de Alberto “Gringo” Bravo de Zamora, compartido por Antonio Olívar
Molina, y los versos de “La de los angelitos”, incluidos en el libro inédito
“Historia del cancionero folclórico santiagueño” de Omar Sapo Estanciero.

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