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martes, 8 de septiembre de 2026

La expedición olvidada que reveló los secretos de la Sierra de Guasayán

Entre brújulas, caminos de monte y caseríos dispersos, un geólogo recorrió hace más de un siglo uno de los territorios menos estudiados de Santiago del Estero.



La Sierra de Guasayán se integró al mapa santiagueño de forma tan natural que cuesta recordar lo poco que se sabía de ella hace cien años. A comienzos del siglo XX, la información científica sobre el oeste provincial era mínima: no había cartografía precisa, los estudios geológicos contados con los dedos de una mano se enfocaban casi exclusivamente en la caliza, y buena parte de lo que se daba por cierto provenía de relatos orales. Para saldar esa deuda, en septiembre de 1921 se puso en marcha una expedición con un objetivo concreto: recorrer, medir y documentar la geografía serrana.

Un territorio fuera de los mapas

A principios de los años veinte, la Dirección General de Minas, Geología e Hidrología encomendó este relevamiento a pedido del gobierno de Santiago del Estero. La región representaba un reto logístico evidente: un terreno áspero, de difícil acceso y con poblaciones muy aisladas entre sí.

El punto de partida fijado para la travesía fue la localidad de Choya.

Relevar el terreno en 1921

Explorar Guasayán en esa época exigía adaptarse a las condiciones del terreno. Sin rutas ni mapas confiables, los traslados se hacían a lomo de mula o a pie por huellas abiertas en el monte. Los únicos instrumentos para fijar rumbos y calcular altitudes eran la brújula y el barómetro anerode, sumados al conocimiento práctico de los pobladores locales.

Tras unas primeras observaciones en los alrededores de Choya, la expedición avanzó hacia la Sierra de Ancaján. Continuó por los senderos del Mojón y La Bajada, atravesando parajes como Las Peñas, Tres Cerros, Las Higuerillas y La Calera.

El cruce de la Sierra de Guasayán se hizo a través de la Quebrada de la Puerta del Jardín. De allí pasaron por Guampacha, Las Juntas y el antiguo pueblo de Guasayán, que ya por entonces mostraba un marcado despoblamiento. En cada parada se tomaban notas de relieve, muestras de roca y esquemas de la estructura del suelo.

Del extremo norte al problema del agua

Desde el pueblo de Guasayán se organizaron salidas hacia Santa Bárbara, en el extremo norte de la cadena serrana. La ruta siguió por Los Cerrillos, Santa Catalina, Sol de Mayo, la Quebrada de Maquijata y el Cerro de Ichagón. Tras realizar observaciones durante varios días en Villa de La Punta, el grupo cerró esta primera etapa regresando a Choya a fines de noviembre de 1921.

El trabajo, sin embargo, cobró una segunda dimensión al año siguiente. En 1922, una nueva misión priorizó la búsqueda de fuentes de agua potable e industrial para las poblaciones de la zona.

Esta segunda etapa volvió a salir de Choya y cubrió el trazado ferroviario entre Frías y la capital provincial, además de los bordes de las Salinas Grandes, sectores donde el conocimiento geológico previo era prácticamente nulo.

Croquis a mano y baqueanos

Frente a la falta de cartografía oficial —o la inexactitud de los pocos planos existentes—, el trabajo de campo exigió levantar croquis topográficos sobre la marcha. Las distancias, pendientes y alturas se calculaban de manera artesanal.

Como el tiempo no alcanzaba para llegar a cada caserío disperso, las entrevistas con baqueanos y vecinos resultaron claves. De esas charlas surgieron datos precisos sobre vertientes, picadas, pasos en las quebradas y comportamientos de las vertientes en épocas de sequía.

El regreso y el valor del registro

La exploración se extendió hacia las Termas de Río Hondo, recorriendo ambas márgenes del Río Dulce, y emprendió el regreso por Doña Luisa, El Tableado, Valparaíso y Villa de La Punta.

El 20 de enero de 1923, tras meses de trabajo continuo en el monte, el investigador regresó a Buenos Aires con libretas de apuntes, perfiles geológicos y decenas de croquis.

Más allá de la escala modesta que puedan tener estos documentos frente a los relevamientos satelitales actuales, la expedición de 1921-1923 constituyó el primer diagnóstico técnico riguroso de la Sierra de Guasayán, transformando datos dispersos en información geográfica útil para la provincia.

 

lunes, 11 de mayo de 2026

La expedición que recorrió la Sierra de Guasayán cuando todavía era un territorio desconocido

A comienzos del siglo XX, una travesía geológica intentó registrar por primera vez una de las regiones menos estudiadas de Santiago del Estero

Por Leyendas del Folclore Santiagueño



Hoy la Sierra de Guasayán forma parte del paisaje del oeste santiagueño y resulta difícil imaginarla como un territorio desconocido. Sin embargo, hace un siglo la realidad era muy distinta. Había algunas menciones aisladas sobre sus cerros y sobre la piedra caliza, pero no existían mapas precisos ni investigaciones que permitieran conocer realmente la región. En 1921, una expedición se propuso cambiar esa situación y recorrer en profundidad un territorio sobre el que la geología de la época sabía muy poco.

Un territorio bajo la lupa

A comienzos de la década de 1920, la información disponible sobre la zona era escasa. Apenas había algunas referencias generales sobre el relieve y cierto interés por la piedra caliza, principalmente por sus posibilidades de uso industrial. Muchas de esas referencias, además, no provenían de trabajos realizados en el terreno, sino de comentarios y datos transmitidos por otras personas.

Frente a esa falta de información, en septiembre de 1921 la Dirección General de Minas, Geología e Hidrología, a pedido del gobierno de Santiago del Estero, envió la primera expedición oficial para estudiar la región.

El primer recorrido

El equipo estableció su base en Choya y comenzó a recorrer los alrededores antes de avanzar hacia la Sierra de Ancaján. Desde allí continuó por el camino del Mojón y La Bajada, pasando por Las Peñas, Tres Cerros, Las Higuerillas y La Calera.

Más adelante atravesaron la Sierra de Guasayán por la Quebrada de la Puerta del Jardín y siguieron hacia Guampacha y Las Juntas, hasta llegar al pueblo de Guasayán, que por aquellos años ya estaba prácticamente despoblado.

Desde allí tomaron rumbo al norte y llegaron hasta Santa Bárbara, cerca del tramo final de la cadena serrana. El recorrido incluyó Los Cerrillos, Santa Catalina, Sol de Mayo, la Quebrada de Maquijata y el Cerro de Ichagón. También permanecieron varios días en Villa de La Punta, donde reunieron información que consideraban necesaria para completar el estudio.

Esta primera etapa terminó a fines de noviembre de 1921, cuando el equipo regresó a Choya.

La búsqueda de agua en 1922

Al año siguiente, los investigadores regresaron al terreno con un objetivo muy concreto: localizar fuentes de agua que pudieran servir a los pobladores de la zona.

Partieron nuevamente desde Choya, aunque esta vez tomaron rumbo hacia el sur. La intención era estudiar el área comprendida entre la vía del ferrocarril que comunicaba Frías con Santiago del Estero y las Salinas Grandes. Era una región sobre la que prácticamente no existían antecedentes geológicos.

El recorrido pasó por Las Lomitas, La Juntura, Cerro Rico, Cerrito de Soria, La Cerrillada, San Rafael y Recreo. El regreso se hizo por San Antonio de la Paz, Pozancón, Las Tejas y El Rincón.

Después continuaron hacia Las Termas de Río Hondo. Bordearon la ladera oriental de la sierra y estudiaron las dos márgenes del Río Dulce.

A su regreso volvieron a recorrer y revisar lugares que ya habían estudiado el año anterior: Doña Luisa, El Tableado, Las Juntas, Guampacha, Los Cerrillos, Santa Catalina, Valparaíso, Sol de Mayo y Villa de La Punta. La idea era contrastar y ajustar las anotaciones realizadas durante la primera campaña.

Finalmente, el 20 de enero de 1923, el responsable de la expedición emprendió el regreso a Buenos Aires.

Avanzar sin mapas

Uno de los mayores problemas que enfrentó la expedición fue, justamente, la falta de mapas confiables. Los pocos planos disponibles estaban incompletos y, en algunos casos, contenían errores importantes.

Por eso, los integrantes del equipo tuvieron que ir elaborando sus propios croquis topográficos a medida que avanzaban. Para orientarse contaban con herramientas básicas como la brújula y el barómetro.

Aquellos dibujos, aunque tenían las limitaciones propias de la época, fueron suficientes para comenzar a construir una imagen mucho más clara del territorio comprendido entre el Río Dulce y las Salinas Grandes.

Pero los mapas no eran el único problema. El oeste santiagueño estaba formado también por numerosos caseríos y parajes dispersos, muchos de los cuales resultaban difíciles de alcanzar. En esos casos, la información proporcionada por los propios vecinos fue fundamental. Sus relatos permitieron ubicar caminos, reconocer parajes y conocer mejor las características del terreno.

Un legado que perdura

Cien años después, aquella expedición conserva un enorme valor. Fue el primer esfuerzo verdaderamente sistemático por estudiar y documentar la Sierra de Guasayán y buena parte de su entorno.

No contaban con los recursos ni las herramientas que hoy damos por sentados. Los desplazamientos eran difíciles, los mapas eran insuficientes y buena parte de la información debía obtenerse directamente en el terreno.

Aun así, lograron avanzar. Recorrieron caminos, cruzaron sierras, buscaron agua, tomaron datos y fueron dibujando sobre la marcha un territorio que hasta entonces aparecía apenas mencionado en algunos registros.

De esa manera, aquella expedición comenzó a incorporar al mapa científico de Santiago del Estero una región que, hasta ese momento, había permanecido prácticamente desconocida.

 

Las sierras de Guasayán esconden secretos de la historia

 


La ciudad de Santiago del Estero no está sola. A menos de 70 kilómetros, en dirección a Tucumán, se encuentran las conocidas Termas de Río Hondo. Hacia el Sur se halla la localidad de Loreto, con sus famosas rosquitas y, continuando, aparece la zona de Atamisqui donde las teleras despliegan todo su arte y sabiduría ancestral en la confección de mantas y otros productos hechos con hilo y lana.

La provincia esconde rincones. "Lamentablemente, Villa La Punta está olvidada", señala Héctor Pololo Porfirio, un santiagueño que vivió la mayor parte de su vida en esa localidad, recostada sobre la ladera oriental de las sierras de Guasayán. Este cordón serrano tiene una extensión de 76 kilómetros y se sitúa al oeste de Santiago del Estero. Su ancho es de 4 y 6 kilómetros, y la altura máxima ronda los 700 metros sobre el mar.

Representan las últimas estribaciones de las Sierras Pampeanas y su historia geológica es muy antigua. La cadena está recortada por arroyos temporarios que se vuelcan a la cuenca oriental como el Guasayán, del Ojito, Tala Arroyo y Arroyo de Maquijata, además de ojos de agua que afloran en el corazón de la cadena.

El agua no es suficiente para la actividad agrícola, pero sí para la actividad ganadera. Llamativa es la conformación vegetal sobre las laderas, compuesta de especies propias de la región chaqueña, del llano, mixturadas con ejemplares del monte. Se destacan el yuchán o palo borracho, el chañar, el piquillín y la tusca.

Aires del pasado

En el extremo sur del cordón serrano está Villa La Punta, un pequeño poblado que conserva aires de otros tiempos. Allí, la provincia regentea una hostería de discreta categoría, de las pocas que se pueden encontrar fuera de las Termas de Río Hondo o la ciudad de Santiago del Estero. De Villa La Punta se habla más de lo que fue que de lo que es. Más acerca de las familias que la visitaron que de las que hoy concurren al lugar.

No por eso su paisaje perdió el encanto ni tampoco sus pobladores, poseedores de una sencillez hechicera.

Dicen que en la villa se proyectó una película de cine antes que en la misma Santiago del Estero. "En 1940, vi cine en Villa La Punta por primera vez en mi vida. Las películas eran Mañana serán hombres, con Delia Garcés, y La maestrita de los obreros, un film también argentino", comenta Héctor Porfirio.

En las sierras de Guasayán, a la altura de la quebrada de Maquijata, habría sido herido don Diego de Rojas en 1543, el primero de los conquistadores españoles que, proveniente del Alto Perú, penetró en el territorio conocido como el Tucma, fuera de los límites del recién disuelto Imperio Inca.

Luego, Rojas habría fallecido en Soconcho u otro lugar, tal vez a causa de la flecha envenenada aparentemente lanzada por los lules.

Los que lo acompañaban en la expedición continuaron hacia el río Dulce, fundando el poblado de Medellín.

Villa La Punta fue por mucho tiempo el lugar elegido por la aristocracia local para su esparcimiento. Tuvo su época de oro a fines del siglo XIX y principios del XX, hasta la década del veinte. "Si se hubiese hecho pasar el ferrocarril por al lado del pueblo, la villa hubiese crecido" -agrega Pololo.

"La instalación de las vías arrastró las poblaciones a su orilla. Se duplicó la geografía de Santiago. Villa La Punta y estación La Punta, Atamisqui y estación Atamisqui, Brea Pozo y estación Brea Pozo", señala Luis Garay, del Museo Histórico.

Los jardines de las casas exhiben enormes tunas. Las calles están bordeadas por hileras de yuchanes panzones y floridos. Hay comercios pequeños, dos comedores, pero nadie se dedica al turismo, con excepción de la gente de la hostería. "Aunque como changa, personas como Pelusa Castaño te pueden guiar por la sierra".

En Villa La Punta, los pobladores son devotos de Las Telesiadas, fiestas populares en las que se hacen promesas a La Telesita para que, por ejemplo, "ella ayude a que llueva" -dice Bravo.

La gente se compromete a realizar la fiesta, y entonces beber los siete tragos de ginebra, bailar las siete chacareras y divertirse hasta el amanecer.

Septiembre y octubre son los testigos de la visita de la Telesita, una señora -devenida leyenda-, a la que le gustaba el baile y se hacía presente en todas las fiestas, sin que nadie supiera dónde vivía. Hasta que un día se quedó dormida en el monte, su vestimenta comenzó a incendiarse y así murió.

Fuente: La Nación