Entre libros clásicos, la orfandad y la
tintorería, el poeta santiagueño construyó una obra que se niega al eufemismo.
Conocé la historia de una de las plumas más sentidas de nuestro folclore.
Por Leyendas del Folclore
Santiagueño
Hay gente que escribe para
adornar el mundo y gente que escribe porque el mundo, tal como está, le duele.
Pablo Raúl Trullenque era de los segundos. Lejos de las metáforas que buscan
esquivar temas difíciles o de la poesía pura de adorno, entendió el arte como
un compromiso: un puente entre lo dura que es la realidad y la esperanza que
nace en una canción.
El barrio como punto de
partida y el mandato de la abuela
La historia de Trullenque empieza
con el silencio de su infancia. Se quedó sin padres de muy chico y su mundo
pasó a ser el abrazo de su abuela, quien le dio la libertad para hacerse a sí
mismo.
Ella no sabía leer ni escribir,
pero le sembró la chispa de lo que vendría después. Justamente la fascinación
de Pablo por las palabras nació de lo que a ella le faltaba; su abuela le
repetía todo lo que se había perdido por no haber tenido acceso a las letras.
Esa carencia se volvió para él un camino a seguir.
Tiempo después, en sexto grado,
su maestra Petrona Mendívez le abrió las puertas a autores como Bécquer, Rubén
Darío y Horacio Quiroga. Sin embargo, Pablo no se quedó encerrado en las
lecturas. Desde su barrio humilde, al que siempre vio como un punto privilegiado
para mirar la realidad, fue testigo de la brecha de su tierra: la Santiago del
Estero que tiene y la que no.
"La cuestión no es tener,
sino agradecer lo que uno tiene y, sobre todo, saber dar", decía siempre,
sintetizando la postura con la que vivió y escribió.
De la tintorería a la
radio: el cruce con Los Carabajal
Como buena historia argentina, su
consagración combina un poco de casualidad y bastante de humildad. Ya instalado
en Buenos Aires, Pablo frecuentaba a la familia Carabajal, sabiendo el talento
enorme que había ahí. Pero las cosas no fueron fáciles desde el principio.
Se cuenta que le entregó a Carlos
Carabajal la letra de "Pa’ carnavalear". En ese momento Carlos no le
dio mucha importancia y guardó los versos en algún cajón.
Pasó el tiempo. Pablo seguía con
su rutina, trabajando en su tintorería entre el vapor y el olor a solvente. Un
día, con la radio prendida mientras trabajaba, escuchó a Los Chalchaleros. La
sorpresa fue enorme cuando reconoció su propia letra hecha chacarera sonando
para todo el país. Ese fue el impulso que dio inicio a una de las duplas más
potentes de nuestro folclore.
Un legado directo y con
identidad
Trullenque no buscaba el aplauso
rápido; buscaba decir la verdad. "He leído muchas palabras bonitas, pero
eso no alcanza, hay que decir algo más", sostenía convencido de que la
poesía sirve para transformar.
Al repasar sus letras no solo
encontramos ritmo y paisaje. Encontramos a alguien que se animó a hablar del
dolor y de la discriminación sin dar vueltas, dejándonos una obra profundamente
humana. Pablo Raúl Trullenque no solo compuso canciones: nos dejó una forma de
estar en este mundo con los ojos abiertos, la mano tendida y la palabra
comprometida con su gente.
Basado en testimonios de Alcira
Mancilla de Trullenque y en el libro "Anécdotas y curiosidades de
folcloristas santiagueños" de Omar "Sapo" Estanciero.

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