martes, 5 de mayo de 2026

El hombre que tiñó de compromiso la palabra: Pablo Raúl Trullenque

Entre libros clásicos, la orfandad y la tintorería, el poeta santiagueño construyó una obra que se niega al eufemismo. Conocé la historia de una de las plumas más sentidas de nuestro folclore.

 


Por Leyendas del Folclore Santiagueño

Hay hombres que escriben para adornar el mundo y hay hombres que escriben porque el mundo, tal como está, les duele. Pablo Raúl Trullenque pertenecía a los segundos. Lejos de las metáforas que esconden miedos y de los versos de porcelana, el poeta santiagueño entendió el arte como un compromiso de vida, un puente tendido entre la crudeza de la realidad y la esperanza de la canción.

El observatorio del barrio y la obsesión de una abuela

La historia de Trullenque no se explica sin el silencio de su infancia. Huérfano de padres desde muy pequeño, su universo se redujo al abrazo de una abuela que, con la sabiduría de los años, le dio la libertad necesaria para volverse "dueño de sí mismo".

Fue ella, una mujer analfabeta, quien sembró en Pablo la semilla que germinaría en su poesía. Paradójicamente, la obsesión de Trullenque por la palabra nació del vacío de su abuela; ella le contaba todo lo que se había perdido por no saber leer ni escribir. Esa carencia se transformó en un mandato.

Más tarde, en el aula de sexto grado, la maestra Petrona Mendívez le abriría las puertas de los cielos literarios: Bécquer, Rubén Darío y Horacio Quiroga pasaron a ser sus compañeros de ruta. Pero Pablo no se quedó encerrado en los libros. Desde su humilde barrio, al que definió como un "observatorio social", fue testigo de la fractura de su tierra: la Santiago del Estero que tiene y la que no tiene.

"La cuestión no es tener, sino agradecer a Dios por tener y, fundamentalmente, saber dar", solía decir el poeta, resumiendo una ética que atravesó cada una de sus estrofas.

De la tintorería a la inmortalidad: El encuentro con los Carabajal

Como toda gran historia argentina, la de su consagración tiene un toque de azar y otro de humildad. Instalado en Buenos Aires, Pablo frecuentaba a la familia Carabajal. Sabía que allí había un motor creativo único. Sin embargo, el camino no fue una alfombra roja.

Cuenta la anécdota que Trullenque le entregó a Carlos Carabajal la letra de "Pa’ carnavalear". En aquel entonces, Carlos se mostró indiferente, guardando aquellos versos en algún rincón de la memoria o de algún cajón.

El tiempo pasó. Pablo seguía con su vida cotidiana, atendiendo su tintorería, entre el vapor y el olor a solvente. Un día, mientras trabajaba, la radio rompió el aire. Eran Los Chalchaleros. La sorpresa fue total cuando reconoció su propia letra, ahora convertida en una chacarera que recorría el país. Ese fue el chispazo inicial de una de las duplas más prolíficas y exitosas de nuestra música popular.

Un legado sin eufemismos

Trullenque no buscaba el aplauso fácil. Su búsqueda era la verdad. "He leído muchas palabras bonitas, pero eso no es todo, hay que decir algo más", afirmaba con la convicción de quien sabe que la poesía es una herramienta de transformación.

Hoy, al volver a sus letras, no solo encontramos ritmo y paisaje; encontramos un hombre que se animó a mirar de frente a la discriminación y al dolor, devolviéndonos una obra cargada de humanidad. Pablo Raúl Trullenque no solo escribió canciones; nos dejó un mapa ético sobre cómo habitar este suelo: con los ojos abiertos, las manos dispuestas al dar y la palabra siempre puesta al servicio del compromiso social.

Basado en testimonios de Alcira Mancilla de Trullenque y el libro "Anécdotas y curiosidades de folcloristas santiagueños" de Omar "Sapo" Estanciero.

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