Vuelve, vuelve Tata Nachi con tu bombito aparcero, para curarlo de antojo zapateando en entreveros. Aún se me hace que lo veo con su rastra y su ponchito, soñador dándose al viento con su bombo al infinito. Hecha flor a su recuerdo que le pongan yo quisiera en su Huaico Hondo querido una cruz de chacarera. Dale, dale Tata Nachi repicando allá en Huaico Hondo que a tu bombo camorrero de la banda le respondo. Zamba nochera es su zamba, se fue al galope de un sueño, por un camino de estrellas, en el corcel de su dueño. Se hizo carne de misterio porque su alma fue la tierra y en los retumbos te nombra por valles campos y sierras. Ronda que ronda la noche de los viejos carnavales se van vidalas y cajas borrando penas y males. Dale, dale Tata Nachi......que con su bombito vive en la piel y en las estofas del enorme, Cristóforo Juárez, tercer hijo de Vicente Juárez y Rosario Páez.
A los 16 años se recibió de maestro en la
Escuela Normal de La Banda e inmediatamente comenzó a trabajar como tal en
Salavina. Su carrera fue brevemente interrumpida por el servicio militar
obligatorio, luego de lo cual, a los 22 años se casó con Clara Rosa Caporaletti,
y juntos fueron a enseñar a Suncho Corral. Luego pasó a La Isla, departamento
Banda, donde se jubiló como director en 1955. Fue presidente del Consejo de
Educación y también vocal. De su matrimonio nacieron cuatro hijas Nilda Rima,
Selma Ruth (ya fallecida), Clara Rosa y Alba Alicia.
Se lo recuerda como un
hombre inquieto y poco afecto a pasear en reuniones sociales: tuvo inquietudes
artísticas, como que pintaba con el profesor Luis Schettini, publicó artículos
periodísticos y poemas en la revista Picada, fue asiduo concurrente al Tiro
Federal de La Banda: tiraba con fusil y carabina y obtuvo algunos premios e
hizo saltos hípicos con un recordado caballo oscuro.
Publicó “Reflejos del
salitral”, libro del que se hicieron tres ediciones, la primera en 1939. En ese
tiempo halló en sus líneas el disparador de la soledad, el dolor que comenzaba
con su papel protagónico en la literatura y la poesía del bandeño: “Me he
bañado en la luz de sus lunas nevadas y he pasado corriendo, como sombra ligera
de una nube lejana, sin dejarle mis rastros, sin dejarle mis lágrimas, tan
salobres y amargas, que se estancan en mi alma como un gran salitral”.
En 1972 editó su libro
“Cantares” que sirvió como fuente para muchos músicos que rescataban las viejas
letras del folclore poético del Norte. Allí dice: “El hombre santiagueño está
identificado con el paisaje que lo rodea por la copla, expresión simple y
llana; madura de elocuencia y de honda raigambre sentimental”.
En 1974 apareció su libro
Llajtay, de narraciones y poemas, en el que describe misterios y curiosidades
de La Banda, desde sus personajes más
relevantes, hasta las costumbres, sus paisajes, sus árboles, quebrachos,
anécdotas de niño con el risueño tren real que une Buenos Aires con el norte
argentino en una demostración de la valorización e instrumento vital de la
unión de los pueblos y en 1979, “La Vara Prodigiosa”.
Un detalle poco conocido
de su vida; era primo de Julio Argentino Gerez, considerado uno de los más
grandes cultores de la música tradicional argentina, pues sus madres eran
hermanas.
Su hija Alba Alicia lo
recuerda como un hombre centrado, callado y muy ordenado, de trato afable pero
firme con las hijas y con un hogar bien constituido y sólido.
Entre sus creaciones más
originales y conocidas se cuentan “A la sombra de mi mama”, “Achalay tierra
mojada”, “Quishcaloro, quishcaloro”, “Pancho Raco”, “Taruca Pampa”, “Qué más se
puede pedir”, “Tata Nachi”, “Pampa de los Guanacos”, “Rubia Moreno”, “Pockoy
pacha”, zambas y chacareras a las que músicos acreditados de Santiago y de la
Argentina pusieron música para hacer que perdure su memoria en el pueblo que
las sigue cantando. Escribió un ensayo sobre el folklore en Santiago del Estero
y su familia conserva todavía versos inéditos que redactaba con su particular
letra en prolijos cuadernos que el tiempo ha vuelto amarillentos, entre ellos,
“Cartas de Cruz a Martín Fierro”, en décimas y otros.
Fue amigo de casi todos
los cantores populares santiagueños de su tiempo, como Agustín y Carlos
Carabajal, Alfredo Abalos y otros, que pusieron música a sus versos o los
cantaron en noches al sereno, cuando las estrellas se marchan del cielo dando
lugar a la alborada feliz del pago.
Falleció en Santiago, el
10 de marzo de 1980, en su casa de la calle Urquiza, a metros del parque
Aguirre donde una placa todavía lo recuerda.
Extraído de una nota sin
firma, del 27 de febrero del 2011, de Nuevo Diario. Extraida del blog de Juan
Manuel Aragon, "Santiagueños".
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