RICARDO ROJAS - de su libro "El país de la Selva"
Requirió el capataz sus
armas, y caminó tras el paloapique, por la orilla laguna. Llegaban del callejón
bullentes ecos, y hasta la tranquera del corral los visionarios perros
atropellábanse toreando. Nada se discernía, sin embargo, a pesar de la noche diáfana.
Algunos sauces lacios sombreaban la opuesta margen, hasta donde se extendía el
agua, aplanada en quietud de espejo. De súbito, varios patos domésticos que
dormitaban por allí,se despertaron parpando pavores a la desaforada, cuando una
sombra pasó de fuga bajo aquellos árboles, reflejándose invertidas en el
bruñido azogue de la presa. Se hizo largo silencio, el hombre corrió hacia
allá, y vió a la aparición, semivestida de harapos, pugnando por safarse de los
perros, y apercollándola, gritóle:
_ ¿Sois de este mundo o
del otro?
La luna se arrebujó de
nubes en aquel instante; sutil penumbra veló como de intento la campaña, y una
carcajada estridente, larga, cromática, respondió a su reclamo.
¡Era la Telesita!
Tiempo hacía que
peregrinaba por los bosques tan extraña mujer. Conocida su fama y su bondad, la
acogieron caritativamente; pernoctó en el galpón y al día siguiente avióse,
para aparecer después a las riberas del Dulce o sobre la costa del Salado. Se
llamaba Telefora o Teresa; tenía padres y hermanos; hasta se indicaba el sitio
de su cuna: Paaj - yaquitu... Pero tanto había impresionado al alma crédula de
la raza su vida vagabunda y excéntrica, que comenzaron por adulterar en
diminutivo de leyenda su nombre bautismal, y concluyeron después de su trágica
muerte por convertir su espíritu en una especie de Dionisios femenino y sin
forma, cuyo culto en la selva era como en la Grecia jubilosa, culto de
guirigayes y coplas, de libaciones y danzas.
Yo he visto esas
ceremonias.
Habíamos galopado largo
trecho del monte, y a fin de que las cabalgaduras descanzaran, nos detuvimos en
un rancho, casi a mitad de nuestro camino. Al acercarnos, se sintió la música
entre la confusa arbórbola; y columbramos después el grupo de los que en el
antepatio de la choza, bailaban a la luz de la luna. Moraba allí una vieja
alegre, bien conocida en el lugar, por ser la madre de dos muchachas jóvenes,
zarca de ojos la una, morena de tez la otra, y ambas dispuestas siempre, lo
mismo para una arunga que para un marote. Siendo sábado esa noche, estaban de
fiesta...
Cuando asomamos al corro,
un hijo de una señora, jarifo como sus hermanas vino a ofrecerme su anacrónico
chambao de aloja, a menos que prefiriese escanciar jinebra, en bote donde
habían suxsado ya más de veinte labios.
Danzaban chacareras en aquel momento, y a son de cuerdas, el cantor decía:
Si de cristales fuesen
Los corazones
Qué bien claras se viesen
Las intenciones.
Y uso los pies de la
pareja, en la postrer mudanza,chisporrotearon cohotes; zahumóse el aire con el
hedor de la pólvora; corvetearon caballos bajo los árboles; sonaron voces y
palmoteos en la turba; y así volvió a mostrárseme el cuadro ya conocido de las
orgías selváticas. No siendo carnaval, ni reyes, ni noche buena, ni otra alguna
de las ocasiones clásicas, pregunté el motivo de la fiesta.
- Es una promesa a la
Telesita. - me bisbisó un paisano cuyo bigote en garfio adornaba las ondas
comisuras de su boca sensual. Averigué quién era la Telesita, y él respondióme
con laconismo rehacio:
- Ánima milagrosa...
Como en ese instante se
acercaba el ladino de la casa, él abundó en explicaciones.
- Si usté quiere ganar
una carrera, o sanar un enfermo, o encontrar una cosa que se le pierda...
vamos: algo que usté desea le hace una promesa a la Santa.
- ¿Promesa de qué?
- De ponerle un baile.
Era su deidad milagrosa,
la pobre loca oriunda de esas breñas, santificadas por las devociones. Cuando
vivió en el bosque, aparecíase hoy en una estancia, más tarde en otras de
comarcas luengas. Salvaba a pie distancias fatigosas, recogiéndose a la vera de
los caminos, donde asustaba muchas veces a los viajeros nocturnos, o pidiendo
albergue en los ranchos, donde enconde tales jornadas. traba un chuse para
dormir, un lienzo para cubrir su engurrunido seno, y para el hambre o la sed de
tales jornadas: aloja, charqui, locro, amka, lo que pudiesen darle en el
desmantelado chocil. Vagaba sin cesar y sin destino, llevando inoficiosamente a
cuestas, sobre el pachquil de la cabeza, de un punto al otro de la selva, carga
de leñas y de trastos. La acogieron primero con timidez, en seguida con piedad,
al fin con cierta supersticiosa inquietud... Era su rostro bello dentro del
tipo de la raza; pero la fijeza anormal de su mirada, cernía sobre su faz algo
de lúgubre _ el almaentera náufraga en ancestrales desventuras.
Y agregaba mi
interlocutor:
- El promesante paga las
velas y los licores.
Entonces preguntábale yo:
- ¿y qué se hace en el
baile?
A lo cual respondía
generosamente:
- Cupar y danzar y
cantar... El promesante debe tomar siete copas por Ella... Cuando las velas se
acaban, el baile sagrado concluye; pero quienes quieran pueden seguir.
-¿Y las velas?
- Ahí están- y se empinó,
señalándome con el índice catorce cabos derretidos y coronados por tantas
llamas lívidas que oscilaban, umbral adentro de la oscura choza, sobre una mesa
adornada de randas y flores.
El rito encerraba,
quizás, mucho de ingenuo, más en su espíritu era fiel a la tradición. La
Telesita había sido alcoholista y aficionada a los bailes. Muchas veces desvió
su rumbo al oir en la noche de las espesuras natales, el compás de los bombos.
La acogían también allí; y este recuerdo debió inspirar de nuevo en medio de la
selva santiagueña, los cultos dionisíacos que originaron la tragedia antigua:
no faltaban ni la deidad orgiástica, ni la ronda báquica ni el ditirambo del
coro, a cargo aquí de los trovadores populares:
Cuando un pobre se emborracha
De un rico en la
compañia:
La del pobre borrachera
La del rico es alegría.
Veíase a las claras cómo se amrgaron allí las supersticiones católicas del milagro, las costumbres paganas del bosque, y la suprema intuición metafísica que adoraba al puro espíritu de la muerta sin haber caído en las formas de un subalterno fetichismo: pues a nadie se le hubiese ocurrido tallar en la madera de sus árboles la efigie de la santa.
-¿Lo ve a ese mozo que está pintando cerca del violinista?- me preguntó después el del coloquio.
-¿Cuál?
- Ese saco blanco ...
Bueno: ese mozo estaba muy mal enfermo... ; lo agarró fuerte el costado...;
quince días en cama....; ya la médica dijo que no se iba a levantar... Le
hicieron una promesa a la Telesita: y ahí lo tiene usté.
Y como en el curso de la
conversación preguntasen si ya había concluído la parte religiosa del baile, me
respondieron:
- No, señor. Este es más
largo porque son dos promesas: la otra fue para que la Telesita hiciera
encontrar un caballo de mi primo.
- ¿Y lo encontraron?
- Sí, es ese mala cara
que está en el palenque.
Seguían en el corro
coplas, músicas, piruetas, contradanzas, aplausos, chundas, zapateadas,
libaciones, contoneos, zarabandas y cohotes- mientras el mozo se expedía con
tan fácil locuocidad, gracias a los licores que escanciara.
¿Cómo había podido esa
vida tan siniestra inspirar este culto tan alegre? ... Fueron los días de la
Telesita, torvas ambulaciones de neurosis concluidas en un desenlace de
tragedia. Recorrió los senderos como una sombra de delirio. Lo despeinado de su
breña encuadraba en hirsutos aladares el rostro lleno de inconciencia mística.
Impresionaban la orfandad de su suerte, sus peregrinaciones angustiosas, la
noche trágica de sus ojos, su mutismo habitual y siniestro, su castidad
incólume, y la juventud que ardía como una llama lóbrega sobre su sexo ya
marchito... Iba descalzo el pie, de sudores tringosa la vestidura, y raída por
la hostilidad de los ramajes... Hasta que cierto día su cuerpo nómade se
extinguió en un incendio de árboles, de donde su alma taumaturga surgió
beatificada por el espíritu del fuego.
Encaminándose por el
bosque en una de sus habituales peregrinaciones murió quemada, según la
tradición. Marchaba por su ruta, aquella tarde de invierno, aterida de frío,
cuando vio resplandecer a lo lejos un árbol coronado de llamas. Lo incendiaron,
tal vez, a designio, industriales que buscaban carbón; o casualmente propagóse
alguna hoguera dejada al pie por otros viajeros de la víspera. La vagabunda se
acercó para calentar sus entumecidos miembros, y una lengua de fuego, de las
que abrazaban el tronco, lamió el graciento andrajo de su falda, encendiéndola
de antuvión. Huyó la desventurada por la ruta, dando gritos atroces; pero el
viento contrario de su fuga atizábala cual a una desvastadora tea. Llagada
hasta los huesos, flameaban fuegos como alas rojas sobre sus hombros; y en su
frente, voraces llamas como cabelleras de furia. Y dijérase que allí, consumida
su carne por ese elemento de biblíca purificaciones, su alma desencarnada pudo
expandirse mas hermosamente trágica en la infinitud de su demencia, hasta que
olvidados los episodios reales de su vida, y perdurables sólo cuanto hubo en
ella de extraordinario, el viejo culto de los muertos la erigiese en deidad
protectora del bosque donde nació.

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