jueves, 5 de marzo de 2026

Juan Carlos "Canqui" Chazarreta: el poeta del folclore que llevó Santiago en el alma

 


Entre los ecos de las guitarreadas y el humo de los fogones, un nombre resuena con la fuerza de un legado: Juan Carlos Chazarreta, "Canqui", cuyo apodo evoca la rebeldía y la raíz indígena de Túpac Amaru, encarnadas en Gabriel Cóndor Canqui. Nacido un 5 de marzo de 1929 en Santiago del Estero, tierra de sol y bagualas, su vida fue un tejido de música, poesía y esa melancolía luminosa que solo el noroeste sabe criar.

Su infancia transcurrió entre las aulas del Colegio Nacional Buenos Aires y el "Absalón Rojas", donde cerró su bachillerato en 1948. Pero fue en los rincones íntimos del arte donde germinó su voz: en la casa de Marta Cartier, entre reuniones folclóricas donde ya despuntaba su talento, o bajo el techo del Achala Huasi, la mítica casona de la calle Esmeralda en Buenos Aires. Allí, guiado por su tío Francisco Cárdenas y junto al recordado Mario Arnedo Gallo, dio vida a sus primeras creaciones. "La Vuelta del Santiagueño", su zamba pionera, no solo lo consagró en los años 50, sino que se convirtió en un himno de identidad, un retorno simbólico a los pagos que lo vieron nacer.

La esquina de Jujuy y La Plata, ese "refugio de musiqueros" que inmortalizó en verso, y la entrañable "Zambita del musiquero" fueron coronadas en Cosquín como las canciones más cantadas de 1965 y 1969. Su pluma, afilada y sentimental, dio letra y música a piezas que Los Chalchaleros, Los Fronterizos y Los Hermanos Abalos llevaron a los escenarios: "La Mujer Santiagueña", "Canta, Cantarranas"... Versos que hablaban de tierra, de amores y de esa sabiduría popular que late en cada copla.

Más allá de la música, su arte se extendió al cine: compuso la banda sonora de El Loro de la Soledad (1967), filme de raigambre nacional rodado en los paisajes santiagueños, con actrices como Milagros de la Vega y Virginia Lago. Y aunque su libro La Ruta Redonda - un tesoro inédito de canciones, poesías y crónicas-  aguarda entre páginas dormidas, su espíritu creador nunca cesó. Tras una década en Buenos Aires (1951-1960), Mar del Plata lo acogió, y allí, entre la bruma costera, siguió sembrando cultura: fundando centros artísticos, integrando jurados y recibiendo el reconocimiento de una ciudad que admiró su efigie de poeta y troubadour.

El 22 de mayo de 2006, a los 77 años, el silencio se llevó su voz. Pero quedan sus canciones, heredadas por su hijo Juan Manuel - cantautor como él -, y ese rumor a zamba que persiste, como un monte sin tiempo, en la memoria del folclore argentino.

 

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