Entre los ecos de las
guitarreadas y el humo de los fogones, un nombre resuena con la fuerza de un
legado: Juan Carlos Chazarreta, "Canqui", cuyo apodo evoca la
rebeldía y la raíz indígena de Túpac Amaru, encarnadas en Gabriel Cóndor
Canqui. Nacido un 5 de marzo de 1929 en Santiago del Estero, tierra de sol y
bagualas, su vida fue un tejido de música, poesía y esa melancolía luminosa que
solo el noroeste sabe criar.
Su infancia transcurrió
entre las aulas del Colegio Nacional Buenos Aires y el "Absalón
Rojas", donde cerró su bachillerato en 1948. Pero fue en los rincones
íntimos del arte donde germinó su voz: en la casa de Marta Cartier, entre
reuniones folclóricas donde ya despuntaba su talento, o bajo el techo del
Achala Huasi, la mítica casona de la calle Esmeralda en Buenos Aires. Allí,
guiado por su tío Francisco Cárdenas y junto al recordado Mario Arnedo Gallo,
dio vida a sus primeras creaciones. "La Vuelta del Santiagueño", su
zamba pionera, no solo lo consagró en los años 50, sino que se convirtió en un
himno de identidad, un retorno simbólico a los pagos que lo vieron nacer.
La esquina de Jujuy y La
Plata, ese "refugio de musiqueros" que inmortalizó en verso, y la entrañable
"Zambita del musiquero" fueron coronadas en Cosquín como las
canciones más cantadas de 1965 y 1969. Su pluma, afilada y sentimental, dio
letra y música a piezas que Los Chalchaleros, Los Fronterizos y Los Hermanos
Abalos llevaron a los escenarios: "La Mujer Santiagueña",
"Canta, Cantarranas"... Versos que hablaban de tierra, de amores y de
esa sabiduría popular que late en cada copla.
Más allá de la música, su
arte se extendió al cine: compuso la banda sonora de El Loro de la Soledad
(1967), filme de raigambre nacional rodado en los paisajes santiagueños, con
actrices como Milagros de la Vega y Virginia Lago. Y aunque su libro La Ruta
Redonda - un tesoro inédito de canciones, poesías y crónicas- aguarda entre
páginas dormidas, su espíritu creador nunca cesó. Tras una década en Buenos
Aires (1951-1960), Mar del Plata lo acogió, y allí, entre la bruma costera,
siguió sembrando cultura: fundando centros artísticos, integrando jurados y
recibiendo el reconocimiento de una ciudad que admiró su efigie de poeta y
troubadour.
El 22 de mayo de 2006, a
los 77 años, el silencio se llevó su voz. Pero quedan sus canciones, heredadas
por su hijo Juan Manuel - cantautor como él -, y ese rumor a zamba que persiste,
como un monte sin tiempo, en la memoria del folclore argentino.

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