lunes, 11 de mayo de 2026

La expedición que recorrió la Sierra de Guasayán cuando todavía era un territorio desconocido

A comienzos del siglo XX, una travesía geológica intentó registrar por primera vez una de las regiones menos estudiadas de Santiago del Estero

Por Leyendas del Folclore Santiagueño



Hoy la Sierra de Guasayán forma parte del paisaje del oeste santiagueño y resulta difícil imaginarla como un territorio desconocido. Sin embargo, hace un siglo la realidad era muy distinta. Había algunas menciones aisladas sobre sus cerros y sobre la piedra caliza, pero no existían mapas precisos ni investigaciones que permitieran conocer realmente la región. En 1921, una expedición se propuso cambiar esa situación y recorrer en profundidad un territorio sobre el que la geología de la época sabía muy poco.

Un territorio bajo la lupa

A comienzos de la década de 1920, la información disponible sobre la zona era escasa. Apenas había algunas referencias generales sobre el relieve y cierto interés por la piedra caliza, principalmente por sus posibilidades de uso industrial. Muchas de esas referencias, además, no provenían de trabajos realizados en el terreno, sino de comentarios y datos transmitidos por otras personas.

Frente a esa falta de información, en septiembre de 1921 la Dirección General de Minas, Geología e Hidrología, a pedido del gobierno de Santiago del Estero, envió la primera expedición oficial para estudiar la región.

El primer recorrido

El equipo estableció su base en Choya y comenzó a recorrer los alrededores antes de avanzar hacia la Sierra de Ancaján. Desde allí continuó por el camino del Mojón y La Bajada, pasando por Las Peñas, Tres Cerros, Las Higuerillas y La Calera.

Más adelante atravesaron la Sierra de Guasayán por la Quebrada de la Puerta del Jardín y siguieron hacia Guampacha y Las Juntas, hasta llegar al pueblo de Guasayán, que por aquellos años ya estaba prácticamente despoblado.

Desde allí tomaron rumbo al norte y llegaron hasta Santa Bárbara, cerca del tramo final de la cadena serrana. El recorrido incluyó Los Cerrillos, Santa Catalina, Sol de Mayo, la Quebrada de Maquijata y el Cerro de Ichagón. También permanecieron varios días en Villa de La Punta, donde reunieron información que consideraban necesaria para completar el estudio.

Esta primera etapa terminó a fines de noviembre de 1921, cuando el equipo regresó a Choya.

La búsqueda de agua en 1922

Al año siguiente, los investigadores regresaron al terreno con un objetivo muy concreto: localizar fuentes de agua que pudieran servir a los pobladores de la zona.

Partieron nuevamente desde Choya, aunque esta vez tomaron rumbo hacia el sur. La intención era estudiar el área comprendida entre la vía del ferrocarril que comunicaba Frías con Santiago del Estero y las Salinas Grandes. Era una región sobre la que prácticamente no existían antecedentes geológicos.

El recorrido pasó por Las Lomitas, La Juntura, Cerro Rico, Cerrito de Soria, La Cerrillada, San Rafael y Recreo. El regreso se hizo por San Antonio de la Paz, Pozancón, Las Tejas y El Rincón.

Después continuaron hacia Las Termas de Río Hondo. Bordearon la ladera oriental de la sierra y estudiaron las dos márgenes del Río Dulce.

A su regreso volvieron a recorrer y revisar lugares que ya habían estudiado el año anterior: Doña Luisa, El Tableado, Las Juntas, Guampacha, Los Cerrillos, Santa Catalina, Valparaíso, Sol de Mayo y Villa de La Punta. La idea era contrastar y ajustar las anotaciones realizadas durante la primera campaña.

Finalmente, el 20 de enero de 1923, el responsable de la expedición emprendió el regreso a Buenos Aires.

Avanzar sin mapas

Uno de los mayores problemas que enfrentó la expedición fue, justamente, la falta de mapas confiables. Los pocos planos disponibles estaban incompletos y, en algunos casos, contenían errores importantes.

Por eso, los integrantes del equipo tuvieron que ir elaborando sus propios croquis topográficos a medida que avanzaban. Para orientarse contaban con herramientas básicas como la brújula y el barómetro.

Aquellos dibujos, aunque tenían las limitaciones propias de la época, fueron suficientes para comenzar a construir una imagen mucho más clara del territorio comprendido entre el Río Dulce y las Salinas Grandes.

Pero los mapas no eran el único problema. El oeste santiagueño estaba formado también por numerosos caseríos y parajes dispersos, muchos de los cuales resultaban difíciles de alcanzar. En esos casos, la información proporcionada por los propios vecinos fue fundamental. Sus relatos permitieron ubicar caminos, reconocer parajes y conocer mejor las características del terreno.

Un legado que perdura

Cien años después, aquella expedición conserva un enorme valor. Fue el primer esfuerzo verdaderamente sistemático por estudiar y documentar la Sierra de Guasayán y buena parte de su entorno.

No contaban con los recursos ni las herramientas que hoy damos por sentados. Los desplazamientos eran difíciles, los mapas eran insuficientes y buena parte de la información debía obtenerse directamente en el terreno.

Aun así, lograron avanzar. Recorrieron caminos, cruzaron sierras, buscaron agua, tomaron datos y fueron dibujando sobre la marcha un territorio que hasta entonces aparecía apenas mencionado en algunos registros.

De esa manera, aquella expedición comenzó a incorporar al mapa científico de Santiago del Estero una región que, hasta ese momento, había permanecido prácticamente desconocida.

 

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