A comienzos del siglo XX, una travesía geológica
intentó registrar por primera vez una de las regiones menos estudiadas de
Santiago del Estero
Por Leyendas del Folclore Santiagueño
Hoy la Sierra de Guasayán forma
parte del paisaje del oeste santiagueño y resulta difícil imaginarla como un
territorio desconocido. Sin embargo, hace un siglo la realidad era muy
distinta. Había algunas menciones aisladas sobre sus cerros y sobre la piedra
caliza, pero no existían mapas precisos ni investigaciones que permitieran
conocer realmente la región. En 1921, una expedición se propuso cambiar esa
situación y recorrer en profundidad un territorio sobre el que la geología de
la época sabía muy poco.
Un territorio bajo la lupa
A comienzos de la década de 1920,
la información disponible sobre la zona era escasa. Apenas había algunas
referencias generales sobre el relieve y cierto interés por la piedra caliza,
principalmente por sus posibilidades de uso industrial. Muchas de esas
referencias, además, no provenían de trabajos realizados en el terreno, sino de
comentarios y datos transmitidos por otras personas.
Frente a esa falta de
información, en septiembre de 1921 la Dirección General de Minas, Geología e
Hidrología, a pedido del gobierno de Santiago del Estero, envió la primera
expedición oficial para estudiar la región.
El primer recorrido
El equipo estableció su base en
Choya y comenzó a recorrer los alrededores antes de avanzar hacia la Sierra de
Ancaján. Desde allí continuó por el camino del Mojón y La Bajada, pasando por
Las Peñas, Tres Cerros, Las Higuerillas y La Calera.
Más adelante atravesaron la
Sierra de Guasayán por la Quebrada de la Puerta del Jardín y siguieron hacia
Guampacha y Las Juntas, hasta llegar al pueblo de Guasayán, que por aquellos
años ya estaba prácticamente despoblado.
Desde allí tomaron rumbo al norte
y llegaron hasta Santa Bárbara, cerca del tramo final de la cadena serrana. El
recorrido incluyó Los Cerrillos, Santa Catalina, Sol de Mayo, la Quebrada de
Maquijata y el Cerro de Ichagón. También permanecieron varios días en Villa de
La Punta, donde reunieron información que consideraban necesaria para completar
el estudio.
Esta primera etapa terminó a
fines de noviembre de 1921, cuando el equipo regresó a Choya.
La búsqueda de agua en 1922
Al año siguiente, los
investigadores regresaron al terreno con un objetivo muy concreto: localizar
fuentes de agua que pudieran servir a los pobladores de la zona.
Partieron nuevamente desde Choya,
aunque esta vez tomaron rumbo hacia el sur. La intención era estudiar el área
comprendida entre la vía del ferrocarril que comunicaba Frías con Santiago del
Estero y las Salinas Grandes. Era una región sobre la que prácticamente no
existían antecedentes geológicos.
El recorrido pasó por Las
Lomitas, La Juntura, Cerro Rico, Cerrito de Soria, La Cerrillada, San Rafael y
Recreo. El regreso se hizo por San Antonio de la Paz, Pozancón, Las Tejas y El
Rincón.
Después continuaron hacia Las
Termas de Río Hondo. Bordearon la ladera oriental de la sierra y estudiaron las
dos márgenes del Río Dulce.
A su regreso volvieron a recorrer
y revisar lugares que ya habían estudiado el año anterior: Doña Luisa, El
Tableado, Las Juntas, Guampacha, Los Cerrillos, Santa Catalina, Valparaíso, Sol
de Mayo y Villa de La Punta. La idea era contrastar y ajustar las anotaciones
realizadas durante la primera campaña.
Finalmente, el 20 de enero de
1923, el responsable de la expedición emprendió el regreso a Buenos Aires.
Avanzar sin mapas
Uno de los mayores problemas que
enfrentó la expedición fue, justamente, la falta de mapas confiables. Los pocos
planos disponibles estaban incompletos y, en algunos casos, contenían errores
importantes.
Por eso, los integrantes del
equipo tuvieron que ir elaborando sus propios croquis topográficos a medida que
avanzaban. Para orientarse contaban con herramientas básicas como la brújula y
el barómetro.
Aquellos dibujos, aunque tenían
las limitaciones propias de la época, fueron suficientes para comenzar a
construir una imagen mucho más clara del territorio comprendido entre el Río
Dulce y las Salinas Grandes.
Pero los mapas no eran el único
problema. El oeste santiagueño estaba formado también por numerosos caseríos y
parajes dispersos, muchos de los cuales resultaban difíciles de alcanzar. En
esos casos, la información proporcionada por los propios vecinos fue
fundamental. Sus relatos permitieron ubicar caminos, reconocer parajes y
conocer mejor las características del terreno.
Un legado que perdura
Cien años después, aquella
expedición conserva un enorme valor. Fue el primer esfuerzo verdaderamente
sistemático por estudiar y documentar la Sierra de Guasayán y buena parte de su
entorno.
No contaban con los recursos ni
las herramientas que hoy damos por sentados. Los desplazamientos eran
difíciles, los mapas eran insuficientes y buena parte de la información debía
obtenerse directamente en el terreno.
Aun así, lograron avanzar.
Recorrieron caminos, cruzaron sierras, buscaron agua, tomaron datos y fueron
dibujando sobre la marcha un territorio que hasta entonces aparecía apenas
mencionado en algunos registros.
De esa manera, aquella expedición
comenzó a incorporar al mapa científico de Santiago del Estero una región que,
hasta ese momento, había permanecido prácticamente desconocida.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario