El sonido es un golpe
seco, un latido que retumba en el pecho. Por generaciones, nos contaron que ese
estruendo contra el suelo era patrimonio exclusivo del gaucho, una prueba de
fuerza y masculinidad. Pero si escuchamos con atención, entre los pliegues de
nuestra historia, el zapateo también suena en clave de mujer. La presencia
femenina en el malambo no es una "incorporación" moderna; es una
existencia ancestral que fue sistemáticamente invisibilizada por una narrativa
patriarcal.
Romper
el mito: La mujer más allá de la sombra
Durante décadas, la
historiografía oficial del folklore relegó a la mujer al rol de acompañante: la
que espera, la que luce el vestido, la que suaviza la escena. Sin embargo, los
estudios de Carlos Vega y otros investigadores nos devuelven una imagen mucho
más potente. El malambo, como expresión de identidad, nunca tuvo un solo dueño.
La invisibilización de la
mujer en esta danza no fue un accidente, sino el resultado de una construcción
cultural que menospreció su capacidad técnica. A pesar de esto, ellas
estuvieron ahí, apropiándose de una herramienta de expresión que les permitía demostrar
destreza, creatividad y, sobre todo, una fuerza que la sociedad de entonces
prefería no ver.
El
eco de 1921: Cuando ellas ocuparon el centro
Uno de los testimonios
más disruptivos que sobreviven al paso del tiempo proviene de la Encuesta
Nacional de Folklore de 1921. Allí, un hombre de 65 años llamado Lorenzo
Maratini dejó asentado un dato que hoy es una bandera: la participación de
parejas mixtas en competencias de malambo.
Este registro no es una
simple anécdota. Es la prueba de que existieron espacios de competencia
directa, donde la mujer no era una invitada de piedra, sino una contendiente
que desafiaba la norma. Eran mujeres que, hace más de un siglo, ya estaban
disputando el territorio del zapateo, demostrando que la técnica y el ritmo no
conocen de géneros, sino de pasión y pertenencia.
El
malambo como lenguaje de liberación actual
Hoy, el resurgimiento del
interés por nuestras raíces ha permitido que miles de bailarinas retomen ese
legado. Ya no se trata de "imitar" al varón, sino de reinterpretar el
malambo desde la corporalidad y la vivencia femenina. Las nuevas
interpretaciones incorporan elementos contemporáneos que dialogan con las
luchas actuales de las mujeres en Argentina.
Sin embargo, el camino
hacia el reconocimiento pleno sigue teniendo obstáculos. La percepción del
malambo como un bastión de lo masculino genera techos de cristal en
competencias y festivales. Por eso, las iniciativas de talleres y espacios
exclusivos para mujeres no son solo pedagógicas, sino reparadoras: buscan reescribir
una narrativa donde ellas sean, por fin, las protagonistas de su propio
zapateo.
Un
cierre para que la tierra hable
Reconocer la presencia
femenina en el malambo es devolverle al folklore su verdadera integridad. No
podemos hablar de una danza "nacional" si dejamos fuera a la mitad de
la población que la sostuvo en las sombras.
El malambo es, y debe
ser, un reflejo de una cultura inclusiva. Mientras cada vez más mujeres marquen
sus mudanzas sobre la tierra, el eco de aquellas pioneras de 1921 seguirá
vibrando, recordándonos que el zapateo no es solo una danza, sino un grito de
libertad que ya nadie puede silenciar.

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