viernes, 16 de enero de 2026

El Conde de Icaño: la elegancia en el ocaso

 


Tomás Gómez del Castaño y Anchorena fue hijo del santiagueño Fabián Gómez del Castaño y de la porteña Mercedes de Anchorena y Arana. Heredero de una fortuna colosal desde su infancia, la vida parecía haberle trazado un destino de privilegio. En 1875, el rey Alfonso XII de España lo distinguió con el título de conde, consolidando así su linaje entre las familias más notables de la época. Pero su historia, aunque nacida entre los mármoles de la aristocracia, halló su epílogo entre los montes y silencios de Santiago del Estero.

Tras una existencia signada por los lujos y los excesos, el conde eligió un gesto final de humildad y memoria: regresar a la tierra de su padre. En 1912, buscando serenidad y un entorno que evocara los valores culturales y afectivos de su niñez, decidió radicarse en la pequeña ciudad de Icaño. Allí compró una casa junto a su esposa santiagueña, Victoria Ponce, y se estableció definitivamente. Seis años después, en 1918, la muerte lo encontró discretamente, como si el ciclo del tiempo se cerrara en paz sobre su propia leyenda.

El historiador Orestes Di Lullo retrató con ternura aquella última etapa de su vida:

“Allí pasaría sus últimos años D. Fabián, al lado de Doña Victoria y de los suyos, que le respetaban con adoración y a los que nunca contó la historia de su vida...”.

En esas líneas, se dibuja la imagen de un hombre que, tras la fugacidad de la grandeza, se abrazó a la sencillez de lo cotidiano: rodeado de campesinos y niños curiosos, de mujeres de rostro curtido y humildes pobladores, con quienes compartía tardes en el patio de su casa. Amaba a sus burritos, cubiertos con mantas que él mismo preparaba, como símbolos de una elegancia que se resistía a desvanecerse del todo. Así —pulcro, reservado y de una nobleza serena— murió el 25 de junio de 1918, a orillas del Canal Rams, cerca del Río Salado.

Más de un siglo después, su nombre aún resuena en la memoria colectiva. El cineasta santiagueño Rody Beltrán recuerda que en la localidad de Sol de Mayo habita la familia descendiente del conde, encabezada por Don Luis Pastor Infante del Castaño, guardiana viva de aquel linaje donde el mito y la historia se entrelazan.

El eco de su figura también encontró un lugar en el teatro. El actor Machy Kairuz evoca su paso por Hacha y Quebracho, obra de Raúl Dargoltz, donde el personaje de “El Conde del Castaño” revive su periplo europeo hasta su nostálgico retiro en Icaño. “Tuve el honor de interpretarlo durante 200 funciones”, cuenta Kairuz. “Su monólogo es inolvidable y siempre lo recuerdo”.

Quizás porque, en ese personaje, convergen los contrastes esenciales del ser humano: la gloria y el despojo, la vanidad y el arrepentimiento, el brillo de la historia y la dulzura de lo íntimo.

Así, entre los pliegues del tiempo y de la escena, el conde sigue habitando el imaginario cultural de Santiago del Estero, como figura de un pasado que no se evapora, sino que retorna —cada tanto— en los relatos, las voces y la emoción de quienes aún lo evocan.

Articulo basado en una publicación de Santiago del Estero, Historia y Cultura

Fuente: El Conde de Icaño, Julio Carreras (h), Quipu Editorial, Santiago del Estero, 2013.

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