Tomás Gómez del Castaño y
Anchorena fue hijo del santiagueño Fabián Gómez del Castaño y de la porteña
Mercedes de Anchorena y Arana. Heredero de una fortuna colosal desde su
infancia, la vida parecía haberle trazado un destino de privilegio. En 1875, el
rey Alfonso XII de España lo distinguió con el título de conde, consolidando
así su linaje entre las familias más notables de la época. Pero su historia,
aunque nacida entre los mármoles de la aristocracia, halló su epílogo entre los
montes y silencios de Santiago del Estero.
Tras una existencia signada por
los lujos y los excesos, el conde eligió un gesto final de humildad y memoria:
regresar a la tierra de su padre. En 1912, buscando serenidad y un entorno que
evocara los valores culturales y afectivos de su niñez, decidió radicarse en la
pequeña ciudad de Icaño. Allí compró una casa junto a su esposa santiagueña,
Victoria Ponce, y se estableció definitivamente. Seis años después, en 1918, la
muerte lo encontró discretamente, como si el ciclo del tiempo se cerrara en paz
sobre su propia leyenda.
El historiador Orestes Di Lullo
retrató con ternura aquella última etapa de su vida:
“Allí pasaría sus últimos años D.
Fabián, al lado de Doña Victoria y de los suyos, que le respetaban con adoración
y a los que nunca contó la historia de su vida...”.
En esas líneas, se dibuja la
imagen de un hombre que, tras la fugacidad de la grandeza, se abrazó a la
sencillez de lo cotidiano: rodeado de campesinos y niños curiosos, de mujeres
de rostro curtido y humildes pobladores, con quienes compartía tardes en el
patio de su casa. Amaba a sus burritos, cubiertos con mantas que él mismo
preparaba, como símbolos de una elegancia que se resistía a desvanecerse del
todo. Así —pulcro, reservado y de una nobleza serena— murió el 25 de junio de
1918, a orillas del Canal Rams, cerca del Río Salado.
Más de un siglo después, su
nombre aún resuena en la memoria colectiva. El cineasta santiagueño Rody
Beltrán recuerda que en la localidad de Sol de Mayo habita la familia
descendiente del conde, encabezada por Don Luis Pastor Infante del Castaño,
guardiana viva de aquel linaje donde el mito y la historia se entrelazan.
El eco de su figura también
encontró un lugar en el teatro. El actor Machy Kairuz evoca su paso por Hacha y
Quebracho, obra de Raúl Dargoltz, donde el personaje de “El Conde del Castaño”
revive su periplo europeo hasta su nostálgico retiro en Icaño. “Tuve el honor
de interpretarlo durante 200 funciones”, cuenta Kairuz. “Su monólogo es
inolvidable y siempre lo recuerdo”.
Quizás porque, en ese personaje,
convergen los contrastes esenciales del ser humano: la gloria y el despojo, la
vanidad y el arrepentimiento, el brillo de la historia y la dulzura de lo
íntimo.
Así, entre los pliegues del
tiempo y de la escena, el conde sigue habitando el imaginario cultural de
Santiago del Estero, como figura de un pasado que no se evapora, sino que
retorna —cada tanto— en los relatos, las voces y la emoción de quienes aún lo
evocan.
Articulo basado en una publicación de Santiago del Estero, Historia y Cultura
Fuente: El Conde de Icaño, Julio
Carreras (h), Quipu Editorial, Santiago del Estero, 2013.

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