Por Revisionismo Historico Argentino
En enero de 1895, el
gremio de los panaderos llevó a cabo una huelga general por tiempo
indeterminado en la ciudad de Buenos Aires, exigiendo la abolición del trabajo
nocturno. La medida afectó a gran parte de las cinco mil panaderías existentes.
El 4 de enero, tres días después de iniciada la huelga, se sumaron los
repartidores de pan, y al día siguiente el reclamo se expandió a La Plata,
Mercedes, San Nicolás, Rosario y Santa Fe.
La huelga finalizó el 11
de enero por falta de cohesión interna: unas ciento cincuenta panaderías habían
adoptado el horario diurno, debilitando el reclamo colectivo. Sin embargo, el
núcleo más combativo del gremio, integrado mayoritariamente por panaderos
anarquistas —en su mayoría inmigrantes gallegos—, no aceptó pasivamente la
derrota. Tiempo después, expresaron su posición de una manera singular y
perdurable: bautizaron los productos que elaboraban con nombres burlones y
provocadores dirigidos contra las instituciones que consideraban enemigas. Así
nacieron los “vigilantes”, las “bolas de fraile”, los “suspiros de monja”, los
“sacramentos”, los “cañoncitos” y las “bombas”. El pan se convirtió en mensaje.
El
término “factura”
En la Argentina se
denomina “factura” a una amplia variedad de masas dulces elaboradas a partir de
harina, levadura y manteca, horneadas y combinadas con azúcar, cremas o dulces.
Estas preparaciones fueron introducidas por la inmigración europea, pero
adquirieron en el Río de la Plata una identidad propia, tanto en sus formas
como en sus nombres.
El término “factura”
proviene del latín factura, creación o resultado de un trabajo, derivado del
verbo facere, hacer. El nombre remite, en su origen, al trabajo manual, al
oficio, a la producción concreta. Sin embargo, a fines del siglo XIX, esas
piezas de panadería comenzaron a cargar un significado adicional: se
transformaron en soportes de protesta, ironía y crítica social.
Anarquismo
y panaderos en la argentina
El anarquismo, partidario
de la acracia —la supresión de toda autoridad—, proponía una sociedad sin
gobierno, sin jerarquías impuestas y basada en la ayuda mutua y la cooperación
voluntaria. Con una fuerte impronta humanista, priorizaba la actividad
sindical, se oponía a los partidos políticos y a los gobiernos que consideraba
su consecuencia inevitable.
Los anarquistas veían en
la religión un instrumento de legitimación del poder burgués, denunciaban la
represión estatal y fueron pioneros en múltiples reivindicaciones sociales: el
voto femenino, la jornada laboral de ocho horas, la educación pública, el
divorcio, la lucha contra la trata de personas. Apostaban por una organización
horizontal y por la emancipación integral del individuo.
Entre fines del siglo XIX
y comienzos del XX, el movimiento anarquista argentino se nutrió de las ideas
del italiano Errico Malatesta (1853-1932). Perseguido en Europa, Malatesta
vivió en la Argentina entre 1885 y 1889, recorrió el país, colaboró en la
organización de asociaciones obreras y participó en la redacción de los
estatutos del gremio panadero. En 1887 se fundó en Buenos Aires la “Sociedad
Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos”, que editó
durante décadas el periódico El Obrero Panadero. El sindicato fue conducido por
dirigentes anarquistas durante largos años. El trabajo nocturno, además,
facilitaba reuniones, lecturas y actividades clandestinas, lo que reforzaba la
politización del oficio.
La
medialuna como antecedente simbólico
La medialuna, base formal
de muchas facturas rioplatenses, posee un antecedente europeo cargado de
simbolismo. Diversos relatos históricos y gastronómicos sitúan su origen en
Europa Central, particularmente en el ámbito del antiguo Imperio Austrohúngaro.
Según una tradición ampliamente difundida, la forma de luna creciente habría
sido adoptada como gesto de burla y afirmación tras los asedios del Imperio
Otomano, cuyo estandarte llevaba precisamente ese símbolo. Convertir la media
luna en alimento cotidiano implicaba, simbólicamente, devorar al enemigo.
Más allá de su carácter
legendario, la fuerza del gesto resulta evidente: transformar el emblema del
poder invasor en pan. Esa lógica simbólica —comerse al poder— reaparecería
décadas más tarde en el Río de la Plata, ya no frente a ejércitos extranjeros,
sino frente a las instituciones del orden social establecido.
Los
nombres del mostrador: pan, forma y sentido
En las panaderías
porteñas de fines del siglo XIX, nada era inocente. Cada factura tenía forma,
textura y nombre, y los panaderos anarquistas supieron utilizar ese lenguaje
cotidiano como herramienta política.
El “vigilante”, una masa
alargada y sencilla, aludía de manera directa a la Policía, brazo visible de la
represión estatal sobre el mundo del trabajo. Pedir un vigilante era nombrar al
agente del orden y devolverlo reducido a objeto comestible.
Las “bolas de fraile” y
los “suspiros de monja” apuntaban contra la Iglesia. La burla consistía en
desacralizar figuras religiosas, privarlas de solemnidad y reducirlas a una
pieza de masa rellena. Los “sacramentos” profundizaban esa provocación al apropiarse
de un término central del ritual católico y transformarlo en mercancía de
mostrador.
Los “cañoncitos”, las
“bombas” y “bombitas” dirigían la ironía hacia el Ejército. Armas y símbolos de
violencia estatal aparecían convertidos en dulces inofensivos, rellenos de
crema, desactivados por el horno y el azúcar.
Las “cremonas”, con sus
cortes sucesivos, fueron interpretadas por muchos como una sucesión de letras
“A”, símbolo histórico del anarquismo. Más allá de su origen italiano, la
lectura política no resulta forzada en un gremio profundamente atravesado por
esa simbología.
En todos los casos, el
mensaje era el mismo: tomar instituciones de poder, autoridad o violencia y
devolverlas transformadas en pan. Comerlas. Incorporarlas. Neutralizarlas.
Represión,
olvido y victoria cultural
A comienzos del siglo XX, el anarquismo fue duramente perseguido por el Estado argentino mediante leyes como la Ley de Residencia y la Ley de Defensa Social, que habilitaron deportaciones, clausuras de periódicos y la desarticulación de sindicatos. El movimiento fue expulsado del espacio público y criminalizado.
Sin embargo, aquello que
el poder no logró borrar fue la cultura popular que el anarquismo había
sembrado. Los nombres de las facturas sobrevivieron a la represión, al olvido y
a la despolitización posterior. El pan siguió diciendo lo que los militantes ya
no podían decir abiertamente. En silencio, cada mañana, el mostrador conservó
una memoria obrera que el Estado no pudo erradicar.
Relatos
populares y memoria oral del mostrador
Junto a los nombres de
clara intencionalidad política, circularon también explicaciones transmitidas
por la tradición oral del oficio. Algunas versiones vincularon a las tortitas
negras con la población afroporteña; otras asociaron al cuernito con pequeñas
burlas sociales propias del mundo doméstico y del servicio. Estas
interpretaciones, imposibles de verificar documentalmente, forman parte del
folklore panadero, donde historia, mito y humor se entrelazan sin dejar
registro escrito.
Pan,
memoria y vida cotidiana
Las facturas no son solo
un producto de panadería. Son restos materiales de una cultura obrera
combativa, huellas de un tiempo en el que el trabajo, la política y la vida
cotidiana estaban profundamente entrelazados. Cada vigilante, cada bola de
fraile, cada cañoncito recuerda que hubo un momento en que el pan habló, se rió
del poder y lo convirtió en alimento.

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