Una vida entera dedicada al folclore, a la danza criolla y a la defensa silenciosa de la cultura popular, desde los grandes escenarios internacionales hasta las peñas de Las Termas de Río Hondo.

Archivo gráfico: Omar "Sapo" Estanciero
A veces, la historia
cultural no se cuenta en grandes homenajes ni en actos oficiales, sino que vive
en la memoria de aquellos que vieron, escucharon y sintieron. Así es como surge
la figura de El Pampa Lencina, un nombre que resuena con fuerza en el folclore
argentino, pero que, lamentablemente, no siempre recibe el reconocimiento que
su trayectoria merece. Esta reflexión comenzó hace algunos años, cuando el
diario El Liberal anunciaba la entrega de los premios “Andrés Chazarreta”,
destinados a honrar a referentes del arte nativo, la danza, el canto y la
cultura argentina. La iniciativa era justa y necesaria. Sin embargo, como
señaló Pedro E. Giménez en una carta de lectores en ese momento, había
ausencias que dolían. Y entre ellas, había una en particular: la del Pampa
Lencina.
Vecino ilustre de Las
Termas de Río Hondo, Lencina dedicó su vida a transmitir el arte a través de la
danza criolla, con una coherencia y una pasión que perduraron a lo largo de las
décadas. Su trayectoria abarca 32 años en Buenos Aires, donde compartió
escenario con grandes figuras como Lolita Torres, Aurora Batista, Joaquín Pérez
Fernández y Marcelo Mastroianni, entre otros nombres que dejaron huella en la
historia.
Sin embargo, su historia
va más allá de los grandes escenarios porteños. Como auténtico defensor de lo
santiagueño, su legado se ha inmortalizado incluso en la música: Los Manseros
Santiagueños le dedicaron una chacarera en honor a sus 35 años de dedicación al
folclore, un reconocimiento que refleja el respeto y la admiración dentro del
propio ámbito artístico.
Hablar de Pampa Lencina
es hablar de una vida intensa, “jugosa”, como la describía Giménez: una
existencia llena de viajes, aprendizajes y anécdotas recogidas en los caminos
del mundo. Como bailarín, fue un viajero incansable. Recorrió España, Alemania y
Francia con el Ballet de Pérez Fernández; llevó su arte a Centroamérica,
pasando por Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Honduras y Panamá; y también a
Sudamérica, actuando como solista en Perú, Brasil, Paraguay, Uruguay, Chile,
Venezuela y Bolivia.
Uno de los momentos más
destacados de su carrera tuvo lugar en 1954, cuando se unió al Ballet de El
Chúcaro para la inauguración de Canal 7, el primer canal de televisión en
Argentina. Más adelante, participó en programas que hoy son parte de nuestra
memoria colectiva: Casino Phillips, La Feria de la Alegría, La Pulpería de
Mandinga, Sábados Circulares, La Chispa de mi Gente, Canto Celeste y Blanco, y
Cuento Contigo, que era conducido por Quique Dapiaggi.
A pesar de su
impresionante trayectoria, el Pampa Lencina siempre ha estado cerca de su
gente. Aún hoy —como mencionaba aquella carta— sigue encantando a los turistas
en Las Termas, compartiendo su arte con la misma humildad de siempre. Quizás
por eso su figura es tan valiosa: porque representa una tradición viva, no de
museo, sino de escenario, de encuentro y de transmisión.
Reconocerlo no es solo un acto de justicia personal. También es una manera de ofrecer a las nuevas generaciones un espejo en el que mirarse, un ejemplo de compromiso con la identidad cultural que trasciende provincias y fronteras. El Pampa Lencina no es solo un nombre del pasado: es un patriarca de nuestros valores, y su historia merece seguir siendo contada.
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