Baigorri y la máquina de hacer llover
Hay sequías que agrietan la tierra y otras que resquebrajan la fe. La de Santiago del Estero, entre 1934 y 1937, hizo ambas cosas con una eficacia casi bíblica. Tres años sin lluvias no son solo una estadística: son pozos vacíos, ganado exhausto y un horizonte que parece de vidrio caliente. La provincia ardía bajo un sol obstinado, y el cielo —ese viejo proveedor— se había vuelto un patrón ausente.
Entonces
apareció un entrerriano con una máquina.
Septiembre de 1937.
Mientras los campos del sur santiagueño se parecían más a un desierto distraído
que a una llanura fértil, el gerente del Ferrocarril Central Argentino, Ronald
McRae, lanzó una pregunta que oscilaba entre la desesperación y la provocación:
¿y si alguien pudiera hacer llover? No era un capricho poético. La sequía
afectaba cultivos, economías regionales y, por supuesto, los propios intereses
ferroviarios. El progreso, tan orgulloso de su acero y su vapor, empezaba a
descubrir que dependía —todavía— de una nube.
La respuesta llegó con
nombre y apellido: Juan Baigorri Velar, ingeniero nacido en Entre Ríos,
convencido de haber diseñado un dispositivo capaz de provocar precipitaciones
artificiales. El 22 de septiembre desembarcó en Estación Pinto acompañado por
Hugo Miatello, funcionario encargado de supervisar el experimento. Llevaba
consigo una máquina cuyo funcionamiento exacto jamás fue del todo revelado,
mezcla de secreto industrial y teatralidad calculada.
Y
ocurrió lo impensado.
Tras la puesta en marcha
del aparato, la lluvia cayó sobre Pinto. No una llovizna tímida, sino una
precipitación suficiente como para que los escépticos miraran el cielo con una
mezcla incómoda de asombro y fastidio. La tierra, reseca como una esponja olvidada
al sol, absorbió el agua con una avidez conmovedora. Baigorri, envalentonado
—¿quién no lo estaría? — decidió aumentar la potencia del dispositivo. El
resultado fue un temporal que sacudió la región con una fuerza que rozaba lo
desmesurado. De la sequía al diluvio: la naturaleza, tan parsimoniosa durante
tres años, parecía haberse vuelto súbitamente expresiva.
La prensa no tardó en bautizarlo: “El Mago de la Lluvia”. El apodo tenía algo de elogio y algo de sospecha. Cuando regresó a Buenos Aires, fue recibido en la Estación Retiro como un héroe popular. Lo llevaron en andas, lo ovacionaron, lo celebraron como si hubiese derrotado a un ejército invisible. Y, en cierto sentido, eso creían.
Pero mientras la multitud
coreaba su nombre, en los despachos técnicos el clima era otro. Alfredo
Galmarini, director del Servicio Meteorológico Nacional, sostuvo que las
lluvias habían sido una coincidencia. La atmósfera, argumentaba, no responde a
voluntades individuales ni a artefactos misteriosos. El clima sigue sus propias
leyes, incluso cuando preferimos creer en milagros mecánicos.
Ahí comenzó el duelo más
fascinante: no entre hombre y naturaleza, sino entre relato y método. Ciencia
institucional contra inventor solitario. Prudencia estadística frente a audacia
experimental. Baigorri respondió con una ironía que todavía resuena: envió un
paraguas al titular del SMN y anunció públicamente que “regalaba” una lluvia a
Buenos Aires para el 3 de enero de 1939. Cuando ese día llovió en la capital,
la frontera entre coincidencia y hazaña volvió a volverse borrosa, como un
vidrio empañado.
Mientras
tanto, en las calles, los niños cantaban:
“Que llueva, que llueva;
Baigorri está en la cueva, enchufa el aparato y llueve a cada rato”.
La canción era ingenua y
brillante. Convertía un debate científico en un juego infantil. Tal vez allí
esté el secreto del mito: cuando la técnica se vuelve canción, la duda pierde
volumen.
Con los años, Baigorri
continuó ofreciendo sus servicios en zonas afectadas por sequías. En 1951
ingresó como asesor ad honorem al Ministerio de Asuntos Técnicos. Trabajó,
según registros de la época, en distintos puntos del país. Sin embargo, en
1953, tras solicitar una compensación económica por sus resultados, perdió el
respaldo oficial. La gloria pública, tan generosa en aplausos, suele ser
austera en contratos.
Entonces hizo algo que
parece salido de una tragedia griega: destruyó los planos de su invento y se
negó a venderlo al extranjero. Prefirió el silencio antes que la cesión. Fue un
gesto orgulloso, acaso impulsivo. O tal vez coherente con su carácter. El
secreto de la máquina se disolvió como vapor en el aire. Cuando murió en marzo
de 1972, a los 85 años, se llevó consigo la explicación definitiva.
¿Fue un visionario
adelantado a su tiempo o un beneficiario brillante de casualidades
atmosféricas? La respuesta, incómoda y honesta, es que no lo sabemos del todo.
La ciencia moderna ha desarrollado técnicas de siembra de nubes con resultados
limitados y controlados, pero nada comparable a los relatos casi épicos que
rodearon a Baigorri. Entre la física de la atmósfera y la necesidad humana de
creer, siempre habrá una zona gris.
Y
quizá ahí radique la verdadera lección.
En una Argentina golpeada
por crisis recurrentes —climáticas, económicas, políticas—, la figura de un
hombre que promete domesticar el cielo resulta irresistiblemente seductora.
Baigorri encarnó algo más profundo que un experimento meteorológico: la
esperanza de que la voluntad y la inteligencia puedan torcer el destino, aunque
sea por un instante. Fue la antítesis perfecta de la resignación.
Al final, su historia nos
deja una pregunta que sigue cayendo, intermitente, como una lluvia caprichosa:
¿qué preferimos creer cuando el horizonte se agrieta, en la paciencia de las
leyes naturales o en el ingenio casi quijotesco de un individuo?
Tal vez la diferencia
entre magia y ciencia no sea el truco, sino el tiempo. Y el tiempo, como el
clima, rara vez da explicaciones.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario