domingo, 7 de junio de 2026

El hilo invisible de la pasión argentina: ¿Qué hace que un pueblo llore unido?

 Desde el trágico vuelo de Jorge Newbery hasta el adiós al Indio Solari, la historia de nuestro país se escribe a través de funerales masivos, pasiones desbordantes y una lealtad que desafía al tiempo.



¿Qué misterioso lazo une a un aristócrata de los cielos, un presidente derrocado, un cantor de tangos, una abanderada de los humildes, un general, un líder patagónico, un dios del fútbol y un cosmonauta del rock? A simple vista, sus vidas transcurrieron por carriles opuestos. Sin embargo, todos ellos —Jorge Newbery, Hipólito Yrigoyen, Carlos Gardel, Eva Perón, Juan Domingo Perón, Néstor Kirchner, Diego Maradona y el Indio Solari— comparten el título de haber protagonizado los fenómenos de idolatría popular más intensos y conmovedores de la historia argentina.

Hay algo en el ADN de este país que no sabe de despedidas discretas. Cuando la Argentina ama, ama hasta el desborde; y cuando pierde a sus ídolos, transforma el dolor en una manifestación colectiva incontrolable.

Los pioneros del mito: El cielo y el llanto de los desposeídos

El fenómeno no es nuevo. El primer eslabón de esta cadena de devoción nació en 1914 con Jorge Newbery. Tenía apenas 38 años cuando su avión se estrelló durante un vuelo acrobático. Newbery pertenecía a la alta sociedad, pero el pueblo lo adoptó como propio. No solo por sus hazañas deportivas y aeronáuticas, sino por un dato que la historia oficial suele barrer bajo la alfombra: su defensa ferviente del petróleo argentino frente a los avances de la norteamericana Standard Oil. Su funeral unió a aristócratas y obreros en un solo dolor. Nacía el primer ídolo popular.

Casi dos décadas después, en 1933, la muerte de Hipólito Yrigoyen inauguró los sepelios de masas con tintes políticos. El expresidente radical, víctima del primer golpe de Estado del país, fue despedido por cientos de miles de personas. Muchos de ellos caminaban con la culpa a cuestas por haber creído en los cantos de sirena de "la hora de la espada". En un acto de puro fervor, la multitud arrancó el féretro de la cureña militar que lo transportaba y lo llevó a pulso, en andas, hasta el cementerio.

Poco después, en 1935, la tragedia de Medellín apagó la voz de Carlos Gardel. El gobierno golpista de la época, temeroso de la reacción popular, dilató durante 45 días el traslado de sus restos desde Colombia. Pero el sentimiento no se enfría con el tiempo: cuando el Zorzal Criollo llegó finalmente al país, las calles se poblaron de un llanto que el tango todavía canta.

La era de las plazas llenas y el dolor político

Si hablamos de mística, el funeral de Eva Perón en 1952 marcó un antes y un después. Su vínculo con las mayorías iba mucho más allá de cualquier aparato de propaganda estatal; Evita era, para los postergados, una santa en la tierra. Las exequias duraron 16 días y obligaron al gobierno a diseñar una logística inédita para que millones de argentinos pudieran tocar, aunque fuera por un segundo, el vidrio de su féretro.

El eco de esa devoción regresó en 1974 con la partida de Juan Domingo Perón. Su muerte no solo trajo dolor, sino un frío presentimiento: se iba el único hombre capaz de contener el vendaval de violencia que acechaba al país. Más de un millón y medio de personas quedaron fuera del Congreso, bajo la lluvia, sin poder darle el último adiós al viejo general.

Ya en el siglo XXI, la historia volvió a repetirse con el fallecimiento sorpresivo de Néstor Kirchner en 2010. Durante cuatro días, una marea de jóvenes y trabajadores desfiló para despedir al hombre que presidia la UNASUR y cuyo liderazgo fue reconocido desde Barack Obama hasta Ban Ki-moon. Millones lo lloraron entonces, y su ausencia sigue pesando en el tablero político actual.

Los dioses modernos: Entre la gambeta y el pogo

Los ídolos no solo habitan en los palacios de gobierno. En noviembre de 2020, el adiós a Diego Armando Maradona demostró que la pasión argentina puede ser tan caótica como hermosa. Su velatorio en la Casa Rosada desbordó cualquier previsión. Cuando la familia decidió acortar los tiempos para iniciar el cortejo hacia Bella Vista, la tensión acumulada en la Avenida 9 de Julio estalló en incidentes. El pueblo sentía que le arrebataban a su Dios pagano, aquel que los había hecho felices cuando no había motivos para serlo.

Y en estos días, la emoción vuelve a encarnarse en la figura del Indio Solari. Su partida física marca su ingreso definitivo al Olimpo de las leyendas nacionales, ese espacio reservado para los que logran mover multitudes que viajan miles de kilómetros por un "pogo", un ritual que excede lo musical para transformarse en pura identidad.

La coherencia como brújula

Al final del día, cabe preguntarse qué une a figuras tan disímiles. La respuesta no está en sus profesiones ni en sus extracciones sociales, sino en dos virtudes escasas: la coherencia a lo largo de sus vidas y, fundamentalmente, la sensibilidad para interpretar los deseos, las frustraciones y las alegrías de las mayorías.

Eso que algunos intentan explicar con la razón y otros simplemente llaman argentinidad: esa fuerza invisible que, a pesar de los golpes y las épocas, sigue empujando a millones de almas a salir a la calle para decir "presente".

Fuentes consultadas: Registros históricos sobre el desarrollo de la aviación y la defensa del petróleo en Argentina (caso Jorge Newbery); crónicas periodísticas de época sobre los funerales de Estado de Hipólito Yrigoyen (1933), Juan Domingo Perón (1974) y Néstor Kirchner (2010); archivos de la repatriación de los restos de Carlos Gardel (1936); documentos oficiales sobre las exequias de Eva Perón (1952); crónicas de los sucesos de la Casa Rosada durante el velatorio de Diego Maradona (2020) y coberturas recientes sobre el legado cultural del Indio Solari.

 

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