Desde el trágico vuelo de Jorge Newbery hasta el adiós al Indio Solari, la historia de nuestro país se escribe a través de funerales masivos, pasiones desbordantes y una lealtad que desafía al tiempo.
¿Qué misterioso lazo une
a un aristócrata de los cielos, un presidente derrocado, un cantor de tangos,
una abanderada de los humildes, un general, un líder patagónico, un dios del
fútbol y un cosmonauta del rock? A simple vista, sus vidas transcurrieron por
carriles opuestos. Sin embargo, todos ellos —Jorge Newbery, Hipólito Yrigoyen,
Carlos Gardel, Eva Perón, Juan Domingo Perón, Néstor Kirchner, Diego Maradona y
el Indio Solari— comparten el título de haber protagonizado los fenómenos de
idolatría popular más intensos y conmovedores de la historia argentina.
Hay algo en el ADN de
este país que no sabe de despedidas discretas. Cuando la Argentina ama, ama
hasta el desborde; y cuando pierde a sus ídolos, transforma el dolor en una
manifestación colectiva incontrolable.
Los pioneros del mito: El
cielo y el llanto de los desposeídos
El fenómeno no es nuevo.
El primer eslabón de esta cadena de devoción nació en 1914 con Jorge Newbery.
Tenía apenas 38 años cuando su avión se estrelló durante un vuelo acrobático.
Newbery pertenecía a la alta sociedad, pero el pueblo lo adoptó como propio. No
solo por sus hazañas deportivas y aeronáuticas, sino por un dato que la
historia oficial suele barrer bajo la alfombra: su defensa ferviente del
petróleo argentino frente a los avances de la norteamericana Standard Oil. Su
funeral unió a aristócratas y obreros en un solo dolor. Nacía el primer ídolo
popular.
Casi dos décadas después,
en 1933, la muerte de Hipólito Yrigoyen inauguró los sepelios de masas
con tintes políticos. El expresidente radical, víctima del primer golpe de
Estado del país, fue despedido por cientos de miles de personas. Muchos de
ellos caminaban con la culpa a cuestas por haber creído en los cantos de sirena
de "la hora de la espada". En un acto de puro fervor, la multitud
arrancó el féretro de la cureña militar que lo transportaba y lo llevó a pulso,
en andas, hasta el cementerio.
Poco después, en 1935, la
tragedia de Medellín apagó la voz de Carlos Gardel. El gobierno golpista
de la época, temeroso de la reacción popular, dilató durante 45 días el
traslado de sus restos desde Colombia. Pero el sentimiento no se enfría con el
tiempo: cuando el Zorzal Criollo llegó finalmente al país, las calles se
poblaron de un llanto que el tango todavía canta.
La era de las plazas
llenas y el dolor político
Si hablamos de mística,
el funeral de Eva Perón en 1952 marcó un antes y un después. Su vínculo
con las mayorías iba mucho más allá de cualquier aparato de propaganda estatal;
Evita era, para los postergados, una santa en la tierra. Las exequias duraron
16 días y obligaron al gobierno a diseñar una logística inédita para que
millones de argentinos pudieran tocar, aunque fuera por un segundo, el vidrio de
su féretro.
El eco de esa devoción
regresó en 1974 con la partida de Juan Domingo Perón. Su muerte no solo
trajo dolor, sino un frío presentimiento: se iba el único hombre capaz de
contener el vendaval de violencia que acechaba al país. Más de un millón y
medio de personas quedaron fuera del Congreso, bajo la lluvia, sin poder darle
el último adiós al viejo general.
Ya en el siglo XXI, la
historia volvió a repetirse con el fallecimiento sorpresivo de Néstor
Kirchner en 2010. Durante cuatro días, una marea de jóvenes y trabajadores
desfiló para despedir al hombre que presidia la UNASUR y cuyo liderazgo fue
reconocido desde Barack Obama hasta Ban Ki-moon. Millones lo lloraron entonces,
y su ausencia sigue pesando en el tablero político actual.
Los dioses modernos:
Entre la gambeta y el pogo
Los ídolos no solo
habitan en los palacios de gobierno. En noviembre de 2020, el adiós a Diego
Armando Maradona demostró que la pasión argentina puede ser tan caótica
como hermosa. Su velatorio en la Casa Rosada desbordó cualquier previsión.
Cuando la familia decidió acortar los tiempos para iniciar el cortejo hacia
Bella Vista, la tensión acumulada en la Avenida 9 de Julio estalló en
incidentes. El pueblo sentía que le arrebataban a su Dios pagano, aquel que los
había hecho felices cuando no había motivos para serlo.
Y en estos días, la
emoción vuelve a encarnarse en la figura del Indio Solari. Su partida
física marca su ingreso definitivo al Olimpo de las leyendas nacionales, ese
espacio reservado para los que logran mover multitudes que viajan miles de
kilómetros por un "pogo", un ritual que excede lo musical para
transformarse en pura identidad.
La coherencia como
brújula
Al final del día, cabe
preguntarse qué une a figuras tan disímiles. La respuesta no está en sus
profesiones ni en sus extracciones sociales, sino en dos virtudes escasas: la
coherencia a lo largo de sus vidas y, fundamentalmente, la sensibilidad para
interpretar los deseos, las frustraciones y las alegrías de las mayorías.
Eso que algunos intentan
explicar con la razón y otros simplemente llaman argentinidad: esa
fuerza invisible que, a pesar de los golpes y las épocas, sigue empujando a
millones de almas a salir a la calle para decir "presente".
Fuentes consultadas: Registros
históricos sobre el desarrollo de la aviación y la defensa del petróleo en
Argentina (caso Jorge Newbery); crónicas periodísticas de época sobre los funerales
de Estado de Hipólito Yrigoyen (1933), Juan Domingo Perón (1974) y Néstor
Kirchner (2010); archivos de la repatriación de los restos de Carlos Gardel
(1936); documentos oficiales sobre las exequias de Eva Perón (1952); crónicas
de los sucesos de la Casa Rosada durante el velatorio de Diego Maradona (2020)
y coberturas recientes sobre el legado cultural del Indio Solari.

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