En los caminos
polvorientos del norte santiagueño, lejos de radios y escenarios, la música
nacía al calor del fogón. Esta es la historia de un encuentro que dejó huella
en el cancionero popular.
Un
viaje largo hacia el corazón del monte
A fines de los años 40,
cuando viajar dentro de Santiago del Estero era casi una aventura, Carlos
Carabajal emprendió un trayecto que marcaría su vida para siempre.
Su destino era Nueva
Esperanza, en el departamento Pellegrini, a más de 200 kilómetros de la capital
provincial. Allí trabajaba su hermano, Ernesto "Tito" Carabajal,
quien había sido nombrado en el Correo años antes.
El viaje no era sencillo.
Había que descender en 7 de Abril y continuar en sulky durante horas, con
paradas obligadas para que el caballo descansara. Ocho horas más, bajo el
calor, el polvo y el silencio del monte.
Pero al llegar, lo
esperaba algo más que compañía familiar.
El
encuentro con un maestro del monte
En ese paisaje áspero y
profundo, Carlos conoció a Ponciano Luna, un hombre mayor, de esos que parecen
hechos de tierra y música.
Luna era un musiquero
completo: bandoneón, guitarra, violín. Tocaba todo, y lo hacía con una
naturalidad que no se aprende en academias. Ya tenía referencias del joven
Carabajal, y no tardaron en armar un pequeño conjunto junto a Lucindo Prado,
cuñado de Tito.
Así empezó una etapa
intensa: noches de baile en el campo, carnavales monte adentro, escenarios
improvisados sobre acoplados y públicos de cientos de personas que llegaban a
pie, a caballo o en sulky.
No había micrófonos. No
había parlantes. Había que cantar fuerte, sostener el ritmo, atravesar la
noche.
Bailes,
calor y vino caliente
Las condiciones eran
duras. El calor apretaba, los caminos eran largos, y el “refrigerio” para el
viaje era vino —puro y caliente— que acompañaba el trajín.
En esos bailes, la música
era todo. Folclore, chamamé, tangos, valses. Un repertorio amplio para un
público exigente que no conocía otra forma de escuchar que no fuera en vivo.
Y
en medio de ese mundo, Don Ponciano tenía su sello.
Cuando alguien se acercaba a agradecerle, él fingía no escuchar. Se hacía el sordo, miraba de reojo y respondía con picardía:
—"Cerceza nomás.
Gracias".
Una escena mínima, pero
suficiente para entender el carácter del personaje.
Aprender
al lado del fogón
La relación entre Carlos
y Ponciano fue mucho más que musical. Fue, en esencia, una transmisión.
Años después,
descendientes de Luna recordarían cómo aquel joven llegó casi sin nada: una
tarde fría, con un bolsito gastado, tímido, silencioso. Lo recibieron con mate
y tortilla a la parrilla, y se quedó.
No solo encontró un lugar
donde dormir. Encontró una familia.
Le
dieron ropa, calzado. Lo acompañaron. Y, sobre todo, le enseñaron.
Las noches se volvían
largas entre guitarras y bandoneones. Ponciano tocaba, Carlos aprendía a
acompañar. No había partituras, no había teoría: había oído, repetición,
paciencia.
Ahí, en ese intercambio
casi invisible, empezó a formarse una manera de entender la música.
Una
amistad que se volvió canción
El tiempo separó los
caminos. Carlos tuvo que regresar para cumplir con el servicio militar. Después
volvió, se reencontraron, compartieron nuevas melodías.
Pero
la vida siguió su curso.
Años más tarde, ya
instalado en Buenos Aires, Carlos Carabajal transformó esa memoria en música.
Junto a Peteco Carabajal, compuso una chacarera que sería un homenaje directo:
“A Don Ponciano Luna”
Una canción cargada de
afecto, de aprendizaje, de gratitud. En sus versos aparecen los lugares, los
recuerdos, los consejos de aquel hombre que le enseñó algo más que acordes.
Le enseñó una forma de
estar en el mundo.
Lo
que queda cuando la música pasa
Historias como esta no
suelen figurar en los grandes libros. O quedan, como en este caso, en
manuscritos inéditos, en relatos familiares, en la memoria oral.
Pero
dicen mucho.
Hablan de una época en la
que la música no era espectáculo, sino encuentro. En la que un joven podía
llegar con nada y, sin darse cuenta, empezar a construir un camino.
Y también hablan de esos maestros anónimos —como Ponciano Luna— que no dejaron discos ni escenarios, pero sí algo más difícil de registrar: la huella en otros.
A veces, el verdadero
legado no se escucha en una grabación.
Se escucha, todavía, en
la forma en que alguien toca una guitarra bajo el mismo cielo del monte.
Fuentes consultadas: Fragmento de la
entrevista de Juan Carlos Carabajal a Carlos Carabajal en el programa Mateando
con Juan Carlos. Nuevo Diario web. Libro inédito "historia del
cancionero folclórico santiagueño" de Omar sapo Estanciero

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