viernes, 10 de abril de 2026

La Estirpe del Monte y el Diapasón: El Encuentro que Forjó una Leyenda



En el vasto mapa sentimental de Santiago del Estero, existen encuentros que trascienden la mera anécdota para convertirse en mitología fundacional de nuestra cultura. Uno de esos instantes ocurrió a finales de la década del 40, en el corazón de Nueva Esperanza, cuando un joven Carlos Carabajal —quien por entonces dividía su fervor entre los goles de Sarmiento y el canto— cruzó su destino con el de Don Ponciano Luna. Aquel encuentro, rescatado del archivo sonoro de Juan Carlos Carabajal en su emblemático programa Mateando con Juan Carlos, no solo dio origen a una de las chacareras más entrañables del cancionero popular, sino que cristalizó una forma de entender la vida y el arte.

El Retrato de una Nobleza Rural

Hacia 1947, el llamado del fútbol llevó a Carlos a Nueva Esperanza. Sin embargo, en la casa de su hermano Tito, la pelota cedió protagonismo al asombro. Allí lo esperaba Ponciano Luna. Al recordarlo, la voz de Carlos se impregna de una devoción casi sagrada: describe a Ponciano no solo como un músico, sino como el arquetipo de la hidalguía del monte. Era una nobleza que no se heredaba por títulos, sino por la educación del silencio, el trato afectuoso y esa hospitalidad intrínseca del hombre de campo.

La conexión fue inmediata y telúrica. Ponciano desenfundó el violín y Carlos, con la intuición de los elegidos, se dispuso a acompañarlo. En ese diálogo entre cuerdas y madera, nació un afecto que pronto se expandió hacia los caminos polvorientos de la provincia.

La Liturgia del Camino: Sulquis y Leguas

La formación de un trío junto a Don Lucindo Prado marcó una época de trashumancia musical. Eran tiempos donde la distancia se medía en el cansancio de los animales y la paciencia del viajero. Para tocar un sábado, la partida se imponía el viernes; el sulky era el templo móvil donde se custodiaban los instrumentos. Había una ética del cuidado: llegar antes para que los caballos descansaran, un respeto por el ritmo natural que hoy parece olvidado en la urgencia de la modernidad.

A través de leguas y barriales, Carlos operaba como un puente cultural. Él traía consigo las melodías "de moda" de la capital santiagueña, transmitiéndolas de boca en boca a Ponciano y Lucindo, quienes las tamizaban a través de su propia sensibilidad rural.

El Humor como Refugio

La narrativa de Carlos Carabajal nos regala también una pincelada del ingenio criollo. Entre las "barritas" de jóvenes que rodeaban a los músicos en busca de novedades, Ponciano Luna ejercía una sabiduría pícara. Ante la insistencia de algún muchacho que, buscando lucirse, le preguntaba qué pieza seguía en el repertorio —“¿Qué viene, Don Ponciano?”—, el violinista apelaba a una sordera táctica y magistral. “Cerveza nomás, hijo”, respondía, transformando la ansiedad del pedido en una invitación al brindis, recordándoles que el arte, en el baile, es también una celebración del encuentro.

Del Recuerdo a la Canción

Aquel vínculo, forjado en la nobleza de las madrugadas de Nueva Esperanza, terminó por decantar en la creación artística. Años más tarde, Carlos, junto a su hijo Peteco, traduciría esa admiración en los versos y la melodía de “A Don Ponciano Luna”.

Lo que comenzó como una invitación para jugar un campeonato de fútbol terminó convirtiéndose en un hito de la identidad cultural santiagueña. La historia de Ponciano Luna, rescatada por los Carabajal, nos recuerda que detrás de cada gran chacarera palpita un hombre, un camino recorrido en sulky y la inagotable nobleza de una estirpe que se niega a ser silencio.

Fuente: Fragmento de la entrevista de Juan Carlos Carabajal a Carlos Carabajal en el programa Mateando con Juan Carlos.


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