En el vasto mapa
sentimental de Santiago del Estero, existen encuentros que trascienden la mera
anécdota para convertirse en mitología fundacional de nuestra cultura. Uno de
esos instantes ocurrió a finales de la década del 40, en el corazón de Nueva
Esperanza, cuando un joven Carlos Carabajal —quien por entonces dividía su
fervor entre los goles de Sarmiento y el canto— cruzó su destino con el de Don
Ponciano Luna. Aquel encuentro, rescatado del archivo sonoro de Juan Carlos
Carabajal en su emblemático programa Mateando con Juan Carlos, no solo dio
origen a una de las chacareras más entrañables del cancionero popular, sino que
cristalizó una forma de entender la vida y el arte.
El
Retrato de una Nobleza Rural
Hacia 1947, el llamado
del fútbol llevó a Carlos a Nueva Esperanza. Sin embargo, en la casa de su
hermano Tito, la pelota cedió protagonismo al asombro. Allí lo esperaba
Ponciano Luna. Al recordarlo, la voz de Carlos se impregna de una devoción casi
sagrada: describe a Ponciano no solo como un músico, sino como el arquetipo de
la hidalguía del monte. Era una nobleza que no se heredaba por títulos, sino
por la educación del silencio, el trato afectuoso y esa hospitalidad intrínseca
del hombre de campo.
La conexión fue inmediata
y telúrica. Ponciano desenfundó el violín y Carlos, con la intuición de los
elegidos, se dispuso a acompañarlo. En ese diálogo entre cuerdas y madera,
nació un afecto que pronto se expandió hacia los caminos polvorientos de la
provincia.
La
Liturgia del Camino: Sulquis y Leguas
La formación de un trío
junto a Don Lucindo Prado marcó una época de trashumancia musical. Eran tiempos
donde la distancia se medía en el cansancio de los animales y la paciencia del
viajero. Para tocar un sábado, la partida se imponía el viernes; el sulky era
el templo móvil donde se custodiaban los instrumentos. Había una ética del
cuidado: llegar antes para que los caballos descansaran, un respeto por el
ritmo natural que hoy parece olvidado en la urgencia de la modernidad.
A través de leguas y
barriales, Carlos operaba como un puente cultural. Él traía consigo las
melodías "de moda" de la capital santiagueña, transmitiéndolas de
boca en boca a Ponciano y Lucindo, quienes las tamizaban a través de su propia
sensibilidad rural.
El Humor como Refugio
La narrativa de Carlos
Carabajal nos regala también una pincelada del ingenio criollo. Entre las
"barritas" de jóvenes que rodeaban a los músicos en busca de
novedades, Ponciano Luna ejercía una sabiduría pícara. Ante la insistencia de
algún muchacho que, buscando lucirse, le preguntaba qué pieza seguía en el
repertorio —“¿Qué viene, Don Ponciano?”—, el violinista apelaba a una sordera
táctica y magistral. “Cerveza nomás, hijo”, respondía, transformando la
ansiedad del pedido en una invitación al brindis, recordándoles que el arte, en
el baile, es también una celebración del encuentro.
Del
Recuerdo a la Canción
Aquel vínculo, forjado en
la nobleza de las madrugadas de Nueva Esperanza, terminó por decantar en la
creación artística. Años más tarde, Carlos, junto a su hijo Peteco, traduciría
esa admiración en los versos y la melodía de “A Don Ponciano Luna”.
Lo que comenzó como una
invitación para jugar un campeonato de fútbol terminó convirtiéndose en un hito
de la identidad cultural santiagueña. La historia de Ponciano Luna, rescatada
por los Carabajal, nos recuerda que detrás de cada gran chacarera palpita un
hombre, un camino recorrido en sulky y la inagotable nobleza de una estirpe que
se niega a ser silencio.
Fuente: Fragmento de la
entrevista de Juan Carlos Carabajal a Carlos Carabajal en el programa Mateando
con Juan Carlos.

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