Imagina por un momento que el tiempo se pliega y te transporta de vuelta a 1982. El aire de Buenos Aires está impregnado del aroma a café recién hecho, del asfalto caliente tras la lluvia, y de una historia que resuena en cada esquina. Por esas calles caminaba un joven de 26 años, Peteco Carabajal, con su guitarra al hombro y el corazón repleto de canciones que ya comenzaban a convertirse en himnos: “Mi abuela bailó la zamba”, “Puente Carretero”. En ese entonces, vivía en la casa de su prima Norma, en el barrio de Constitución, rodeado de paredes que atesoraban risas, mates compartidos y el vaivén de amores que dejaban huella. En medio de esa vida llena de música, algo burbujeaba en su interior.
Un mundo de colores, sonidos y aromas
La vida de Peteco en esos días era como una paleta de sensaciones vibrantes. Por un lado, el amor: una mujer austríaca de sonrisa serena, que trabajaba en la Embajada de Austria y con quien tuvo a su primer hijo, Juan. Ella vivía frente al Jardín Botánico, en la calle Malabia, y era la dueña de una discoteca donde se entrelazaban el violín clásico y el bombo legüero, donde el humo del cigarrillo se mezclaba con conversaciones apasionadas. Era un lugar que respiraba arte, un refugio donde la inspiración flotaba en el aire, al igual que la música.
La noche en que una crítica encendió la chispa
Todo comenzó después de una peña. Peteco, ya parte del grupo Los Carabajal, se juntó con otros santiagueños para compartir guitarra y voces. Entre ellos estaba Pablo Raúl Trullenque, un tipo de mirada aguda y oído fino. Alguien empezó a cantar “La flor azul” y Pablo, con una mezcla de seriedad y una sonrisa pícara, soltó:
> “Hay que esforzarse al máximo para poner lo mejor del pensamiento en una canción”.
Se refería a un verso que le sonó simple, casi descuidado: “…me acomodo con mi perro / solito a pitar”. Esas palabras resonaron en Peteco como un campanazo.
Al regresar a la tranquilidad de la casa de su prima, con la noche ya avanzada y el silencio como único testigo, tomó su guitarra. Sus dedos comenzaron a puntear casi por sí solos, creando acordes cálidos e íntimos. Y de repente, como si siempre hubieran estado ahí, surgió el verso: “Me voy solo con mi suerte…”. Era más que una línea: era un sentimiento, un suspiro musical.
Esa idea lo llevó de vuelta a las historias que su padre Carlos le contaba al oído, relatos de carnavales en el campo santiagueño, de bailes bajo las estrellas, de un mundo que Peteco no vivió pero que sentía en la sangre. Un mundo muy diferente a sus noches porteñas en el Olímpico o el Tiro Federal.
El aroma que lo cambió todo
Lo que más se le quedó grabado fueron los detalles sensoriales. Su padre solía contar cómo, en esos carnavales, las mujeres se perfumaban con un agua especial, hecha de flores silvestres. Un aroma dulce y embriagador que se entrelazaba con el sudor de la danza y el polvo del camino, dejando una estela que persistía mucho después de que la música se apagaba. Ese perfume, casi mágico e invisible, se convirtió en el alma de la canción. “Perfume de Carnaval” ya tenía su nombre, y con él, se abría una puerta a la memoria afectiva de todo un pueblo.
Compuesta en 1982, la zamba nació en un ambiente íntimo, pero pronto encontró oídos receptivos. Antonio Tarrago Ross y su esposa fueron de los primeros en escucharla. No pasó mucho tiempo antes de que se uniera al repertorio de grupos como Los Carabajal, Alfredo Ábalos, Los Tucu-Tucu y Los Santiagueños. Quedó registrada en SADAIC el 15 de junio de 1983 y desde entonces, como un río, se fue integrando al profundo cauce del folclore argentino.
Los rumores y la defensa de una creación íntima
Pero ninguna obra querida escapa a los rumores. Hace unos diez años, se corrió el comentario de que la letra podría haber sido entregada por el poeta jujeño Juan Carlos “Rengo” Mallagray en una reunión en Tilcara. Isolina Comas, amiga cercana del poeta, fue quien difundió la voz. Sin embargo, Peteco aclaró con calma y firmeza: eso no tenía fundamento. Recordó que conoció La Quebrada de Humahuaca años después, en 1987, y que nunca le gustó recibir letras de otros. “La canción nació de mí, en esa noche, con mi guitarra”, parecía decir sin decirlo. Ni Mallagray ni su familia reclamaron autoría, y el rumor se disipó como humo.
El investigador Jorge Cozachcow, tras analizar la estructura poética de otras zambas, también se pronunció en su video “Comprendiendo el Folclore”. Con respeto hacia Peteco, señaló que no había más que habladurías, un intento confuso de atribuir una obra que ya tenía dueño
Un canto que sigue latiendo
Hoy, “Perfume de Carnaval” es mucho más que una simple zamba: es un viaje nostálgico a través del tiempo, un aroma musical que evoca memorias compartidas. Habla de tardes calurosas, de besos que se llevaron el viento, de una nostalgia que nos envuelve sin apretar. Como mencionó Gabriela Viviana Dagan, la Gaviota de Martelli, en una entrevista reciente:
> “Cada nota y cada verso de ‘Perfume de Carnaval’ nos conecta con una parte esencial de nuestra identidad cultural”.
Y tiene toda la razón. Más allá de las discusiones, la canción sigue uniendo generaciones, recordándonos que, en el fondo, todos llevamos dentro un poco de ese viajero que avanza con su suerte al hombro y el perfume de los recuerdos flotando en el aire. Cada vez que suena la guitarra, regresamos a oler las flores del carnaval, a sentir el eco de una noche de 1982 en la que un joven, a solas con sus sueños, regaló al mundo un aroma que perdurará para siempre.
• Entrevista a Peteco
Carabajal realizada el 26/09/2024 por Gabriela Viviana Dagan (conocida como
Gaviota de Martelli), difundida en Facebook el 18/01/2025.
• Registro en SADAIC (15
de junio de 1983, N°169760/ISWCT 3036052076) que avala la composición de la
canción.
• El libro inédito
"Historia del Cancionero Popular Santiagueño" de Omar Sapo
Estanciêro.
• El análisis y
aclaraciones del investigador Jorge Cozachcow, quien abordó el tema en su video
"Comprendiendo el Folclore" en YouTube.
• Declaraciones de
Isolina Comas sobre el supuesto aporte del poeta jujeño Juan Carlos “Rengo”
Mallagray.

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