Entre violines, chacareras y palabras heredadas, construyó una obra que habla del monte, del desarraigo y de una lengua que se negó a desaparecer.

Foto: José Luis “Ducky” Ducournau
Hay trayectorias que no hacen ruido al principio. La de Don Sixto Palavecino fue así. Empezó de joven, escribiendo en quichua y poniendo música a esas letras, armando su propio repertorio sin vueltas. Con el tiempo, esa práctica íntima se volvió una marca clara: cantar lo que otros no estaban diciendo.
Un
repertorio que nace de lo vivido
Desde los años treinta ya
componía. Primero la palabra, después la música. Todo en quichua. No era una
elección estética: era su forma natural de expresarse.
En 1954 registró sus
primeras obras, pero esas canciones ya circulaban mucho antes. Hablaban del
monte, de la vida diaria, de lo que pasaba en serio. No había maquillaje.
Aparecía el paisaje, sí, pero también los problemas.
El éxodo santiagueño fue
uno de los temas que más trabajó. En "Llajtaymanta llojserani" se
mete de lleno en el desarraigo. En "Viaje de la pastorcita", en
cambio, pone el foco en las jóvenes que se van con una idea idealizada de la
ciudad. La letra muestra ese contraste: lo que se sueña y lo que se pierde.
De
la vergüenza al orgullo
Hubo un momento que lo
marcó. Leyendo el diario, se enteró de que Domingo Bravo enseñaba quichua en
Santiago. Eso lo sacudió.
En su entorno, hablar
quichua no siempre era bien visto. Había burlas, silencios incómodos. A veces
directamente se lo evitaba. De ahí salió "Penckacus causaj carani" -
"Avergonzado vivía".
En esa chacarera aparece
esa incomodidad: el quedarse atrás cuando otros hablaban en castellano, el
callarse para no exponerse. Pero también aparece el giro. Con el tiempo, lo que
era motivo de vergüenza empezó a valorarse. Y él dejó de esconderse. Empezó a
cantar en quichua con más decisión.
Una
peluquería distinta
En 1969 abrió una peluquería en Santiago del Estero. Tenía lo básico: espejo, sillón, muebles sobrios. Pero el clima era otro.
Mientras los clientes
esperaban, tocaba. Chacareras, gatos, escondidos. A veces con guitarra, otras
con violín o bandoneón. Era una peluquería, pero también un espacio donde la
música aparecía sin aviso.
Algunos días estaba
tranquila. Otros se llenaba. Pasaron figuras como Horacio Guarany o Héctor
Larrea. También equipos de televisión que caían a grabar.
Una escena simple lo
resume bien. Un chango entra y Sixto le dice: "¿Quién te ha cortao tan
fiero?". El chico responde: "Usted, Don Sixto". Y él, sin perder
el tono: "Ehh... te ha crecio desparejo, chango". Seco, directo.
El
Alero Quichua y el trabajo de fondo
Más allá de la música,
hubo un trabajo sostenido con la lengua. Ahí aparece Felipe Benicio Corpos.
Se conocieron en 1968.
Compartían la misma preocupación por el quichua. De esa relación nació el Alero
Quichua Santiagueño. No era solo un espacio cultural. Era una forma de
organizar la defensa del idioma.
Desde ahí impulsaron su
enseñanza, promovieron actividades y crearon nuevos aleros en distintos lugares.
Corpos también escribió, hizo radio y trabajó en la difusión de la cultura del
monte.
Murió joven, en 1974, con
39 años. Aun así, dejó un material que sigue circulando en archivos,
grabaciones y en la memoria de quienes lo conocieron.
Reconocimientos
que llegaron con el tiempo
Con los años, la figura
de Don Sixto se fue consolidando. Recorrió escenarios, compartió con artistas
como Mercedes Sosa y León Gieco, y recibió distintos reconocimientos.
Entre ellos, el Premio
Konex como instrumentista, la distinción como Personalidad Emérita de la
Cultura Argentina y otros vinculados a su trabajo con el quichua. También
recibió una bendición apostólica de Juan Pablo II.
Ya de grande, con 93
años, fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de Rosario.
Viajó acompañado por una delegación de quichuistas. El reconocimiento iba más
allá de su figura individual.
La historia de Don Sixto no es solo la de un músico. Es la de alguien que pasó de callarse a decir, de correrse a ocupar un lugar. Lo que antes se escondía, terminó siendo su identidad pública.
Sus canciones siguen ahí.
No como recuerdo, sino como registro de una forma de ver y nombrar el mundo. Y
eso, en el fondo, es lo que todavía sostiene su vigencia.
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