sábado, 28 de marzo de 2026

Cuando el quichua era vergüenza: la vida de Don Sixto Palavecino

Entre violines, chacareras y palabras heredadas, construyó una obra que habla del monte, del desarraigo y de una lengua que se negó a desaparecer.

 

Foto: José Luis “Ducky” Ducournau

Hay trayectorias que no hacen ruido al principio. La de Don Sixto Palavecino fue así. Empezó de joven, escribiendo en quichua y poniendo música a esas letras, armando su propio repertorio sin vueltas. Con el tiempo, esa práctica íntima se volvió una marca clara: cantar lo que otros no estaban diciendo.

Un repertorio que nace de lo vivido

Desde los años treinta ya componía. Primero la palabra, después la música. Todo en quichua. No era una elección estética: era su forma natural de expresarse.

En 1954 registró sus primeras obras, pero esas canciones ya circulaban mucho antes. Hablaban del monte, de la vida diaria, de lo que pasaba en serio. No había maquillaje. Aparecía el paisaje, sí, pero también los problemas.

El éxodo santiagueño fue uno de los temas que más trabajó. En "Llajtaymanta llojserani" se mete de lleno en el desarraigo. En "Viaje de la pastorcita", en cambio, pone el foco en las jóvenes que se van con una idea idealizada de la ciudad. La letra muestra ese contraste: lo que se sueña y lo que se pierde.

De la vergüenza al orgullo

Hubo un momento que lo marcó. Leyendo el diario, se enteró de que Domingo Bravo enseñaba quichua en Santiago. Eso lo sacudió.

En su entorno, hablar quichua no siempre era bien visto. Había burlas, silencios incómodos. A veces directamente se lo evitaba. De ahí salió "Penckacus causaj carani" - "Avergonzado vivía".

En esa chacarera aparece esa incomodidad: el quedarse atrás cuando otros hablaban en castellano, el callarse para no exponerse. Pero también aparece el giro. Con el tiempo, lo que era motivo de vergüenza empezó a valorarse. Y él dejó de esconderse. Empezó a cantar en quichua con más decisión.

Una peluquería distinta

En 1969 abrió una peluquería en Santiago del Estero. Tenía lo básico: espejo, sillón, muebles sobrios. Pero el clima era otro.

Mientras los clientes esperaban, tocaba. Chacareras, gatos, escondidos. A veces con guitarra, otras con violín o bandoneón. Era una peluquería, pero también un espacio donde la música aparecía sin aviso.

Algunos días estaba tranquila. Otros se llenaba. Pasaron figuras como Horacio Guarany o Héctor Larrea. También equipos de televisión que caían a grabar.

Una escena simple lo resume bien. Un chango entra y Sixto le dice: "¿Quién te ha cortao tan fiero?". El chico responde: "Usted, Don Sixto". Y él, sin perder el tono: "Ehh... te ha crecio desparejo, chango". Seco, directo.

El Alero Quichua y el trabajo de fondo

Más allá de la música, hubo un trabajo sostenido con la lengua. Ahí aparece Felipe Benicio Corpos.

Se conocieron en 1968. Compartían la misma preocupación por el quichua. De esa relación nació el Alero Quichua Santiagueño. No era solo un espacio cultural. Era una forma de organizar la defensa del idioma.

Desde ahí impulsaron su enseñanza, promovieron actividades y crearon nuevos aleros en distintos lugares. Corpos también escribió, hizo radio y trabajó en la difusión de la cultura del monte.

Murió joven, en 1974, con 39 años. Aun así, dejó un material que sigue circulando en archivos, grabaciones y en la memoria de quienes lo conocieron.

Reconocimientos que llegaron con el tiempo

Con los años, la figura de Don Sixto se fue consolidando. Recorrió escenarios, compartió con artistas como Mercedes Sosa y León Gieco, y recibió distintos reconocimientos.

Entre ellos, el Premio Konex como instrumentista, la distinción como Personalidad Emérita de la Cultura Argentina y otros vinculados a su trabajo con el quichua. También recibió una bendición apostólica de Juan Pablo II.

Ya de grande, con 93 años, fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de Rosario. Viajó acompañado por una delegación de quichuistas. El reconocimiento iba más allá de su figura individual.

La historia de Don Sixto no es solo la de un músico. Es la de alguien que pasó de callarse a decir, de correrse a ocupar un lugar. Lo que antes se escondía, terminó siendo su identidad pública.

Sus canciones siguen ahí. No como recuerdo, sino como registro de una forma de ver y nombrar el mundo. Y eso, en el fondo, es lo que todavía sostiene su vigencia.

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