Nació sin padre, sobrevivió con los zapatos de los demás en la mano y terminó escribiendo versos que hoy recorren la piel de toda la Argentina. Pablo Raúl Trullenque - el coplero que transformó el barro santiagueño en poesía eterna - prueba que, a veces, los grandes artistas no bajan de un palco: suben desde la calle.
El 5 de septiembre de
2000, en la cálida ciudad de La Banda, se apagó la voz de quien mejor supo
cantar “el color de la chacarera”. Pablo Raúl Trullenque, el poeta
existencialista del folclore santiagueño, dejó este mundo a los 66 años, pero
su obra —intima, terrenal y cargada de raíces— sigue resonando en cada
guitarreada, en cada festín de pueblo, en cada grito de quien siente a Santiago
del Estero como patria viva. Huérfano de padre a los cuatro meses, lustrabotas,
vendedor de diarios y ayudante de sastre… jamás imaginó que sus palabras,
forjadas entre trapicheos y humo de taller, se convertirían en clásicos
inmortales. Hoy, cuando escuchamos “Entre a mi pago sin golpear” o “El coyuyo y
la tortuga”, no estamos oyendo una canción: estamos escuchando el aliento mismo
de un hombre que nunca se movió íntimamente de donde empezó.
Pablo Raúl Trullenque
llegó al mundo el 13 de enero de 1934, en el corazón árido y fértil de Santiago
del Estero. A los cuatro meses, la vida le dio su primer golpe: perdió a su
padre. La infancia transcurrió entre la escasez y el trabajo infantil. Con
apenas ocho años, sus manos ya conocían el cepillo de pelo y la cera: fue
lustrabotas en las esquinas polvorientas de su pueblo. Luego, vendió diarios al
grito de “¡La Prensa!” y, ya adolescente, encontró refugio en la oscura
habitación de un sastre. Ese oficio - el de ayudante - le dio pan diario y, sobre
todo, tiempo para observar. Porque Trullenque no solo cosía telas; cosía historias.
Escuchaba a los viejos sentados al pie del taller, absorbía sus refranes, sus
penas, sus amoríos… y allí, entre hilos y tijeras, nació el poeta.
En 1957, como tantos
jóvenes de provincia, emigró a Buenos Aires. Pero, a diferencia de quienes se
diluyen en la gran ciudad, él llevó Santiago en la maleta. Nunca perdió el
acento, nunca olvidó el olor del monte después de la lluvia, nunca traicionó su
“pago”. De regreso - o sin siquiera irse del todo - comenzó a escribir versos que
no eran simples letras, sino mapas del alma santiagueña.
“Trullenque
no escribía sobre Santiago; vivía Santiago”, recuerda el escritor bandeño
Felipe Rojas, amigo íntimo del autor. “Una vez le pregunté cómo encontraba
tantas historias. Él me miró, sonrió y me dijo: ‘Felipe, la sabiduría está en
el borracho del rincón, en el niño que vende empanadas, en el árbol que se
resiste al viento… solo hay que pararse a escuchar’”.
Su pluma, sencilla y
profunda, unió la tradición oral con una sensibilidad moderna. De su pluma
surgieron títulos que hoy son himnos: “Argentino hasta la muerte”, “Chacarera
del patio”, “Tradiciones santiagueñas” y esa joya existencial, “La pucha con el
hombre” (publicada en 1996). Pero fue con los músicos cuando su voz alcanzó
dimensión nacional. Grandes del folclore como Carlos Carabajal, Peteco
Carabajal, Cuti Carabajal, Los Chalchaleros, Mercedes Sosa y hasta Horacio
Guaraní musicalizaron sus palabras. ¿Quién no se estremece al escuchar a Peteco
entonar “El coyuyo y la tortuga”? O a Mercedes Sosa gritar “Entre a mi pago sin
golpear”?
Los reconocimientos,
tardíos pero justos, llegaron. En 1993 recibió el Premio Ricardo Rojas de la
Municipalidad de Santiago del Estero; años más tarde, la misma provincia lo
declaró Ciudadano Distinguido y, finalmente, Ciudadano Ilustre. La Diócesis le
otorgó el Premio Eslabón; la Fundación Estampas y Memorias de La Plata, el
Cóndor; y hasta la Legislatura provincial le rindió homenaje. En julio del
2000, SADAIC lo celebró en vida con el Premio Chango. Hoy, una biblioteca
popular lleva su nombre: porque Trullenque no solo dejó versos… dejó lectores.
Pero más allá de los
galardones, su mayor tesoro fue la gente del campo. Hay una anécdota - contada
una y otra vez por su otro gran amigo, el periodista Oscar Díaz- que lo define
por completo. Tras una larga guitarreada en un rancho de los alrededores de La
Banda, Trullenque, con los ojos desorbitados de preocupación, recorría las
calles buscando a Samuel, un humilde “borracho propio” del pueblo, un personaje
del monte al que él consideraba un sabio. “Me robaron a mi borracho”, repetía
angustiado. “¡Samuel sabe más de Santiago que todos los libros juntos!”. Pasó
horas enseñándole al hombre las historias del pago; perderlo de vista era, para
él, perder un trozo de su propia identidad. Esa fue su brújula: la sabiduría
del pueblo, no la de los libros.
La profesora Ada Umbides,
quien compiló y estudió su obra integral, lo resume con precisión académica y
emotiva: “Trullenque puso al ser humano como paisaje absoluto. Sus versos no
describen la tierra; describen al hombre que la trabaja, que la sufre, que la
ama”.
Incluso su adiós fue
poético. Sabiendo que la muerte se acercaba, él mismo escribió la inscripción
para su lápida. Allí, en piedra sencilla, se lee hoy:
«Por
qué he vivido la vida ya no le temo a la muerte… vivir tiene un alto precio».
Pablo Trullenque nunca
necesitó un palco ni un título universitario. Su aula fue la vereda, su
biblioteca la plaza del pueblo, sus maestros los “borrachos propios” como
Samuel. Desde el lustrabotas hambriento de los años ’40 hasta el Ciudadano
Ilustre de los ’90, trazó un camino que demuestra que la grandeza no está en la
altura desde la que miras, sino en la profundidad con que miras desde abajo.
Hoy, cuando un joven
santiagueño canta “Cuando me abandone mi alma” con la garganta apretada, no
está repitiendo una letra: está continuando la voz de Trullenque. Porque él, el
poeta que nació en el barro y murió con el verso en los labios, logró lo
imposible: que Santiago del Estero, con sus polvos, sus chacras y sus borrachos
sabios, respirara para siempre en la memoria de la Argentina.
“Vivir tiene un alto
precio”, escribió. Pero, gracias a él, ese precio se transformó en el más
hermoso legado folclórico que tenemos.

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