martes, 9 de junio de 2026

El día que el Río de la Plata tembló: la noche de pánico que la historia borró

Una madrugada de 1888, un sismo de 5,5 grados sacudió Buenos Aires, Colonia y Montevideo. La crónica de un fenómeno olvidado en una región que se cree inmune a los caprichos de la Tierra.



La madrugada del 5 de junio de 1888 era tan fría como cualquier otra de finales de otoño en el Río de la Plata. En Buenos Aires y Montevideo, las familias dormían al amparo de casas bajas, ajenas a la idea de que el suelo bajo sus pies pudiera traicionarlas. Pero a las 3:20 de la mañana, la geología rompió el libreto: un fuerte sismo de magnitud 5,5 en la escala de Richter, con epicentro a solo 41 kilómetros al este de la capital argentina y a unos 15 kilómetros de Colonia del Sacramento, despertó a miles de personas en un radio de más de 300 kilómetros. El estuario rioplatense, pacífico por antonomasia, acababa de convertirse en el escenario de un terremoto.

Las crónicas de la época rescatan con asombro un pánico generalizado en una población que jamás había experimentado algo semejante. El diario montevideano La Tribuna Popular, en su edición del 6 de junio, describía el caos doméstico con precisión fotográfica:

"El maderamen de las casas crujía fuertemente, las lámparas se bamboleaban, los muebles se movían y los cuadros caían de las paredes. Se rompieron objetos de cristalería y se pudo ver porcelana saltando de los aparadores. Los habitantes han permanecido en vela parte de la noche, azorados a causa de un fortísimo temblor de tierra…".

El fenómeno constó de dos partes. Según los telegramas enviados desde Montevideo y replicados por el diario rosarino El Municipio, se sintió un primer pulso leve, seguido de un breve reposo, y luego un segundo impacto brutal que se prolongó durante 58 agónicos segundos. En Buenos Aires, el cimbronazo provocó la caída y el derrumbe de varios muros en las obras de la iglesia de la Piedad, además de registrarse con fuerza en la recién fundada ciudad de La Plata.

Mientras tanto, en el agua, los efectos rozaron el misticismo. El periódico La Lucha, de Colonia, relató la insólita odisea del vapor Saturno, que navegaba rumbo a Buenos Aires:

"El vapor Saturno (...) navegaba tranquilo por el centro del canal con más de 20 pies de agua cuando de pronto se detuvo como si tocara el fondo. El capitán hizo echar la sonda pero se encontró con que el barco, movido por una fuerza oculta, zarpaba por sí mismo de la varadura y seguía su camino". Era la energía liberada desde el hipocentro, a 30 kilómetros de profundidad, que se abría paso hacia la superficie.

La falta de edificios en altura evitó una tragedia mayor y redujo los daños materiales a niveles leves. Al comprobarse que provincias sísmicas tradicionales como San Luis o las de la región de Cuyo no habían sentido nada, los expertos de la época llegaron a una conclusión inquietante: el temblor provenía directamente del mismísimo subsuelo rioplatense.

El mito de la llanura inmóvil

La memoria humana suele ser frágil frente a los tiempos de la naturaleza. Antes de 1888, ya existía un antecedente el 15 de agosto de 1848, pero al no causar daños, se lo archivó como una anomalía aislada. Se asumió erróneamente que los sismos eran cosas "del Pacífico" o de zonas montañosas lejanas.

Sin embargo, los científicos recuerdan una verdad incómoda: no existen en el mundo regiones totalmente asísmicas. La historia geológica local sumó nuevos capítulos el 26 de junio de 1988 y el 10 de enero de 1990 (este último, el único registrado en el territorio continental uruguayo). Más recientemente, el 30 de noviembre de 2018, la tierra volvió a hablar cuando un sismo de magnitud 3,8 sacudió el sur del Gran Buenos Aires a las 10:27 de la mañana.

¿A qué se deben estos movimientos en una zona supuestamente llana y tranquila? Según Alberto Benavides Sosa, ingeniero agrimensor, máster en geofísica y expresidente del Centro Regional de Sismología para América del Sur (Ceresis)—, las miradas apuntan a la cuenca de Punta del Este. Se trata de una región submarina altamente fallada donde el reacomodamiento y movimiento de bloques tectónicos genera las ondas que terminan por sacudir nuestras costas.

El terremoto de 1888 sobrevive hoy como una joya de la pátina histórica de ambas márgenes del río, un recordatorio de que la calma rioplatense es, a fin de cuentas, un estado transitorio. Debajo de la rutina urbana y del río marrón, la Tierra sigue viva, respirando a su propio ritmo milenario, recordándonos de tanto en tanto que el suelo firme es solo una perspectiva temporal.

 

 

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