Abordar la figura del Dr. Orestes di Lullo no es simplemente revisar una bibliografía académica; es internarse en el desvelo de un hombre que decidió traducir el pulso invisible de su tierra. Nacido en 1898 en la ciudad de Santiago del Estero, este hijo de inmigrantes italianos no solo abrazó la ciencia médica en la Universidad de Buenos Aires, sino que, al regresar a sus raíces, transformó el estetoscopio en una herramienta de auscultación social y cultural.
Di Lullo no fue un
observador solitario. Junto a figuras como Canal Feijóo, integró “La Brasa”,
aquel cenáculo intelectual que funcionó como el corazón pensante del NOA, donde
se debatía la identidad de un Santiago del Estero que clamaba por ser comprendido
más allá de sus carencias.
La
ciencia al servicio del símbolo
Su carrera fue un viaje
de ida y vuelta entre el laboratorio y el monte. Lo que comenzó como una tesis
doctoral en medicina sobre el "paaj" (una dermatitis regional),
terminó por abrirle las puertas del "saber popular". Allí comprendió
que para sanar a un pueblo, primero había que conocer qué come, qué canta y en
qué cree.
Su producción fue tan
vasta como profunda, abarcando hitos que hoy son piedras angulares de nuestra
identidad:
La alimentación popular
(1935): Un estudio pionero sobre la nutrición y el rito de la mesa santiagueña.
El Cancionero Popular
(1940): Una obra monumental nacida del pedido de su colega Juan Alfonso
Carrizo, que rescató la lírica oral del olvido.
Viejos Pueblos y La
Agonía de los Pueblos: Textos donde la historia y la sociología se tiñen de una
nostalgia reflexiva sobre el paso del tiempo y la erosión de las comunidades.
"Santiago es el
lugar donde aún florecen los espíritus de una cultura popular maravillosa: el folklore".
— Orestes di Lullo.
Una
mirada integral: Del rancho a la academia
El Dr. Augusto Raúl
Cortázar señalaba que, si bien algunos de sus primeros trabajos carecían del
rigor metodológico frío de la época, poseían algo mucho más valioso: la
identificación absoluta del recolector con su medio. Di Lullo no estudiaba el
folklore como un objeto inerte, sino como un organismo vivo.
Su curiosidad lo llevó a
documentar desde las técnicas criollas de construcción en "La Vivienda
Popular" (1969) hasta las inflexiones únicas de nuestra lengua en sus
estudios sobre el habla popular. Esa labor incansable lo llevó a ocupar
sitiales en cuatro academias nacionales y en prestigiosos institutos de Estados
Unidos, México, Uruguay y Venezuela, proyectando la voz de Santiago al mundo.
El
legado: La intimidad de un pueblo
Para Di Lullo, el
folklore no era un conjunto de danzas o vestimentas pintorescas, sino el
"acervo más precioso" de una comunidad; aquello que se guarda
celosamente en la intimidad y que define la verdadera fisonomía de un pueblo.
Durante dos décadas
dirigió el Instituto de Lingüística, Arqueología y Folklore de la UNT, dejando
una huella imborrable en la gestión cultural. Hoy, releer a Di Lullo es volver
a mirar a Santiago con ojos nuevos: con la pasión del investigador y la
sensibilidad del artista que supo ver, bajo el polvo del camino, la gema
brillante de nuestra identidad.

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